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viernes, 22 de julio de 2016

Relato 2 - ¿Ahora sí me crees?



¿Ahora sí me crees?


A lo largo de mi vida he llegado a escuchar muchos relatos de gente que trata de  asustar a otros con leyendas de espectros, fantasmas, cosas sobrenaturales. Pero lo cierto es que cuando dicen que hay que tener más miedo a los vivos que a los muertos... yo tengo muchas reservas para debatir lo que ese refrán reza.
 Yo trabajo en la morgue de un hospital del centro de la ciudad, así que mi trabajo es ver muertos todos los días, o más bien todas las noches. Nunca había tenido problemas en aquel lugar. Comúnmente es un sitio solemne, donde no hay ningún ruido, solamente interrumpido, en algunas ocasiones, por los llantos de algunas de las personas que pierden a sus familiares.  Puedo decir que esos momentos son, por mucho, los ratos más inquietantes de las noches, aunque existen algunos acontecimientos que pueden ser muy aterradores para una persona sugestionada. Estos momentos de los que hablo son cuando alguno de los cadáveres se llega a mover como impulsado por la misma muerte o llegan a abrir los ojos y la persona que está delante de mí termina por salir huyendo de la sala. He visto a mucha gente irse por esas circunstancias. Incluso, me sigue dando risa recordar.
 Pero eso no ha sido, ni por asomo lo más aterrador (que para mí no tiene nada de aterrador, puesto que estos movimientos son provocados por la energía todavía almacenada dentro de los cuerpos). Ese tipo de cosas me hacía mucho reír, porque la gente se sugestiona muy fácilmente y hasta llega a pensar que los muertos se levantarán. Muchos del personal de nuevo ingreso se iba sin más porque no soportaban estar en un lugar como ese. Creo que mí incredulidad y mi escepticismo han sido de gran ayuda para que pasase tanto tiempo en esa morgue. 
 Pero lo que tengo que decir no tiene nada de gracioso, puesto que hay muertes de por medio. 
 Muchas de las noches que pasas en ese lugar transcurren sin nada relevante de lo que platicar. Pero hubo una en especial que quebrantó la quietud de ese lugar, pues hubo acciones que ocurrieron que jamás me he explicado cómo ocurrieron.
 La ventilación de ese tipo de lugares tiene que conservarse en una temperatura específica, para que los cuerpos no sufran una descomposición sin que hayan sido antes reclamados. Yo me encontraba cerca de la recepción de la morgue categorizando y ordenando las etiquetas que se les pone en los pies a los cuerpos para mostrarlos cuando alguien quiera identificar algún cuerpo. Ese día habíamos recibido a una familia que había sido víctima de un accidente automotriz, por la madrugada. Comúnmente, cuando se daban esta clase de decesos, los compañeros del turno de la mañana y de la tarde, terminaban por ponerles nombre a todos y cada uno de los integrantes de la familia, lo cual se me hacía, por de más, una falta de respeto. Pero bueno, cada cabeza es un mundo. Así que les seguíamos la corriente mi compañero Saúl y yo. 
 Saúl era más joven que yo, era un estudiante que trabajaba por las noches en la morgue para pagarse sus estudios de medicina. Él se encontraba inyectándoles los químicos que impedían que los cuerpos se hinchasen y quedaran más irreconocibles de lo que ya quedaban.
 La familia de accidentados se conformaba por los dos padres y dos gemelas, que al parecer tendrían entre diez y doce años, los padres rondaban entre los treinta y treinta y cinco. La familia duró en la morgue tres noches (tiempo que es requerido antes que el cadáver comience a descomponerse), antes de que su familia reclamara sus cadáveres, aunque sea de una parte de la supuesta familia. Esa noche yo estaba meditabundo, en mi familia habían algunos problemas económicos y mis pensamientos estaban dirigidos hacia esos problemas. Pero Saúl tuvo una larga noche, porque aseguraba que escuchó por los pasillos el sonido inconfundible de una pelota de plástico rebotando por los pasillos. Recuerdo haberlo visto lívido cuando me contó lo que había escuchado. Yo me reí de su anécdota, cosa de la que me arrepiento de haberlo hecho, puesto que hubiera evitado muchas cosas.
 En la madrugada, después de ese mismo turno, salimos a tomar un café puesto que Saúl seguía argumentando que había seguido escuchando los rebotes de una pelota de plástico, solamente que ahora dichos sonidos iban acompañados de unas leves risas, risas de niños.
 -Debes estarte volviendo loco -le dije esperando tranquilizarlo-. En todo el tiempo que llevo trabajando aquí, no he tenido nada de qué quejarme, más que los fétidos olores que desprenden algunos de los cadáveres o de las reclamaciones de algunas personas que piensan que, por obra de arte, el cadáver de su familiar aparecerá aquí.
 -No sé, pero qué susto me he pegado -concluyó diciendo ya un poco más tranquilo.
 Por la mañana, llegué a casa a dormir, como todos los días, muy a pesar del escándalo que producían mis hijas. Ellas jugaban todo el día, y, por momentos era casi imposible dormir, aunque debo de aceptar que me gusta escuchar a menudo sus gritos. Es ahora cuando valoro más escucharlas.
 Durante parte de ese día, no pararon los mensajes de Saúl por el teléfono. Parecía no estar interesado en platicar de algo en específico, parecía, más bien, querer que le contaran algo. Como cuando tienes una pareja y solo quieres mantenerla con las manos ocupadas en el teléfono, ahí donde está. Llegó un momento en que me hartó, y, definitivamente, apagué el celular. Ya por la noche, en el turno, me reclamó. Me dijo que, para empezar no había podido dormir, debido a que en el interior de su habitación hacía un frío extremadamente gélido, como si estuviera a menos cero grados. También me contó que estaba por dormirse y la ventana del corredor, que da a su habitación, se abrió, como si alguien desde el interior la hubiese abierto. Esto le pareció extremadamente raro ya que su departamento estaba ubicado en un cuarto piso, pensó que era un ladrón y que se habían metido a robarle, así que fue hasta ese lugar en compañía de un bate de base ball y vio que no había nadie más que su alma y que la cerradura de la puerta de su departamento estaba cerrada. Esto lo puso de nervios y le hizo dar vueltas como un loco, mientras el frío le entumecía todo el cuerpo. Argumentó que hizo a un lado sus ganas de dormir y salió un rato a la calle a dar una vuelta. 
 Ya en el exterior se sintió un poco relajado, se recostó en el césped y se percató que en el exterior hacía un calor que derretiría al instante un cubo de hielo. Se volvió a recostar en el césped. Se tomó un respiro y se sintió un poco confundido. Recordó a su familia, sonrió al hacerlo, pero de inmediato se le borró la sonrisa de la cara. Se incorporó en el césped.
 -Lo más raro de todo -me relataba- es que ahí, en ese parque, me sentía tranquilo, en un principio -aclaró-. Pero, luego, hubo algo que me inquietó de sobremanera. Algo que me dejó con una sensación que no puedo quitármela de la piel. Es como si aún estuviera allí.
 -¿Qué pasó? -le pregunté mientras llenaba la forma de un cadáver de nuevo ingreso.
 -Es muy raro. Te vas a reír.
 -No, dime -lo conmine a seguir hablando.
 El vaciló. Se encogió de hombros.
 -Esta bien -se tomó un respiro-. Tumbado ahí en el parque -comenzó a relatar de nuevo-, sin nadie a mi alrededor, y observando las copas de los árboles, alcancé a escuchar, a lo lejos, unas risitas de niños. Así como las que te había contado que escuché aquí.
 Yo asentí.
 -Lo tonto fue que, de momento, no les había puesto tanta atención, quizás era debido al cansancio, no había dormido nada en lo absoluto y mis ojos se me cerraban. Lo curioso era que esas risitas se iban acercando, las escuchaba cada vez más cerca a mi oído tanto que hubo un momento en que pensaba que estaba dentro de mi cabeza. Fue en ese momento cuando algo me golpeó en el costado izquierdo de mi cuerpo, vi de reojo un objeto rosado. Me di cuenta que era una pelota la que me había golpeado. Me reincorporé y tomé la pelota entre las manos. No había nadie a mi al rededor. De pronto sentí un fuerte dolor de cabeza, era como el sonido de un taladro, sólo que dentro de mi cabeza. Con mis ojos cerrándose, observé, difusamente, cómo una persona de pequeñas proporciones se me acercaba y tomaba de mis manos la pelota, sus manos estaban extremadamente frías. Observé que era una niña, la distinguí por su cabello casi dorado y una voz que me dijo "gracias". Observé una mancha púrpura en su nuca, cuando ella giró. No me alerté porque no podía ver bien todavía. En cuanto la niña se retiraba, me tallé los ojos. Pude abrirlos después de frotármelos con suavidad. Busqué a la niña con la mirada, pero ya se había alejado casi unos cincuenta metros de distancia de donde yo me encontraba. Una distancia muy larga para su andar pausado y sus pasos tan reducidos. Más al fondo de los árboles, se encontraba otra figura, otra niña al parecer, la cual se limitó a mirarme, estirar el brazo y saludar con la palma de la mano extendida. Las dos estaban vestidas con un vestido similar; rosa con motas blancas.
 Saúl pareció estar consternado. Él tenía un tono de piel apiñonada y por un momento lo vi lívido.
 Dejamos la plática hasta allí y en todo el turno traté de no molestarlo. Era evidente que algo le estaba pasando, pero nunca me imaginé que fuera algo tan grave.
 En ese mismo turno, cuando me encontraba llenando una de las bitácoras, me dijo algo que hizo que mis vellos de la nuca se me erizaran. Sin que yo le preguntará algo, me comentó que las niñas que habían traído ayer por la mañana se parecían mucho, tanto en figura como en tamaño, a las niñas que había visto en el parque. Posteriormente él se le quedó viendo durante un largo rato a las mantas que cubrían sus cuerpos, los cuales estaban dispuestos en dos camillas juntas. Los padres estaban puestos en otra de las salas. Saúl estaba dubitativo, él no era una persona que se dejara asustar demasiado rápido, era muy analítico y siempre pensaba dos veces antes de hacer una cosa. Yo lo observaba desde lo lejos y lo veía consternado durante esos momentos en los que decidió quedarse viendo a los cadáveres.
 Así pues, se decidió a quitarles la tela de encima. Lo observé cómo, mientras lo hacía, esgrimía una mueca de terror como quien quisiese llorar por ver algo que le produce pánico. Fue entonces que me decidí a interrumpirlo. Él reaccionó de manera confusa, como si al observar los cadáveres allí tendidos, hubiese estado en medio de un trance. Para ese entonces se le habían pintado unas ojeras demasiado grandes para las cuencas de sus ojos.
 Terminó por decirme que no me preocupara, que todo estaba bien e iría a tomarse un café, así que lo acompañé.
 Para llegar a la cafetería del hospital había que pasar por un pasillo muy extenso en diagonal, era como una rampa que conducía hacia el interior del hospital. Saúl iba algo nervioso, lo vi en reiteradas ocasiones voltear hacia atrás como si algo nos siguiera, incluso aceleraba el paso como si de verdad alguien estuviera persiguiéndonos. No fue hasta los últimos metros del pasillo donde alcancé a escuchar, detrás de nosotros, un golpeteo, como el botar de una pelota de hule. Lo miré mientras él estaba viendo hacia atrás.
 -¿Qué es ese sonido? -le pregunté.
 Él se quedó atónito. Su mirada desvelaba una súbita mueca de helada expresión.
 -Son ellas -lo alcancé a escuchar decir antes de que empezara a acelerar el paso. En cuestión de segundos él se había posicionado unos cuantos metros adelante de mí, dejándome atrás escuchando los constantes sonidos que ya había escuchado.
 -Impresionante -susurré.
 Había unas sombras, al fondo del pasillo, que se iban moviendo como si estuvieran jugando, brincado de un lado para otro. El momento fue atemorizante cuando vi que comenzaban a acelerar la velocidad con que se aproximaban. Saúl regresó por mí y me sacó de ese pasillo mientras en mi mente resonaban las risas burlonas de de unos niños. Pudimos accesar a un pasillo más corto y salir a una sala que presedía a la cafetería. Allí, sentimos un gran alivio al ver a tanta gente. Nunca me había sentido tan bien de ver a tanta gente, comúnmente las personas me son indiferentes, pero, en ese momento, tenía tanto alivio de verlas.
 Nos sentamos en una mesa que aguardaba vacía en el centro de la cafetería.
 -¿Qué fue eso? - me apresuré a decirle.
 Él me vio fijamente a los ojos, como queriendo esconder algo que tendría una gran importancia.
 -Estoy seguro que son ellas.
 -¿Quiénes?
 Trago saliva y dijo:
 -Las niñas... las gemelas de la morgue.
 Yo estaba aún más confundido. 
 -¿Me estás diciendo que se tratan de unos fantasmas?
 -¿Qué si no?
 Él mordía sus labios nerviosamente.
 -Hoy, al llegar a la morgue, me dediqué a revisar el expediente de los cadáveres, de la familia de las dos gemelas. Averigüé todo sobre ellos, inclusive el color de ropa que vestían en el momento del accidente. Y es esto lo más sugestionable que encontré. Las niñas iban vestidas con el mismo vestido rosa moteado que las niñas que me arrojaron la pelota en el parque. Es perturbador el sentirme acorralado. En todo el día no he podido descansar, no fui a la escuela por lo mismo, si he probado bocado es porque mi cuerpo lo requiere, pero no tengo ganas de nada. Las escucho y las veo en todos lados. Por favor, ayúdame.
 Nos quedamos en silencio escuchando el barullo de la gente. La mirada de Saúl iba de un lado a otro buscando algo entre la gente.
 -Diablos, qué miedo tengo -murmuró-. Me estoy volviendo loco.
 Sabía que él no estaba perdiendo el sentido de la razón. Yo había logrado escuchar los golpes de la pelota, más aparte las sombras que se movían dirigiéndose hacia nosotros, pero había algo que no dejaba que creyera. Me levanté y fui por dos cafés y dos panes. No volvimos a cruzar palabra sino fue para decirnos que volviéramos a la morgue. Traté que fuese el turno más tranquilo que tuviésemos. Incluso, a la salida, no me despedí de él con el clásico "cuídate", le di la mano y me retiré. Él estaba frío y no era por el clima. Lo veía en su expresión extraña y desencajada. Inclusive muchos de nuestros compañeros salían del hospital sin usar suéteres.

Esa ocasión fue la última vez que vi a Saúl con vida. Lo demás lo supe por el reporte pericial y tras examinar el cuerpo para su autopsia.
 Su cuerpo fue encontrado en el departamento donde residía, para ser exactos en su habitación. Su cuerpo reposaba sentado en la cama, recargado en la cabecera de la cama, presentaba varias laceraciones en sus cuatro principales extremidades. No se encontró algún arma homicida. Dichas laceraciones parecían haber sido provocadas por alguna especie de cable, el cual no fue encontrado por ninguna parte. Las tomas de corriente de la habitación y el resto del departamento, fueron verificadas y no había ninguna que presentase algún desprendimiento o algo que pudiera definirse como el arma que hubiesen utilizado para castigarle. Su departamento estaba completamente vacío y no tenía muchas cosas en su interior. Lo único que se encontró fuera de su lugar, además de su cuerpo y su cama, la cual estaba destendida y salpicada con su propia sangre, fue una caja que guardaba con mucho recelo en un pequeño armario que se encontraba enfrente de la cama. En él, en vez de depositar allí su ropa o sus zapatos, guardaba, única y exclusivamente, esa caja con tanto recelo. En su interior guardaba diversos juguetes, los cuales fueron confirmados por su familia que eran de él. Los juguetes fueron removidos, pero no por él, debido a que esos juguetes tenían, obviamente, sus huellas, pero no eran de ese tiempo. Dichas huellas dactilares tenían más tiempo. Lo curioso es que no se les encontró a los juguetes otras huellas más que las de él, y la forma en que estaban dispuestos los juguetes sugería que fueron tomados por alguien y puestos sobre la cama.
 Su mandíbula estaba ligeramente salida de sus ejes y dejaba ver su boca abierta de par en par. Sus dientes estaba marcados en toda su lengua, lo cual sugería que él mismo la mordió mientras lo flagelaban. Y para finalizar, y no por ser lo menos importante, había algo que nadie se pudo explicar, puesto que en sus muñecas de las manos encontraron la marca de unos dedo pequeños. Por la disposición de las manos que lo sujetaban, parecía ser que eran, propiamente, derecha e izquierda.
 Cuando vi el cadáver postrado en la camilla de la morgue, pensé de inmediato en todo lo que me había dicho, todo lo que había pasado y la forma en la que se dio la historia.
 Sus ojos todavía mantenían una expresión de pavor y dolor que era muy difícil ignorar. Sus brazos todavía tenían las marcas de los dedos que habían mencionado los peritos; eran unas pequeñas manos que apenas si abarcaban una poca circunferencia de las muñecas. Y sus laceraciones eran aberturas podridas en costras que dejaban ver un poco de carne muerta.

Por la mañana, y justo antes de que se llevaran los cadáveres que habían cumplido con su estancia en la morgue y que nadie los había reclamado, cuatro personas arribaron al hospital buscando a una pareja desaparecida, de treinta años la mujer y treinta y tres años el hombre. Ambos de complexión delgada y que iban viajando en un coche. De inmediato los llevé hasta la sala donde se encontraban los padres de las gemelas de las que tanto hablaba Saúl. inmediatamente, las mujeres de aquel grupo de personas rompieron en llanto al reconocer cada una a su respectivo hijo. Los hombres fueron a abrazarlas y consolarlas. Me adelanté hacia la puerta y les hablé desde ahí.
 -Acompáñenme, por favor. Supongo que tienen que reconocer a otras dos más, a las gemelas que iban en el auto con sus hijos.
 Una de las mujeres puso una cara de gran consternación al momento de decir eso. La otra mujer dijo:
 -No, señor -dijo inclinando su cabeza hacia enfrente sin dejar la confusión de lado.
 -¿Seguros? -pregunté con ánimos que recordaran algo.
 Todos asintieron al únicsono.
 -Seguros, señor. Nuestros hijos no tenían descendencia.
 Sentí un bajón de flujo en la sangre. No quise hacerlo tan notorio.
 No tuve de otra más que dejarlos ir.

Al cerrar el reporte de los cuerpos, me dirigí hacia donde se encontraban los cuerpos de las gemelas. El interior de la sala estaba frío y oscuro. No voy a negar, me dio miedo al ver tanta oscuridad. Las lámparas de la sala tardaron en prender, parecían estar reacias a hacerlo. Comencé a caminar entre las filas de camillas. Cada determinados pasos tragaba saliva, reflejo del miedo que sentía.
 La luz que alumbraba precisamente esa zona no había terminado de iluminar las dos camillas. Mi corazón estaba latiendo con fuerza, parecía querer salirse. La luz fue iluminando cada vez más haciendo que mi asombro se despegara.
 Las camillas estaban completamente vacías. No estaban los cuerpos de las gemelas, únicamente estaban las sábanas que los cubrían. Sorprendido quité la que quedaba a mi mano izquierda. Sobre la camilla, escrita con sangre, había una hoja de papel que decía "¿Ahora sí..."
 Los puntos suspensivos me incitaron a retirar la sábana de la otra camilla. Mi asombro fue de un solo golpe hasta el límite, observé el papel manchado con sangre y con las letras "... me crees?"

"¿Ahora me crees?"



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RELATOS DE TERRO Y SUSPENSO
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Héctor Almanza Chávez ©

jueves, 7 de julio de 2016

Relato 1 - Viaje astral


Viaje astral



La noche en que regresé a casa, sabiendo que estaría completamente solo y que ella no estaría más, vi la oscuridad fría y gélida de mi habitación. No había querido encenderla debido a que si lo hacía, me sentiría aún más solo de lo que estaba.
 Habíamos discutido y nuestra relación había quedado en suspenso después de unos manoteos y recriminaciones insulsas y vacías que por momentos eran sin razón ni lógica, con la única intención de increpar acciones mutuamente.
 La ira se desbordó. Mucho de lo que éramos, hasta ese momento, se había roto. Y yo sentía que algo dentro de cada uno había cambiado a medida que la discusión avanzaba. La voz y sus decibeles iban incrementando con el vaivén de las frases y de las palabras, como un mar agitado que quiere destruir todo a su paso.
 Por un momento me concentré en su mirada; esa mirada cálida y completamente expresiva se había trastornado en una mirada fría y sombría. Sus ojos me habían dicho todo. Me habían dejado caer al mismo tiempo que habían levantado en otras ocasiones.
 Ese día había un raro fulgor en sus ojos, un brillo opaco, quizá. Alguna vez escuché que la tristeza de la muerte suele asomarse por la melancolía de los ojos. Posiblemente, ese día, algo desde su interior desvelaba una tristeza incontenible, tanto que ni su interior podría condensarla y atraparla.
 ¿Qué había hecho? Había un temor en su existencia, había una represión que luchaba por seguir viviendo. Y es que esto se lo puedo atribuir, inclusive, a muchas cosas. Posiblemente al miedo a vivir y a perder; caer y no levantarse, a ser partícipe de una agonía sentimental.
 Esa noche, por más que mi cuerpo se encontrara presente en el vacío de mi habitación, mi mente se encontraba en otro lugar. En un lugar lejos de mí. Como de esos lapsus llamados viajes astrales. Mi mente, o mi imaginación, o lo que fuese que haya sido, me postró en la habitación de ella. En la misma habitación en la que habíamos compartido amor, caricias y sueños. Ella no me veía, ni por asomo se había percatado de mi presencia. Lo más curioso es que yo estaba en un rincón donde podía ver, periféricamente, lo que estaba pasando en la habitación. Sentí una desesperación en el pecho, como una opresión, como si alguien con sobrepeso se hubiera sentado en mi pecho, pero no sabía a qué se debía.
 Ella estaba triste, evidentemente deprimida. Lloraba. Y no paraba de sollozar. Sus puños permanecían cerrados, apretujados con una fuerza que parecía querer enterrarse las uñas en la palma de la mano. El maquillaje de sus ojos se había corrido, esto le había dado un aspecto tétrico y dramático a su cara. Estaba sentada de rodillas sobre la cama, fue entonces cuando comenzó a golpear el colchón y desgarrar las sábanas. La miré confundido. Se había puesto pésimamente mal. Consternada, y cansada de golpear en un amortiguador, como lo era el colchón, cesó. Me dí cuenta que sus manos estaban sangrando. Sus palmas estaban plagadas de una aberrante mancha púrpura.
 Me quise mover. Mi instinto me obligaba a tratar de ayudarle, pero mi cuerpo no reaccionaba. Inútilmente, me trataba de mover, pero no lograba moverme ni un centímetro. Mi desesperación fue al límite cuando vi que iba por una cuerda al armario que se encontraba en el lado contrario del que yo estaba. ¿Para qué la quería? me preguntaba.
 Su llanto se desbocó al ver que traía la cuerda entre las manos. Era como si ella no quisiese hacer nada, pero una fuerza inminente la obligase a hacerlo. Mi esfuerzo se convirtió en una convulsión de imposibilidades, una mezcolanza de impotencia y gesticulaciones.
 Algo me soltó la mano. Pude hacerme de mi extremidad, aunque fuera sólo para tratar de estirar el brazo. Ella se dirigía hacia su cama, se paró encima del colchón, y, con temor en su mirada, pasó por encima de un tubo que atravesaba de lado a lado la habitación. Se le quedó viendo. Había indecisión en su mirada. Un miedo tan inconfundible como sentir los golpeteos de la lluvia que azotaba el exterior. Quería gritar, pero mi voz estaba ahogada, detenida desde la parte posterior de mi garganta. Sentía que el aire transitaba por mi garganta pero no alcanzaba a vociferarse. Lo único que salía de mi boca era aire, no palabras.
 Ella terminó de atar la cuerda a la tubería y comenzó a hacer otro nudo en el otro extremo, en forma de collar. Fue entonces que supe lo que iba a hacer. Tenía que actuar rápidamente, no podía dejar que lo hiciera. Pero estaba detenido de todas mis extremidades. Me sentía en un raro y confuso sueño. Quería, que si era una pesadilla, poder despertar, pero no podía siquiera parpadear. Comencé a sentir un dolor que revolucionaba desde la boca del estómago. Traté de llamarla con los ojos hasta que ella se colgó el nudo en forma de collar en el cuello y avanzó hacia el borde de la cama, mis ojos se abrieron de la impresión. Un grito ahogado se perdió nuevamente en mi garganta cuando trataba de evitar que se acercara al filo.
 Lloramos al unísono, yo por verla ceder ante la muerte y ella por simplemente ceder.

 Me desperté casi amaneciendo, cuando la luz del alba empezaba a despuntar en el horizonte. Un rayo de luz amarillento se colaba por la ventana dándole un aspecto de vejez a todo lo que estaba en el interior de mi habitación. Todo mi cuerpo estaba empapado en sudor, y entumido, como si hubiese sido víctima de una fiebre. Mi boca seca rogaba por un poco de agua y mis piernas estaban tan cansadas como si hubiese corrido un maratón. Pude sentir la pesadez en los hombros y en el cuello, un dolor constante e incesante, era como el estrés; molesto.

 Me levante trastabillando de la cama. Estaba completamente desnudo y aturdido, aunque recuerdo que me había dormido con ropa. Era como una resaca. En mi cabeza residía una confusión total que eclipsaba mis pensamientos, mis recuerdos. 
 Por un momento mi vista se quedó absorta en un lugar determinado de mi habitación, no sabía qué era lo que me atraía, pero era como si algo estuviera ahí, en una esquina, observándome desde el claro-obscuro de una de las esquinas, cerca de la puerta.No había nada, pero mi mente insistía con que había algo allí. Me tomé como un loco. No podía creer que estuviera delirando de esa manera. En esa esquina estaba un perchero donde siempre acostumbro dejar la chamarra que porto cuando llego a casa. De repente, escuché un zumbido proveniente de ese preciso lugar. Me acerqué con cierta desconfianza. Fue hasta ese momento en que me acordé de algunas partes de mi atroz sueño, tuve pequeñas visiones de ese sueño que me confundieron, fueron fugases, pero tan confusas como el sueño mismo. Me sacudí los pensamientos. No recuerdo por cuánto tiempo había estado sonando, pero ya habían sido mucho, mucho más del tiempo de espera que, comúnmente, mi teléfono estaba programado para mandar a buzón de voz. Me agaché por él, inicié la llama. Contesté pero no hubo ninguna voz que sonara al otro lado. Aguardé un poco. No estoy seguro, pero creo haber oído unos sollozos muy débiles, como un llanto muy alejado de donde se encontraba el otro auricular. Volví a contestar, pero ahora con una exclamación, y llamando el nombre de mi novia. ¿Dije el nombre de mi novia? No recuerdo por qué, pero lo hice, posiblemente los retazos del sueño que había tenido por la noche seguían inmiscuyéndose en mis pensamientos. 
 Quedé tan confundido que me quedé mirando el celular por un momento. El número que rezaba en la pantalla no era reconocible, "número privado". Apreté el artefacto con la mano. Con desánimo, miré al rededor. Seguía sintiéndome inquieto por aquel lugar de la habitación. Esa inquietud se convirtió en un nerviosismo intermitente, tan molesto como el zumbido de una abeja. 
 Volvió a vibrar el teléfono, al momento que comenzó, yo me encontraba conmocionado. Lo dejé activado mientras observaba la pantalla y observaba que el número pertenecía al de la casa de mi novia. Deslicé el dedo sobre la pantalla y la llamada se activó.
 -Adrián -la voz en la llamada sonaba confusa, sollozante-, ¿Adrián..., estás ahí?
 -Ss... sí. ¿Quién habla? -Yo esperaba escuchar la voz de mi novia, en cambio escuché una voz que de momento me resultaba extraña.
 -Soy la madre de Marlene. Debes venir de inmediato.
 -¿Qué pasa, señora?
 Por el celular escuché un sollozo estremecedor acompañado de suspiros desconsolados y lloriqueos que dejaban al aire una tristeza enorme.
 -Es... Es... Es mi hija -alcanzó a decir.
 Mis cejas se enarcaron.
 -¿Qué le pasó a Marlene?
 Más lloriqueos.
 La madre de Marlene debió de soltar el auricular. Escuche unos pasos que se retiraban. Yo estaba estupefacto. Es cuché unos pasos que se acercaban. Recordé que el piso de su casa era de duela y y era muy fácil identificar los pasos de las personas. Pero, en esa casa, no vivía nadie más que Marlene y su madre.
 Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta la mitad de la espalda.
 Escuché cómo alguien tomó el auricular y susurró muy despacio:
 -Se ahorcó...
 Inconfundiblemente, la voz era de Marlene.

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