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martes, 30 de agosto de 2016

Relato 3 - El Refugio





El Refugio





Extracto del diario de Melisa.

A
 penas la semana pasada me mudé a esta casa en compañía de mis hijas, Margaret y Ángela,  buscando una relativa tranquilidad —cosa que hasta el momento no hemos tenido—. Salimos huyendo de casa de mi esposo, quien había criado el viejo vició del alcoholismo, y todos los días, sin importar la hora, creaba un ambiente hostil, ya sea debido a su ansiedad por beber o porque definitivamente ya había ingerido alguna bebida alcohólica.
Ésta casa a la que llegamos mis hijas y yo ha pertenecido a mi familia materna durante muchos años. Es una desvencijada cabaña de madera a las afueras de la ciudad. Se decía, entre la misma familia, que era el refugio de muchas de las mujeres de esa descendencia —de ahí el nombre que le habíamos puesto a la casa—. El refugio.
Ésta casa permanecía de pie gracias a las mínimas atenciones que, esporádicamente, le brindaba cada ocupante de mi familia en turno. Es de dos pisos, el exterior y el interior eran completamente de madera. El exterior relucía un escabroso tono café combinado con mohín que se le fue acumulando con el tiempo. En la parte de arriba se encuentran las habitaciones, para ser exactos, tres habitaciones, un baño y un corredor. En la planta baja se encuentra la cocina, la sala y el comedor. Alrededor de la casa se levantaba un espeso bosque, que era cortado, a su vez, por un camino empedrado que dirigía a la carretera.
Nosotras habíamos llegado en el carro de mi esposo, el cual era el único que estaba disponible en el momento en que tome a mis hijas y me largué de la casa que, durante diez años, había ocupado pensando en que mi matrimonio podría llegar a ser lo que siempre había esperado. Pero nada es como uno lo quiere. Si las cosas fueran como uno quisiera, todo el mundo tendría todo y no habría infelicidad, y algo que he aprendido es que muchas veces nos hace falta estar solos con nosotros mismos, porque, ciertamente, no podemos entender nuestro entorno y es más fácil entendernos a nosotros mismos que a los demás. La verdad es que ahora me había refugiado en un lugar oculto para toda la gente que me pudiese conocer. No quería ver a nadie, sólo quería avergonzarme de mis propios errores y de mis propias esperanzas fallidas.
Mi hija Margaret, la mayor, tiene diez años, pero es tan madura que siempre me animó a irnos desde hace mucho tiempo al ver los constantes maltratos de su padre hacia mí. Me decía que nos fuéramos a casa mi madre, que ahí nos querrían como nosotras nos lo merecíamos. Pero nunca lo quise hacer, o, más bien, nunca tuve el valor de hacerlo hasta que esa noche él prorrumpió con gritos por no encontrar nada de alcohol en la casa para podérselo tomar. Los gritos seguramente se escucharon hasta la calle y la gota que derramó el vaso fue que, en su embravecida reacción de mi esposo, le atizó una fuerte cachetada a mi hija Ángela al verla llorar. El estupor y la ira se hicieron de mí, puesto tomé la lámpara del buró y le propiné semejante golpe en la cara que lo único que pude hacer fue tomar a mis hijas en brazos e irme.
Él había caído inconsciente, no me interesó detenerme a ver qué había pasado después, pero lo único que vi, saliendo de la habitación, fue que su cuerpo, tendido en el piso, daba pequeñas convulsiones al grado que se le pusieron los ojos totalmente en blanco. Mis hijas lloraban, desconsoladas. Fui hasta la sala, tomé las llaves del coche y me largué. Salí del apartamento sin preocuparme más por él. Suficiente había hecho con soportarlo tanto tiempo. Mientras todo esto pasé, me resguardaré aquí, hasta que se sepa que todo volverá a ser seguro en nuestras vidas… y mientras los sucesos que han ocurrido en la casa no empeoren.



Primer día, por la noche, en el refugio
Cinco días antes

L
legamos en la madrugada de este día al refugio cuando no había aún atisbos del alba despuntando en el cielo, pero la luna liberaba una luz que nos mostraba débilmente el camino empedrado que daba a la carretera, una luz muy lúgubre que apenas tocaba el suelo atravesando por el enmarañado de los árboles que cercaban el camino. Constantemente mis hijas preguntaban por el lugar adonde íbamos. Nunca habían conocido esa casa, por lo que sólo les daba largas con esa respuesta y les alentaba a pensar que era lo más seguro donde podíamos ir por el momento. Ángela se mostraba nerviosa cuando vio el bosque que rodea la casa, incluso la vi llorar cuando bajamos del auto.
Ahí, en la intemperie, Margaret me comento que le pareció ver algo en el interior de la casa, como si una luz se fuera apagando en lo profundo de la oscuridad. Me acerqué a la casa, la rodeé un poco hasta la primera ventana. No había nada, por lo menos no vi nada, por lo que no le tomé mayor importancia y les dije a mis hijas que no había ningún problema, que estábamos seguras en aquel lugar y que, posiblemente, esa luz que había visto Margaret era algún reflejo de la luna.
Ya en el interior, traté de encender todos los focos, con desilusión me vi que la mayoría estaban fundidos. Desde ese entonces empecé a meditar de todo lo que tendría que invertir, por lo menos para que la casa se viera decente. Iría por la mañana a hacer unas compras.
Todas nos fuimos a dormir a la habitación principal, por lo menos esa contaba con alumbramiento y cortinas. En el ropero encontramos algunas sábanas y colchas que aún estaban en buen estado.
Así pasamos la noche, abrazadas, tratando de conciliar el sueño en medio del frío que había. Recuerdo haberme quitado la parte de colcha que me tocaba para dársela a Ángela, la cual sacaba vaho por la boca. Preferí pasar el mal rato yo, ya por la mañana me las arreglaría.
Por la mañana, cerca de las diez, cuando nos despertamos, me sobresalté bastante cuando no vi a Ángela en la cama. Así que desperté a Margaret, quien todavía estaba dormida.
— ¡Hija, hija! —la moví un poco— Despierta. ¿Dónde está tu hermana?
Ella, todavía dormida, abrió sus ojos y me miró, volteó para ambos lados.
—No lo sé, mamá —contestó—. Estaba dormida con nosotras, ¿no?
Me levanté de golpe, salí de la habitación.
— ¡Revisa en las demás habitaciones! —le ordené a Margaret.
Descendí por las crujientes escaleras y me asomé en la sala, en la cocina y en el comedor. Nada. La desesperación me invadió y quise gritar. Abrí la puerta, y desde ahí le grité a Margaret:
— ¿La encontraste?
Miré a los alrededores de la casa. Vociferé una maldición. Con los nervios tensados por todo el cuerpo, corrí hacia el coche desesperadamente. Estaba a punto de llorar.
Me revisé los bolsillos del pantalón para revisar si traía conmigo las llaves del coche. Nada. Me asomé hacia el interior, del lado del conductor. No había nada. De pronto, un movimiento tan ligero como la respiración, en el asiento trasero, llamó mi atención. Un pequeño bulto se encontraba agazapado en el sillón, tapado con las chamarras que mi esposo acostumbraba dejar en el coche después de llegar a casa.
Margaret abrió la ventana de una de las habitaciones del segundo piso, la que daba justamente al frente de la casa.
—No está, mamá —dijo—. Ya revisé en todas las habitaciones.
Sin mirarla, le dije:
—Ve a la habitación donde nos quedamos, en el tocador que está enfrente de la cama dejé las llaves del coche, arrójamelas.
Sin contestar, ella dio media vuelta y se dirigió hacia la habitación principal.
Comprobé la cerradura de la puerta del piloto. Estaba cerrada. La de atrás. Igual, cerrada. Rodeé el coche por la parte de atrás. Mientras lo hacía miraba en el interior del coche. El bulto, en efecto, se movía, y, de la parte que estaba descubierta, sobresalían unos pies pequeños y descalzos. Terminé de comprobar que, en efecto, las otras dos puertas estuvieran cerradas. Efectivamente lo estaban.
— ¡Ángela! —le grité. No hubo respuesta. Golpeé el cristal, pero ni aun así.
—Mamá, aquí están —era Margaret señalando las llaves.
Me di la vuelta. Me las arrojó y las atrapé en el aire. Muy de prisa, abrí la puerta y moví el cuerpo inerte de mi hija, quien tenía su cara tapada por la chamarra y respirada tranquilamente. Medio abrió los ojos cuando atraje su cuerpo hacia mí, todavía en el interior del coche. Escuché pasos detrás de mí y una voz:
— ¿Cómo llegó hasta ahí, mamá?
—No lo sé —dije pujando por el esfuerzo. La saqué del coche comprobando que su peso no era el mismo que cuando la cargaba sin dificultad—. Ayúdame a cerrar la puerta.
La pegué a mi pecho y sentí lo fría que estaban sus piernas.
—Dios mío, está helada.
Pasamos el umbral de la puerta y Margaret cerró la puerta detrás de sí.
Al mismo tiempo que mi hija cerró la puerta, la madera del techo crujió y el sonido inconfundible de algo que se arrastraba por el piso sonó en la planta de arriba. Confusas, Margaret y yo nos miramos mutuamente. Se suponía que estábamos solas en la casa.



Segundo día, por la mañana, en el refugio

T
odo el día anterior mantuve mi atención fijada en los sonidos de esa vieja casa. Pensaba en lo que pudo haber sido aquel sonido después que Margaret cerrara la puerta, pero no encontraba respuesta. Pasé gran parte del día examinando las posibilidades, tratando de explicar algo que no había visto.
Pero había algo que me preocupa aún más. Y es que toda la tarde, después del suceso de la mañana, Ángela no despertó. Inclusive se enfermó y tuvo temperatura. Mucho tiempo me quede inquieta pues no tenía nada a la mano ni medicamentos o algo que pudiese prepararle, y pues mi sentido materno me decía que no me alejara de ella, que algo malo le podría pasar. Fue entonces que decidí llevarla con un doctor. Pero no fue necesario, pues al cabo de unos minutos la temperatura de su cuerpo había descendido de forma extraña.
Por momentos llegaba a despertar, pero sólo era para decir la palabra “papá” y volvía a dormirse. La forma en que lo nombraba me hacía sentir fatal. Inclusive me daban ganas de regresar mis pasos hacia la casa  y pedirle perdón. Pero sabía que no tenía nada por qué sentirme así, que lo que había pasado esa noche fue en defensa de mis hijas. Por ellas daría la vida.



Segundo día, por noche, en el refugio

¡D
iablos! Es inquietante cómo hay ruidos en la casa. No son los ruidos comunes de una casa abandonada ni una casa a punto de caerse, son más bien ruidos corporales. Margaret me ha dicho, con mucho ahínco que mientras subía las escaleras vio cómo alguien atravesaba, de derecha a izquierda, el hueco que da directamente a las escaleras, como si se dirigiera hacia una de las otras habitaciones.
Por mi parte, juraría que, mientras estaba dormida a espaldas de Ángela, escuché la voz grave de un hombre, como la de un anciano. Aguardentosa. Susurrando algo. No entendía qué era, pero me logró mantener atenta e inmóvil debido al nerviosismo que logró despertar en mí. Después de ese momento, me levante un poco alterada, pensando que podía ser mi imaginación o un sueño y salí en el coche con mis hijas.
Las llevé a distraerse. Creo que les hacía mucha falta. Tenía un buen efectivo en la bolsa de mis pantalones, así que pasamos un buen momento las tres. Posteriormente traté de retirar todo el efectivo que tenía en las tarjetas y después tirarlas, por aquello de que si la policía me estuviera buscando. Pero no pude retirar nada. El cajero me marcaba “operación inválida”, intenté de nuevo teniendo el mismo resultado. Tenía un poco más de dinero en efectivo, pero no me duraría para muchos días. Decidí que en los días posteriores vería qué hacer con la situación económica. Por el momento me interesaba sentirme desahogada en compañía de mis hijas. Esa distracción me hizo ver que mis hijas no habían crecido todavía lo suficiente, seguían siendo muy pequeñas y tenían los rasgos tan infantiles que denotaban menor edad de la que ya tenían. No me cabía la menor duda que, si es que me estaba buscando la policía, me las quitaran y las darían en adopción. El pensar en ello abrió una rendija muy dolorosa en mi pecho.
Una vez tranquilas, nos dispusimos a regresar al refugio, ambas regresaron en el asiento trasero del coche. Dormían placenteramente mientras la luna se ponía en lo alto y alumbraba la carretera. Todas estábamos muy cansadas, y al bajar sólo desperté a Margaret, a Ángela me la llevé en los brazos. Entramos en la cabaña, aunque percibí algo raro en Margaret, la cual se había detenido apenas en el umbral de la puerta.
— ¿Notas ese olor, mamá?
Miré en todas direcciones; había un ligero olor en el ambiente, como si algo se estuviese echando a perder. Seguí oliendo. De alguna manera ese olor se me hacía familiar, era como carne podrida. Me dirigí hacia la cocina. Era el lugar más obvio del que podría venir ese olor. Encendí las luces y fui hacia un refrigerador, el cual había ocupado con muy pocas provisiones. Cuando lo abrí, éste despidió un fuerte olor a encierro, mismo que había detectado la primera vez que lo abrí. Pero éste olor del refrigerador era muy diferente.
—Creo que el olor viene de arriba —dijo Margaret en las escaleras.
Me apresuré hacia las escaleras. Cuando llegué hasta ellas, Margaret ya iba hasta la mitad. Siguió avanzando mientras las escaleras crujían debajo de sus pies. Fui subiendo despacio detrás de ella, con Ángela en brazos. El tufo se iba intensificando al grado que mi hija, Ángela, había empezado a toser, asqueada por el olor. Margaret sólo se tapaba la nariz. Subimos hasta el primer piso que permanecía a oscuras. Un leve resplandor alumbraba desde la habitación en la que nos quedábamos. Corriendo, ella fue a encender la luz. Bajé a Ángela, me dispuse a encender todas las luces y nos fijamos en cada una de las habitaciones si había algo raro en ellas. Frustrantemente, después de revisar toda la segunda planta, no había nada raro y el olor seguía.
Sin nada más raro que perseguir, nos fuimos a la cama a tratar de dormir con ese terrible olor que nos impregnaba la nariz.
Es ahora cuando quisiera la normalidad de mi vida. Pero no puedo regresar a ella.



Tercer día, por la tarde, en el refugio

N
o sé cuánto más podré soportar esta incertidumbre. Por la mañana he hablado con mi tía. Le he rogado que no dijera nada sobre dónde me encuentro. Me ha dicho que no me preocupe, aunque hay muchas cosas por las cuales hacerlo, puesto que Bernardo, mi esposo, ha desaparecido sin dejar algún indicio de su ubicación. Mi familia pensaba que estábamos secuestrados, pensaban, incluso, que la sangre que estaba regada en la recámara había sido producto de alguna riña entre alguien más y mi marido. Me dijo que todo el mundo se estaba preguntando por lo que había pasado, incluso la policía quien estaba investigando al respecto. No me dio muchos detalles, pero lo que me informó era muy más que suficiente. ¿Dónde estaba él?
Fui a desayunar con mis hijas con unas cuantas provisiones que había comprado ayer por la noche, justo antes que regresáramos. Nadie dijo nada debido al minúsculo olor que aún prevalecía en la casa. Era molesto. Pero algo, no me atrevo a decir que repentinamente, estaba sucediendo con el olor, el cual se tornó dulzón de un momento a otro, era como un aroma a lavanda. El ambiente morfó enfrente de nosotros logrando confusión.
Nos quedamos viendo como si alguien de nosotras hubiera hecho algo para cambiar aquello y no quisiera decirlo.
—Se ha ido —dijo Ángela.
Margaret, aún con el bocado en la boca, asintió. Yo estaba sorprendida, puesto que en toda la noche tuvimos que soportar el olor incesante.
Nadie terminó su desayuno. Todas nos fuimos a la habitación, y aunque estábamos en el mismo lugar, cada quien estaba haciendo lo suyo. Yo paseaba la vista por toda la casa desde el umbral de la puerta. Buscando algo que pudiese haber provocado ese cambio repentino.
Por la tarde, me atreví a llamar a mi madre desde un teléfono público que está cerca de la carretera. Me comentó que estaba enferma, que se sentía muy mal y también que estaba preocupada por mí. Yo sentí un vacío en medio del estómago, escuchar a mi madre quejarse siempre tuvo ese efecto en mi estado de ánimo. Siempre había sido vulnerable a ello. Y ahora, con la lejanía, se había incrementado.
La siguiente parte de la tarde nos la pasamos haciendo limpieza a la casa, aún y con la idea de encontrarnos con algún animal muerto, o lo que haya podido crear ese olor. Fueron momentos de tranquilidad. Hasta que un grito proferido por Ángela rompió dicha tranquilidad. Era media tarde, pero el sol ya no llegaba con la misma fuerza hasta la casa. En el interior ya gobernada una relativa oscuridad. Margaret y yo llegamos corriendo hasta la habitación donde estaba Ángela jugando.
— ¿Qué sucede? —le pregunté a Ángela, quien estaba agazapada en el suelo, con un gesto de terror en la cara.
Ella sólo se cubría la cara y señalaba hasta el otro extremo de la habitación. Allí, donde ella señalaba, no había nada. Era un pedazo de pared que estaba completamente vacío. Corrí a cargarla. La abracé y la hundí en mi pecho. Desde ese momento se quedó siempre a mi lado. Evidentemente estaba asustada.
— ¿Qué fue lo que viste? —le pregunté varias veces una vez llegando a la habitación donde nos quedábamos.
—Estaba un hombre en la habitación.
Puse cara de confusión.
— ¿Un hombre?
Ella asintió.
—No le pude ver la cara debido a que la habitación estaba oscura. Pero estaba allí.
— ¿Qué te dijo?
Ella agachó la cabeza y se acarició las manos. Eso lo hacía porque estaba nerviosa, comúnmente se ponía en esa posición cuando la regañaba o algo por el estilo. Desviaba la mirada. Me agaché y le levanté la cara para que me viera los ojos.
—Ángela. No te preocupes, tienes que decirme todo lo que te dijo. No puedo ayudarte si no me dices.
Ella me miró y sus ojos se comenzaron a cristalizar por las lágrimas.
—Todo va a estar bien —le dije—. Hemos tenido mucha presión en los últimos días. Pronto todo esto va a acabar. Te lo prometo.
Pareció relajarse y se recostó en mi regazo.



Tercer día por la noche en el refugio

M
ientras avanzaba la tarde me comencé a sentir rara. Me dormí alrededor de cuatro horas, y desperté de noche, con mis hijas observándome como si hubiese hecho algo raro.
—Está despertando —oí que dijeron, sentadas las dos en la cama.
— ¿Qué sucede? ¿Por qué me ven así?
Las dos se quedaron viendo mutuamente.
— ¿No recuerdas nada?
Yo meneé la cabeza. Sonreí, confundida, mientras me iba levantando de la cama.
—Estabas alucinando, mamá —dijo Margaret—. Parecías decir algo… pero no te entendíamos nada. Y mientras oscurecía, decías que “al caer la noche él vendrá”.
—¿De quién hablabas? —inquirió Ángela.
Yo me enderecé y me toqué la frente. De verdad me dolía, y mi cuerpo estaba sumamente cansado, como si hubiese corrido demasiado. Me sentí tan débil que mi cuerpo se fue hacia atrás.
—Descansa, mamá.
Suspiré y cerré los ojos.
Cerca de las once de la noche, me desperté con una maraña de pensamientos en la cabeza. Ángela descansaba a un costado. Su cara era alumbrada por el leve claro de luna que se filtraba por la ventana. Margaret estaba durmiendo, con las rodillas pegadas al pecho, en un reposet que estaba en una esquina de la habitación.
Tenía la boca seca. Sin hacer ruido salí de la habitación. A mis espaldas escuche la voz de Margaret:
— ¿Mamá?
—Sí, soy yo. Voy por un vaso de agua.
—Estuviste muy rara hace rato. Me diste mucho miedo. Pensé que te estaba pasando algo muy malo.
—Estoy bien, hija. ¿Qué tanto dije? —regresé mis pasos hasta la puerta.
—Estabas diciendo cosas muy raras. Parece como si estuvieras alucinado. Hablabas. Pero no era tu voz. Bueno, venía de ti pero era otro tipo de voz. Ronca.
—Ay, hija, perdón. No quise espantarles. Seguramente es debido a tanta presión que tengo encima.
Ella asintió. Le acaricié el cabello y poco a poco se quedó dormida.
Seguí mi camino hacia las escaleras alumbrándome sólo con el resplandor del celular. La luz del aparato era demasiado débil y se perdía a unos cuantos metros. No quise encender la luz hasta llegar a la planta baja, todo esto para no despertar a mis hijas. Di la vuelta para descender por las escaleras cuando vi, difusamente entre la oscuridad, algo que se arrastraba en la planta baja.  La imagen me impresionó tanto que me eché para atrás y caí de espaldas contra el suelo. Me repuse en el momento y volteé a ver nuevamente hacia abajo con los ojos llenos de miedo. Busqué a mi alrededor algo con que bajar y defenderme en caso de que fuese alguien que se pudiese meter a la casa. Encontré un pedazo de madera cerca del pasillo que da a las habitaciones. Temblando, volví a descender la escalera. A cada paso, mis pies temblaban más y más, hasta que el temblor llegó a ser casi insoportable. Las tablas volvieron a crujir en la planta baja de la casa al igual que debajo de las plantas de mis pies desnudos.
Al descender completamente la escalera, recorrí la oscuridad con la mirada. El apagador más cercano se encontraba a un costado de la puerta de entrada. Fui corriendo hasta allá de forma que casi me estrello contra una mesa de madera. Conseguí encender las luces, aunque los focos seguían produciendo menor luz de lo que debían, haciendo que el comedor adquiriera un tono ámbar, que combinado con la oscuridad que aún pululaba le daba un aspecto tétrico a las paredes y los muebles. Viré hacia donde vi que aquello se había perdido de vista. Seguía escuchando el arrastre de esa cosa, era un sonido como el que emite alguien reptando con ropa, no era el serpentear de una víbora, ya que de inmediato lo hubiese reconocido. Avancé con cautela hacia donde se había dirigido aquello. Para entrar a la cocina hay punto ciego que sigue un pasillo donde se acumula mucha oscuridad por las noches y no hay focos ni nada que lo alumbre. Avancé hasta allí y alcancé a ver la sombra de lo que se arrastraba.
« ¿Qué demonios es eso?» me dije a mí misma. Pude ver un leve halo de luz que alumbraba desde el interior de la cocina, era la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Lo que vi me dejo boquiabierta: era el pie de una persona. Vi tal cual el pie descalzo y mugroso de alguien.
— ¿Quién es? —grité.
No hubo respuesta y aquel sujeto se apresuró a perderse de vista en la cocina. Por el miedo, no me atrevía a atravesar y me la pasé gritando que saliera de su escondite hasta que bajaron corriendo mis hijas del dormitorio.
— ¿Qué pasó, mamá? —preguntó Ángela.
Omití respuestas y las hice hacia atrás. Dejé de escuchar la fricción de sus ropas contra el suelo, contuve la respiración y me encomendé a todo lo sagrado que pasó por mi mente en ese momento. Me fui acercando con el corazón acelerado en un palmo de mi pecho. La oscuridad me dificultaba la mirada y mis pasos se hacían cada vez más precavidos. Mis oídos aguzaron su sensibilidad y mi vista se acostumbraba, más por adrenalina que por otra cosa, a la oscuridad. Mis hijas permanecían a mis espaldas, viéndome. Regresé la mirada hacia ellas y les ordené que se ocultaran.
Mi mano apretó tanto el pedazo de madera que sentí cómo una astilla perforaba la palma de mi mano y se llenaba toda de sangre. Cuando llegué al final del pasillo, pensé en lo certero que tendría que asestar el golpe. Tendría que ser un golpe exacto, no tendría mucha oportunidad si aquel sujeto fuese de una estatura promedio. Tendría que dar el golpe a una altura que superara mis hombros, pero que no fuera tan arriba como para darle tiempo de agacharse. Entonces, giré con un fuerte impulso hacia mi lado izquierdo, lanzando el golpe y empuñando el pedazo de madera con todas las fuerzas que mi cuerpo dolorido permitía. Pero el impacto fue en seco; madera con madera. Lo que recibió el golpe fue un mueble que estaba allí mismo.
Yo me sentía completamente consternada, podía jurarme que escuchaba su respiración áspera de aquel sujeto escondiéndose en la oscuridad.
Dejé caer el pedazo de madera al suelo y miré a mi alrededor. Mis hijas me miraban desde el pasillo.
Consternada, y sin nada más que decir, tomé las manos de mis hijas y regresamos a la habitación.
Por un instante pensé que me estaba volviendo loca, pero mientras escribía estos últimos renglones, he vuelto a escuchar el arrastre de aquel sujeto rondando por la casa. Pero, en esta ocasión, he preferido no salir, hacer caso omiso, y abrazar a mis hijas y sumirme en mis propios miedos.



Cuarto día por la mañana en el refugio

H
e vuelto a escuchar esos ruidos rondando por la casa. Todo ha sucedido en la madrugada, cerca de las tres. Pero ahora ha surgido una variación; da varias vueltas por el pasillo exterior de las habitaciones, cuando está cerca de la habitación donde nos quedamos, toca tres veces a la puerta, deja deslizar las uñas por la puerta y bufa como un animal enardecido.
Ya no sé si es parte de mi imaginación, creo que me estoy volviendo loca. Mis hijas, con todo el ruido que ha estado haciendo, no se han despertado ni se han incomodado. Es muy extraño, puesto ellas tienen un sueño muy sensible. Pero al llegar a esta casa todo ha ido cambiado en ellas. Me deja una gran incertidumbre pensar que todo lo que hemos atravesado en estos días nos esté afectando en lo psicológico. Porque si de verdad es lo que está pasando, me está venciendo.
Cuando comenzó a amanecer, empecé a percibir otra vez el aroma fétido que habíamos percibido en otras ocasiones. Pero nuestra reacción fue como si se tratara de algo normal. Lo cierto es que estábamos demasiado cansadas con lo ocurrido en la noche como para poder reaccionar ante algo que ya era de cada día. Mis hijas fueron, nuevamente, las que se despertaron primero y bajaron a la cocina a desayunar. Me sentí tan mal de verlas allí, sin mí, tratando de simular que nada estuviera pasando. El hecho que no pudiera proporcionarles la seguridad que ellas merecían me hacía sentir peor de lo que ya estaba.
Me les quedé viendo. Traté que mi mirada no fuese muy expresiva y tratar que fuera lo más normal posible.
—¿Qué han desayunado?
Las dos se me quedaron viendo.
—El hombre que habita está casa —comenzó a decir Ángela— quiere que nos quedemos para siempre. Las dos.
Me les quede viendo buscando un gesto que denotara que estaban bromeando. No lo hubo.
—¿De qué hablan? —les pregunté tartamudeando.
—Nos pidió que te lo pidiéramos por él —se adelantó a decir Margaret—, ya que has reaccionado muy mal la última vez que lo viste.
Un escalofrío recorrió mis brazos y, estupefacta, me levante de la silla y me tapé la boca con las manos. Parecía como si el dolor de cabeza que tenía comenzara a eclosionar de mi cabeza. Me recargué en la pared y cerré los ojos por un momento. Pensé en que todavía me encontraba en un estatus entre el estar despierta y dormida. Pero no, lamentablemente estaba despierta.
—¿Me están diciendo que hablaron con alguien?
—Es un hombre viejo —respondió Margaret—. Sus ropas están sucias y arrastra un pie, pero, aún y con eso, huele a flores, a limpio. Es el mismo olor que percibíamos.
Yo las miré aún más confundida. No sabía qué pensar y sólo les mostraba sonrisas nerviosas, como si no supiera qué decirles. Pensé en que de verdad nos teníamos que ir de ese lugar. Mis hijas estaban dementes.
¿O no?



Cuarto día por la noche en el refugio

¡E
stoy desquiciada! He llegado al punto de pensar que me he vuelto loca, que mis hijas y yo somos parte de una sugestión familiar, o algo así por el estilo. Ellas se han mostrado tan tranquilas desde el momento en el que me aseguraron que habían platicado con ese viejo. Desde ese momento se alejaron un poco de mí. Y desde ese momento no les había contestado nada al respecto de la propuesta que les había hecho aquel hombre. Pensé que si lo dejaba así ellas lo olvidarían pronto.
Algo me incitaba a pensar que estaba en lo correcto, pero algo, muy dentro de mi mente, me decía que tenía que darles por lo menos beneficio que de la duda. Esto representaba algo más que una idea, pues ellas sí jugaban bromas conmigo, pero nunca habían llegado hasta ese grado de meter algo que pudiese ser sobrenatural. De hecho, en la casa donde antes habitábamos no entablábamos ninguna conversación de ese tipo. Yo no creía en esas cosas, y mucho menos mi esposo. Pero ahora dudo hasta de lo que yo pienso que es real.
Por la tarde, después de la comida, regresamos a casa a pie, no me sentía con ánimos de conducir, por lo que  fuimos a caminar hasta el pueblo más cercano. El dinero se estaba agotando y para la próxima semana estaría de regreso en la vida de mi familia, por lo menos para pedirles algo de efectivo para poder sobrevivir. Estaba en mis planes seguir escondiéndome, pero ahora, con esto, no sabía qué pensar.
Cuando llegamos una intensa lluvia comenzó a azotar, por lo que llegamos corriendo. Llegamos completamente empapadas. Cuando entramos, ninguna de las dos me dijo nada, de inmediato se fueron a la planta superior y se sentaron en el pasillo, una frente a la otra. Parecían disponerse a jugar como en pasadas ocasiones lo habían hecho. Sólo que ahora las dos se quedaron completamente calladas. Yo me dirigí hacia la habitación. Estaba muy fatigada y me sentía mareada debido a la caminata. Ninguna de las dos me miró entrar a la habitación, se quedaron en el pasillo, dispuestas a ignorarme. Al llegar a la cama me puse a llorar, no soportaba lo que estaba pasando. Pero, incluso con todo, prefería soportar la presencia de un ente a la presencia hiriente de mi marido.
Me recosté y, en cuestión de minutos, me quedé dormida en un profundo sueño. Sentía los párpados sumamente cansados. Tuve un sueño o quizá dos, no recuerdo bien, pero en uno me encontraba en una habitación completamente sola. Imaginé cómo las cortinas ondulaban por el viento, era un viento templado y relajador. Mi sensación fue la misma que en un día caluroso interrumpido por un leve viento frío y agradable. Me sentí tan cómoda incluso por la oscuridad que me rodeaba. Quizá muy adentro de mi sentir era eso lo que quería, estar completamente sola. La sensación placentera se extendió un poco cuando vi a mis hijas acercarse hacia la cama donde me encontraba, se posaron en la cama, una a lado de la otra, y las dos, al unísono, inclinaron un poco la cabeza. Las dos miraban con un gesto tranquilizador.
«¿Seguirás con nosotras?» me preguntaban las dos, al unísono. Y por más extraño que fuera, escuchaba sus voces viniendo desde el interior de mi cabeza, no desde el exterior.
—Tengo que hacerlo, son mis hijas— le contesté—. No me voy a separar de ustedes sólo por lo que pasó en la casa, con su padre.
«Mamá —se rieron las dos—, no nos referimos a eso. Lo que haya pasado con nuestro padre es algo que ya no nos importa. Él fue una mala persona con nosotras —al momento en que ellas decían esto, la mejilla de Ángela dejaba ver una marca rojiza en forma de mano. Y por más extraño que pareciera, ninguna de las dos movía sus labios al hablar— y no queremos regresar. Pensamos que nuestro destino es seguir aquí.
Acabando de decir esto, por la puerta que estaba a sus espaldas, alguien se movía. Mi atención se enfocó completamente en lo que estaba sucediendo detrás de ellas. Lo que estaba descubriéndose de la oscuridad era el rostro de un hombre anciano. Me sorprendí al ver las primeras fisuras de su cara arrugada. Sus arrugas denotaban una longeva vida. Su rostro estaba desprovisto de cejas y su barba apenas salpicada por algunos vellos que saltaban de su rostro como leves espinas en un áspero cactus. Reculé mientras le echaba una rápida mirada a mis hijas para indicarles, con la vista, que se alejaran. Ellas parecieron actuar lo más normal posible, a pesar que lo miraron cuando él, con mucha dificultad, consiguió llegar hasta donde estaban ellas. Ellas no se inmutaron ni un poco al verlo.
—¿Quién eres? — Le pregunté. Con muy poca valentía en mi decisión, me acerqué en un movimiento a mis hijas y las jalé hacia mí. El hombre se me quedó viendo como si me tratase de intimidar. Abrió levemente su boca y me enseñó una sonrisa oscura y con muy pocos dientes, por lo que me hice inmediatamente para atrás. Sus arrugas se fruncieron en un intento asqueroso por languidecer su sonrisa— ¿Qué quieres de nosotras?— le grité.
«De ti, nada —pareció decir aunque en ningún momento movió la boca. Su voz me dejó helada. Era una mezcla de un eco con un sonido aguardentoso—. Pero de tus hijas lo quiero todo.»
En ese momento me abalancé hacia mis hijas y las traté de halar todavía más hacia mí. Mi sorpresa fue aún mayor al ver que se mostraban rígidas y que sus manos no se movían de su lugar aún y cuando las estaba prácticamente jalando.
«Madre —comenzó a decir Ángela—, hemos hablado con el señor “Shaitan” y nos ha dicho que no hay ningún problema en que te quedes con nosotras. Puedes considerar ésta como tu casa.»
— ¿El señor Shaitan? —me quedé extrañada. Se referían a ese hombre como si llevaran mucho tiempo comunicándose con él, como si de alguna manera le hayan tenido mucha confianza en tan poco tiempo.
Sacudí la cabeza en señal de negación. Lo miré hacia los ojos y lo vi esgrimir una sonrisa retorcida que se oscureció de la misma forma que la cuenca de sus ojos ceñudos. La mirada me asustó mucho y me hizo hacerme para atrás. Las niñas, al unísono, lo voltearon a ver y le sonrieron de la misma manera al momento que él bajó la mirada, les tomó de las manos y se dieron vuelta. Por mi cuerpo empezó a correr un temblor que me impedía siquiera impedirlo. El anciano caminaba arrastrando el pie y las niñas parecían ayudarle.
Medio desperté teniendo un sentimiento de ira. Mis manos estaban sumamente apretadas y mi cabeza estaba a punto de estallar. Mis párpados estaban muy pesados, tanto que no los podía abrir y eso hacía que mi frustración fuese en aumento. El temblor de mi cuerpo se hizo aún más fuerte. Quise girarme para liberarme de mi propia presión. La respiración se me aceleró y me sentí mareada. Entonces, cuando sentía el cuerpo más débil, la voz de ese sujeto me sorprendió por la espalda. Pude abrir los ojos repentinamente, más no me pude girar.
«Siempre estarán a mi lado, quieras o no.»
La voz sonó dentro de mi cabeza. Posteriormente se cerró la puerta de golpe y escuché ruidos de sus pies arrastrando en el pasillo.
Me enderecé en la cama y, todavía desconcertada, alcancé escuchar las voces de mis hijas. Eran gritos y parecían lloriquear. Me levanté de inmediato de la cama y salí de la habitación corriendo y preguntando qué pasaba.
Algunos rayos de luz, provenientes de la luna, alcanzaban a llegar al interior de la casa. Fueron estos mismos los que ayudaron a divisar que alguien estaba cerrando la puerta por la parte de afuera. Descendí la escalera de tres zancadas, me apresuré hacia la puerta, la abrí y note la oscuridad de la noche. Ante mis ojos se comenzó a notar la presencia de un coche, alguien que estaba parado en la puerta del piloto sosteniendo a una de mis hijas en lo alto de sus hombros y la otra jalándola del brazo.
—¡¿Qué quieres aquí?! —le grité a mi marido— suéltalas.
—Me las llevo —replicó con una tranquilidad sumamente inquietante.
Me aproximé al coche. Mientras tanto, él metió a Margaret al interior del coche. Ésta lloriqueaba y le soltaba de golpes. Él cerró la puesta de golpe y de inmediato sacó de su costado una pistola. Me amagó con dispararme.
—Métete y no te des vuelta.
Me detuve al instante. No le creí que fuera capaz de dispararme. Así que lo reté con la mirada, armándome de valor. Avancé unos cuantos pasos y el no desviaba la pistola de mí.
—Te lo advertí.
Desvió un poco el cañón de la pistola y soltó un tiro hacia el piso.
El sonido me dejó estupefacta y sorda. Me frené al instante cuando sentí la ráfaga de viento que cortando el espacio.
—¡Maldito¡— le grité, pero él ya se estaba subiendo al coche. Había aventado a Ángela al lugar del copiloto. Encendió la marcha del coche y aceleró. Una nube de polvo se levantó ante mí.
Cuando recuperé la visión, corrí hacia el coche en el que habíamos llegado originalmente a la casa. Saqué las llaves del coche y me apresuré a adentrarme. No podía dejar que mi marido se las llevara así como así. Aceleré a todo lo que daba el coche. Pensé que los había perdido de vista hasta que vi los faros del coche y los terminé siguiendo. Constantemente mi coche derrapaba entre el camino de árboles. Varias veces llegué a golpear alguno.
Para cuando llegué a la carretera él ya se había adelantado mucho, tanto que se me había perdido de vista entre las constantes curvas de la carretera. Lo vi que estaba batallando para mantener la línea. En el interior de la cabina se notaba un ambiente tenso. Posiblemente mis hijas iban discutiendo con él, Margaret principalmente. Los seguí de cerca y él lo sabía. Comenzó a acelerar y a mantener una distancia que resultaba peligrosa por las continuas vueltas. Apreté las manos al volante y mantuve mi distancia. Pensé que esto le haría bajar la velocidad sin que peligraran la vida de mis hijas.
Mi frente sudaba al ver lo cerca que estaban del filo de la carretera y caer al barranco que delimitaba el camino. Me llevé la mano a la boca al ver que derrapaban y se acercaban cada vez más a la orilla. Quité el pie del pedal y dejé que la velocidad del carro fuera dirigida por la inclinación de la carretera. Prefería dejar que se adelantaran un poco hasta llegar a la ciudad, la cual estaríamos divisando en pocos minutos.
Mi corazón se revolvió en un vuelco al ver cómo en el interior de la cabina aparecía una figura encorvada, era el viejo del sueño que había tenido esa misma noche. Observé que se abalanzaba hacía mi marido y que el coche comenzaba a zigzaguear. Del interior del coche se escucharon gritos y alaridos de horror. Los gritos provenían de mis hijas, quienes lloriqueaban. Me intenté acercar, pero si lo hacía corría el riesgo de estrellarme con el coche y terminar en el precipicio de mi derecha. Tenía que pensar rápido en cómo salvar a mis hijas, pero a esa velocidad resultaba algo imposible pensar en alguna posibilidad.
La forma en que el coche viraba de un lado a otro era vertiginosa. Yo tenía el corazón en un palmo del pecho. Hasta que vi que el coche corregía su paso y giraba hacia el precipicio, después de chocar varias veces contra la pared de tierra que limitaba la carretera a su lado izquierdo. Sentí que mi corazón se apretujaba en un espacio sumamente confinado. Y entonces, salió despedido hacia el vacío y la alfombra de árboles que estaban veinte metros abajo se posó debajo de las llantas.
Grité varias veces el nombre de mis hijas y me detuve de golpe. Mi coche derrapó y,  por poco, sigue el mismo destino que el coche de mi esposo.
Me apeé del coche y me apresuré a ver por el precipicio por el que habían caído. Yo estaba envuelta en lágrimas. Sentía una pesadez en la cara, como si una mano me la estuviera comprimiendo.
Un camión de carga pasó muy cerca del coche y casi se accidenta.
Ya cuando el coche que conducía mi esposo se detuvo, vi una luz que resplandecía desde la parte baja del coche. Fue la primera chispa de una explosión que se suscitó debido al escape de gasolina del tanque. Fue una explosión violenta que refulgía y terminó por alumbrar gran parte de su alrededor. Yo comencé a descender apresuradamente. Sabía que nadie humano podía haber sobrevivido a esa explosión, mucho menos por la fuerza con la que se suscitaron las cosas.
Pasé entre los árboles corriendo, siendo capaz de no tomar en cuenta los arañazos que las ramas me propinaban. Me caí en un par de ocasiones, raspándome las rodillas y abriendo mis pantalones. Estaba sumamente agitada, sentía que cada paso que daba mis piernas se debilitaban poco a poco, pero el sentido materno me mantuvo de pie, aun y cuando sentía que me había luxado el tobillo. La tierra estaba mojada y mis pies se deslizaban y se hundían en el lodo.
Vi, a unos cuántos metros, las llamas envolviendo el coche. Unas pequeñas sombras se movían a la distancia. Parecían ser producidas por la llama del mismo coche, así que no me hice muchas esperanzas. Mis lágrimas, para ese entonces, ya inundaban mis ojos y dificultaban mi visión. Me caí por última vez en el fango, haciendo que la cara se me empañara por completo. Me resultó más complicado observar y ubicarme. Sólo me dejaba guiar por la mancha roja que se dejaba ver en mis párpados, era la luz que producía el incendio.
Cuando llegué, sentí el calor del fuego y reculé. Sentí lo ardiente en mis manos. Me tallé los ojos, tratando de que mis ojos siquiera parpadearan. De momento no escuché ningún sonido, solamente el de mi respiración que no se contenía y se agitaba cada vez más.
Entonces, fue cuando una segunda explosión me sacudió y me lanzó unos cuantos metros del coche. Caí en un charco y me removió la tierra de los ojos, aún que me dejó confundida y con el equilibro tambaleando.
—¡Hijas! —comencé a gritar. El escucharme a mí misma me resultó escalofriante— ¡Hijas! ¡Hijas!
Comencé a llorar de nuevo, mientras alguien, muy silenciosamente, me tomaba la mano. El sentir la piel de esa mano tan tersa me hizo sorprenderme. Me dejó aún más confundida que en un principio. Ciertamente me espanté. Quedé petrificada. Sacudí mi cara y me tallé con mayor fuerza los ojos y me quedé callada. Intenté levantarme y mirar a mi alrededor. Me fue imposible y sólo veía siluetas, sombras que caminaban a un costado enfrente de mí. Una sombra más se me acercó desde el otro costado.
—Todo va a estar bien, mamá —prorrumpió la voy de mi hija Margaret.
—El señor Shaitan nos ha salvado —dijo la voz de Ángela del otro lado. Yo las seguía como un ciego que apenas se empieza a adaptar.
Fui recuperando la vista poco a poco, y, por momentos, escuchaba que platicaban mis hijas con alguien. Yo me sentía tan aturdida que pensaba que estaba alucinando. Pero no, la voz que platicaba con la voz de mis hijas era real. Alcanzaba a escuchar pequeños susurros de una voz rasposa, cansada. Pude suponer, en ese instante, que era la misma voz que me había hablado a mis espaldas en la habitación esa misma noche, sólo que su volumen era mínimo, casi inaudible.
— ¿Con quién hablan? —les pregunté mientras veía que sus sombras se movían de un lado a otro.
—Con el señor Shaitan —contestaron al unísono.
Desde esa noche siento que alguien nos vigila y lo peor de todo es que creo que convive con nosotras todo el tiempo, que nos vigila cuando dormimos y que nos mantiene cuidadas por un propósito, ya que es tan evidente que tiene un gran apego a las niñas, las cuales no se han quejado de su presencia. Pero me desconcierta que todo un día cambie y esa compañía se vuelva en algo que afecte la integridad física de mis hijas. Eso sería lo peor. Por lo demás, no pasa de ese aroma que se suelta cada vez que, según mis hijas, se percibe cuando está cerca ese tal señor Shaitan, y que ahora percibo casi todo el tiempo, peculiarmente en las noches.

Sólo espero que no me encuentre ante una situación peor que la que me encontraba.

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RELATOS DE TERRO Y SUSPENSO
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