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viernes, 3 de noviembre de 2017

Calaverita


Calaverita.

Estaba Héctor sentado escribiendo su relato,
uno de tantos que hace, pero está solo era para pasar el rato.
Se trataba de espantos y lo presumía por todos lados.
Un día la calaca huesuda escuchó sobre su obra de terror.
Así que ir a visitarlo decidió.
Poco después lo citó en el panteón,
era de noche,  la luna ya salió,
lo que la huesuda quería era darle un susto que le sacarle el corazón.
Cuando Héctor llegó la huesuda salió,
le dijo ve a ver a tu mujer que está a punto de tener a un bebé varón,
Héctor, un susto pegó por eso decidió enterrarse en el panteón.



¿Quieres publicar tu relato? Mándalo a la siguiente dirección: halmanza2521.relatos_de_terror@blogger.com literaturaterror@groups.facebook.com RELATOS DE TERROR Y SUSPENSO Todos los derechos reservados Héctor Almanza Chávez ©

miércoles, 25 de octubre de 2017

Relato 14 - Manos de Sangre





Manos de Sangre




Habían traído nuevamente la cena. Noche tras noche, todo siempre era lo mismo. Las mismas sombras, los mismos rencores, los mimos remordimientos arremolinados en su cabeza. La fría habitación blanca, monótona y aburrida de siempre. La misma penumbra nocturna de muros pálidos y acolchonados.
El sentirse como algo inanimado, de vez en cuando, le proporcionaba un tipo de calma que no alcanzaba a comprender. En ocasiones esa calma le hacía sonreír. Pero lo cierto es que ella no estaba loca. La volvieron loca al momento de meterla a ese manicomio, al dejar en aislamiento debido al caso que atravesaba. La habían dejado loca los sucesos de los cuales ella había sido testigo.
Para nadie era correcto lo que hizo. Cualquiera que lo supiera, la veía con repudio, incluso con odio.
El doctor Méndez —el doctor que atendía su caso—, un joven de treinta y pocos años, con mucha experiencia teórica, pero muy poca experiencia en campo, apenas era capaz de acercarse a conversar con ella. Evidentemente le tenía miedo.
De verdad sentía un escabroso sentimiento de repulsión hacia ella.
Julia estaba al tanto de ello.
Por más que intentara comunicarse, tranquilamente, con el doctor Méndez, no podía hacer que él le pusiera atención. Bastaba con que su mirada se posara en él, para que simplemente le tuviera miedo y quisiese irse de inmediato.           
— ¿Ahora usted me traerá la cena, Doctor? —preguntó Julia al ver la cara del doctor Méndez en la ventanilla de la puerta de su habitación.
Ella se encontraba sentada al fondo de la habitación, abrazando sus rodillas a su pecho.
La habitación había adquirido una tonalidad grisácea. Lo que le daba a Julia una apariencia aterradora a la poca luz que se filtraba en la habitación.
El Doctor Méndez se le había quedado mirando, como si hubiera oído la voz pero como si no le hubiera encontrado la forma a lo que le estaba hablando. Pues, sentada como estaba y con la débil luz que hacía poco visible su cuerpo, su aspecto parecía más el de un pedazo de tela tirado en el suelo del cual colgara un pedazo de tela deshilachada en forma de cabellos.
Julia alcanzó a ver que alguien se acercaba a la puerta apuntando con una linterna.
El halo de luz le dio en la cara, y la hizo esgrimir una mueca de molestia.
—Doctor, Doctor —dijo Julia meneando la mano derecha—, dígale a su acompañante que aparte esa luz de mi cara si no quiere que le haga lo que le hice a mi marido.
El acompañante, asustado por lo que había escuchado, apagó inmediatamente la linterna sin esperar a que el Doctor Méndez se lo indicara.
—Déjenos solos, por favor —le indicó el Doctor.
El guardia asintió tembloroso.
El Doctor Méndez aguardó hasta verlo doblar por el pasillo y perderse entre los recovecos del hospital. A continuación miró al interior de la habitación por la ventanilla. Se llevó una muy amarga sorpresa al ver que Julia no se encontraba dentro de su campo de visión. Pegó su cara al borde de la ventanilla. Sintió el aire frió que despedía la habitación y miró confundido el vació azulado del cual se coloreaban las paredes. Frunció la mirada y apretó los dientes. Sentía como si la quijada se le fuera a desviar y cuando vio, inesperadamente, la sombra del rostro de Julia frente a él, lo único que pudo hacer fue hacerse hacia atrás y quedarse pegado contra la pared del pasillo.
Gracias a la muy leve iluminación del pasillo, observó, en medio de la ventanilla, el rostro demacrado e insano de Julia.
— ¡Por dios! —Exclamó el Doctor—, nunca vuelvas a hacer eso.
El pecho del Doctor Méndez parecía víctima de una respiración precipitada.
—No tiene que temerme, Doctor.
— ¿Cómo no temerte? Después de leer todo lo que dice tu expediente que le hiciste a tu familia.
—Pero yo no lo hice. Se lo he dicho en repetidas ocasiones. Fue esa voz que me indica lo que debo hacer, sino el dolor se intensifica. Lo que hay dentro de mí se adueña de mis movimientos y lo hace a voluntad. Yo no puedo controlarlo, es algo que no puedo explicarlo.
«Maldita loca» pensó el Doctor.
—Eso nadie te lo puede creer —el doctor recuperó la postura, se acomodó la corbata y recogió su tabla de anotaciones—. De verdad quiero ayudarte. Quiero que consigas una condena menor. Pero para eso necesito documentar una mejoría. La cual no la he visto desde que entraste en este hospital.
— ¿Qué mejoría quiere ver, Doctor? —Julia hizo unas muecas como si le hubiera entrado polvo en los ojos— ¿Quiere que le diga lo que usted quiere escuchar? ¿Qué yo maté conscientemente a mi familia?
La mirada de Julia era profunda, parecía desnudar cualquier sentimiento del Doctor. Por eso éste se encontraba intimidado, con miedo y con ganas de darse un respiro.
—Le repito. Yo estoy aquí solamente para ayudarle. Solamente busco la verdad.
—Muchos han tratado de hallar la verdad —reprochó Julia—. Pero nadie ha podido. No hay más verdad de la que he contado.
Méndez sacudió la cabeza como si una peligrosa idea se hubiera adueñado de sus pensamientos. Se quedó callado.
—No hay más verdad. Muchas veces, las cosas son como son y no hay una explicación lógica que nos lleve a entender lo que pasó realmente. Muchas veces es solamente eso lo que hay.
El Doctor guardó silencio. Pensativo, miró con la cabeza agachada a Julia.
—Quiero entender lo que ocurre. Cuénteme, nuevamente, y con lujo de detalle, su historia.
Julia asintió.

Es muy difícil reaccionar cuando sientes que algo, o alguien, te habla al oído. Desde la fecha en que asesiné a mi familia, a unos cuantos días atrás, comencé a escuchar una voz que, primero, me susurraba al oído cosas como: «te vas a morir» «No tienes salida» «Verás la sangre de los tuyos pintar tu suelo». Siempre esa misma voz, que terminaba con una risita petulante, infantil.
Me espantaba pensar que por las noches se encontrara la dueña de la voz, susurrándome a mis espaldas. Era bien esa posibilidad lo que producían que mis sueños se perturbaran.
Siempre soñaba las imágenes mutiladas de los miembros de mi familia. Y terminaba observando mis manos, que estaban llenas de sangre. Mis sueños siempre terminaban con un grito desgarrados, producido… por mí. Llegaba a pensar que ese era el reflejo de mi pesar en la consciencia, del dolor que sentía al ver lo que había  hecho en mis sueños.
Supuse que me estaba volviendo loca, que la voz necia y pueril en mi mente era el reflejo de un trastorno psicológico. Así que visité a un médico, un terapeuta, el cual me dijo que, de momento, no encontraba nada anormal con mi comportamiento, y que posiblemente, al paso de los días, se desvelarían cualquier tipo de problema que pudiera tener.
Pero me harté y dejé de ir. No consolidaba la idea de que nadie pudiera indicarme lo que me estaba pasando.
Fue entonces cuando solicité la ayuda de una médium, que por lo menos me dijo qué era lo que podía tener. Ésta médium, de nombre Mirna, era conocida de una amiga. Fue la primera vez, en días, que me había sentido verdaderamente entendida.
Pero lo que me dijo, hizo que sintiera un escalofrío por todo el cuerpo.
—Usted no tiene un trastorno mental, Señora —la mujer hablaba tranquilamente, y, a pesar que me encontraba frente ella, no me miraba a los ojos, sino que miraba a  un punto por un costado de mi cuerpo. La mujer suspiró—. Lo que trato de decirle es que usted no está enferma —me tomó del brazo hasta llegar a la sala y sentarnos en uno de mis sofás—. Lo que usted sufre es el acoso de un espectro.
Yo negué con la cabeza. No creía que fuese por esa causa. Reí nerviosamente como si fuera una adolescente intimidada.
—No —dije—, no creo que sea eso. Debe ser algo más.
La mujer se me quedó viendo con una mediana sonrisa que apenas si afloraba en su cara. Me miraba y después miraba a un costado.
— ¿Qué ocurre? —Le pregunté— ¿Por qué desvía la mirada tan constante mente?
La mujer se aclaró la garganta y apretó los labios. Se inclinó hacia a mí diciendo:
—Ese acoso del que le hago mención, es un fantasma de una niña preadolescente y siempre la sigue a todas partes. De hecho, ahora mismo la observa detenidamente mientras usted se dedica a mirarme y a escuchar.
No pude evitar reírme por el nerviosismo que sentía. Mis nervios se tensaron tanto que sentía que mi cara se enchuecaría.
La médium, al ver mi expresión se sentó juntó a mí, pasó su brazo por los hombros.
—Tranquila —trató de calmarme—, todo estará bien. Deje todo en mis manos.
Desubicada, asentí.
Durante los días siguientes recibí la visita de la médium diariamente. Pero todo a su vez iba empeorando.
¿A qué me refiero? Pues todo estaba fuera de lugar. Por las noches se escuchaban las risas de de alguien murmurando como si estuviera jugando con alguien en los corredores de la casa. A mis dos hijos les abrían las puertas de sus habitaciones sin que nada, aparentemente, estuviera cerca.
Por las noches, podía escuchar claramente la voz de una niña susurrándome en el oído: «Mátalos, ellos te quieren ver muerta. No les des ese gusto.»
Por las mañanas la confusión me hacía sentir una pesadez. Sentía los hombros castigados como si estuviera cargando un gran peso sobre ellos. Pronto se empezaron a hacer evidentes las ojeras en las cuencas de mis ojos. El sueño que tenía era insoportable. En ocasiones me ganaba el sueño mirando por la ventana al ver que mis hijos abordaban el camión de la escuela. En otras ocasiones me ganaba el sueño viendo la televisión cuando me encontraba cocinando. En una de esas ocasiones fue cuando Mirna me encontró tirada en el suelo de la cocina, empuñando un cuchillo y arañando con la punta del mismo el piso y escribiendo “Delirio, Muerte y tristeza”.
Ella decía que me encontraba riendo delirantemente. Que me mordía los labios como una desquiciada y que repetía constantemente con una voz grave e inusual en mí: «Déjame continuar, falta poco.»
Cuando desperté se encontraban a mi lado Mirna y un sacerdote que ella había llamado.
Tengo que aceptarlo; sentí repulsión al mirar el crucifijo que colgaba del cuello del sacerdote. Era como un escozor que quemaba mis retinas. Era como si me hubieran acercado un cerillo encendido a los ojos.
Le pedí que se lo quitara.
Él se hizo para atrás como si hubiese visto algo extraño en mis ojos. Sentí gusto al verlo pasar saliva, nervioso.
—Esto no es ningún caso de epilepsia —comentó el cura ya cuando las cosas se habían calmado—. Pude ver, mientras estabas recuperando la cordura, que en tus ojos se veía la mirada de alguien más, como si alguien estuviera dentro de ti y no fueras tú la que estuviera aquí, sino alguien más.
— ¿Usted también lo vio padre? —preguntó Mirna.
El padre asintió.
Me les quedé viendo entendiendo que estaban secreteándose con la mirada.
— ¿Me quieren decir qué es lo que me ocurre? —pregunte con voz gruesa.
El padre me miró, al parecer sin la intención de querer hacerlo.
—Es un demonio —dijo en voz baja.
—Sí —asintió Mirna.
El padre se pasó nerviosamente la lengua por los labios. Se hizo hacia atrás hasta encontrar respaldo en una silla. Se notaba frío, como si su cuerpo no se encontrara ahí. Estaba asustado. Y, al parecer, él sabía perfectamente bien por qué lo estaba.
De alguna manera muy extraña, yo lo sabía también.
A menudo, algo desde mi interior me empujaba a esgrimir una sonrisa maliciosa cuando el cura me miraba. Era algo que le gustaba demasiado a lo que estaba dentro de mí. Yo percibía su regocijo como un titubeante tic que se adueñaba de mi párpado izquierdo. Algo dentro de mí se emocionaba con el temer de aquel pobre hombre de dios.
Después de una conversación corta acerca de qué es lo que proponían hacer, me quedé sola con Mirna. Inexplicablemente mi sentido del oído se había agudizado y había alcanzado a escuchar una conversación que tuvieron Mirna y el Padre para que él hablara con algunas personas para que le dieran la oportunidad de traer a alguien para que viera mi caso.
Se encontraban hablando de un exorcismo. Lo oí claramente.
— ¿Quieren sacar al demonio que está dentro de mí? —le susurré a Mirna cuando cerró la puerta después que el padre se dispusiera a marcharse.
En ese momento el demonio de mi interior me susurró lo que le haría a ese sacerdote. Se reía con una gracia grotesca. Después su voz cesó y me sentí más ligera, como si algo hubiese dejado de detenerme por los brazos.
Intuyo que en ese momento salió de mí.
—No me dejes sola —le supliqué a Mirna—. Esto se está adueñando de mí y quiere hacerle daño a mi familia. Me lo ha dicho riéndose, burlándose de mí. Quiero vivir.
Tomamos la decisión que ella se quedara y mantuviéramos en secreto a mi familia el verdadero porqué de que ella se quedara en la casa.
Le dije a mi esposo que me sentía mal y que no quería ir al médico. Que Mirna se encargaría de cuidarme y se quedaría unos días. Él, muy a regañadientes aceptó sin hacer muchas preguntas.
Las cosas se empezaron a descomponer por la noche, cuando todos estaban dormidos y yo me levanté. Fui hacia la sala, donde descansaba Mirna, mientras la voz del demonio me susurraba al oído lo que le había hecho al padre.
«Lo hubieras escuchado; pidiendo clemencia. Lloraba y berreaba, pidiendo ayuda de su dios, el cual nunca lo escucho, ni siquiera hizo un atisbo para detenerme. Que misericordioso es, ¿no? Pero no con los que debe. Tiene mucho tiempo que no me hace frente. Me ha dejado hacer lo que se me plazca como si hubiera desaparecida así como así. Yo creo que ha de haber desertado de sus funciones o ha de estar muy ocupado en otra cosa que ponerle atención a su máxima creación.»
—Cállate —le susurraba a cada paso—, cállate, ¡cállate!
Descendía por la escalera. Iba a buscar a Mirna.
Todo estaba tan oscuro que parecía estar sumergida en un barril de petróleo, pero con el frío propio de un refrigerador enorme. Mis pies pisaban descalzos el suelo, mismo que parecía hielo seco tratando de frenar mi descenso por la escalera pegando mis pies a los peldaños.
—¿Mirna? —pregunté con un hilo de voz.
«No creo que quieras ver a Mirna —dijo la voz del demonio—. Ella no hizo ninguna exclamación. Sólo hizo un sonido como cerdo ahogándose en su propia sangre mientras me miraba cara con un gesto de preocupación. Me burlé mucho antes de dejarla caer al piso con su cuerpo inerte pesado como un bulto de tierra.»
Traté de encender la luz de la sala, pero el apagador no funcionaba. Todo seguía en penumbras a excepción de una luz naranja que refulgía en la sala. Se trataba de la luz de una vela que se encontraba en el suelo alumbrando una pequeña parte de la pared del fondo, como indicándome el lugar donde mirar. Caminé despacio hasta estar a unos metros de la pared. La temperatura había descendido considerablemente. Me rodee con mis brazos para producirme un poco de calor.
Alcancé a precisar la silueta de algo que colgaba en la pared. Mi memoria me indicaba que no tenía nada en esa pared, pero mi mirada me invadía con la visión de algo que se encontraba ahí. Vislumbré varias tiras de cabellos enmarañados colgando. Era la melena de alguien. Se encontraba untada de una especie aceite.
Tomé la vela con la mano izquierda y comencé a subir muy despacio. Temblando, me percaté de los ojos estupefactos y horrorizados de Mirna, mirando hacia el suelo en una expresión de extremo temor. Mantenía la boca abierta como si un grito se hubiera quedado atorado en su garganta a la hora de morir. Le escurría sangre por ambos costados de la boca que le corría hasta la cabeza y le goteaban por el cabello.
Reprimí un grito que luchó por salir. Retrocedí y me caí al piso golpeándome cabeza con el sofá. Mi mano se embarró de sangre que estaba embarrada en el piso. Al parecer, la habían matado en el sillón, la habían arrastrado y subido a hasta el punto más alto de la pared. En ese lugar la habían clavado a la pared, detenida por los pies a una estaca que utilizábamos en los días de campo. Quien hubiera sido capaz de hacer eso, debería de tener una fuerza descomunal.
Escuché risas en el interior de mi cabeza.
«Muy divertida imagen, ¿No?»
—Nada de esto es divertido.
Me levante del suelo y avancé de espaldas para ver si había alguien más en la casa. Subí las escaleras, guiada por el débil halo de luz de la luna que se filtraba por el ventanal del pasillo. Vi las puertas de las habitaciones de mis hijos cerradas. De alguna forma eso me tranquilizó. Me dirigía la de mi hijo el mayor. Estaba emparejada.
La luz de la luna descendía hasta su cama de forma plena, alumbraba muy bien. Pero me lleve una inesperada sorpresa al ver que no se encontraba en su cama, la cual estaba en completo desorden, como su hubiera estado dormido momentos antes. La luz eléctrica estaba también inexistente en ese sector de la casa.
Cuando me decidí regresar al pasillo, alcancé a mirar de reojo unas marcas en el piso. Se trataba de arañazos que se dirigían desde la base de la cama hasta el guardarropa, en la pared contraria a la que estaba la cama.
Me apresuré a ir para allá. Con las manos temblorosas y la cara helada por el frío, abrí la puerta corrediza. Escuché murmullos en el interior. Y aunque estaba muy oscuro, se alcanzaba a ver la silueta pequeña de alguien.
La silueta comenzó a producir una especie de llanto. Reconocí la voz. Pero me sorprendió ver emerger de la oscuridad otra silueta con el torso desnudo.
Con desesperación emití un alarido de asombro y horror al ver que se trataban de mis hijos.
Desde las sombras, producían movimientos discordes, como si no tuvieran coordinación. Parecían crías de animales recién paridos. Sus movimientos eran descoordinados. Los tomé de las manos.
—Hijos. ¿Qué tienen?
Los abracé y los llevé a la luz.
Mi corazón se rompió en mil pedazos al ver las fosas oculares vacías en sus rostros extraviados. Les habían sacado los ojos. Los habían dejado ciegos. Y, para colmo, soy oídos estaban sangrando; los  habían dejado sordos. Se iban debilitando tan rápidamente, que parecían desvanecerse de un momento a otro.
«Tú lo hiciste. ¿Te sorprende ver lo que hiciste?»
La voz iba subiendo el volumen:
«Éstas atrocidades las hiciste tú.»
—Yo sería incapaz de hacer semejantes atrocidades —le dije gritando.
«Claro que sí.»
La delirante voz me desquició. Sacudí la cabeza con la intención de sacarla de mi interior. Salí corriendo y gritando improperios en dirección a la habitación de se encontraba mi esposo.
Azoté la puerta y vi que él no se encontraba en la cama. Al menos no como pensaba que estaría.
En la cama se encontraba una mancha negra hecha de cenizas. La mayor parte del colchón estaba quemado. Por lo menos la parte donde estaban las cenizas del cuerpo de mi esposo. Su cuerpo se encontraba calcinado. Sorprendentemente nada más se había quemado en la habitación más que su cuerpo. Rompí en llanto llevándome las manos a la boca.
Fui hasta el borde de la cama y no soporte ver la imagen. El cadáver de mi esposo estaba con la boca abierta, como si hubiera sufrido demasiado, con una expresión de dolor que me estrujó el corazón. Me retiré hasta la pared más cercana.
Deseé con todas mis ganas que eso fuera parte de una horrenda pesadilla. A lo que la voz contestó como si supiera de antemano lo que estaba pensando:
«No —dijo despacio—. No es ningún sueño. Es la realidad. La pura y maldita realidad. ¿Y dime dónde está el bien en todo esto? ¿Dónde colocas lo malo si no hay bien? ¿Dónde defines lo que está bien, si lo único que ves es la atrocidad con que la realidad destroza la vida? Fueron tus manos, no las mías. Era la gente que amas.»
— ¡Ya! —Solté un estridente grito—. Tú lo hiciste, seas quien seas, tú lo hiciste.
Salí de la habitación y me dirigí hacia donde se encontraban mis hijos.
«Fueron tus manos las que ahorcaron a esa mujer inocente; fueron tus manos las que hicieron sangrar los oídos de tus hijos y les sacaron los ojos; fueron tus manos las que vertieron la gasolina en el cuerpo de tu marido: No las mías.»
—Claro que no. ¡Mientes!
«Sólo mírate las manos. Están manchadas de sangre.»
Mientras iba avanzando me miré las manos, en efecto, estaban manchadas de sangre. Mi llanto se desbordó y, al tratar de enjugarme las lágrimas con las manos, lo único que conseguí fue embarrarme la sangre en la cara.  
Llegué al cuarto a tientas, comprobando que mi visión estaba nublada.
Alcancé a ver, con lo poco que me quedaba de vista, el último movimiento de vida de mis hijos, los cuales se desvanecieron quedando poco a poco sin vida.

—Yo no los maté —dijo Julia mirando hacia el piso y con lágrimas en los ojos.
El doctor Méndez mantenía una mirada perpleja. Se hizo hacia atrás como impulsado por un golpe y trató de disimular su nerviosismo.
—Esto… —dijo tartamudeando— es inverosímil, Julia. Estás contrapunteando todo lo que dijiste en tu declaración. Nadie te podría creer lo que me acabas de contar. Y todo por la forma en la que te encontró la policía.
—Ellos siempre querrán ver siempre lo opuesto.
—El hecho de querer suicidarte después de, presuntamente, asesinar a tu familia, puede suponer otra cosa muy diferente a lo que estás diciendo.
El doctor se pellizcó la nariz, justamente en medio de los ojos, como si estuviera pensando sus próximas palabras.
—Quiero ayudarte. Pero siento que aquí tendrás un lugar por mucho, mucho tiempo.
Dicho esto, giró sobre sus tobillos y se fue por el pasillo con dirección hacia la salida.
Julia se quedó mirando el vacío de la oscuridad del pasillo, para simplemente después girar levemente la cara, en dirección al doctor Méndez, y esgrimir una ligera sonrisa:
—Y estoy complacida de pasar mucho más tiempo a su lado, doctor —dijo murmurando con una voz inusual en ella.


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Todos los derechos reservados Héctor Almanza Chávez ©

viernes, 15 de septiembre de 2017

Relato 13 - Encuéntrame en el bosque 2 de 2




Encuéntrame en el bosque - Segunda parte


No se dio cuenta cuándo se había dormido. Pero sentía un dolor punzante en la parte trasera de la cabeza. Lo último que recordaba eran los rostros demacrados y mortuorios de Adrián e Ivette. ¿Qué les había pasado? Despertó mediante una pesadilla que aún tenía tan fresca en la mente como el sudor que le lamía la cara.
—Despierta —escuchó la voz de Manuel hablándole, murmurante, al oído.
Agitada, Sonia se despertó en medio de su confusión. Había sentido aquella pesadilla de una forma tan real. No recordaba cuándo se había quedado dormida. Sólo recordaba todo el sueño con plenitud, pero nunca cuándo se había quedado dormida. Por el dolor que tenía en la cabeza podía pensar que aquello no había sido un sueño, pero las condiciones en las que se encontraba le decían que sí.
Vio sonriente a Manuel abriendo la cremallera de la casa de campaña.
— ¿Qué ocurre? —preguntó somnolienta. El ver a Manuel sonriendo le calmó un poco.
—Oye —pegó su oído a la salida de la casa de campaña como si quisiera escuchar algo del exterior; sonrió—, es Adrián e Ivette.
Sonia aguzó el oído. Lo que se alcanzaba a escuchar, en conjunto, eran los gemidos de Adrián e Ivette copulando en la casa de campaña contigua. Sonia miró con incomodidad, mientras Manuel sólo meneaba la cabeza y se reía. Le ganaba la risa como un adolescente divirtiéndose de algo sin sentido.
Manuel y Sonia se sentaron, el uno frente al otro, esperando que los sonidos no tan inspiradores los dejaran seguir con su sueño. A menudo se movían incómodos en su lugar y se les escapaba una sonrisa al pensar o imaginarse, si quiera, lo que estaba sucediendo en la casa de campaña vecina.
—Tenemos dos cosas por hacer —dijo Manuel—; relajarnos, o ponernos a hacer lo mismo.
Ambos sonrieron. No era, ni por asomo, un lugar que les alentara a tener algún tipo de contacto. Las condiciones no eran las apropiadas, además que ninguno de los dos les gustaba la idea de exhibirse de esa manera.
Se aguantaron el bochorno unos cuantos minutos, hasta que un fuerte gemido, por parte de Adrián e Ivette, dio por terminado el acto.
Pasaron sólo unos cuantos segundos antes de que se escuchara un golpe seco acompañado por un gruñido, y, en seguida, un alarido débil de mujer, como si quien lo estuviera profiriendo se le estuviera obstruyendo la garganta con algo. Sonia frunció el gesto.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó alertada.
—No lo sé.
Manuel se levantó a prisa. Se puso los tenis y abrió la cremallera de la casa de campaña.
Sonia se apresuró a él para tomarlo por el brazo.
—No, aguarda —lo detuvo tratando de discernir lo que estaba ocurriendo afuera.
Los dos se miraron de hito a hito. Los ruidos parecían los dos un animal desgarrando carne. El sonido era el de una respiración agitada, hambrienta.
Manuel levantó la mirada hacia los ojos de Sonia en busca de respuestas. Ella meneó la cabeza con exagerada desesperación al ver que Manuel tenía la intención de salir de la casa de campaña.
—Déjame ir a ver qué es lo que pasa —dijo en voz baja.
Sonia torció el gesto y lo vio salir. Ella también se asomó pero, debido a la espesa niebla, no pudo seguirlo con la mirada más allá de unos cuantos metros.
Sonia sintió un vuelco en el estómago y en todo el cuerpo al ver una sombra que llevaba arrastrando algo en dirección al bosque. Inesperadamente vio venir otra sombra hacia ella. Del miedo, se metió gateando hacia el fondo de la casa de campaña.
Por la forma en que se estaban dando las cosas, esperaba todo menos que Manuel fuera el que entrara, agitado y con manchas de sangre en parte de la cara y los brazos.
—Rápido, tenemos que movernos de aquí. Algo atacó a Adrián y a Ivette.
Rápidamente el sentido de supervivencia en Sonia se activó. Tomó de la mano a Manuel, quien ya tenía medio cuerpo en el exterior. Inmediatamente sintió un golpe de aire frío en la cara y las ganas de correr.
Giró a su izquierda al escuchar un leve quejido.
Se detuvo en seco.
Miró detenidamente la mancha de sangre que se extendía en una línea curveada hasta el bosque y terminaba en un bulto que iba reptando halado por algo que no se alcanzaba a discernir en la oscuridad. Sorprendida, sólo pudo seguir el sonido de aquel agonizante quejido. Manuel la siguió.
— ¿Adónde vas? —le preguntó.
­­­­­­­­­­Sonia hizo caso omiso. Estaba segura de haber escuchado algo entre las telas de la casa de campaña.
Oyó un jadeo detrás de ella. Palpó a ciegas la mano de Manuel.
Unos metros más adelante observó un movimiento que la hizo detenerse en seco.
—Ahí —murmuró hablándole a Manuel.
Manuel también vio un movimiento entre la tela seguido de una sacudida que los hizo retroceder pensando que pudiera ser un animal, el mismo que atacara a Ivette y a Adrián. Se apretaron fuertemente las manos. Manuel se aproximó a la tela y la tomó con una mano. Mantuvo siempre las piernas en posición de alerta, para poder correr si se necesitaba. Jaló fuertemente la tela hacia un costado y su sorpresa se hizo evidente con un respiro fuerte y pronunciado.
El cuerpo se encontraba tumbado boca abajo. La sangre le manchaba los brazos y parte de la cara.
Sonia vio a Ivette extender su mano, como pidiendo ayuda.
Manuel se acercó rápidamente hacia ella, impulsado por ver así a su amiga.
—Ivette, ¿qué ocurrió? —preguntó Manuel.
Sonia se encontraba tapándose la boca con las manos, como si su alma se fuera a escapar mediante un suspiro. No pudo evitar mirar las piernas de Ivette, las cuales se encontraban manchadas de sangre. Parecía que algo, después de haberle hecho los rasguños, la hubiese intentado jalar e Ivette se hubiera resistido, provocando que lo que la sostuviera le rasgara las piernas desde los muslos hasta las rodillas.
Sonia, por medio de su trabajo, había visto muchas heridas, pero ninguna como esa. Los rasguños en sus piernas no eran algo superficial. Parecían haberse causado por algo grande; desgarraban la piel de una forma tan grotesca que se le revolvió el estómago.
Ivette apenas si podía articular palabra.
—No pude ver nada —dijo con voz trémula—, sentí que algo me tomaba de las piernas. Adrián alcanzo a reaccionar a tiempo para detenerme con las manos. Pero eso que me sostenía tenía una fuerza descomunal —comenzó a chillar de dolor—. Lo último que vi fue su cuerpo tumbado en el suelo por un golpe que le dieron, y después su cuerpo fue arrastrado hacia afuera.
— ¡Santo cielo! —dijo Sonia asombrada.
—Su cara estaba desgarrada —añadió Ivette—, posiblemente ya se encontraba muerto.
Manuel llamó a Sonia con un movimiento de manos, invitándola a que se acercara para ayudar a mover a Ivette.
Con mucho cuidado, ambos la giraron. El dolor en el rostro de Ivette era evidente, y, por eso mismo, trataron de ser lo más cuidadosos posibles.
Manuel se enderezó y dio unos pasos hacia un costado. Parecía tener la intención de dirigirse hacia el bosque.
— ¡Aguarda! —le suplicó Sonia.
—Tengo que ir a buscar ayuda —aseveró—. Si nos quedamos aquí, terminarán con nosotros también. Cuida a Ivette.
Se soltó de la mano de Sonia y camino sin detenerse, hacia el lago.
Sonia lo vio retirarse en medio de la oscuridad. Giró la cabeza para dirigirse a Ivette. La vio vulnerable, con un dolor lacerante que le hacía compadecerse de ella, aún y con todas las diferencias que existían entre ellas.
Primero se dirigió hacia la casa de campaña que ocupaba con Manuel. Sacó unas prendas de vestir de su mochila y las llevo consigo.
El frío que se sentía era extremo. Su piel le insinuaba que la temperatura era baja, posiblemente cerca de los cero grados centígrados. Le puso un suéter a Ivette sobre el pecho, mientras ella se ponía en cuclillas a sus pies.
Las heridas de Ivette eran profundas. Se notaba la carne dividida en sus piernas y el dolor le hacía estar casi siempre con los ojos cerrados.
Sonia trató de mantenerla tranquila y darle motivos para que siguiera despierta, pero de un momento a otro Ivette comenzó a dormirse. Al parecer el dolor y el frío la habían dominado por completo y la habían hecho sumirse en su sueño.
Sonia no quería que esto sucediera. Pero, a pesar de que le había dado unas palmadas en las mejillas, no consiguió que Ivette permaneciera despierta.
Al ver que se  dormía y que respiraba rítmicamente, se levantó y fue por una lámpara para ponerla cerca de Ivette. Aprovechó para echar un vistazo a ver si todavía veía a Manuel caminado por ahí. Pero no consiguió ver nada. El panorama estaba totalmente de un negro azulado que rompía con la luz blanquecina proyectada por la luna. Terminó suspirando de frío y desconsolación. Ahora se encontraba sola, en medio del bosque, con Ivette. Y aunque fuese la peor compañía que podría querer, tenía que cuidarla hasta que regresara Manuel con ayuda.

Manuel se distrajo de su camino por un movimiento entre unos arbustos que estaban al comienzo del los árboles que definían la planicie donde se encontraba. Había sido un movimiento agresivo. Posiblemente un animal. En su interior todavía llevaba una creciente mezcla de ira y miedo por no saber dónde estaba Adrián; su mejor amigo.
Dio vuelta para ver qué era lo que estaba ahí, entre los arbustos. No alcanzó a ver nada, más que una sombra envarada en la oscuridad profunda que descansaba en el interior del bosque.
Apretó los puños y se fue acercando, cautelosamente. A pesar del frío, sentía la sangre hirviéndole en las venas. Desde su interior manaba un calor que podía sentirlo en las mejillas a medida que iba avanzando. Estaba cegado por el sentimiento de ira.
Tan pronto se acercó, vio a un animal, posiblemente un perro o un lobo, desbaratando un gran trozo de carne.
—Maldito animal —gruñó.
El animal lo vio, levantó la mirada muy despacio para después retirarse lentamente sin quitarle la mirada de encima. Parecía como si el animal lo estuviera llamando con la mirada, retándolo.
Manuel no supo bien qué había ocurrido, pero le pareció observar una leve sonrisa en las fauces del animal. Se le quedó mirando, contemplándolo como si se tratara de un espectro o algo fantasmal. Dio unos cuantos pasos cautelosos para seguirlo y adentrarse en el bosque.
Algo extraño le erizó la piel; cuando su cuerpo fue engullido por la oscuridad sintió como si un viento le hubiera rozado la nuca y, como si algo, muy delicadamente, le hubiera tocado la mano. Se sintió raro y pensó en retroceder. Entonces, el animal, que iba cuidándolo a tan sólo unos pasos de él, giró su cabeza y lo vio y, como si no hubiera visto nada, regresó la mirada al frente. La oscuridad parecía estar cargada de un aire denso, pesado.
A lo lejos se veía cómo pequeñas luces se iban formando, como si fueran luciérnagas, moteando la oscuridad con una débil luz. Muchas de estas luces atiborraban un espacio en especial, pero era como si estuvieran formando algo. Ante los ojos de Manuel se estaba formando algo informe.
Al parecer las luces se tomaban su tiempo.
Manuel quedó sorprendido al ver que algunas luces se estaban agrupando alrededor de su mano. Esto lo hizo sacudirse y ver que no era sólo en su mano, sino que en varias partes de su cabeza, pecho y brazos. Al contacto, sintió un escozor en los brazos. Se sacudió rápidamente con el otro brazo con el miedo a saber qué eran esas cosas luminiscentes. Cuando reabrió los ojos estaban en todas partes, parecía un panal de abejas alebrestado, enfurecido. Se golpeó las manos con fuerza para disipar las luces. Al conseguirlo, retrocedió un poco y se descubrió, con asombro, que las partes donde se le habían detenido aquellas luces presentaban una especie de quemadura. Su piel estaba quemada y, de algunas partes, sangraba. Retrocedió otro poco sin ver lo que estaba atrás de él. Era una sombra que pasó por su costado y continuó pasando hasta ponerse de frente a él.
Manuel lo contempló todo. Había visto que la sombra se había acoplado entre el panal de luces y él. Entonces las luces comenzaron a posarse en la sombra para que ésta, a su vez, comenzara a vibrar de forma que las luces comenzaron a soltar una especie de cristal que caía al piso, directamente del cuerpo ahora uniforme de lo que antes había sido la sombra.
Aquello había quedado en una silueta, que se movía como si apenas comenzara a descubrir sus movimientos. Cuando todo se calmó, la oscuridad apenas dejó que Manuel discerniera que se trataba de una mujer, más bien una adolescente de pies descalzos y manchados de tierra y sangre. Vestía una falda hasta las rodillas. Sus piernas no tiritaban con el fuerte frío que se postraba en aquel lugar. Estaban completamente firmes y mugrientas. Su vestimenta estaba igual, parecía como si aquella joven hubiera sido arrastrada por la tierra sin ningún tipo de compasión. Manuel contempló con asombro aquella joven que vestía con una blusa blanca con manchas de tierra por todos lados.
Lo más inquietante era su mirada. Sus ojos estaban extraviados en la oscuridad de unas cuencas deshabitadas y completamente oscuras. Era una mirada vacía, sin gesto alguno, desprovista de toda visión, y lejana siempre como el horizonte.
En sus ojos no había nada, simplemente oscuridad, hasta que, de repente, las comisuras de sus labios se comenzaron a arquear en una sonrisa grotesca, de encías negras y dientes amarillentos. El cabello le caía en los hombros en finos hilos mojados de un negro opaco, igual de profundo que el negro de sus ojos. Una mancha oscilante comenzó a moverse desde el interior de sus ojos hasta sobreponerse enfrente de cada cuenca.
Manuel estaba paralizado. La presencia de aquel espectro le había puesto los nervios tan tensos que le era imposible quitarse la impresión de su presencia. Hasta el sentimiento de ira se había evaporado, hasta sus ganas de encontrar a Adrián habían desaparecido. Tenía ganas de salir huyendo. Pero, extrañamente, o posiblemente como reflejo a su miedo, no podía hacerse con el movimiento de sus extremidades inferiores.
Aquella mujer, de imagen fantasmal, lo miraba detenidamente a los ojos haciendo que su miedo se incrementara aún más. De pronto, observó que aquella mujer se iba acercando. No caminaba.
— ¡Demonios!— dijo conmocionado al ver que sus piernas y pies no se movían, simplemente parecía deslizarse sobre una banda eléctrica.
Al llegar a él, todo parecía oscuro, sumido en otro mundo. Un mundo paralelo que sólo puede ser producido por el contacto con algo fuera de este mundo material. Manuel sintió sus dedos fríos al momento en que ella aproximó su mano y le tocó la mejilla, como si se tratara de una amante que aguardaba la tan anhelada llegada de su amado. Al hacer esto, la sangre de Manuel se heló como nunca. Quedó con la boca abierta, cual victima pidiendo piedad y con las manos temblorosas a sus costados. El vaho que emergió de su boca sólo significó una cosa. Su muerte.
Su inminente muerte.

Sonia sintió una opresión en el pecho. Como si alguien la hubiera apretado justamente en medio de su pecho y le hubiera sacado algo del interior. Se tapó la boca para ahogar un alarido. Pero su pecho se contrajo nuevamente con un jaloneo que se le extendió hasta el estómago. Inevitablemente comenzó a llorar.
Ivette, a su lado, comenzó a delirar. A pesar del frío, estaba sudando, como si hiciera un calor terrible.
—Ahí viene —decía entre sueños.
Sonia le prestó atención. Le tomó una mano.
— ¿De qué hablas? —le preguntó más por la necesidad de hablar con alguien que por querer reanimarla.
Ivette giraba la cabeza de un lado para otro como buscando algo con los ojos cerrados.
— ¿Qué te pasa?
— ¡Ahí viene! —decía Ivette con gesto abrumado—. Está muy cerca.
Las gotas de sudor en el rostro de Ivette se hacían visibles aun y con la luz mortecina de la lámpara era débil.
Sonia giró la cabeza. Estaba segura que había escuchado algo atrás de ella.
No vio nada. Por un instante pensó en que Manuel habría regresado. Pero no fue así. Algo en el interior le decía que esa opresión que había sentido tenía que ver con una corazonada; una muy mala corazonada y que posiblemente era referente a Manuel. Sintió su saliva agria y con un leve sabor acre, como cuando sangran las encías.
La respiración de Ivette se comenzó a precipitar.
—¡Ya está aquí! —dijo con voz trémula.
—¿De qué hablas, mujer?
—Tú sabes de quién hablo —aseguró Ivette abriendo levemente los ojos—. La mujer que te llevó, en sueños, al bosque.
¿Cómo podría haber sabido eso? Sonia nunca dijo nada a nadie sobre el mal sueño que había tenido. Incluso no le dio tiempo siquiera de conversar de ello con Manuel, mucho menos con Adrián e Ivette.
— ¿Cómo sabes eso? —la miró extrañada.
Una agitación le vino a Ivette mientras trataba de articular algo. Sus ojos se iban desvaneciendo, dándole la apariencia de estar sumiéndose en un sueño.
Sonia se apresuró a tomarle la cabeza antes que se golpeara con algo en el piso. Le dio unas cuantas palmadas en la mejilla para tratar de evitar que Ivette se durmiera.
—¡No, por favor! No te duermas. Pronto vendrá Manuel con ayuda y podremos salir de aquí.
Ivette, exhausta, abrió la boca:
—Ahora estas sola en esto.
Poco a poco se fue desvaneciendo. Las fuerzas se le fueron de la misma forma en que la vida se le escapaba.
Sonia al ver que su pecho ni siquiera se movía, se soltó a llorar. Se mordió los labios de la desesperación y pegó la cabeza del cadáver de Ivette a su pecho. Se balanceó como una loca sufriendo por no poder salir del manicomio.
Fue en ese momento cuando un grito derrumbó la quietud del bosque. Había sido un grito doliente, de esos que desgarran la garganta al ser emitidos.
Sonia se puso de pie y giro con vista al bosque. A su izquierda se encontraba el cadáver inerte de Ivette. Lo miró por última vez y caminó hacia el bosque con un gesto de preocupación en el rostro.
La única persona que pudo haber emitido ese sonoro grito, y que estaba cerca del lugar, era Manuel.
Cuando se dio cuenta ya estaba corriendo hacia el bosque, dando zancadas largas para aproximarse lo más pronto posible adonde se había escuchado el grito.
Al entrar al bosque detuvo su carrera. Sentía como si alguien la estuviera viendo. De cierta forma tenía la sensación que de cada uno de los árboles la estuvieran observando.
La duda se había adueñado de ella. Detuvo la mirada en unos pies que se perdían en la oscuridad, induciéndose en el bosque, engullidos por la oscuridad. Tuvo ganas de gritarle a aquello que se movía entre los árboles, pero reparó en que aquella visión ya la había tenido. Rememoró que se parecía mucho a lo que había soñado esa misma noche.
Al parecer la joven de pies descalzos no se había percatado de su presencia. Trató de seguirla y mantener la calma ante el sentimiento natural de miedo que sentía.
Acopió toda su voluntad y la siguió a paso lento. El crujir de las hojas y las ramas era un sonido hueco, apenas audible, pero que a Sonia le era un distractor.
Fueron varios minutos los que Sonia siguió silenciosamente a aquella joven.
Llegó un momento en que Sonia desvió la mirada hacia el bosque. Posiblemente se habían adentrado en el bosque cerca de quinientos metros, o quizá un poco más. La luz de la luna apenas si perforaba entre la espesa capa de hojas de los pinos. Así que la visibilidad era mínima. Hasta ese momento reparó en el por qué estaba siguiendo aquella joven. Le entró una sensación de miedo y pensó en regresar. Pero cuando estaba por hacerlo, una voz, al parecer desde el interior de su mente, distrajo sus pensamientos-
«—No te vayas. Estoy cerca.»
La voz sibilante le hizo que un escalofrío le recorriera por completo la espalda. Había sido la peor sensación de miedo que había experimentado en su vida. Lentamente regresó la mirada y precisó que la joven la estaba observando, llamándola con la mano.
La joven regresó la mirada al frente y volvió a avanzar.
Como si fuera un imán, Sonia comenzó a avanzar siguiendo a la joven. Estaba segura que la voz había surgido en su cabeza y no en el exterior. Estaba angustiada, titiritaba de frío, estaba con el miedo a flor de piel, pero era mayor su curiosidad.
Se acercaron a un montículo que sobresalía de la planicie, ahí fue donde la joven se detuvo. Sonia avanzó unos cuantos pasos.
La joven se encorvó y comenzó a temblar, dándole la espalda a Sonia.
Sonia retrocedió.
Una luz comenzó a brillar en la espalda de la joven. Una luz muy débil. Amarillenta.
Posteriormente, la luz, cual si fuese un pedazo de piel muerta, cayó al suelo terroso y desprovisto de vegetación. El pedazo luminiscente comenzó a desenvolverse como si fuese un capullo. En su interior se estaba moviendo algo, algo igualmente luminiscente. Y, a continuación, cayeron miles de luces encima de la primera. Extrañamente el cuerpo de la joven, a la par de la caída de las luces, iba desintegrándose. Aquello le hizo retroceder a Sonia.
Algo bajo sus pies se estaba moviendo. Sonia se hizo a un lado.
La tierra se estaba abriendo a medida que las luces caían al suelo. Lo que se encontraba dentro de los pedazos luminiscentes comenzó a salir. Lo que alcanzó a percibir que salía del interior de las luces fueron pequeñas formas, como insectos con alas que salían y aleteaban como si fueran moscas. Al momento que estos insectos luminiscentes salían, la corteza muerta iba perdiendo luminosidad y se iba desintegrando e incorporándose en la tierra de aquel prominente montículo, que no cesaba de moverse y abrirse.
El montículo comenzó a revelar su interior. Se trataba de una bolsa oscura de plástico.
 Cuando el montículo se abrió por completo, la joven desapareció.
Sonia miró a su alrededor. Estaba completamente sola.
El bulto era de gran tamaño, aunque escuálido a la vez.
Sonia ya sabía de lo que se trataba. Por la complexión y longitud de la bolsa y como estaba predispuesta, sabía que se trataba de un cadáver. Se espantó de sobre manera al contemplar lo que estaba enfrente de ella. Observó que una pequeña abertura, en un costado del bulto, dejaba ver un pedazo de tela que envolvía una mano cuajada en sangre. En ese momento le llegó el pestilente hedor del cuerpo en estado de descomposición.
Se tapó la nariz y la boca. Pero aún así percibía el olor a carne podría y sangre descompuesta.
Sonia cayó de espaldas ante la impresión. La caída le hizo mirar hacia arriba, hacia la copa de los árboles, y ver cuatro pies descalzos que estaban suspendidos y goteaban sangre cerca de donde ella estaba. Sonia reptó hasta el pino más cercano para sujetarse de él con todas sus fuerzas.
Observó el gotear de la sangre al chocar contra el piso. La sangre estaba fresca.
Se armó de valor para girar de nuevo hacia donde se encontraban los dos pares de pies suspendidos. Recordó la parte de su sueño en que ella miraba a los cadáveres de Adrián e Ivette, y supo qué esperar. Pero, para su sorpresa, el cadáver de Adrián era el único que coincidía con su sueño. El otro estaba todo desfigurado y morado de la cara, pero reconocía las ropas que portaba.
Era Manuel.
Sintió la misma opresión en el pecho que había sentido minutos antes. Ahora sabía la razón por el cual se había sentido así. Lloró abrazada al tronco del árbol.
— ¡Primero me pides que te encuentre! ¿Y terminas asesinando a mi pareja? —lloraba desconsolada sin saber a qué o a quién le reclamaba.
Se sumió en su llanto, recargada en el tronco de aquel pino.
«—Yo no lo asesiné —dijo una voz susurrante—. Fue la mujer de la magia. La misma que me hizo como ahora soy.»
La voz la despertó, la sorprendió tanto que se levantó de golpe. Había ocurrido de la misma forma; la voz había emergido del interior de su cabeza. Pero sabía que no era una voz interna, era de alguien más.
— ¿Qué te hicieron? —preguntó casi sin querer hacerlo.
Se sintió estúpida por hablar con una voz que escuchaba en su mente.
«—Abre la bolsa que está en interior de aquel agujero.»
Sonia se sorprendió. Sentía que ya habían sido demasiadas impresiones fuertes como para poder ahora contemplar en nauseabundo cadáver de una joven. Pero, de todas maneras se acercó. Siempre la curiosidad le ganaba. Fuese en la condición que fuese, siempre le ganaba la curiosidad. Se hinco en la orilla del agujero y se fue acercando lentamente. La mano le temblaba ante la inminente escena que estaría a punto de presenciar. Al tocar la bolsa, reculó un poco. Entonces se apoyó con las dos manos. Respiró hondo y comenzó a abrir las orillas de la bolsa. La mano que se desvelaba se encontraba con varios moretones y anchas de sangre seca. Conforme iba retirando la bolsa del cuerpo, alcanzó a ver que la ropa correspondía a la misma joven que había visto momentos antes y en su sueño. El olor era insoportable.
Continuó tirando de la bolsa. Al pasar por el cuello vislumbro que había una marca morada de una mano alrededor del mismo. Siguió recorriendo la bolsa y observó la piel pálida del rostro. La boca abierta. En el interior de la boca había una piedra que apenas se alcanzaba a ver. La boca estaba salpicada de sangre seca. La nariz estaba completamente desviada, parecía haber sido golpeada hasta el cansancio. Pero lo más inquietante… lo más inquietante eran las cuencas vacías de los ojos. Se los habían desprendido dejando el hueco completamente vacío. Incluso los párpados habían sido retirados de la piel, como si se los hubieran arrancado. La sangre cercaba las cuencas como una mancha que se combinaba con la profunda oscuridad del interior haciendo que la expresión del cadáver fuera completamente espantosa.
De un salto Sonia retrocedió, tapándose la boca. No aguanto más el asco y se refugió en el tronco de un árbol para vomitar. Se le dificultaba respirar. Sentía como si algo estuviese atorado en su garganta. Sintió mareos y el olor acariciando sus fosas nasales.
«—Ella te hace esto y después te mata. Es parte de un ritual. Lo mismo le hizo a tus amigos.»
Sonia estaba recuperando el aliento. Tosía para sacarse el mal sabor de su garganta. Giró la mirada y alcanzó a ver los ojos penumbrosos de Manuel y Adrián. Les habían sacado los ojos y dejado una fosa ocular deshabita.
Sonia sintió que alguien la tomaba por la espalda. Trató de forcejear. Notó que las manos que la aprisionaban no tenían la fuerza perteneciente a la de un hombre o de una persona con la masa muscular superior a la de ella. Pudo ver los brazos de su agresor y pudo ver que no eran más gruesos que los de ella. Giro de golpe y miro que la que la sostenía era una anciana arrugada, de brazos escuálidos y pómulos pronunciados. Sus ojos pronunciaban su longeva senectud. Sonia se sacudió.
«—Es ella »—le decía la misma voz de la joven.
Un foco de alerta se encendió en su interior. Se puso de frente a ella y trató de empujarla. La anciana se resistió. Pero Sonia puso distancia entre ellas.
La anciana iba vestida con unos trapos raídos y mugrientos. En su mano izquierda portaba una un bastón, que más que ser su apoyo en ese momento le sirvió de arma. Lo agarró con fuerza y lo dejó ir contra la cara de Sonia. El rostro de Sonia se contorsionó en una mueca de dolor. De la comisura de sus labios comenzó a correr sangre. La sangre le supo a azufre en combinación con el sabor de su propia bilis. Se reincorporo y vio que la anciana estaba casi encima de ella. Comenzó a reptar en dirección contraria.
«— ¡Corre o te hará lo mismo!» —retumbó la voz fantasmal de la joven en su cabeza.
Sonia hizo el intento por levantarse, pero recibió un fuerte golpe con el bastón en el tobillo. Sonia cayó al piso y trató de huir reptando. La anciana estaba a pocos palmos de ella y reía con alevosía y sorna.
—No hay escapatoria, niña —advirtió la anciana mientras caminaba.
Sonia reptó de espaldas tentando el piso y poder encontrar un tronco o una piedra con qué defenderse. Pero en su lugar encontró un pedazo de tela que envolvía algo más grande de una roca. Inmediatamente identificó qué era.
A su alrededor se encontraban cuerpos enterrados de cuello hacia abajo. En la superficie sólo sobresalían las cabezas, las cuales estaban envueltas con una bolsa de tela color blanco.
Sonia sintió que se le comprimía todo el cuerpo. La piel se le erizó.
«—Ellos son los dueños de los cuerpos que rondan por este bosque. En ocasiones toman la forma que ellos quieran para atemorizar a sus víctimas.» —le dijo la voz persistente y distractora de la joven.
Sonia trató de levantarse, pero fracasó. Se volvió a caer al sentir un fuerte dolor en el tobillo debido al golpe que había recibido.
«—Sus espíritus vagan por el bosque en forma lobos sedientos de sangre. Son ellos los que mataron a tus amigos y los trajeron aquí como ofrenda para los rituales que realiza esa mujer.»
La anciana se le fue encima. La alcanzó a detener por los hombros antes de que recibiera todo su peso estando tirada en el suelo. La melena grisácea y maloliente de la anciana se zambullía como un animal enfurecido. La anciana suelta su bastón. Cae a un costado de Sonia, la cual observa que la anciana ahora está indefensa. Sonia imprime todas sus fuerzas para tomar por la cara a la anciana, sumirle sus dedos en la piel arrugada y aguardar el momento indicada para arrojarla a un costado. Sus intentos son perpetrados. La anciana acopió todas sus fuerzas y mantuvo el equilibrio para no caer al piso.
Sonia empujaba con todas sus fuerzas, pero la anciana había reaccionado inesperadamente. Al parecer había adquirido una fuerza inusual hasta ese momento.
La anciana sujetó del cuello a Sonia. Inclinaba todo su peso en contra de ella. Empujaba como una desquiciada queriendo salir de su encierro.
Las fuerzas de Sonia estaban cediendo. No tenía mucha energía para seguir combatiéndola. Incluso la vista se le nublaba por momentos y se sentía débil. En cualquier momento perdería el conocimiento. Lo sabía. Tenía que hacer algo, y rápido. El aire pasaba dificultosamente por su garganta haciendo mermar sus fuerzas rápidamente.
Comenzó a palpar a sus alrededores; sólo encontraba tierra, nada de dónde sujetarse. Hasta que comenzó a tentar por encima de su cabeza. A unos cuantos centímetros se encontraba una piedra grande, la cual tomó, apretó fuerte en su mano y la estrelló fuertemente contra la sien izquierda del cráneo de la anciana.
La anciana gruño y se tumbó a un costado, aturdida y mareada.
Sonia aprovechó para levantarse y tomar el bastón de la anciana y propinarle un fuerte golpe en la espalda. La anciana, a gatas, miró enfurecida a Sonia, quien observó cómo los ojos de la anciana se ponían completamente rojos, furibundos e inyectados de sangre.
La anciana extendió sus brazos. Sus largos y retorcidos dedos parecían estar invocando algún tipo de conjuro. Podía ver cómo las manos de la anciana se tensaban e imprimían fuerza. Todo se silenció alrededor de Sonia. Fue como si de repente su cuerpo se hubiera aislado del resto de su entorno y el aire actuara con una quietud inusual, estabilizadora, petrificante.
Sonia quedó inmóvil. Su cuerpo se tensó verticalmente y apenas, con muchos esfuerzos, conseguía mover las manos y los pies. Fue hasta ese momento en que se dio cuenta que estaba suspendida en el aire, encima de una marca rojiza luminiscente que destellaba fuertemente alumbrando esa parte del bosque. Las cabezas de los cadáveres enterrados se veían de color escarlata al reflejo de la luz rojiza.
Con dificultad, Sonia logró enderezar la cabeza. Este punto de visión le permitió ver que donde estaba suspendida era una estrella de cinco puntas, unidas por una sola línea. También se dibujaba un contorno circular, ataviado con varios símbolos que en su vida había he visto.
La bruja sonrió burlonamente, con la cara hinchada por el golpe propinado en la sien. La anciana se fue acercando y le acarició la una mejilla.
—Todo hubiera sido tan sencillo y sin dolor —comentó la anciana.
— ¡Quítame tus malditas manos de mí! —gritó Sonia.
La anciana arqueó las cejas y se hizo para atrás.
Sonia observó con atención que la anciana tenía una cuchillo amarrado a la cintura con un lazo deshilachado. Guardó silencio y dejó que se acercara.
—Las jóvenes como tú son tercas, curiosas. No saben estar se quietas. Piensan que el mundo está hecho para ustedes. Pero no es así —la miró furibunda—. Me has hecho pasar un mal rato —se rió—. Pero es hora de completar todo. Contigo se completa el círculo y el número de almas para este ritual.
Desvió la mirada y observo con atención los cadáveres enterrados.
—Esa chica —señaló el orificio donde aguardaba el cuerpo pestilente de la joven—, fue la primera. Se resistió, pataleó. Hizo cuanto estuvo en sus manos, pero todo fue inútil. Hubieras visto sus ojos. Implorando clemencia como un perro moribundo —dijo gruñendo—. Y ahora tú —moderó el tono de voz—… Una joven que tendrá el mismo destino que todos estos cincuenta cadáveres. Sólo que tu cuerpo coronará de aquel lado —apuntó a un lugar a espaldas de Sonia—, este ritual.
La anciana se acercó lo suficiente a Sonia como para que ésta dirigiera su mano al cuchillo que la anciana portaba en la cintura.
Una sonrisa afloró en el rostro de Sonia. En el rostro de la anciana afloró un gesto de duda.
Pero ya era demasiado tarde. El cuchillo se había deslizado en la parte izquierda de su estómago haciendo que el dolor, desde el interior, comenzara a fluir como un choque eléctrico.
En la conmoción de la anciana, la fuerza que mantenía suspendida a Sonia, cedió. Sonia cayó al suelo con un fuerte dolor en todo el cuerpo. Aturdida, y como pudo, se puso de pie, tratando de huir, pero escuchó la voz ronca y ahogada de la anciana.
—No irás a ningún lado —gritó la anciana propinándole otro golpe con el bastón en la cara.
Sonia cayó al suelo y sintió como si se le hubiera roto algún hueso de la cara. Era insoportable.
La mujer comenzó a hablar de forma extraña. Era una lengua que jamás había escuchado Sonia.
La anciana miraba a Sonia con odio y aceleraba lo que estaba diciendo. Las copas de los árboles se comenzaron a mover por la intranquilidad que de las aves que empezaban a moverse alertadas por lo que estaba sucediendo. En el ambiente flotaba un aire espeso, parecía controlar la movilidad de todo lo que estuviera a su alrededor. La estrella se volvió a aparecer a los pies de Sonia. Entonces la anciana habló en un idioma entendible.
—Es hora de volver a ser joven de nuevo.
Entonces toso tembló. Las aves que estaban en los árboles salieron volando despavoridas. Todo adquirió un tono marrón oscuro.
En ese momento, Sonia contempló con asombro la silueta del fantasma de la joven que la había atraído a ese lugar dibujándose detrás de la anciana. Los ojos del espectro se iluminaron con una luz que venía desde el interior. Bufando como un toro, el espíritu de la joven comenzó a rodear el cuello de la anciana con fuerza. La anciana forcejeó, pero le fue inútil, el espíritu tenía una fuerza descomunal, que le superaba con facilidad.
El cuello de la anciana fue lo primero que cedió. Tronó con un sonido sumamente fuerte, inmediatamente el rostro de la anciana fue desprovisto de cualquier gesto y su cabeza se inclinó dramáticamente hacia un costado. Toda la energía que había sido acumulada por el ritual de la anciana se liberó, haciendo que el aire la expulsara hacia adelante y saliera despedida golpeándose en la cabeza contra un árbol.
Al instante quedó inmóvil e inconsciente.

El frío la hizo reaccionar. Ya había amanecido y sentía todo el cuerpo adolorido. Pero nada se comparaba con el dolor de su cara y de la cabeza. Sentía como si le estuvieran taladrando por dentro.
Alcanzó a ver que ya comenzaba a amanecer con los primeros halos de luz del sol, aun y cuando se encontraba a muchos metros de distancia de los árboles que cercaban el bosque. Espaldas a ella se encontraba una carretera, se escuchaba el pasar de los carros a velocidad moderada, los escuchó más cerca incluso que la salida al sitio donde se encontraba la noche anterior. Prefirió salir por el lado de la carretera, no quería ver los cuerpos de Adrián y Manuel colgados ni los otros cuerpos enterrados, ni el cuerpo de Ivette mutilado. Solamente quería pedir ayuda, salir de ese maldito bosque y encontrar ayuda. Hablar a su familia, llamar a las autoridades y que pasara lo que tendría que pasar.
Por un momento alcanzó a ver a alguien que se movía entre los árboles. Era ella; el espíritu.
Se paró a unos cuantos metros de ella, la miró con sus ojos vacíos y asintió en señal de agradecimiento.
Sonia, con desdén, asintió también y comenzó a avanzar, tambaleante, hacia la parte del bosque que conducía a la carretera.


 


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