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lunes, 23 de enero de 2017

Relato 5 - Coma

Coma




Conforme voy abriendo los ojos, va creciendo mi confusión. Me siento sumamente cansado y mis extremidades parecen estar atadas a unas columnas de concreto. No las puedo mover. Me siento fatigado. Apenas si controlo el pestañear de mis párpados y mis movimientos están tan limitados, tanto que quiero mover mis dedos y no lo consigo.

Conforme mis sentidos se van a adaptando a la realidad, percibo un olor a medicamento. Mis ojos divisaron la construcción de un blanco tan pulcro, que se tornaba oscuro con tanta facilidad, conforme la luz va muriendo en sus paredes. El lugar es ciertamente frío y no hay mucho que observar, mas que una cortina que me obstaculiza la visión del lado derecho. El lugar es silencioso, muy pasivo, dueño de una quietud desalentadora, pues el ruido que escucho es el propio de esos aparatos que miden las pulsaciones. Abro por completo los ojos y me percato, con mucho desagrado, que me encuentro en un hospital. En este momento mi autoestima se ha venido abajo. Siento una opresión en el pecho y siento ganas de llorar, pero, por una extraña razón, no puedo, mis lágrimas no se desbordan de mis ojos.

Me he puesto a recopilar recuerdos en mi cabeza, no con mucho éxito, pero he conseguido recordar mi fecha de nacimiento, mi nombre y alguna que otra cosa menor, sin importancia. Resumo que no he pasado mucho tiempo en aquel lugar debido a que no tengo una barba tan tupida como siempre me crece después de unos días.

Mis manos han comenzado a desentumirse y comienzo a moverlas muy despacio, al igual que siento la sangre correr por mis extremidades. La temperatura ha descendido y veo salir vaho de mi boca.

El entumecimiento de mis extremidades comienza a desaparecer, y con él empiezo a recuperar el movimiento de las mismas. He aguardado un momento debido a que he escuchado ruidos cerca de donde me encuentro. He alcanzado a girar un poco la cabeza y veo que una luz, posiblemente al final del corredor, se enciende y se apaga como producida por un fallo eléctrico en la instalación.

Me incorporo en la camilla. Mientras estoy aquí sentado, procuro hacer un análisis de mi condición. Observo la bata que me cubre el cuerpo. Estoy completamente desnudo y con la piel tan reseca y áspera. Desconecto los cables de mi pecho y me dispongo a descender de la camilla. Una aguja estaba anclada en mi brazo, así que la arranco de un solo tajo. El dolor es todavía insipiente y me deja poner mis pies descalzos sobre el piso frío de aquel hospital. Al soportar todo mi peso sobre mis pies, siento que éstos se tambalean; la falta de uso han hecho evidentes estragos en mi cuerpo, y mis pies lo han empezado a comprobar. Me tambaleo y me he recargado en la camilla. Me comienzo a agitar y siento una extraña pesadez en el cuerpo. Me quejo dolidamente y dejo caer mi peso en la camilla de nuevo. Espero a que el hormigueo en mis extremidades inferiores se disuelva. Siento un poco de estabilidad al momento de volver a poner los pies en el piso, aunque me sigo tambaleando, me cuesta mantener el equilibrio.

Consigo dar unos pasos hacia enfrente y mantenerme en pie por unos segundos. Pero al sentirme más confiado, he trastabillado debido a la todavía falta de equilibrio. Mi cuerpo va a dar hasta un mueble de metal que contiene algunas gasas y jeringas, que, al parecer, están usadas. Algunos de estos materiales caen cima de mi cuerpo, y, por suerte, no caen las agujas incrustándose en mi piel. Las miro con una expresión de miedo y alerta. Ruedo con cuidado por el piso, para evitar picarme.

He volteado a ver completamente a mis alrededores y percibo que la insalubridad con el que se mantiene aquel hospital; la pared que quedaba escondida, detrás de la cortina que rodeaba la camilla en la que me encontraba, está complemente manchada de una mácula enorme de color escarlata. Gateando, me asombro mientras me acerco y compruebo que la mancha es en realidad sangre seca donde se alcanzan a percibir la estela de unas manos manchadas con esa misma sangre.

Quizá por el asombro, me consigo poner de pie de un solo movimiento, hacia mi lado izquierdo. Entonces, resbalo debido a un charco de sangre apenas secándose y la caída me hace hincarme ante un cadáver que está a un costado de la camilla donde me encontraba acostado. Estoy aterrado. El cadáver está situado como si me observara y con una gran parte de la cara desgarrada y hecha girones. Hay trozos de piel que aún cuelgan de su nariz, boca y cuello, y uno de sus ojos se le ha salido por completo de su cuenta. Parte del hueso de la mandíbula está raspado, como si un perro lo hubiese atacado y se lo hubiese tratado de desprender. Era un hombre, estoy seguro. A pesar de que está completamente desfigurado del rostro se le nota el cabello corto y los rasgos de su cara son notoriamente masculinos. La expresión de su cara es lo que me causa mayor pavor; el ojo que todavía posee, tiene un expresión de terror, sumando que la boca está prácticamente salida de sus ejes. El cuerpo está tendido bocarriba, sus piernas están completamente extendidas, pero sus manos mantienen una posición de resistencia, pues están retorcidas, al parecer con mucha fuerza, como si en el momento de su muerte hubiese tratado de defenderse tanto que la posición de sus manos se haya quedado acumulada en sus manos.

Todavía sorprendido, me voy levantando, todavía empujado por el miedo que me ha producido ver ese cadáver tan cerca de mí. Pretendo alejarme lo más que puedo de ese lugar. Buscar ayuda; buscar a alguien que me auxiliara.

Estoy caminando hacia el pasillo, donde la luz del fondo sigue parpadeando. Hay una puerta que permanece abierta. En el pasillo hay marcas como en la pared de atrás. Sólo que las marcas en este pasillo son más prolongadas y más nítidas, como si las hubiesen hecho con toda la intensión. Las miro de cerca y observo que son igualmente de sangre.

He llegado hasta una intersección donde se derivan varios pasillos más, y al final del pasillo principal una puerta que, al parecer, está cerrada con una cadena y un candado. Los otros pasillos se dirigen hacia otras habitaciones. Los voy recorriendo uno a uno sintiendo cómo baja la temperatura en cada uno de ellos. Al parecer el edificio está vacío y sufre de un gran desorden; por dondequiera que miro hay cosas tiradas, cortinas rasgadas, sangre rayando los pisos y paredes. ¿Qué ha pasado en este lugar? Me sigo preguntando qué hago aquí, y, mientras más avanzo, más me confundo.

He terminado de revisar una de las habitaciones y no he encontrado nada más inusual que el desorden que hay dentro. Intuyo que la otra habitación, que está siguiendo el otro pasillo, tendrá el mismo desorden. Sigo con muy poco interés el pasillo, el cual se encuentra completamente a oscuras. Las luces, en el interior de la otra habitación, están apagadas y no hay luz exterior que llegue hasta dentro. Al parecer hay muebles amontonados y obstruyendo la luz solar. Estoy palpando la pared en busca del apagador, pero, por lo menos, en un tramo de un metro, no encuentro nada. Sigo buscando, mientras la vista se acostumbra a la oscuridad. Mis dedos alcanzaron a rozar algo, era un material plástico adherido a la pared. Inmediatamente estiré más el brazo y presioné el botón que activa la luz de la habitación. El cuarto se iluminó por completo, pero no de la forma que yo creía que lo haría.

En el otro extremo, contrario a donde me encuentro, está otro cadáver sentado y completamente sin rostro, la piel que alguna vez había cubierto su cara estaba destrozada y tirada por el piso, sólo se alcanzaba apreciar unos chorros de sangre apenas salpicando los huesos de la cara. Pero la luz provenía de adentro de su boca. Tenía la mandíbula levemente abierta y, desde adentro, se podía ver el foco que estaba alumbrando débilmente la habitación.

Mi susto es tan enorme, que retrocedo y salgo de la habitación, teniendo todavía la imagen de aquel muerto detrás de los párpados. A pesar de que cierro los ojos, lo sigo viendo. Estoy sorprendido ¿Qué tantas cosas han pasado a mi alrededor sin que yo me diera cuenta? Estoy agitado, tengo ganas de vomitar y siento que los jugos gástricos me queman la garganta debido al reflujo.

Quisiera pedir  auxilio, ayuda, gritarle a alguien que estoy aquí, que tengo mucho miedo. Pero he pensado en que eso que pueda ser mi salvación, pueda llegar a significar mi muerte, ya qué no sé que otras tantas cosas me pueda encontrar allá afuera. Prefiero ser cauteloso, mantenerme al margen e ir descubriendo lo que hay, poco a poco. Decido regresar a la habitación y mirar, con un poco más de sangre fría al cadáver. La interposición de los dientes a la luz, hace que unos halos alcancen a ver. Alcanzo a percibir un débil destello desde adentro de la boca. Me voy acercando, olvidándome por completo del miedo por el cual había pasado hacía unos momentos.

Estoy intrigado. Me he agachado, quedando frente a frente al cadáver, mirando sus encías ensangrentadas y el interior su boca, como si ese destello me mirase fijamente a los ojos. Lo cierto es que me ha llamado tanto la atención, que el miedo se había escabullido por completo.

Tengo que averiguar qué es aquello que brilla desde la boca de este infeliz.

Nunca había visto dos cadáveres en un día, ciertamente nunca había visto un cadáver de cerca. Y hoy lo tengo justo delante de mí, mirándome con sus ojos vacios, con esa mirada perdida y profunda que solo un muerto puede hacer.

Con todo el asco del mundo, me armo de valor y me dispongo a abrir su boca y sacar aquello que brilla desde el interior. Al contacto con sus encías sangrantes, siento cómo algo fluye desde el interior de mi esófago, y, con manos temblorosas, comienzo abrir lentamente sus dientes, de par en par. Quiero volver el estómago. Estoy a punto de hacerlo, aunque me he aguantado mucho las ganas. Descubro que sus dientes mantienen la apariencia de haber estado bastante tiempo descubiertos, como si lo que hubiese pasado con ese cadáver no fuera causa de un acontecimiento reciente, o de unas horas, sino más bien algo de ya hace tiempo, o unos días. Por las ropas de este pobre infeliz, auguro que se trataba de algún paramédico o de un enfermero. Ya abierta la mandíbula, observo que el foco en el interior está cubierto por un plástico que le sirve de aislante; un pedazo de plástico que atraviesa la garganta y baja por la misma, por un cable que sale de su cuerpo por una incisión que libera, a su vez, el cable conductor de la electricidad, que se dirige hacia la pared, donde se nota, obviamente, que rompieron para sacar el cable.

El objeto que está dentro de la cavidad bucal del individuo es un pedazo de papel enrollado, que a su vez está atado con hilo a un bisturí, que es el objeto que brillaba con la luz de la bombilla. Me apresuro a tomarlo y con el movimiento, sin querer, parte del paladar y la lengua, la cual, en el corte, se divide y se hace inmediatamente como la lengua de una serpiente. No hay ningún estallido de sangre. Al ver el corte, retrocedo. Estoy sudando frío y me refugio en el otro extremo de la habitación avanzando a gatas. Desesperado, busco algo que me sirva para limpiarme los restos de sangre que han quedado en mis manos. Veo que en el pasillo, entre muchos de los residuos, hay material que me puede servir para limpiarme. Hay algodón y algo de alcohol encerrado en una botella. Abro la botella, y la vierto sobre mis manos. El contacto del alcohol sobre mis manos me hace sentir mejor. Acerco mis manos a mi cara mientras el alcohol se evapora. El olor me relaja.

Reparo en el pedazo de papel atado al bisturí que está a un costado de mí. Suspiro y me doy a la tarea de desatarlo y desenvolverlo. El papel, con varias manchas de sangre, tiene un mensaje hecho con una pluma común y corriente. Y dice:



“Sangre tiñe de color escarlata las paredes de tu vida, sangre tiñe de muerte el presagio de la libertad, mientras el estómago de uno de los infelices resguarda la llave de la puerta de la soledad”



¿Qué es esto? me pregunto al terminar de leer. Estoy leyéndolo de nuevo con la esperanza de encontrar algo oculto en aquellas palabras. Pero todo es tan claro que no da pie a confusiones.

He entendido el mensaje, está más que claro: Un bisturí, dos cuerpos, una puerta cerrada con candado. Tengo que abrir los cuerpos de aquellos infelices para saber cuál de ellos reguarda la llave que abre el candado de la puerta. Estoy completamente asqueado, y eso que no he tenido contacto nuevamente con el cuerpo.

He recargado mi cabeza contra la pared esperando tener un poco de estabilidad. Creo que me vuelvo loco pensando en lo que voy a hacer. Pero tengo dos opciones; abrir esos cuerpos, sacar la llave e irme: o quedarme aquí a hacerles compañía y morir a un costado de cualquiera de ellos. Tengo que vencer mi miedo y levantarme. Estoy sintiendo cómo la sangre me hierve al momento de ir sintiendo valor. Empuño el bisturí y me dirijo a la habitación donde desperté, mientras camino, mi cara se comienza a ruborizar, siento cómo la sangre comienza a invadir mi cara y mis manos, es como si comenzara a sentir, adelantadamente, que algo estallara dentro de mí. Pero tengo que hacerlo, si es que quiero vivir. Aunque para estos momentos, no sé si estar muerto fuera relativo a lo que estoy viviendo.

Veo al cuerpo en el suelo y me lleno de asco al pensar en lo que estoy haciendo. Fuese quien fuese el que haya escrito esa nota y que a su vez me haya puesto en esta circunstancia, es de verdad un psicópata. Mis manos tiemblan incontrolablemente y de mis ojos manan lágrimas. Estoy arrepentido incluso antes de hacer algo. Me poso encima del cuerpo, abriendo el compás de mis piernas para quedar completamente arriba, voy flexionando las rodillas y me voy poniendo en cuclillas encima de sus piernas. Con las piernas temblándome, me sitúo viendo de frente al cadáver. El bisturí está en mi mano derecha. Lo observo y le doy un último vistazo al cadáver. Bajo mi mano a la altura de la su estómago y comienzo a rasgar sus ropas.

Me pasan miles de cosas por la mente y ruego porque su ropa no la pueda terminar de cortar. Descubro el abdomen del cadáver y lo miro abultado, hinchado, por los gases post mortem que se acumulan en todos los cadáveres. El contacto del bisturí con la piel me produce un tic en el párpado del ojo izquierdo. El punzocortante hace su primera incisión; no hay sangre: la sangre ha dejado de fluir y de tener presión. Voy avanzando con el bisturí en horizontal. El cuerpo va expulsando los gases, los cuales atacan de inmediato mi nariz, me muevo incómodo hacia un costado, me ha dado un ataque de tos. Entonces, corto un pedazo de la sábana que cubría el colchón de la camilla donde estaba dormido y me la sujeto a la cara, cubriéndome la nariz y la boca para minimizar los efectos de las náuseas. Sigo con la línea de corte, la piel ahora, al paso del bisturí, hace un ruido acartonado y me topo, en primera instancia, con los órganos abdominales; el estómago, los intestinos, vesícula e hígado. Todos, en su totalidad, han quedado plagados de sangre seca, sangre cuajada en descomposición.

Lamentablemente no observo ningún metal a simple vista. Y, ciertamente, no esperaba que esto fuera tan sencillo. Estoy examinando el abdomen del cadáver, pero no veo que haya alguna incisión previa a la que yo le hice, o alguna cicatriz que me pueda indicar que metieron la llave en alguna otra parte que no fuera el estómago. Siendo así, la única vía que encontraba lógica era que hubiesen hecho que la persona se tragase la llave.

Ahora comprendía la expresión de su rostro. Lo han torturado para lograr que se tragara la llave. O posiblemente hubiese sido peor. Mientras abro su estómago con una incisión más segura, se me vienen a la mente unas imágenes, no sé si recuerdos, pero son centellazos de imágenes sobre el tipo que está tendido debajo de mí; hay algo familiar, parecen recuerdos. El hombre, en las imágenes que recorren mi cabeza, se esfuerza por pelear, quiere liberarse de aquel que le hizo esto y que me ha dejado en esta situación.

Dentro de su estómago todo se ha vuelto una masa de consistencia pastosa de olor muy penetrante; todo en proceso de descomposición. No había nada que pudiera parecer una llave.

Me levanté de encima del cadáver, tosiendo. Tengo todavía el olor de las entrañas del muerto acosando mi nariz y una sequedad en la boca que parece que pude haber tragado tierra. Me lamento por no encontrar nada y, de cierta manera, haberme equivocado de cuerpo, ya que tendré que hacer lo mismo con el otro cadáver.

Ya no aguantaba la presión en los pómulos, es una sensación parecida a la vergüenza, sólo que mezclada con coraje e ira, y, aunque me duele aceptarlo, siento un poco de saciedad al hacer esto. No entiendo lo que pasa por mi mente, vuelvo a tener ciertas imágenes que cruzan por mi mente mientras observo al otro cadáver sentado y con la bombilla en la boca. Estoy imaginando cómo fue que este pobre individuo murió. Pasa algo fuera de lugar en mí, sentí cómo una sonrisa involuntaria se asomaba en mi boca. ¡Diablos! ¿Me estoy volviendo loco? Siento una ansiedad y una desesperación que no comprendo, es como si, involuntariamente, quisiera terminar pronto con esto, y como si me atreviera, de pronto, a todo, sin ningún temor y sin ninguna molestia.

A mi lado izquierdo hay un espejo, parcialmente, roto. En el que se nota mi rostro desencajado, pero, conforme lo observo, veo cómo una sonrisa espeluznante, de oreja a oreja, se va dibujando en mi boca. Sin más preludio, y ya sin ningún asco, me inclino sobre el cadáver y lo jalo de los pies para recostarlo por completo. Siento ansias de salir de ese lugar y, todavía no sé si la actitud tan irreconocible es por el hecho de querer salir o por otra cosa. Las ropas del cadáver produjeron un sonido áspero y seco. La piel de la espalda de este sujeto ha sido removida o arrancada casi en su totalidad, por lo que las marcas en la pared eran enormes y acaparan casi todo el ancho de la espalda, dejando una gran estela de sangre desde la pared hasta el suelo.

El bisturí, en mi mano, se encuentra lleno de sangre, y de repente siento un cosquilleo bajando por mi brazo, que termina su efecto en la palma de mi mano. Me hinco a un costado de este pobre diablo y decido hace un corte transversal en la parte de su abdomen. Ya los olores no me hacen recular, pareciera que estoy acostumbrado a ellos, por lo que no titubeo y comienzo a segmentar el cuerpo.

Llego al estómago y lo abro sin pensar en lo que me encontraría, pero antes reparo en los órganos restantes; no hay nada. Abro el estómago y me encuentro con una masa viscosa que acapara, prácticamente todo el estómago.

La llave se encontraba allí. Sonreí despiadadamente al verla. La tomo entre mis manos y siento la fría sensación de la libertad entre ellas. Ahora pienso como un desquiciado y he llegado a la conclusión de que me he vuelto loco con todo esto. Mi estabilidad mental llega al borde del desquicio y me llevo las manos llenas de sangre a la cabeza y, aunque me mancho la cara de la misma, no me importa, me siento contento y puedo sentir cómo un júbilo sube desde mi pecho hasta mi cara y convierte mi rostro en una máscara de maldad. Me separo del cuerpo mirándolo con lástima, pero sin quitar la sonrisa de mis labios.

Salgo de la habitación y me dirijo hacia la puerta que está cerrada con el candado. Mientras observo la puerta, me detengo debido a una corriente de imágenes que pasan por mi cabeza; es el mismo edificio en el que estoy; el hospital está plagado de muerte, sangre por doquier. Siento que son recuerdo debido a que las imágenes que cruzan por mi mente son tan reales que pareciera que hay algo que las revive en mi piel.

Abro el candado y veo todos los destrozos que hay a mi alrededor. Veo que el lugar no es muy grande, es más bien un lugar reducido, con pocas puertas y una sola escalera en medio del edificio. Estoy descendiendo del segundo piso, y al mismo paso de mis pies, se vienen más imágenes a mi cabeza. Desciendo al primer piso y observo los destrozos en la recepción.

Por fin, reconozco mi rostro en uno de los cristales de la recepción al mismo tiempo que en una de las imágenes que pasan por mi mente.

Soy yo el que ha hecho todas estas atrocidades.

Soy yo mismo el que ha dejado sin función a todo el hospital,

Y soy yo el que ha metido la llave en el cuerpo de ese sujeto y que ha matado a esos sujetos, entre muchos otros más aparecen tirados en el suelo.

Lo único que apenas recuerdo es que quería obtener libertad. Un cambio de vida, a como diera lugar. Y hoy, con todos a mi alrededor muertos, y sin que nadie pueda verme, lo he conseguido.

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Héctor Almanza Chávez ©