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jueves, 15 de diciembre de 2016

Relato 4 - Más allá de la vida



Más allá de la vida

S
iempre quise saber qué hay más allá de la muerte. En mis años de adolescencia, pensaba que se trataba de un estado de inconsciencia donde el alma se encontraba en otro mundo, en otra dimensión, en otro lugar, siempre inclinándome a lo religioso. Conforme fui creciendo, fui modificando esa forma de pensar, pues no me traía muchas respuestas, y, a medida que indagaba, se interponían cada vez más preguntas. Lo que quería saber no estaba descrito en la religión. Siempre me pregunté por qué tenía ese interés tan enfatizado con lo que tuviera que ver con la muerte, y, en ocasiones, llegaba a la conclusión de que lo que tenía era un miedo sugestivo hacia lo que no conocía. Ese mismo miedo me hacía adentrarme e investigar acerca de toda esta curiosidad.

Tiempo después formé mi familia, me casé con la mejor mujer que pude haber conocido. Ella me dio un hijo, pero él nació con un padecimiento llamado micropsia, se trata de un trastorno neurológico, también conocido como el síndrome de Alicia en el país de las maravillas. Ya sabrán entonces a qué me refiero. Pues mi hijo fue diagnosticado con este trastorno y muchas veces nos mencionaba que tenía alucinaciones y que veía cómo las cosas cambiaban de lugar o de tamaño. Él acostumbraba cerrar los ojos y sumirse entre sus sábanas temiendo que la oscuridad se adueñara de él. Muchas veces él amanecía en nuestra habitación a causa del miedo que le producía ver esas mal formaciones en los objetos que le rodeaban. Hubo un tiempo en el que lo vi refugiarse en la iglesia, mi mujer lo llevaba cada semana a las misas y lo acercaba con el cura y le exponía su caso. Yo rechazaba completamente la alternativa y  lo demostraba al no acompañarlos a la iglesia. Pero cuando ellos regresaban, mi hijo me explicaba lo que le había dicho el padre acerca de su enfermedad, y, sin más, tenía que escucharlo. Decía que el padre jugaba diciendo que las formas de las cosas son parte de la decisión de Dios y que mucho de lo que él veía era lo que Dios quería que viera. Ese tipo de comentarios me hacían enojar de sobremanera.

Mi mujer trataba de convencerme de que había sido muy buena idea el acercarlo a la iglesia, pues me decía que estaba viendo mejoras en su comportamiento, pues ya no lo veía nervioso al estar solo, podía estar por tiempos más prolongados en su habitación, incluso ya pasaba más número de noches sin irse a meter a nuestra cama. Cierto, había una gran mejora, pero las decaídas eran aún peores.

En una ocasión escuche ruidos en el pasillo, casi para llegar a las escaleras de la casa. Al salir de la habitación, vi que la puerta de la recámara de mi hijo estaba entreabierta y del interior refulgía una luz muy tenue. Me asomé esperando ver a mi hijo tranquilamente dormido. Pero él no se encontraba allí, sus sábanas y colchas estaban desacomodadas, como si previamente hubiese salido de la cama. Abrí un poco más en busca de mi hijo. Pero la habitación estaba completamente vacía. Entonces, fue cuando escuché nuevamente los mismos ruidos que me hicieron salir de la habitación. Era como si rasguñaran la alfombra. Ese sonido seco se incrementaba a medida que caminaba hacia las escaleras. En la planta baja la oscuridad prevalecía y me dificultaba la visión. Giré a mi derecha y busqué el apagador. La luz centelló por un breve momento hasta que del interior de la bombilla se produjo una chispa que dejó fundido el foco. Molesto, comencé a descender las escaleras a tientas. Lo único que tenía que hacer era llegar a la parte inferior de las escaleras y encender el apagador del foco de la sala, pero con la oscuridad que gobernaba en la casa me resultaba muy difícil. Lo único que alcanzaba a ver era mi mano yendo al frente, como un ciego, y las figuras oscuras que se formaban conforme mis ojos se iban acostumbrando a una oscuridad tan profunda. Los sonidos persistían, incluso, podría afirmar que se estaban intensificando. Al bajar de la escalera, toqué la pared y busqué, apresuradamente, el interruptor de la luz, lo encontré, lo apreté, que lo la luz no se encendió. Así que, desesperadamente, dije el nombre de mi hijo en un volumen moderado, consciente de que tenía que ser silencioso y no asustar a mi esposa, quien no se había percatado aún de ausencia. No hubo respuesta de mi hijo y me sentí muy preocupado.

Giré hacia la izquierda y me dirigí, a tientas, hacia la cocina. Trompiqué en una ocasión y casi caigo de bruces contra el suelo, sino me hubiese detenido del marco de la puerta. Lo más rápido que pude, fui hacia la estufa y tomé el encendedor que estaba a un costado. Me sentí un poco aliviado de ver un poco de luz, pero, de la misma forma en que la luz consumió un poco la oscuridad, la temperatura de la casa descendió notablemente hasta el grado que pude ver salir vaho al ritmo de mi respiración. Regresé al comedor y escuché otra vez el mismo sonido, sólo que ahora iba acompañado de un par de golpes secos en la pared, como si se tratara de una clave Morse. La secuencia se repetía tres veces y cambiaba en el cuarto tiempo a un rasgueo y tres golpeteos. Parecían golpes discordes, pero que cuando se repetían en una secuencia ordenada parecían tener un ritmo de juego de niños. Identifiqué que los sonidos venían de la sala, justo a la derecha de las escaleras. Atravesé el comedor muy rápido, pero también siendo precavido por lo que pudiera estar produciendo ese sonido. Al estar en la penumbra de la sala, comencé a tratar de divisar todo alrededor, todo parecía estar en orden. El sonido volvió a producirse. Había dos sillones en la esquina contraria a la que me encontraba, y, justamente, en medio de esos dos sillones, había un hueco. Ahí, en medio de esos dos sillones, se encontraba una sombra. Parecía ser un una criatura que se encontraba atorada y nerviosa. Me fui acercando, tratando de ser precavido en cada paso que diera. Pero no fui lo suficientemente precavido, puesto que al dar el tercer paso hacia el hueco de los sillones, mi pierna golpeó la mesa de centro, la cual sostenía una base con dos figuras metal. Éstas hicieron el sonido que irremediablemente tenían que hacer y la sombra, en medio de los dos sillones, se endureció por completo, tanto que en su estremecimiento comenzó a temblar, como si fuera por frío. Sus manos se detuvieron súbitamente y su primer movimiento me hizo estremecer; comenzó a mover su cabeza, girándola muy lentamente hacia donde yo estaba. Con un miedo atenazando en mi cuerpo y la mano temblando y haciendo titilar la luz del encendedor, vi como sus ojos de la silueta se coloreaban de un rojo incandescente, que al reflejo de la luz débil del encendedor le daba una apariencia de una bestia salvaje.

Di un paso hacia atrás, quizá buscando huir, quizá tratando de observar mejor, no lo sé, pero la imagen me hizo retroceder. Vi que no se movía, bueno, por lo menos su tronco, ya que su cabeza seguía girando. Su mirada se detuvo en mí, me observó un momento totalmente desprovisto de expresión, era como si al verme ahí parado en la oscuridad no le hubiese producido ningún sentimiento. Entonces, súbitamente, frunció el ceño, abrió la boca y comenzó a balbucear algo completamente incomprensible. No eran sonidos emitidos propios de un animal, tenían la cadencia y el orden de un lenguaje. Pero era un lenguaje que jamás había escuchado.

La sombra giró su cabeza nuevamente a la pared y comenzó a repetir la misma secuencia de sonidos, sólo que ahora lo acompañaba la voz. Era como un canto, que aunque era en un volumen relativamente bajo, era muy molesto. Di otro paso hacia atrás y trompiqué con el sillón. Mi cuerpo cayó encima del mueble. La llama del encendedor se apagó. Fue entonces que mi pulso se precipitó drásticamente. La criatura se había puesto de pie y me miraba, a dos metros de donde me encontraba. Había tenido la velocidad suficiente para salirse del hueco de entre los dos sillones, caminar cerca de metro y medio y quedárseme viendo, y todo eso en el momento en el que me había caído en el sillón. Mi asombro fue aún mayor cuando divisé que la pequeña la pequeña sombra correspondía a la silueta de un niño. Me apresuré a accionar la llama del encendedor, arriesgándome a ser atacado.

Un suspiro me atravesó el pecho. La figura que estaba parada enfrente de mí, era mi hijo. Comencé a temblar. Sus ojos se abrieron sólo un poco y derrumbó, exhausto, sobre el suelo.
Me incliné hacia adelante, todavía asustado por lo que había visto.

Lo recogí del suelo y lo regresé a su habitación.

Al día siguiente, decidí comentarle lo ocurrido a mi esposa. La cual, y lógicamente, se puso demasiado nerviosa.

Lo llevamos con el doctor que siempre lo había atendido. Pero no nos dijo nada que no hubiéramos escuchado ya. Le mando a hacer unos cuantos estudios para descartar algún golpe o alguna malformación que se pudiese dar en los últimos días, pero nada. Para la enfermedad que tenía mi hijo, no había nada raro.

Durante los días subsiguientes, mi hijo se mostró muy extraño, ansioso ciertamente. No comía con nosotros, tampoco dormía con nosotros. Parecía alejado de todo lo que tuviera que ver con su familia. Mi mujer le llevaba el desayuno y la comida hasta su habitación, la cual desaparecía, por lo que suponíamos que estaba comiendo bien. Su carácter se endureció, parecía enfadado, malhumorado, no solamente con nosotros, sino con él mismo también. Mi mujer, al igual que yo, estaba preocupada. Decía que lo había escuchado, detrás de la puerta, hablar con alguien, pero lo más raro, argumentaba ella, es que cuando accedía a la habitación no había nadie con él. El niño se la quedaba viendo con extrañeza. Le llegó a preguntar con quién platicaba, pero él sólo la ignoraba.

Algunos días después, su aspecto parecía más el de un niño golpeado. Tenía unas ojeras que le cubrían casi por completo las cuencas de los ojos. Se notaba que no comía, estaba adelgazando, pero lo raro era que los platos de comida seguían apareciendo vacíos.

En esos días me decidí a hablar con él sobre su comportamiento. Mientras platicábamos él prefirió ignorarme rotundamente. En vez de ponerme atención, sonreía para todos lados, como siguiendo a alguien con la vista. Mis intentos fueron en vano a pesar que le sostenía la mira y lo tomaba por la barbilla para que me mirara a los ojos. Él, sin alguna otra razón, soltó una sonrisita. Tenía la actitud de un niño que, aún y después de ser regañado, sus travesuras le seguían divertidas. Me resultó inquietante hasta que lo seguí con la mirada. Su vista iba de un lado a otro, como si alguien estuviera detrás de mí. No estaba dispuesto a seguirle el juego, pero su conducta me resultaba cada vez más inquietante. Incliné la cabeza un poco del lado derecho para ver por el espejo. Por el espejo se podía ver parte de la ventana y parte de la pared.

De momento, no vi nada, hasta que regresé la mirada hacia mi hijo, el cual aguardaba sonriente ante mi confusión. Me miró a los ojos y soltó una risita traviesa, con toda ingenuidad.

Está atrás de ti, me dijo. Y volvió a sonreír, pero ahora enseñaba sus dientes en un gesto burlón y pueril.

Pude ver en sus ojos un atisbo de sinceridad. No me estaba mintiendo, por lo menos eso era lo que veía en sus ojos.

Me levanté disgustado de la silla y le comencé a gritar que no estaba para sus jueguitos.

Mis reclamos llegaron a oídos de mi mujer, quien no tardó mucho en llegar a donde estábamos. Ella irrumpió en la habitación con cara de preocupación. Se lo hice saber, todo lo que pasó, una vez habiéndome tranquilizado.

¿De quién estaba hablando mi hijo?

Tiempo después nos daríamos cuenta de quién hablaba. No dejaba de hablar de un niño, una persona que siempre estaba con él, por lo menos eso fue lo que le confesó a su madre. Según palabras de él mismo, era un niño. Un niño de su edad, que nadie más podía ver, solo él.

Llegó el día de su cumpleaños. El día en que terminó todo.

Como había estado esperando, él estuvo muy incómodo con la presencia de la gente. Mi esposa lo mantuvo en la sala por algún momento. Aunque veía desesperación en su rostro al no poder cambiar el humor de nuestro hijo.

Durante ese día hubo muchos sucesos extraños, a los cuales, cada vez que ocurría uno, él reaccionaba como si se estuviera burlando de todos. La gente lo mira extraño, incluso con cierta desconfianza. Fueron pocas las personas que le dieron su abrazo y los niños de su edad para nada se acercaron a él.

Algo demasiado perturbador que sucedió, y fue el causante de que la fiesta terminara, fue que, sin ningún motivo aparente, todos los trastes de la cocina se vinieron abajo cuando un niño se estaba sirviendo agua cerca de la alacena. Al oír los vidrios romperse, todos se quedaron quietos. Yo fui el primero que corrí hacia la cocina, pensando que algo le había ocurrido a mi esposa. Pero no. Mi mujer, afortunadamente, estaba en otra habitación de la casa y el único que observó la escena, con una sonrisa en la boca, era mi hijo, quien estaba observando a unos metros de distancia de la puerta de la cocina.

Le pregunté varias veces qué había pasado, pero él no contestó inmediatamente. Lo agarré por los hombros, mientras la gente llegaba hasta el lugar y comenzaba a susurrar acerca de que si mi hijo tuvo algo que ver con todo esto, pues su gesto despreocupado provisto de alegría lo delataba.

La madre del niño corrió hasta la cocina estallando en sollozos, lloriqueos y gritos al ver a su hijo desmallado y sangrando por varios cortes. Algunos hombres se acercaron a ayudar a la mujer. Mi mujer se aproximó a mi hijo y lo abrazó. Él no dejaba de ver la imagen con una sonrisa en los labios, así que le volví a reclamar, pero mi hijo ignoraba mi regaño como si me tratara de un fantasma. Una mujer tomó el teléfono de la sala y llamó a emergencias.

En medio del nerviosismo y el susurro de la gente, mi hijo se bajó de los brazos de su madre y avanzó entre la gente diciéndoles que se fueran, que no tenían nada más que ver y que regresaran a sus casas. Subió las escaleras y azotó la puerta de su dormitorio. La gente, como obedeciendo a lo que decía mi hijo, se fue retirando, poco a poco. La gente susurraba aún más pero no dirigían la mirada nuevamente a donde se habían suscitado los hechos. Los hombres que pasaron a la cocina a ayudarle a la mujer con su hijo, terminaron de hacerlo y salieron. Tan pronto pasó esto, nos quedamos en la casa solamente el niño herido, la madre del niño, mi mujer y yo.

Le hice una seña a mi mujer para que se apresurara a ir con nuestro hijo. Ella lo entendió l instante. Oí que sus pasos ascendían por la escalera y aguardé hasta que escuchara la puerta del cuarto de mi hijo cerrarse. Cuando escuché esto, me acerqué a la mujer y me intenté disculpar. Pero ella giró la cabeza y se acomodó a su hijo en su regazo. Me quedé ahí, en silencio hasta que vino la ambulancia y se llevaron al niño.

Me fastidié del día. Sentía el estrés sobre mis hombros, dejando todo su peso sobre mí.

Recordé la cara de mi hijo ¿En qué se había convertido? Por la forma en la que miraba y sonreía, podría casi afirmar que e provocó lo de ese día. Me senté en el patio, dejé que el viento se azotara en mi cara y me diera un poco de tranquilidad. Pero no conseguí nada de eso. De la nada, emergió un grito espantoso, que me levantó de mi ensimismamiento. Me giré hacia la casa y vi la puerta azotarse, como por la fuerza de un viento agresivo. Me quedé estupefacto. Volví   reanudar la marcha y otro grito me hizo redoblar el paso. El grito había surgido de la parte de arriba de la casa, posiblemente del cuarto e mi hijo.

Entré a la casa dando tumbos, y con el aliento agitado. Observe la planta baja y todo estaba normal. Me dirigí hacia la escalera y noté la presencia de un calor muy intenso. Me apresuré a subirla y mi mujer gritó de nuevo mientras salía de la habitación, espantada. Su cara estaba pálida y se acabó por tirar en las escaleras. Con fuerza agarró mis piernas y me dijo, con gran temor, ¡Mi hijo, sálvalo!

Nervioso, ascendí las escaleras de par en par, cuando llegué al descanso al final de la escalera, la puerta se cerró de golpe. Algo, desde adentro, la había cerrado.

La puerta estaba atrancada. La empujé, pero por más fuerte que lo hacía no cedía. Fui hasta el pasillo y tomé una silla plegable de metal. Golpeé la puerta tan fuerte como pude, hasta que el pomo fue cediendo. Al abrir la puerta no pude creer lo que estaba viendo. La habitación estaba en completo desorden; su ropa, los muebles y los juguetes de mi hijo, todo estaba regado en la habitación. Curiosamente el ropero estaba abierto de par en par, sin nada adentro más que una  profunda oscuridad que parecía observarme desde su interior. Preocupado por mi hijo, miré en todas direcciones; no había nadie en el interior de la habitación. La ventana estaba abierta, corrí hasta allá y me asomé. Había una caída de unos cuatro o cinco metros hasta el suelo, pero no había nadie. Pensé que la caída, si es que mi hijo se hubiese aventado, sería muy dura para mi hijo para que éste saliera corriendo con sus propios pies. Regresé la mirada hacia el interior de la habitación. Busqué por todos lados, pero no había nada, ni un indicio de que mi hijo estuviera allí. Sólo un cosquilleo, una inquietud, fue lo que me hizo detenerme a ver el interior del ropero. Sentía la mirada pesada y acosadora de alguien.

Me fui acercando, muy despacio, sintiendo cómo mis nervios me advertían peligro y me incitaban a alejarme de allí. Había un calor sumamente notable. Ya estaba con la frente escurriendo en sudor. Pude sentir mis latidos del corazón golpeando mi pecho, como si de repente algo se quisiera liberar desde mi pecho.

Entonces, después de haber dado tres o cuatro pasos hacia enfrente, algo se iluminó desde el interior del ropero. Eran una especie de bolas rojas, un par de piedras quemándose al rojo vivo. En ese momento, tomaron forma. No eran piedras, eran claramente unos ojos observando en la oscuridad. Me hice hacia atrás debido a que no era, precisamente, lo que yo esperaba ver. Eran los ojos de un animal enorme. De pronto se encendieron otro par a su derecha y otro  par a su izquierda. Algo oprimió mi pecho. Sentía como me faltaba el aire. Vi la majestuosidad de aquel ser y me eche hacia atrás, tropecé con la cama de mi hijo. La bestia salió del ropero superaba los dos metros de altura y, por fin, vi toda su estructura. Se trataba de un ser de tres cabezas; una de humano, era la que se encontraba en el centro: a la izquierda tenía una cabeza de gato, dueña de una mirada misteriosa: a la derecha, tenía una cabeza de reptil. Su cuerpo se conformaba de una anormal combinación de humano, lobo y serpiente; tenía una cola que superaba incluso su altura, tan larga que estaba enroscada y tirada en el piso: su cuerpo, piernas y brazos, en la mayoría parecían de humano: sus patas eran de lobo, con unas garras deformes y negras como el carbón. Estaba desnudo y de su entrepierna se formaba un falo, que en realidad era una serpiente; era como si fuera montado en esa serpiente. En su mano derecha empuñaba una antorcha, misma que se hizo encender apenas salió por completo del armario. Sus tres cabezas superiores me miraban con desprecio.
La cabeza de humano comenzó a abrir la boca para decir:

—Ahora es mío. Ya no es más tu hijo.

La cabeza de reptil se esgrimió una lánguida sonrisa, mientras que la de gato se mantuvo seria, con esa mirada serena y traicionera propia de los felinos. Detrás de él vi a mi hijo salir, sosteniéndose de su lado izquierdo y tomado por la mano de la bestia. Se me heló la sangre en un instante. Ahí estaba mi hijo de pie, mirando al vacio como un niño autista. Algo que me llamó la atención fue que mi hijo tenía las cuencas de los ojos profundamente ennegrecidas y por ningún motivo giraba su cabeza hacia mí. Tuve el valor de acercarme con la intención de tomar a m hijo en brazos y llevármelo. Pero un amague del demonio, de la mano que portaba la antorcha, me detuvo. La antorcha tiro un poco de brazas ardientes en el suelo, y con un movimiento de su mano demarcó un línea entre ellos y yo. Mi hijo fue a hablar:

—Padre, adiós —dijo con los ojos perdidos en la nada—. Ahora Aborym cuidará de mí.

Lo que escuché me hizo retroceder y menear la cabeza descontroladamente. Pero antes de que pudiera decir algo, la bestia se giró con la antorcha en su mano y vertió su contenido de la misma en la cabeza de mi hijo.

Él no pareció sufrir cuando el contenido de la antorcha lo baño por completo. Lo último que vi de él fue una sonrisa desdibujándose en su rostro.

Después de esto, el interior de la habitación, y el resto de la casa, se comenzó a incendiar incontrolablemente.

Jamás le pude describir a mi mujer todo lo que aconteció en el interior de esa habitación. Lo cierto es que quedó tan confundida como yo, y nunca me perdonó que no hubiera salido con mi hijo.

Pero esta fue la forma en la que perdí a mi hijo...

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