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lunes, 19 de febrero de 2018

Relato 17 - Íncubo primera parte




Íncubo

Katia reconocía que se encontraba en un profundo sueño. Sentía lo tibio de su almohada todavía pegada contra su oído. El aire caliente que flotaba a su alrededor era el mayor aliciente para permanecer en completa calma. No había nada qué recordar en su sueño, simplemente tenía la placentera sensación de estar durmiendo. Y así lo era.
Pero ella no era la única que se encontraba en su habitación.
Bajo el lienzo oscuro de las sombras, se encontraba un ser que la miraba con lujuria, un ser que no tenía materia alguna, simplemente la energía de algo que alguna vez estuvo vivo y que ahora sólo fungía como un ente errante celoso de cumplir lo que en su libido quedó pendiente en vida.
 La sombra que se resguardaba en la oscuridad se fue acercando hasta el pie de la cama. Ahí se detuvo con mucha premeditación, aguardó silencioso y observó la respiración de Katia, quien parecía moverse delicadamente como empujada por algo desde sus sueños.
Era una noche calurosa, de esas en las que es mejor destaparse o dormir con algo ligero.
El ente llevó su extremidad hacia el pie de la cama, agachó la cabeza y tomó la sábana con una mano. La comenzó a halar hacia sí. Fue llevando su cabeza hacia abajo, como si buscara algo. Cuando quitó por completo la sábana, y el cuerpo de Katia había quedado completamente descubierto, la miró complaciente, con una sombría sonrisa pintada en la boca. El arco que se dibujó en su cara era tan fino como si estuviera hecha por un hilo tan delgado que apenas se alcanzaba a percibir. Asomó su puntiaguda lengua sólo para lamerse el marco de su boca, el cual no se veía provisto de labios; solamente aparentaba ser la una sombra esgrimiendo un gesto. Ladeó un poco la cabeza para ver mejor a Katia, quien se había acomodado en el mismo lugar.
Paseó la mirada por la habitación, todos su efectos personales de Katia le daban a entender un poco de cómo era la joven. Lo que reposaba en el tocador le daba a entender la coquetería con la que se desenvolvía la joven; había muchos perfumes, maquillaje y lociones. Su guardarropa estaba atiborrado de prendas muy seductoras, de prendas muy ligeras. Pero también se encontraba su parte infantil; había varias repisas que se mantenían pegadas a la pared sosteniendo varios osos de peluche que daban a entender la mentalidad pueril que aún provenía de ella.
No sabía a ciencia cierta la edad de la joven. Pero podía intuir que se encontraba por encima de los veinte años. Eso le hacía sentir un mayor deseo.
Llegó hasta los pies de Katia, arrastrado por la sensación de su aroma natural, la miró fijamente, después comenzó a tener una especie de espasmos impulsados por la cercanía con su cuerpo.
Fue entonces cuando sus manos tuvieron la intensión de abalanzarse hacia ella. Así lo hizo.
Pero un ruido en el pasillo le reprimió el deseo. Eran pasos que se dirigían hacia el cuarto contiguo.
Miró con molestia la sombra que se deslizaba por debajo de la puerta y observó que ésta se paraba justamente enfrente. Observó que el pomo de la puerta comenzaba a girar y con resignación se reguardó en las sombras, cerca del armario.
Al abrirse la puerta se escuchó una voz infantil la cual despertó a Katia.
— ¡Katia, Katia! —dijo la pequeña voz. La pequeña personita fue corriendo a la cama.
Katia despertó todavía adormilada.
— ¿Qué ocurre, Carlos? —respondió Katia tallándose los ojos.
El jovencito subió a la cama de un brinco.
—No puedo dormir. Tuve una pesadilla —respondió—. Abrázame. Nunca te vayas.
Katia lo cobijó y lo puso entre sus brazos. Todavía con el sueño que la abrazaba, lo acomodó en su hombro y se aferró al deseo de seguir durmiendo. Juntos se perdieron en un profundo sueño que se irrumpió hasta el siguiente día.

Junto a la cama, yacía un buró de madera de color blanco y encima una lámpara de noche y un reloj despertador, el cual comenzó a vibrar con un sonido ensordecedor al mismo momento en el que el primer rayo de luz comenzaba a asomarse por la abertura de la cortina que daba al exterior. De inmediato Katia brincó moviendo consigo a su pequeño hermano que descansaba debajo de las cobijas.
Katia sacó su mano de las cobijas y la estiró para llagar al reloj despertador. Dio varios manotazos antes de atinarle al pequeño botón que desactivaba la alarma.
El pequeño Carlos se había ocultado cuando el primer rayo de luz filtrado por la ventana había ingresado. Escuchó unas leves risas.
—Carlos —Katia intentó llamar la atención del menor.
Lo movió en varias ocasiones. El jovencito no se movía, en cambio se escuchaban sus risas haciendo entender que se trataba de una broma.
Katia se decidió a no hacer más caso. Se le estaba haciendo tarde. El reloj despertador se había quedo con la misma hora del día anterior, no había cambiado la hora como todos los martes que acostumbraba levantarse una hora antes. Su tiempo estaba contado y no tendría tiempo siquiera de tomar un baño.
Salió de su cama sin mover el bulto donde se encontraba su hermano. Comenzó a cambiarse la ropa de dormir. Pero al ver que en las cobijas había un hueco por donde Carlos la podría estar viendo, se tapó con una bata y fue hacia la cama.
—Pequeño diablillo —le dijo en un tono serio y fuerte.
Entonces, jaló las cobijas hacia sí con la intensión de destapar a su hermano. Se llevó una terrible sensación al ver que debajo de las cobijas no se hallaba nada, estaba completamente vacío. Su hermano no se encontraba por ningún lugar de la habitación. Quedó sorprendida pues había sentido, con toda certeza, los movimientos de algo por debajo de las cobijas. Pero quedó aún más estupefacta cuando escuchó fuera de su habitación la voz de su hermano diciendo:
— ¡Que te vengas a desayunar, Katia! —la voz se oía adormilada como si recientemente se estuviera despertando.
Un repentino golpe de emociones le llegó de inmediato. Estaba confundida y enfadada a la vez. Estaba segura que había sentido el movimiento de su hermano debajo de las cobijas. Estaba segura que había despertado en la noche al escuchar la voz de su hermano corriendo después de tener una pesadilla. Pero también le cabía la idea en la cabeza de que su hermano era un chico aún muy joven, un niño, y que era de esos que todavía se orinaba en la cama si algo les espantaba por la noche. Lo más raro es que nunca sintió que su hermano se moviera de su lado ni mucho menos haberle escuchado salir de la habitación.
Se tomó un respiro y salió al pasillo detrás de su hermano.
— ¡Oye! —lo tomó del brazo mientras pensaba de qué forma le reclamaría.
El niño la miró consternado.
— ¿Por qué me asustas de esa manera? —reclamó.
Carlos puso cara de confusión.
— ¿A qué te refieres? —preguntó éste.
—A que entras por la noche a mi habitación, finges estar asustado y, por la mañana, cuando nadie te ve, te sales de mi habitación y todavía me juegas bromas desde tu cuarto.
—Katia —contestó Carlos tratando de liberarse de ella—, estás loca, yo no te he hecho ninguna broma. Sí pasé en la noche a tu habitación, pero me salí como dos horas después porque tuve otra pesadilla peor. Por eso me regresé a mi habitación.
Carlos parecía querer llorar, fue entonces que Katia lo soltó y regresó a su habitación.
«Él no estuvo toda la noche en mi cuarto» Fue al armario, abrió, miró su ropa, sacó un pantalón y una blusa. De pronto, le entró una leve inquietud y no pudo quedarse con las ganas de revisar el interior del armario nuevamente. Lo revisó superficialmente, solamente haciendo a un lado las prendas para revisar las esquinas. No encontró nada.
« ¿Entonces qué fue lo estaba en la cama? Esas risas debajo de las cobijas» Estaba segura que lo que se veía sobre la cama era un bulto y dentro había algo. Lo podía asegurar, pero no podría decirle a nadie hasta estar completamente segura.
Después de haberse vestido, salió de la habitación. No pudo dejar de echar un vistazo al interior de la misma mientras iba cerrando la puerta tras de sí. Sintió que algo estaba allí. Pero no veía nada ni a nadie.
Terminó de cerrar la puerta al mismo tiempo que escuchaba a su hermano acusarla con su madre de que ella lo había jalado.
Tuvo que acceder a los reclamos de sus padres quienes, sin escucharle, le dieron la razón a su hermano menor. Ese tipo de discusiones tenían lugar muy seguido en su casa, incluso se había acostumbrado a perderlas todas. Tenía que aguantar los desplantes de su hermano cada que él quisiese. Por eso es que no le caía nada de raro, por eso es que aquel incidente no modificaría en nada su desempeño en su día. Hoy tenía una audición muy importante en el ballet de la academia, no se podía permitir frustrarse de esa manera ante la audición que se llevaría a cabo en la escuela. Era la primera vez, y quizá la última, que el ballet de la ciudad vendría a hacer audiciones a su escuela. Era una oportunidad única. Tenía muchas esperanzas en lo que ella podría hacer.
No quiso desayunar más que un vaso de jugo y una rebanada de pan tostado con mermelada. Algo ligero.
Salió de la casa, adelantándose a sus padres, quienes llevarían a Katia y a Carlos a sus respectivas escuelas. Aseguró que no necesitaba que la llevaran y que tomaría el autobús que la llevaría a la estación del metro para llegar a la escuela. Sus padres aceptaron muy a regañadientes.
Al llegar a la escuela, corrió para acceder a la sala de ensayo. Muchas de sus compañeras ya se encontraban haciendo ejercicios de calentamiento. Pasó directamente a los casilleros sin saludar a nadie. Pudo ver que la gente de la audición estaba preparándose ya en sus asientos.
Pasó de filo hasta los vestidores. El área de vestidores estaba, en su totalidad, vacía. Ella era la única que estaba con el tiempo encima. Abrió su casillero y trató de cambiarse lo más rápido posible. Pero había algo que no la dejaba. Sentía una mirada ciñéndose sobre ella. Miró a un lado; no había nada. Miró al otro; igual. Ella estaba sola en ese lugar. Sin embargo, no se sentía así. Sentía todo lo contrario. Sentía como si alguien la estuviera observando. ¿Desde dónde? No tenía ni la más remota idea.
Terminó de cambiarse con mucha precaución, cuidando más su seguridad que la tensión que tenía por salir y presentarse.
Tenía una incómoda sensación en la piel, sentía como si la estuviesen rosando constantemente los brazos.
Salió del área de vestidores con ganas de llorar. Pero cuando vio las luces que alumbraban el escenario improvisado del aula de ensayo, toda sensación de incomodidad se cambió por nerviosismo.
Vio que una de sus compañeras había empezado su número.
Los jueces se mantenían pragmáticos, inexpresivos, a pesar de que era la mejor versión de su número que había visto.
Percibió un gesto de su profesora diciéndole que ella era la que seguía. Un súbito golpe le vino con el nerviosismo. Para esto se había esmerado todas las tardes después de clases, para esto se había preparado todo el tiempo. Tenía que concentrarse al cien por ciento. Caminó unos metros hasta un costado del escenario improvisado y dejó su mochila junto a la ventana. Hizo una especie de cábala, la cual consistía en hablar con ella misma durante un minuto entero. Esto le hacía sentir un poco de menos peso sobre sus hombros y quizá sentir menos presión de sus propios sentimientos hacia ella. En ocasiones sentía que era demasiado inaccesible con ella misma, que no se permitía conocerse hasta el punto de la totalidad. Un posible miedo que siempre había arraigado.
Después que pasara ese minuto de tranquilidad, sintió que sus músculos se ablandaban. Para culminar, dejó el aire que previamente había aspirado y lo dejó en sus pulmones como si tuviera la intención de absorberle al aire todos los nutrientes que este pudiese tener. Al final, sus sentidos se enfocaron nuevamente en el exterior y pudo oír el final del número de su compañera.
Algunos aplausos se dejaron oír desde donde se encontraban sus demás compañeras, pero inmediatamente los aplausos cesaron cuando el jurado se mantuvo inexpresivo y meneaban la cabeza mientras se miraban entre sí. Un representante del jurado se levantó de la silla y se dirigió hacia la profesora de Ballet, la profesora Sofía. Todos vieron que le murmuró algo al oído. Y la profesora simplemente parecía pedirle algo más de tiempo.
El representante del jurado tomó camino a su asiento. La profesora simplemente se dio la media vuelta y miró a Katia. La miró con tristeza y le indicó que era su turno.
Ella asintió. Alcanzó a escuchar un leve murmullo entre sus compañeras. Giró la cabeza para observarlas, pero nadie estaba hablando en ese momento. Siguió avanzando y siguió escuchando un susurro que le llegaba casi junto al oído.
«No podrás.»
Miró de soslayo con un gesto molesto.
«Tú bien sabes que no vas poder.»
La voz la hizo inquietarse.
«Sabes que no estás lista. Pierdes el tiempo y hacer perder el tiempo a los demás.»
La voz hablaba muy débilmente y mantenía el tono como si no quisiera que la escuchasen.
«Todo el tiempo te observaré. Ahora que te he encontrado no te dejaré. Serás mía de ahora en adelante.»
Esto último hizo que a Katia le recorriera un escalofrío por toda la espalda. Sintió el sudor que le empezaba a correr por la frente. Su sangre estaba helada. Sintió ganas de quedarse parada donde estaba, girar ciento ochenta grados y retirarse. Pero toda la gente la estaba observando.
Cerró los ojos y siguió caminando.
«Katia, mira al fondo, por la puerta a los vestidores.»
Su nerviosismo explotó al ver una silueta deforme que aparentaba observarla desde el interior de los vestidores. Una línea rojiza se dejaba ver en su rostro amorfo como si fuera una sonrisa desquiciada. Las manos parecían garras afiladas, y una de ellas movía sus dedos como movido por la ansiedad.
Katia sentía un temblor que le recorría por todo el cuerpo. Por un momento quiso proponerse de que aquello se trataba de un reflejo de su nerviosismo y que debía mirar para cualquier otro lado. Pero la figura seguía ahí, parada y reflejando inquietud en su mano.
Se colocó de frente al jurado, el cual había quedado entre ella y la silueta. Los miró con nerviosismo, con un gesto que parecía anteceder al llanto. Se dispuso a cerrar tristemente sus ojos, y cuando pensaba a dar inicio a su número, sintió que todo el cuerpo se le endurecía a causa de una opresión. Quedó parada, temblando, con los ojos abiertos de par en par y sorprendida por la fuerza que la detenía. Todo el jurado se le quedó viendo a su cara llena de tensión. Ella sólo miraba a la silueta que había comenzado a avanzar hasta posicionarse justamente atrás del jurado. No le quitaba la mirada de encima, sosteniéndola a distancia, como si una extremidad de la silueta la hubiese tomado por la espina dorsal y la mantuviese en esa posición.
Katia comenzó a sentir un ascenso en la presión que sentía en todo el cuerpo. En su cuello se alcanzaba a ver las venas que llegaban hasta su clavícula y sus manos que luchaban por zafarse mientras sus ojos no dejaban de sostenerle la mirada a la silueta que ya había avanzado a su izquierda y que se encontraba delante de sus compañeras. Todo el público ahora la veía extrañado y preocupado. Había confusión en la cara de sus compañeras.
La profesora Sofía comenzó a avanzar en dirección a Katia.
— ¿Katia? —dijo ésta mientras se acercaba.
Katia no dejaba de esgrimir muecas de incomodidad como si se tratara de una epiléptica en medio de comenzar una crisis.
Fue inevitable que callera al piso, inconsciente, cuando su cuello, empujado por la fuerza empleada por el ente, terminó por crujir haciendo que cayera al suelo como un costal lleno de piedras.

El sonido en sus oídos fue profundizando en su interior. Tenía días que nada era detectado por sus tímpanos y llevado a su detección hasta el cerebro. El haber percibido ese «bip» le hizo tener una idea de donde se encontraba. Aunque no podía abrirlos ojos se sentía débil y sentía el cuerpo ligero, sin fuerza.
Estaba a punto de salir de un coma inducido por un golpe en la cabeza después de caer inconsciente. La pasiva entrada de los sonidos deslizándose por sus oídos le hizo sentir como si una suave brisa le besara las mejillas.
Sentía el cuerpo como si llevara semanas sin descansar correctamente. Al mismo tiempo que fue abriendo sus ojos, se le fue descomprimiendo su cuerpo el cual estaba postrado en una camilla de hospital.
Precisó la resequedad de sus labios y giró la cabeza a un costado para explorar su entorno. Con dificultad, alcanzó a ver un buró que sostenía sueros y algunos medicamentos inyectables. Al parecer sí se había puesto demasiado mal. El mueble estaba plagado de varios tranquilizantes.
Como pudo, sacó la mano izquierda de entre las ligeras sábanas y la llevó hasta el buró con la intención de tomar una botella de agua que descansaba detrás de todos los medicamentos. Observó con tristeza su mano lastimada por todas las perforaciones para administrarle suero; parecían pequeños golpes que se iban tornando morados.
Pero había algo un poco más perturbador. Al alcanzar el agua con su débil mano, se percató que su antebrazo estaba lleno de moretones, parecían golpes moteando su piel. Algunos tenían todavía un tono rojizo, pero muchos otros ya mantenían un profundo color oscuro, como si ya tuvieran varios días. Trató de incorporarse lo más que se pudo sobre la cama. Estaba sorprendida. Se había golpeado muchas veces su piel a lo largo de su vida, pero nunca había visto tantos golpes en su cuerpo como aquellos. Fue muy poco lo que se alcanzó a incorporar sobre la camilla, pero le fue suficiente para contemplar que en los tubos de las orillas de la misma había unas correas para las muñecas. Se examinó las manos y vio una línea rojiza que se extendía por todo el rededor de su extremidad.
Vio sus manos temblar a causa del asombro. Pero los moretones no sólo se encontraban en sus brazos, sino que también a lo largo de su cuerpo. Se descubrió la bata hasta los hombros y descubrió que tenía unas marcas del tamaño de una mano. Se miró confundida los hombros y comenzó a bajar su mirada hasta sus pies. Quitó la sábana de encima y la arrojó hacia el suelo. Observó sus pies desnudos y comenzó a subir la bata, enrollándola en sus manos. Lo que observó la dejó estupefacta.
Su mirada se perdió en las manchas de sus extremidades, como alguien que intentaba recordar algo preocupante.
Comenzó a gesticular en pos del llanto. Con desesperación observó las marcas de sus piernas, sólo que éstas, a diferencia de las demás, que estaban regadas por todo su cuerpo, tenían formas de manos, inclusive las manchas no parecían ser sangre molida debajo de su piel, sino quemaduras, posiblemente hasta llagas que se habían profundizado en su piel.
Miró consternada y descendió los pies hasta al suelo. Éstos, muy débiles aún, sucumbieron ante su peso. Todo su cuerpo se fue hasta el suelo mientras ella soltaba un grito que se perdió entre los pasillos del hospital. Posiblemente alguien la había escuchado.
Como pudo, llegó hasta una pared y se refugió en la esquina más cercana de la habitación.
Se miró su pecho por debajo de la bata y observo con asombro las manchas oscuras en forma de arco que se habían formado por debajo de sus senos.
El terror que sintió al conjeturar que alguien la hubiese golpeado o abusado de ella en su estancia en el hospital, le hacía sentir clavada en medio de una zona tan peligrosa como un campo minado.
Comenzó a gritar desquiciadamente y, casi al mismo tiempo, vinieron en su auxilio un par de enfermeras que de inmediato la trataron de poner encima de la camilla.
Katia las miraba con desprecio y luchaba porque nadie la tocara.
Una tercera enfermera entró en la habitación sosteniendo una jeringa en las manos. Entre las tres, la contuvieron hasta que el potente tranquilizante le comenzó a hacer efecto. Muy despacio, comenzaron a ceder sus fuerzas. Sintió cómo sus músculos se iban ablandando. Respiró un par de veces hasta que su cabeza llegó hasta el piso, después, entre las tres enfermeras la levantaron y la llevaron de vuelta a la camilla.
Se marcharon hablando de ella.

Cuando Katia dejó de estar bajo los influjos del tranquilizante que le habían suministrado las enfermeras, se encontraba rodeada de cuatro personas. De inmediato reconoció a dos de ellas; eran sus padres. Las otras dos personas no las reconocía. Se trataban de dos médicos del hospital, ambos la observaban detenidamente, analizando todo lo que ella hacía.
Al abrir por completo los ojos, uno de los médicos se acercó a ella con una lámpara de mano. La apuntó a sus ojos para ver sus pupilas dilatarse. Se guardó la lámpara y se posicionó el estetoscopio para escuchar su corazón. Cuando el médico la revisaba, comenzó a hablar el otro médico.
—Creemos que esos golpes se los propinó ella misma —le decía a sus padres.
Su madre la volteó a ver.
— ¡Hija¡ —fue a abrazarla— ¿Cómo te sientes? —la miró con preocupación.
Su padre también se acercó. Le acarició la cabellera. Lucía enfadado.
—No lo sé, Doctor—aparentaba estar furibundo y meneaba la cabeza—. Esas marcas no me parecen que ella, en el estado en el que se encontraba, pudiera hacérselas.
—Señor —comenzó a hablar el médico que se encontraba examinando a Katia por el otro lado de la cama—, Sánchez, soy neurocirujano y permítame decirle que en el estado en el que se encontraba su hija he visto muchas cosas tan extrañas que les pasan a las personas, que no me sorprende en nada las marcar en el cuerpo de Katia. Esto lo digo —continuó diciendo mientras se quitaba el estetoscopio de los oídos y sacaba una libreta de debajo de su axila— porque el estar en estado de coma es tan impredecible lo que pueda pasar. He visto casos como estos, donde el paciente acaba por hacerse daño así mismo.
Katia se quedó como un simple espectador, mirando mientras debatían lo que ni ella entendía.
—Pero, doctor —intervino la madre de Katia—, éstas marcar parecen manos.
El doctor la miró con calma.
—Créame, Señora. He visto cosas más atroces hechas por los mismos pacientes.
Ese último comentario quedó suspendido en el aire hasta que el otro médico, que se encontraba al pie de la cama habló.
—Por eso es que les recomiendo que dejen a Katia aquí. Estará vigilada. La trasladaremos a una habitación cerrada y vigilada por cámaras de seguridad que transmiten las veinticuatro horas.
A Katia le recorrió un escalofrío parecido al que le había sucedido por la espalda aquel día en la escuela cuando había visto a aquella silueta sombría acercándose a ella.
—Esto yo no me lo hice —dijo en un tono tímido y silencioso que todos escucharon y no pudieron ignorar.
Los doctores la miraron dubitativos y los padres aún con una preocupación evidente en sus rostros.
— ¿Qué quieres decir, hija? —se apresuró a preguntar su madre.
Katia se encontraba con la mirada dirigida hacia sus manos, como si la respuesta a la pregunta de su madre se encontrara ahí.
—No he sido yo —se formó un silencio desesperante en aquella habitación. Los doctores se quedaron mirando entre ellos, mientras que los padres se iban acercando más a su hija.
— ¿A qué te refieres, Katia? —preguntó el neurocirujano.
Silencio.
—A que yo… A que no me he lastimado yo misma.
—¿Cómo puedes saberlo? Estabas inconsciente, en coma.
—Lo sé —en ese momento le entro a Katia una gran desesperación por lo que elevó el tono de su voz—. Simplemente lo sé.
—Hija —añadió el padre de Katia—, con calma. Tienes que tranquilizarte.
La voz paciente de uno de los doctores levanto la expectativa de los padres.
—Es normal que se sienta así. No ha pasado por nada envidiable. Es posible que incluso llegue a la autojustificación. Pero es normal. Con unos días más aquí, ella regresará a su vida cotidiana.
—No quiero quedarme aquí —apostilló Katia—. Quiero irme a casa.
Todos la miraron algo consternados.
— ¿Qué ocurre, hija? —preguntó su madre con voz trémula.
—No me creerían.
— ¿A qué te refieres? —inquirió su padre.
Katia se miró el movimiento de los dedos de sus pies e inhaló profundamente antes de sostener la mirada y responder:
—Nadie de este hospital me ha tocado. Ni siquiera nadie externo. Menos yo.
Todos la miraron inquietados.
—Lo que ha pasado tuvo lugar al inicio del día en que caí en coma. He sentido a alguien que me observa, alguien que me habla como si estuviera a mi lado. Incluso lo he visto. Estaba en la audición; en la escuela. Me miró desde el fondo de los vestidores y se fue acercando a mí. Pensé que alguien lo vería. Pero no fue así. Solamente lo vi yo. Y fue espeluznante. Vi su cara y fue la misma impresión que tuve como cuando sientes que algo se escabulle por tu cuerpo y descubres que tienes una rata o una serpiente cerca de ti. La sensación fue súbita que creo que me paralizó, aunque no estoy muy segura de eso. Creo que esa cosa me apresó y no me dejó mover. Sentí la mirada de todos los que estaban ahí, pero nadie hacía el intento por ayudarme. Pudo haber sido en cuestión de segundos cuando mis emociones llegaron al punto en que me desconectaron de la realidad y caí sin saber más de lo que pasó.
Sus padres se quedaron paralizados y con la boca abierta, pero los médicos se vieron entre sí y no pudieron evitar sacar una sonrisa que rayaba en la burla.
Uno de los médicos fue a hablar, no sin antes aclararse la garganta.
—Hay veces que los pacientes recurren a alucinaciones previas —se encogió de hombros.
El padre lo miró con el ceño fruncido.
—Mi hija no está loca. Es difícil de creer lo que está diciendo, pero no por eso le voy a permitir que insinúen que está loca.
—Señor…—comenzó a decir el neurocirujano, pero fue detenido por la madre.
—Nos la llevaremos, doctor. No queremos arriesgarnos por lo que pueda pasar. Todo lo que le suceda a nuestra hija correrá por nuestra responsabilidad.
Katia reaccionó algo sorprendida, pero todavía más con una sensación de estabilidad con lo que sus padres estaban haciendo. 
—En cuanto mi hija esté lista, nos la llevaremos de vuelta a casa—sentenció el padre de Katia—. No queremos incomodarlos más.
Los médicos se quedaron callados al ver que la madre de Katia salía de la habitación, en dirección al pasillo.












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miércoles, 7 de febrero de 2018

Relato 16 - La sonrisa del gato




La sonrisa del gato


Soy nuevo en la ciudad. Mi nombre es Mauro Ortega. Soy del estado de Michoacán y he venido a la ciudad a vivir por un tiempo, mientras termino mis estudios de ingeniería en el Politécnico. Debido a la situación económica de mis padres, me he visto en la necesidad de trabajar y pagar mis gastos personales, así como mis gastos estudiantiles por mi cuenta, si es que quiero continuar estudiando y terminar.
Al llegar a la ciudad me he topado con que no es como yo me la imaginaba. Es un lugar precipitado, con muy pocos momentos de calma y mucho estrés por doquier.
No soy del tipo de persona sociable que encaje en esta ciudad. Soy, más bien, del tipo de persona que es sumamente celosa de su soledad. No me gusta ir a fiestas debido a que me aturden las luces y el alcohol. Para tranquilizarme y pasar el rato, platico conmigo mismo; una costumbre que tengo desde niño. Conforme he crecido he hecho esto a menudo y cada vez que me siento solo y necesito razonar acerca de un problema o algo que me aqueje. La gente que llega a tener contacto conmigo en esos momentos tiende a reaccionar mirándome extrañados y como si estuvieran viendo a un loco. Pero para mí es algo completamente normal y algo con lo que he vivido toda mi vida.
Cuando niño, mis hermanos me rechazaban por lo extraño que les resultaba ver mi comportamiento. Pues parecía jugar con alguien, platicar abiertamente con alguien que nadie más veía más que yo.
Mi madre decía que tenía amistades no existentes. Que ella sólo me veía salir corriendo como si estuviera persiguiendo a alguien, dirigiéndome hacia los sembradíos. Muchas de esas amistades ficticias tenían nombre, según lo recordado por mis padres. «Nombres muy raros», precisaban ellos.
En aquellos tiempos, y por la condición económica de mi familia, mi comportamiento fue ignorado lo más que se pudo. Los niños de las casas aledañas no jugaban conmigo porque afirmaban que estaba loco. Las madres de esos niños me miraban con cierta lástima y desdén,  a menudo iban por ellos si alguno de ellos se encontraba cerca de mí, y tiraban de sus brazos como si quisieran arrancárselos. Todo ese repudio se fue tornando en todas las etapas de mi vida. Hasta que decidí olvidarme de esas malas compañías.
Yo los dejé, pero ellos nunca consiguieron desistir de mí.
Por las noches, escuchando sus voces; ya no son voces de niños. Son voces que han evolucionado con el tiempo, igual que la mía. Pareciera como si ellos también hubiesen crecido a la par de mí.
Ahora sonaban como voces despechadas, afligidas por mi omisión hacia ellos. Todos los años iba notando las diferencias en sus voces a la vez que yo iba creciendo. Me demostraban que ellos tenían la razón. Predecían sucesos fatales. Y, cada vez que lo hacían, lo hacían al unísono, como si no les bastase suficiente martirio hacerme escuchar una voz en mi cabeza prediciendo algo que ocurriría cerca de mí.
Por eso, algunas ocasiones converso con ellos, y digo que hablo conmigo mismo. Porque es la única forma de acallar las voces.
Haciendo esto, todo ha cambiado de alguna forma. Las voces se han ido tranquilizando, aunque todavía persisten pequeños susurros por la noche.
Desde hace algunas noches, cuando me encuentro esperando a que el sueño se apodere de mí, siempre irrumpe una voz diciéndome «Observa quién te ve desde la ventana» con una voz clara y con eco que retumba en mi cabeza como si fueran pasos pesados en un lúgubre túnel.
La mezcla de ansiedad y miedo, me hacen voltear hacia la ventana, donde se encuentra un gato pardo que me ve detenidamente como si se burlase de mí. El primer día que ocurrió esto, pensé que se trataba de un gato común y corriente. No fue hasta por la madrugada siguiente, cuando me levantaba para irme al trabajo, cuando lo vi nuevamente parado en el tejado de la casa contigua y mirándome detenidamente. Por la noche había terminado por ceder ante el sueño. Me había girado hacia la pared ignorando la presencia de aquel animal, que se lamia las patas como si estuviera limpiando sus garras, como preparándolas para algo.
Lo extraño había sido por la madrugada: el gato seguía en la ventana, como si no se hubiese movido de ese lugar. Cuando me di cuenta de esto, el gato, con mucho desdén, avanzó por el tejado como si simulara haberme ignorado. Dio un salto hacia abajo, en el borde del tejado, y se perdió en la espesa oscuridad de la madrugada.
Comencé a frotarme los brazos con las palmas de las manos, porque había sentido un frio repentino que hizo que la piel se me erizara. Fui al armario y saqué una chamarra. Vi la hora y me apresuré a bañarme. El agua estaba gélida, y la sensación que tuve al contacto con el agua fue como si pasaran un cubo de hielo por mi espalda. Traté de que mi aseo fuera lo más rápido posible, pues tenía que estar en la estación del metro más cercana a las cuatro con diez de la mañana si quería llegar a tiempo a mi trabajo.
Salí de la habitación sintiendo el golpe de frío que azotaba contra mi cara. Comencé a descender por la escalera de caracol. Todo estaba en un sepulcral silencio, que combinado con la oscuridad, me hacía sentir como si algo, que no fuera el aire, lamiera mi cara con desesperación.
Sacudí la cabeza para quitarme la extraña sensación. Me cerré la chamarra y me puse el gorro en la cabeza mientras iba abriendo la puerta principal de la casa donde rentaba.
Las farolas bañaban con una luz amarillenta la calle. Una que otra parpadeaba como anunciando que tarde o temprano dejaría de funcionar. Esa claridad rellana se extendía hacia un punto enfrente de mí, donde se perdía toda claridad y la oscuridad se fundía con el pavimento.
A ese lugar era hacia donde me tenía que dirigir. No había de otra. Era sí o sí.
Comencé a caminar por en medio de la calle, la cual estaba evidentemente desprovista de autos en movimiento. Los coches se encontraban parqueados a un costado de la calle. Las fachadas de las casas solamente eran unas manchas cuadradas y discordes que habitaban ocultas en la oscuridad. Decidí ponerme los audífonos y reproducir música desde mi celular para sosegar la sensación de ser observado.
Sentía alguien observándome a mis espaldas. Sentía algo cerca que no podía definir. Pensé que era temor. Era algo inquietante. Aún y con la distracción de la música en los oídos no conseguía quitarme aquella rara sensación.
Giré varias veces la cabeza esperando ver a alguien escondido entre las sombras. Pero, afortunadamente o desafortunadamente, no sé si haya sido bueno, no vi a nadie. Me detuve a escudriñar el camino que había dejado atrás, sólo para ver una sombra pequeña caminando en cuatro patas, aproximadamente a unos veinte metros de donde me encontraba.
Lo vi caminar tranquilamente, con sus patas delicadamente tocando el piso. Reconocí que era el mismo gato de la ventana. El mismo que me estaba abrumando por las noches.
Los maldije. Pensé en agacharme y fintarlo, como si hubiese tomado una piedra del suelo y tuviera la intensión de aventársela.
El gato ni se inmutó.
En su lugar, el gato se dirigió a su derecha, subiéndose a la banqueta y quedándose quieto. Miraba hacia enfrente. Pero no era a mí a quien miraba. Se trataba de un punto a mis espaldas. Sentí una breve ventisca que se estrellaba en mi cara, como si alguien hubiese pasado a un costado. Giré lentamente esperando ver sólo el resto de la calle.
Pero lo que vi me hizo retroceder.
En ningún momento había visto al así. Me quedé estupefacto por varios segundos.
Decenas de gatos, posicionados en distintos lugares de la calle, me observaban con sus ojos luminiscentes y retadores a unos cuantos metros de donde me encontraba. Parecían réplicas exactas del mismo gato que me acosaba. Todos eran pardos. Lo único que se alcanzaba a distinguir eran sus siluetas y sus ojos, que resaltaban como pequeñas llamas amarillentas bailando de un lado al otro como si las estuviera agitando el aire.
Eché mi cuerpo hacia atrás. Mis piernas no me siguieron y terminé por caer de espaldas. Me incorporé rápidamente, espantado y sin perderle la vista a los gatos. Todos me observaban expectantes de cualquier movimiento.
A la brevedad, uno de los gatos comenzó a maullar con un sonido lastimero. De repente, y como si la indicación del primer gato hubiera sido que todos le siguieran, todos comenzaron a maullar al unísono. Parecía como si toda la manada de gatos se encontrara en una orgía embramada.
Inconscientemente comencé a temblar. Mi párpado derecho comenzó a ser poseído por un tic que pronto se comenzó a extender por toda mi cara.
Noté la pasividad con la que los gatos me observaban; quietos. Parecían absortos en algo más que no fuera yo, pero con la mirada fija en mí. Al ver esto, sentí un ápice de valor. Comencé a avanzar sin quitarle la mirada de encima a los felinos más cercanos. Ellos comenzaron a girar sus cabezas al unísono. Hasta que a uno se le ocurrió ronronear. Lo que sucedió a continuación fue tan impresionante que lo único que pude hacer fue acelerar el paso; los gatos, conforme iba avanzando, maullaban, y, cada vez que daba un paso, se iban inmaterializando, quedándose sólo en una sombra que, momentos después, se desvanecían como si fueran de humo. El color oscuro de los gatos se fue difuminando, cual polvo en el viento. Los restos que quedaron esparcidos en el pavimento parecían cenizas regadas de algún árbol consumiéndose. Tan pronto volví en sí, y ya sin ningún gato al alrededor, una suave brisa hizo que las cenizas volaran como la arena.
Me quedé a solas, en medio de la oscuridad, con el corazón bombeando como el de un colibrí atrapado.
Tuve ganas de echarme a reír debido al nerviosismo que me dio haber presenciado eso. Por un momento pensé, para consolarme, que todavía estaba sumido en un sueño y que no había salido de mi habitación, que todavía estaba dormido. Pero sólo había sido autocompasión. El frío me azotó en la cara con la realidad. Desconcertado, sacudí la cabeza enfocándome de nuevo en el camino.
Tenía un fuerte sabor amargo en la boca. Sentía la lengua como si la tuviera escaldada.
Todo el trayecto que me faltaba por caminar me fue abrazando un frío que me entumía los huesos. Veía el vaho saliendo de mi boca como si estuviera fumando a fuertes bocanadas. Mi corazón retumbaba encerrado en mi pecho como si hubiera visto al mismo diablo.
Al llegar a mi trabajo, me mantuve alejado de mis dos compañeros que compartían el turno conmigo y que querían hacer bromas como cotidianamente lo hacían. Mi poco humor hizo que varias veces los volteara a ver de forma despectiva, evitando sus mofas y alejándome de ese sitio.
Trabajaba en una tienda de autoservicio de veinticuatro horas. Ocupaba el turno de la mañana, siendo un caso especial debido a mis estudios, pues a los demás empleados los hacían turnarse en los horarios.
Uno de mis compañeros se me acercó, tentado por la curiosidad acerca de mi extraño comportamiento.
¿Qué te ocurre? dijo en un tono apenas perceptible ¿Te hemos hecho algo?
Yo meneé la cabeza negando.
¿Entonces? Has estado muy raro. Digo, nunca eres de los que bromean, pero por lo menos nos hablas.
Nada – dije en un hilo de voz. Tuve una mala noche. Sólo es eso.
Pues no creo que sea solamente eso dijo mi compañero.
¿Por qué lo dices?
Por esa mancha oscura que te escurre por la nuca se fue acercando. Parece sangre, pero es muy oscura para serlo.
Me tomó del hombro con la intensión de asomarse a ver más de cerca. Yo me intenté hacer a un lado, pero sentí, de inmediato, todo su peso en mis hombros.
Aquí señaló un punto cerca de mi nuca.
De inmediato sentí un dolor punzante, pero soportable de cierta manera. Me quejé amargamente y empujé a mi compañero creyendo que él me había hecho algo.
― ¡Déjame! ¿Qué me hiciste? pregunté sin quitarme la mano de la nuca.
Yo no te hice nada respondió. Es lo que tienes escurriendo por la nuca.
Él extendió la mano para intentar tocarme nuevamente, a lo cual yo le respondí poniéndole un manotazo en el brazo.
Me observó molesto. Por un momento pensé que se me iría encima, pero se contuvo, quizá porque estábamos en el trabajo y, casi a mis espaldas, se encontraba una cámara de seguridad. Amagó y me señaló con el dedo aparentemente molesto. No dijo nada, se dio media vuelta y se fue.
Parecía haberme enviado una amenaza.
No le tomé mucha importancia y me fui directamente al baño. Ahí tome mi celular y lo situé detrás de mi cabeza con la cámara activada. Abrí lo más que pude mis cabellos que obstruían esa zona y tomé un fotografía. Observé la imagen, pero no alcanzaba a distinguir qué era lo que me dolía de tal manera. Seguí tomando, fotos tratando de ver qué era lo que tenía. Pero sólo conseguía ver la mancha de la que me hablaba mi compañero.
Me puse la capucha de la sudadera que traía y fui hasta la caja de cobro. Sin que me vieran mis otros compañeros, tomé un rastrillo del aparador. El dolor en la nuca se iba incrementando. Comenzaba a ser insoportable. Me di prisa y me dirigí nuevamente al baño ya casi corriendo. Al sentir la soledad en el baño bufé de dolor y comencé a rascarme alrededor de la zona que me dolía. Noté que había una hendidura que demarcaba una figura en mi cuero cabelludo. Pude sentir que dicha figura estaba desprovista de todo cabello, como si el cabello hubiera desaparecido así como así.
Tomé unas tijeras que estaban en la gaveta, detrás del espejo, y comencé a cortar el cabello sobrante de esa zona. Después, con un cuidado que me era casi imposible controlar, comencé a rasurar el área. El dolor se comenzó a pronunciar ya como un ardor constante y lacerante. Cuando tocaba la hendidura en mi cabeza, el dolor llegaba a ser insoportable.
Cuando el área estaba completamente desprovista de cabello, usé nuevamente mi celular para fotografiar lo se encontraba en mi cabeza. Cuando puse la pantalla de mi celular en frente de mí para ver la imagen, lo que vi me hizo retroceder.
Era la figura nítida de un gato erizando su pelaje como si tuviera la intención de atacar.
Un gesto de profunda confusión se dibujó en mi rostro. Comencé a sudar frío. Me encontraba nervioso. No sabía qué hacer o por qué preocuparme, si esa era una forma patética de atemorizarme. Pero, fuese como fuese, había funcionado. Tenía los dedos congelados y la mano temblando, como un enfermo de Parkinson.
¿Qué me había pasado?
Inmediatamente me vino a la cabeza la imagen del gato que me acosaba desde hace unas noches en la ventana de mi habitación. Pensé que posiblemente tenía que ver con eso. Pero cómo podría haber pasado. ¿Qué es lo que tenía que ver ese animal en todo esto?
Una horda de sentimientos negativos me abordó por completo. Lo que más resaltaba en mí era la confusión. ¿Qué pudo provocar esa marca en mi nuca?
Me sentí como un estúpido al pensar que iría a casa y, por la noche, esperaría despierto a que el gato apareciese. ¿Pero qué haría cuando éste se posara presumidamente en la ventana? Me sentí aún más imbécil al pensar que, en mi desesperación, le pudiera preguntar qué es lo que tenía que ver con todo lo que me estaba pasando.
Frustrado, y con una evidente cara de molestia, salí del baño, me dirigí hacia el área donde todos los empleados guardábamos nuestros efectos personales, tomé mi mochila y me dirigí hacia la salida sin dar cuenta del porqué me retiraba.
Regresé al lugar que rentaba sintiendo un dolor casi punzante. El contacto con la figura de mi nuca se hacía insoportable. Llegué disgusto y con las ganas de golpear lo que fuera.
Era como si tuviera un fuerte dolor de cabeza: como una migraña. No soportaba ver la luz. La cabeza me daba vueltas como si tuviera dentro un carrusel girando sin control.
Me obligué a buscar estabilidad en los muros de aquella vivienda, pero mis manos no alcanzaban a sentir el soporte de las paredes, quienes, a mi vista, parecían moverse de su sitio como evitaran, a voluntad, que las tocase. Inmediatamente, un mareo se apoderó de mí y caí rendido al piso, no sin antes darme un golpe muy fuerte contra un mueble de madera.
No sentí que hubiera pasado mucho tiempo, pero la noche se había hecho presente.
Desperté con un nuevo e incesante dolor en la cabeza, como si me acabara de golpear. La habitación estaba completamente a oscuras, vacía, como si hubieran saqueado los pocos muebles que poseía. Me enderecé, y, al hacer fuerza con las manos, sentí un leve calambre que iba ascendiendo hasta encarnarse en mis hombros. Esto me hizo desistir de mis fuerzas y dejarme ir contra el piso. No podía hablar. Sentía como si algo, extrañamente, estuviera deteniendo mi lengua desde el interior de mi boca, desde la garganta. Tenía la mandíbula tensa y la mirada perdida como un drogadicto.
De repente la habitación se esclareció levemente, como si una débil luz se extendiera desde el centro de ella. Justamente desde el centro de la habitación me encontraba yo, tirado en el suelo. No había nada que iluminara la habitación salvo yo, pero la luz provenía de ese lugar. De pronto unas siluetas penumbrosas y borrosas comenzaron a crecer ante mis ojos en las paredes, como sombras que sobresalían de los muros. A la altura de los ojos, de cada una de las siluetas, se dibujaban dos esferas luminiscentes de color blanco. Eran sus ojos que refulgían amenazantes a medida que iban creciendo. Las sombras fueron en aumento desde el suelo hasta el techo. Parecían encorvarse al llegar al techo como si no cupiesen en la habitación. Sus extremidades eran muy largas, tanto que no encajaban con sus proporciones.
En total se trataban de seis figuras humanoides. Todas con un gesto distinto. Unos parecían estar mofándose de mí, otros tenían el aspecto triste, incluso lloraban. El más inquietante era el último humanoide; éste tenía un gesto desencajado, furibundo, a la vez que parecía mutar sus gesticulaciones en todas las que lo rodeaban. De todas, era esta última la que se posaba más insistentemente en mí.
—Mauro, viejo amigo —dijo la sombra.
La voz sonaba como si dos personas estuviesen comunicándose a través de ella. Aun y cuando su rostro sombrío se movían, los gestos no dejaban de cambiar.
— ¿Quién... quién eres tú? —pregunté atónito.
Apenas me había podido enderezar. Mi cara temblaba al igual que mi cuerpo, pero en un ritmo discordante.
— ¿Qué son ustedes? —insistí.
La habitación se quedó entre murmullos. Todas las siluetas, a excepción de la que me había hablado, estaban comunicándose entre ellas. La que en un principio me habló, se me quedó  viendo con ojos de ira.
—Ya no nos recuerda —decían entre ellas—. Nos ha olvidado.
En ese momento me atormentó una sensación que poco a poco se convirtió en recuerdos. Recuerdos fugaces. Primero el reconocimiento de las voces; una a una se empezaban a hacer presentes en mi mente como un vago recuerdo, como alguien que recuerda el sabor de algo que había dejado de probar. O que por lo menos había querido dejar de hacerlo.
—Mauro nos ha olvidado —dijo una voz tosca.
—No. No puede ser —contestó una voz débil.
— ¿Con que no recuerdas a tus amigos? —me preguntó la voz que en un principio me había hablado.
Todavía confuso, me puse completamente de pie. Observé las sombras como queriendo reconocerlas. Aunque sabía que, hasta ese momento, lo único que reconocía eran sus voces. Me llegaban como unas voces lejanas e infantiles. Pero sin ningún rostro.
Sorprendido, di una vuelta sobre mis tobillos mientras la primera voz me decía:
—Míranos —la voz parecía querer evitar desesperarse. Se oía forzadamente tranquila —.Hemos estado a tu lado toda tu vida. Somos esas voces que has tratado de evitar por el miedo. Somos las voces de tu interior. Las voces de tu conciencia, las voces de tu mente, las voces de lo que has querido hacer y lo que no has querido hacer. Somos lo correcto y lo suscrito a lo que se considera incorrecto.
La voz dejó que el silencio que continuó hiciera lo suyo y se introdujera en mi mente dejando flotar recuerdos de mi infancia.
—Nos has querido callar porque has tenido miedo de lo que piense la gente de ti. Siempre has pensado que tú eres el loco, y que la gente te mira como si fueras un extraño ser que habla consigo mismo.
—Lo cierto es que hemos estado a tu lado siempre —dijo otra voz.
—Siempre hemos sido tu compañía —dijo otra.
—Sí —dijo otra que creí que ya había escuchado antes.
Ahora las tonalidades de las voces eran de gente madura. Pero, en ocasiones había un distintivo, algo que las hacía asemejarse a las voces que yo conocía. Lo sabía en el fondo. Sabía, incluso, que les había puesto nombres porque no podía pronunciar sus nombres verdaderos. Nombres ridículos. Y los nombraba mis amigos. Personas inexistentes que siempre estaban conmigo, aconsejándome, mostrándome lo que debía hacer.
En lo precario de su aspecto se alcanzó a dibujar el rostro infantil que reconocía muy por debajo de lo escabroso de mi memoria.
Los seis seres tomaron formas humanas intermitentes, alternándose con su figura original que ya me habían presentado.
—El olvido era lo último que queríamos y esperábamos de parte tuya —dijo la primera voz, que ahora sonaba con una distorsión que le daba un toque malicioso a todo. La luz de la habitación fue apagándose gradualmente hasta quedar un débil halo que amenazaba con morir.
Mi cuero se enchinó al ver un rostro agrandándose ante mí.
Fue entonces que recordé en lo que decían las antiguas leyendas de mi pueblo natal.
Decían que los gatos eran los acompañantes de los demonios y que muchas ocasiones se hacían de almas para otorgárselas en forma de ofrenda a sus dueños, haciéndose de la confianza de las víctimas para después ser el alimento de sus amos. Estas víctimas eran, sobretodo, niños de una edad específica, aunque en muchas ocasiones las víctimas llegaban a ser jóvenes de mayor edad, incluso adultos. Decían que se alimentaban de la preocupación y la incertidumbre de ellos para fortalecer la voluntad de su amo. Cada demonio tenía un felino distinto y estos marcaban a sus víctimas con heridas lacerantes en alguna parte de la cabeza. Muchas ocasiones el demonio tenía a su cargo más de un felino, y esto definía el poderío del mismo: a mayor número de felinos, mayor poder entre los demonios. Había ocasiones, incluso, que eran marcadas en la frente o en las sienes. La marca de un felino sonriente —como era en mi caso—, se trataba de una marca de muerte o de locura, pues, se contaba, que esta marca representaba el vínculo que haría llegar al demonio para devorar el alma de la víctima o dejarlo en un estado de debilidad absoluta.
Mi cuerpo se entumeció al ver a aquel rostro desprovisto de toda facción y caí hacia atrás, tropezando al querer escapar. Recordé toda aquella leyenda y la piel se me escurrió en escalofríos.
Aquella bestia tenía el cuerpo erguido, con una cabeza que aparentaba la combinación de varios tipos de animales. Su mirada era fría y poseía unos ojos de serpiente inyectados en color rojo.
Retrocedí. Fue entonces cuando las seis figuras de los niños se materializaron ante mis ojos. Cada niño enfrente de su respectiva sombra. Parecían la reproducción de un proyector antiguo con líneas que surcaban los cuerpos de los niños.
El demonio me miraba con un gesto parecido a una sonrisa dibujada en sus labios. Pero en su mayor parte era un rostro de ira. Furibundo. Serio. Bufaba como si se tratase de un toro enrabietado. El rostro se abalanzó un poco hacia mí. Fue entonces cuando pude ver que se trataba de algo inmensamente monstruoso. El torso era sumamente musculoso y mostraba un pelaje parecido al de un taurino, sólo que las manos culminaban en unas manos toscas de un humano. Mientas la parte inferior de su cuerpo, en proporción, era más chica que todo su cuerpo. Su torso estaba completamente desnudo, mientras que la parte inferior de su cuerpo se cubría con una especie de pantalón hechos girones.
—Mauro —dijo la voz del demonio. Era una voz escalofriante, estremecedora—. Tu esencia me pertenece.
Di un paso hacia atrás. Miré mis posibilidades y me avergoncé de lo nulo que podía ser que escapara.
—Todo este tiempo has alimentado mi voluntad con tu inseguridad, con tu miedo, con la pena que te daba aceptar las voces en tu mente. Tu problema no era tener las voces en tu interior, el problema era que no las aceptabas.
Su mirada se ciñó sobre mí. Su aliento me inmovilizó. Se puso tan cerca de mi cara que pude sentir el calor que emanaba de su boca. Entonces, con uno de sus poderosos brazos, me tomó. Con mucha paciencia, fue abriendo las fauces de su boca. En primera instancia pensé que tenía la intensión de comerme vivo. Pero no fue así. Abrió su boca para aspirar despacio mi aliento, un aliento de color rojizo que salía de mi boca en contra de mi voluntad. Me mantuvo suspendido en el aire cuando su brazo me había dejado de rodear la cintura. Extrañamente, tenía ganas de gritar, pero ningún sonido, a excepción de un débil quejido, salía de mi boca. Pensé que me estaban extrayendo el alma, pero la sensación no era lo que esperaba. Pensaba que la muerte sería dolorosa, sangrienta. Estaba perdiendo mis fuerzas, sentía mis extremidades, en su totalidad, blandas y flácidas. Aparte comenzaba a perder la vista gradualmente, comenzaba a sentir que mi olfato comenzaba a producir olores que sólo habían tenido lugar en mi infancia, mi boca se estaba secando y un zumbido se adueñaba de mis tímpanos. Aquella bestia me observaba y lo último que pude ver fueron sus ojos de reptil antes que mi mirada se cegara por completo.
Hoy me encuentro en lo que creo que es un hospital para enfermos mentales. Me han metido aquí debido a lo confuso que puede resultar un trato conmigo. No veo nada por mis ojos, sólo esta profunda oscuridad.
A lo lejos puedo escuchar las voces de las sombras comunicándose a través de mi cuerpo todo el día. Se han adueñado de mí casi por completo. Los demás me siguen considerando un loco por las cosas que hacen los espíritus que a través de mí. Voy escribiendo esto mientras los espíritus que me tienen cautivo en mi propio cuerpo duermen. Puedo escuchar sus ronquidos como bestias durmiendo en una posición incómoda. Porque aunque parezca raro, ellos duermen y quitan su atención de la realidad, y es ahí donde puedo expresar todo lo que he sentido.
 





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