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jueves, 7 de julio de 2016

Relato 1 - Viaje astral


Viaje astral



La noche en que regresé a casa, sabiendo que estaría completamente solo y que ella no estaría más, vi la oscuridad fría y gélida de mi habitación. No había querido encenderla debido a que si lo hacía, me sentiría aún más solo de lo que estaba.
 Habíamos discutido y nuestra relación había quedado en suspenso después de unos manoteos y recriminaciones insulsas y vacías que por momentos eran sin razón ni lógica, con la única intención de increpar acciones mutuamente.
 La ira se desbordó. Mucho de lo que éramos, hasta ese momento, se había roto. Y yo sentía que algo dentro de cada uno había cambiado a medida que la discusión avanzaba. La voz y sus decibeles iban incrementando con el vaivén de las frases y de las palabras, como un mar agitado que quiere destruir todo a su paso.
 Por un momento me concentré en su mirada; esa mirada cálida y completamente expresiva se había trastornado en una mirada fría y sombría. Sus ojos me habían dicho todo. Me habían dejado caer al mismo tiempo que habían levantado en otras ocasiones.
 Ese día había un raro fulgor en sus ojos, un brillo opaco, quizá. Alguna vez escuché que la tristeza de la muerte suele asomarse por la melancolía de los ojos. Posiblemente, ese día, algo desde su interior desvelaba una tristeza incontenible, tanto que ni su interior podría condensarla y atraparla.
 ¿Qué había hecho? Había un temor en su existencia, había una represión que luchaba por seguir viviendo. Y es que esto se lo puedo atribuir, inclusive, a muchas cosas. Posiblemente al miedo a vivir y a perder; caer y no levantarse, a ser partícipe de una agonía sentimental.
 Esa noche, por más que mi cuerpo se encontrara presente en el vacío de mi habitación, mi mente se encontraba en otro lugar. En un lugar lejos de mí. Como de esos lapsus llamados viajes astrales. Mi mente, o mi imaginación, o lo que fuese que haya sido, me postró en la habitación de ella. En la misma habitación en la que habíamos compartido amor, caricias y sueños. Ella no me veía, ni por asomo se había percatado de mi presencia. Lo más curioso es que yo estaba en un rincón donde podía ver, periféricamente, lo que estaba pasando en la habitación. Sentí una desesperación en el pecho, como una opresión, como si alguien con sobrepeso se hubiera sentado en mi pecho, pero no sabía a qué se debía.
 Ella estaba triste, evidentemente deprimida. Lloraba. Y no paraba de sollozar. Sus puños permanecían cerrados, apretujados con una fuerza que parecía querer enterrarse las uñas en la palma de la mano. El maquillaje de sus ojos se había corrido, esto le había dado un aspecto tétrico y dramático a su cara. Estaba sentada de rodillas sobre la cama, fue entonces cuando comenzó a golpear el colchón y desgarrar las sábanas. La miré confundido. Se había puesto pésimamente mal. Consternada, y cansada de golpear en un amortiguador, como lo era el colchón, cesó. Me dí cuenta que sus manos estaban sangrando. Sus palmas estaban plagadas de una aberrante mancha púrpura.
 Me quise mover. Mi instinto me obligaba a tratar de ayudarle, pero mi cuerpo no reaccionaba. Inútilmente, me trataba de mover, pero no lograba moverme ni un centímetro. Mi desesperación fue al límite cuando vi que iba por una cuerda al armario que se encontraba en el lado contrario del que yo estaba. ¿Para qué la quería? me preguntaba.
 Su llanto se desbocó al ver que traía la cuerda entre las manos. Era como si ella no quisiese hacer nada, pero una fuerza inminente la obligase a hacerlo. Mi esfuerzo se convirtió en una convulsión de imposibilidades, una mezcolanza de impotencia y gesticulaciones.
 Algo me soltó la mano. Pude hacerme de mi extremidad, aunque fuera sólo para tratar de estirar el brazo. Ella se dirigía hacia su cama, se paró encima del colchón, y, con temor en su mirada, pasó por encima de un tubo que atravesaba de lado a lado la habitación. Se le quedó viendo. Había indecisión en su mirada. Un miedo tan inconfundible como sentir los golpeteos de la lluvia que azotaba el exterior. Quería gritar, pero mi voz estaba ahogada, detenida desde la parte posterior de mi garganta. Sentía que el aire transitaba por mi garganta pero no alcanzaba a vociferarse. Lo único que salía de mi boca era aire, no palabras.
 Ella terminó de atar la cuerda a la tubería y comenzó a hacer otro nudo en el otro extremo, en forma de collar. Fue entonces que supe lo que iba a hacer. Tenía que actuar rápidamente, no podía dejar que lo hiciera. Pero estaba detenido de todas mis extremidades. Me sentía en un raro y confuso sueño. Quería, que si era una pesadilla, poder despertar, pero no podía siquiera parpadear. Comencé a sentir un dolor que revolucionaba desde la boca del estómago. Traté de llamarla con los ojos hasta que ella se colgó el nudo en forma de collar en el cuello y avanzó hacia el borde de la cama, mis ojos se abrieron de la impresión. Un grito ahogado se perdió nuevamente en mi garganta cuando trataba de evitar que se acercara al filo.
 Lloramos al unísono, yo por verla ceder ante la muerte y ella por simplemente ceder.

 Me desperté casi amaneciendo, cuando la luz del alba empezaba a despuntar en el horizonte. Un rayo de luz amarillento se colaba por la ventana dándole un aspecto de vejez a todo lo que estaba en el interior de mi habitación. Todo mi cuerpo estaba empapado en sudor, y entumido, como si hubiese sido víctima de una fiebre. Mi boca seca rogaba por un poco de agua y mis piernas estaban tan cansadas como si hubiese corrido un maratón. Pude sentir la pesadez en los hombros y en el cuello, un dolor constante e incesante, era como el estrés; molesto.

 Me levante trastabillando de la cama. Estaba completamente desnudo y aturdido, aunque recuerdo que me había dormido con ropa. Era como una resaca. En mi cabeza residía una confusión total que eclipsaba mis pensamientos, mis recuerdos. 
 Por un momento mi vista se quedó absorta en un lugar determinado de mi habitación, no sabía qué era lo que me atraía, pero era como si algo estuviera ahí, en una esquina, observándome desde el claro-obscuro de una de las esquinas, cerca de la puerta.No había nada, pero mi mente insistía con que había algo allí. Me tomé como un loco. No podía creer que estuviera delirando de esa manera. En esa esquina estaba un perchero donde siempre acostumbro dejar la chamarra que porto cuando llego a casa. De repente, escuché un zumbido proveniente de ese preciso lugar. Me acerqué con cierta desconfianza. Fue hasta ese momento en que me acordé de algunas partes de mi atroz sueño, tuve pequeñas visiones de ese sueño que me confundieron, fueron fugases, pero tan confusas como el sueño mismo. Me sacudí los pensamientos. No recuerdo por cuánto tiempo había estado sonando, pero ya habían sido mucho, mucho más del tiempo de espera que, comúnmente, mi teléfono estaba programado para mandar a buzón de voz. Me agaché por él, inicié la llama. Contesté pero no hubo ninguna voz que sonara al otro lado. Aguardé un poco. No estoy seguro, pero creo haber oído unos sollozos muy débiles, como un llanto muy alejado de donde se encontraba el otro auricular. Volví a contestar, pero ahora con una exclamación, y llamando el nombre de mi novia. ¿Dije el nombre de mi novia? No recuerdo por qué, pero lo hice, posiblemente los retazos del sueño que había tenido por la noche seguían inmiscuyéndose en mis pensamientos. 
 Quedé tan confundido que me quedé mirando el celular por un momento. El número que rezaba en la pantalla no era reconocible, "número privado". Apreté el artefacto con la mano. Con desánimo, miré al rededor. Seguía sintiéndome inquieto por aquel lugar de la habitación. Esa inquietud se convirtió en un nerviosismo intermitente, tan molesto como el zumbido de una abeja. 
 Volvió a vibrar el teléfono, al momento que comenzó, yo me encontraba conmocionado. Lo dejé activado mientras observaba la pantalla y observaba que el número pertenecía al de la casa de mi novia. Deslicé el dedo sobre la pantalla y la llamada se activó.
 -Adrián -la voz en la llamada sonaba confusa, sollozante-, ¿Adrián..., estás ahí?
 -Ss... sí. ¿Quién habla? -Yo esperaba escuchar la voz de mi novia, en cambio escuché una voz que de momento me resultaba extraña.
 -Soy la madre de Marlene. Debes venir de inmediato.
 -¿Qué pasa, señora?
 Por el celular escuché un sollozo estremecedor acompañado de suspiros desconsolados y lloriqueos que dejaban al aire una tristeza enorme.
 -Es... Es... Es mi hija -alcanzó a decir.
 Mis cejas se enarcaron.
 -¿Qué le pasó a Marlene?
 Más lloriqueos.
 La madre de Marlene debió de soltar el auricular. Escuche unos pasos que se retiraban. Yo estaba estupefacto. Es cuché unos pasos que se acercaban. Recordé que el piso de su casa era de duela y y era muy fácil identificar los pasos de las personas. Pero, en esa casa, no vivía nadie más que Marlene y su madre.
 Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta la mitad de la espalda.
 Escuché cómo alguien tomó el auricular y susurró muy despacio:
 -Se ahorcó...
 Inconfundiblemente, la voz era de Marlene.

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RELATOS DE TERRO Y SUSPENSO
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Héctor Almanza Chávez ©