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viernes, 17 de febrero de 2017

Relato 6 - Lilith



Lilith﴿


C
uando vi a esa mujer por primera vez ahí parada, con esa sonrisa insinuante y con ese vestido rojo que entallaba perfectamente en su figura, me impresioné demasiado. Quedé cautivado por sus seductores labios, que llamaban a mi libido, como un susurro agonizante, a un costado de mi oreja. La impresión me hizo sucumbir, no pude quitarle la mirada de encima en un buen rato, y, a pesar de que ella no me había siquiera volteado ver, yo me quería hacer el valiente y llamar su atención sin pensar que aquello se convirtió en el acierto más grande de mi vida.
Una extraña determinación, iniciada por mis impulsos nerviosos, me hizo levantarme de la mesa que compartía con mis compañeros de trabajo y por mí en un bar, al sur de la ciudad. Tengo que aceptar que siempre fui un tipo extrovertido, con una facilidad de palabra, que muchas veces me llevaba a conseguir lo que quería. Basándome en ésa habilidad, me decidí a tratar de llamar su atención e ir a pararme a un costado de ella, en frente de la barra del bar. El lugar era oscuro e inyectaba un ambiente tranquilo a pesar del sonido de la música, que por momentos se convertía en un ruido discorde y medianamente molesto. No me importó y seguí mi camino.
Cuando me acerqué a ella, olfateé un sofisticado olor a rosas, un perfume ligeramente suave, pero que me puso sumamente nervioso.
Al encontrarme a un lado de ella, exhale un poco, liberándome con esto de algo de presión. De repente me sentí tan nervioso que, al empezar a hablar, comencé a tartamudear. Ella giró su rostro hacia mí, me miró, sonrió levemente y se levantó de su lugar.
Yo sentía como si hubiera recibido la mayor burla de mi vida. Quería ocultarme y salir corriendo. Por un momento llegué a alucinar que esa media sonrisa, en verdad había sido una gran burla.
La vi retirarse hacia el otro extremo del bar, mientras yo regresaba, como un gran perdedor a la mesa que habitaban mis compañeros de trabajo. Tuve que soportar sus burlas hasta que me fastidiaron por completo y me fui del lugar.
Había perdido de vista a esa chica después de eso. O, más bien, creo que me dejó de interesar y le perdí de vista intencionalmente. Subí los escalones de la entrada, de dos en dos. Abrí la puerta que daba al estacionamiento y la vi a unos cuantos metros, fumando un cigarro y esgrimiendo una sonrisa, que en el momento me dejó helado. Me vio salir y dirigirme hacia mi coche, que estaba aparcado justo al lado derecho. Traté de hacerme el occiso y no prestarle atención. Saqué las llaves del bolsillo de mi pantalón y traté de insertarla en la ranura de la cerradura del coche. Esa mujer me había vuelto a poner nervioso.
Por fin acerté en la ranura, giré la llave y abrí la puerta. Sin esperarme nada, la mujer se posicionó a un costado mío y cerró la puerta de mi coche con la cadera. Su vestido rojo fue lo primero que vi. Estaba ahí recargada en mi coche, mirándome desprovista de todo gesto, directamente a los ojos. Quedé impresionado. Sus ojos eran de un color azul, casi turquesa, que miraban expectantes como la mirada felina de un tigre.
— ¿Por qué estás tan nervioso? —Me preguntó.
Le sonreí nerviosamente.
—Yo no estoy nervioso —le contesté mientras trataba de sacar la llave de la cerradura.
— ¡Vamos! Puedo reconocer a un hombre nervioso a kilómetros.
Me quedé callado. Preferí exhalar el aire que había en mis pulmones y fingir demencia.
—Nada —menee la cabeza—, simplemente que he bebido un poco de más.
Ella me sonrió.
—Si no bebiste más de dos cervezas después de que nuestro primer encuentro, y, anteriormente, no te habías terminado siquiera la primera. Así que no me vengas con esas excusas de que estás ebrio.
La miré extrañado. Al parecer me había estado observado, incluso desde antes de que yo la viese.
— ¿Qué quieres? —le espeté.
Ella dejó de recargarse en mi coche. Comenzó a caminar. Tenía una figura perfecta, el vestido que portaba dejaba ver mucho de lo que había debajo.
—Yo no fui la que te busqué, en primera instancia —dijo secamente—. Tú fuiste quien me buscó. El que trato de hacer algo. ¿Qué es lo que estabas buscando? —Me miró interesada— ¿Querías llevarme a la cama? ¿Querías llenarte las manos mí? —acabó mirándome con una sonrisa burlona en los labios.
 —Bueno, ¿qué quieres que te diga? Estas en un bar, de noche, donde hay alcohol, y el ambiente se presta para flirtear con la gente. ¿Qué no sabes dónde estabas?
—Yo estaba en el lugar indicado, en el momento en el que quise y en el tiempo justo. Ahora, la pregunta que te hago es que si tú sabías dónde te encontrabas.
Su comentario me hizo reír, quise burlarme de lo que estaba diciendo.
Lo cierto es que, al pasar del tiempo, supe que no sabía en qué lugar me encontraba esa noche, no sabía qué buscaba. Me sentía atraído por esa mujer, pero lo cierto es que, desde un principio, había algo que me asustaba, y aún y con todo eso me decidí ir a buscarla. Esa seguridad con la que siempre me habló, y el tono de voz con el que siempre se dirigió hacia a mí, me dejaba helado en muchas ocasiones. Y aunque a partir de ese momento mi vida fue cambiando desmesuradamente, sabía, de antemano, que ella tenía el control de todo.
— ¿Te ríes de mí? —pregunté.
—No sólo de ti. Sino de todo el mundo —contestó secamente.
Sus respuestas eran inmediatas, como si viera en mí un cristal donde se mostrara lo que estaba pensando.
—Te lo voy a poner más sencillo —me dijo. Comenzó a caminar muy despacio en frente de mí. En el ambiente sólo resonaba el sonido de sus tacones—. Tú buscas algo. Yo sólo te brindaré lo que quieres —prosiguió caminando en un semblante pensativo —. Y creo que tienes mucha sed de poder. Harías lo que fuera posible por sobresalir de entre todos.
Yo la veía extrañado.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Qué eres como una especie de genio de alguna lámpara o algo así? —en mis labios afloró una sonrisa burlona.
Fue en ese momento cuando ella se posicionó en frente de mí y pude sentir su aliento frío e impaciente, mientras decía:
—No deberías burlarte de la gente que no conoces. No sabes qué consecuencias podría traerte.
Y, en un abrir y cerrar de ojos, estábamos en el interior de mi coche; yo en el asiento del piloto y ella en el del copiloto.
—Conduce —me ordenó.
Yo la miré sorprendido y atónito. Tenía las manos en el volante y ella ya se había adelantado a encender el motor del coche con la llaveque yo pensaba que yo pensaba se encontraba aún en el interior de mi bolsillo. Ella se reclinó en el asiento del copiloto.
—Creo que té di una orden. 
No sé cómo, pero empecé a hacer lo que me pidió. Saqué el coche del estacionamiento y comencé a conducir por la soledad de la ciudad, a oscuras.
Mientras pasábamos las calles, ella miraba tranquilamente el ir y venir de los edificios. Fue hasta que llegamos a una avenida grande donde me tocó la mano y me dijo:
—Baja la velocidad —dijo en un hilo de voz—. Gira a la derecha. En la próxima calle frena.
Así lo hice. Ella no quitaba la mirada de un grupo de vagabundos que hacían una fogata en la salida de un callejón.
— ¿Ves a ese grupo de infelices? —me preguntó sin despegar la mirada de aquel grupo de gente.
—Sí —le contesté mirándola como si le estuviera tomando atención a lo más insignificante que pudiera haber observado.
— ¿Y ves el tipo que está solo a un costado del grupo, el que está sentado y recargado en la pared?
—Claro que lo veo, no estoy ciego.
Sin previo aviso, se salió del coche y caminó hacia el callejón. Con la mano, me hizo una seña para que la siguiera. El disgustó se asomó a mi cara y abrí la puerta del coche y la seguí. Pude haber acelerado e irme de ese sitio, pero hubo algo que me retuvo y que hizo que me quedara, sentí algo parecido a la curiosidad y salí del coche sin siquiera cerrar la puerta. Para cuando yo estaba caminando ella ya se había adentrado en el callejón y estaba justo por detrás del grupo de vagabundos. Curiosamente, y por muy extraño que pareciera, ellos no le había siquiera volteado a ver. Pensé que ellos la rodearían con miradas lascivas y la tratarían de tocar, pero ni siquiera le tomaron importancia.
Ella continuó hasta llegar al sujeto que había señalado. Al estar enfrente de él, se inclinó y le descubrió la cara.
Agucé la mirada, tratando de observar quién era. A primera vista, observé que se trataba de un hombre de mediana edad, con la barba poblándole casi toda la cara y con mucha mugre cubriéndole las mejillas. Sus rasgos se me hacían particularmente familiares, pero no alcanzaba a formarme una imagen de quien era.
— ¿No ubicas quién es? —me dijo ella al momento que me acerqué.
Sacudí la cabeza en señal de negación.
—Eres tú en unos años —contestó.
La miré con una mezcla de consternación y nerviosismo. Miré al sujeto en el suelo. Su cara estaba llena de costras sanguinolentas y poseía un olor tan fétido como la carne echada a perder. Parecía golpeado, hasta el grado que sus ropas estaban rasgadas y manchadas de sangre seca. Respiraba, pero muy débil. Su exhalación era como un dejo completamente desganado, sin energía. Pensé que no era posible lo que me había dicho ella.
—No puede ser —dije cuando retrocedí un par de pasos.
Ella me miró con esos ojos tranquilos y desprovistos de sentimiento alguno.
—Míralo bien. Eres tú.
Yo me negué, pensando en que esa mujer estaba loca, pero era real, sus rasgos me resultaban familiares porque se trataba de mí. Me volví hacia mi coche con la intención de abordarlo e irme. Pero antes de hacerlo ella me alcanzó, me tomó del brazo y me aventó contra la puerta del coche.
—Tú morirás en un estado tan insalubre, que no habrá nadie que quiera recogerte, incluso tu cadáver será arrojado a una fosa común de los cuerpos que no son reclamados. Serás un estorbo y tu vida no pasará de ser eso. Nadie te reclamará, puesto que tu madre y tu padre estarán muertos; uno de cáncer y otro por diabetes e hipertensión. Tendrás una mujer, a la cual le fallaste como hombre y te abandonará, pues no serás lo suficientemente hombre para ella, muy a pesar de que procrearás un hijo con ella y llevará el mismo nombre que tú. Él no querrá saber de ti, pues para él otro hombre, la pareja de tu mujercita, ocupa tu lugar, y lo ha llenado con creces. Tus amigos te dejarán cuando vean que tu vida es una tragedia tras otra. Pensarán que eres una persona que atrae problemas y te dejarán sólo —su mirada fría e inclemente se enganchó en mis ojos. Se alejó unos centímetros y movió su cabeza como quitándose un dolor muy fuerte—. Estarás perdido en unos años. Ahora, sin familia, amigos, hijo y sin nada que te respalde, serás una basura perdida en el país de la vagancia; sin hogar y sin esperanza. Morirás en la desolación, en la oscuridad de un callejón frío y mugriento, soportando burlas y golpes de personas que gustan de hacerlo simplemente por placer. Tu nombre no significará nada para ellos, incluso para el mundo no significará nada. Lo único que importa en esta vida es sobresalir, ser más que la persona que tienes a un costado, compitiendo, hombro a hombro, por un interés en común.
La miré consternado. Estaba asustado por la fluidez de sus palabras, por la cadencia de su léxico. Me sentía abrumado con la forma en que empleaba las palabras y la forma en que éstas salían de su boca, como proyectiles a un blanco específico. Me tomé un segundo para evocar a mi consciencia al lugar en donde estaba y poner mis piernas firmes ante tal confusión y mis ideas en orden.
—No hay mayor meta que el ego. Tu vida no vale la pena si tu nombre no significa algo para alguien. Siempre ha sido a así. La gente importante vivirá por siempre, recordada en medio de historias, leyendas, mitos, pero vivirá aunque el cuerpo se haya hecho polvo. Tú morirás así. Sin nadie que te recuerde.
— ¿Adónde quieres llegar con todo esto? —le pregunté.
Ella se tomó su tiempo para contestar.
—Mi nombre es Lilith —cerró los ojos—. Y puedo hacer que tu vida valga la pena.
— ¿Ah, sí? ¿Cómo? —le espeté.
El silencio se hizo entre los dos. Ella agachó la cabeza.
—Mira —proseguí—, no sé cómo hayas hecho todo este circo ni cómo me pude haber dejado sugestionar por lo que dices. Pero esto es desquiciante. Y no pretendo seguir escuchándote. No más.
Me subí a mi coche, molesto y con ganas de golpear a alguien. Cerré la puerta de golpe, tanto que el sonido se escuchó por toda la calle, pero, extrañamente, el grupo de pordioseros del callejón ni siquiera voltearon a verme. Me alejé de ese lugar mirando paulatinamente el espejo retrovisor, y por mucho me sorprendió, que en el lugar donde estaba Lilith no había nada, inclusive la luz de la fogata se había extinguido. La ciudad había adquirido una tonalidad distinta a la que tenía hace unos cuantos minutos. Reprimí los deseos de detenerme. Continué mi camino hasta mi departamento. Subí rápidamente las escaleras y me encerré en cuarto, no sin antes asegurarme que todas las cerraduras estuvieran debidamente cerradas. Sentía un frío en el ambiente, el clima calaba en los huesos y me sentí, por momentos, entumecido de mis extremidades.
Esa noche tuve un sueño por demás espantoso. Tuve una visión de mi vida, posiblemente ayudado por las palabras de Lillith, pero fue un sueño espantoso. Todo y cuanto me había dicho Lilith lo había soñado. Desde el deceso de mis padres hasta cómo recibía rechazos de toda la gente que conocía, incluso de la gente, que en mis sueños, se desenvolvía como las personas más allegadas a mí.
Desperté sudando profusamente. Las sábanas estaban completamente empapadas, como si las hubiera sumergido en un balde de agua. Mientras estaba sentado todavía en mi cama, tapado con una cobija, e inclinado hacia enfrente, viendo mis pies desnudos y el movimiento de mis dedos, escuché su voz justo al otro lado de la cama.
— ¿Y qué piensas de tu realidad ahora? Lo has soñado todo. Todo, y tal cual, como va a ocurrir.
Estaba asustado, con la cobija tapándome la cintura. Ella estaba en el otro extremo de la cama, con un vestido, igualmente, rojo pero que le llegaba hasta los pies. Sus pies estaban desnudos y no parecían sucio como para haber caminado descalza.
— ¿Cómo has hecho para entrar aquí? —pregunté.
—Se me ha olvidado decirte que para mí no hay cerraduras, puertas o paredes que me impidan el paso.
— ¿Eres un espíritu o algo así? —inquirí.
 Ella lució pensativa.
—Espíritu —repitió— ¿Qué es un espíritu? —terminó preguntando.
Yo estaba dubitativo. Me levanté de la cama y verifiqué que la cerradura de mi habitación estaba cerrada. La otra entrada posible era la ventana, la cual estaba completamente cerrada y con el seguro puesto.
— ¿Piensas que llegue por la ventana? —me preguntó como si supiera lo que estaba pensando. Sonrió a final.
Yo la miré extrañado y fingiendo no saber de lo que ella estaba hablando.
—Los espíritus, o como lo quieres interpretar tú, son ánimas que se la pasan vagando por el mundo, lamentándose y buscando consuelo o redención y quizás poder llegar a ver lo que ustedes los humanos le han llamado la luz. Pero no, los espíritus no se encuentran en este plano existencial. El espíritu es la última parte de energía que se desprende del cuerpo, exactamente del cerebro, después de la muerte; alma o como lo quieras llamar. Pero no, yo no soy un espíritu. Soy un ser vivo que ha trascendido la barrera del tiempo y del espacio a través de la vida. Soy mucho más vieja de lo que creerías. De hecho, algunos piensan que soy la segunda persona en habitar este misógino planeta.
Para ese entonces mi cara temblaba al igual que mis manos. Nunca fui muy apegado a la religión, porque pensaba que eran puras habladurías. Pero si esto tenía algún tinte religioso, debía de ser una locura. Había escuchado algo, en mi infancia, de la forma en la que Dios había creado a los humanos. Pero que me encontrara ante esa persona me resultaba inverosímil.
—No soy Eva —meneó la cabeza—. Yo tengo voz propia.
Ella me miró fríamente mientras se levantaba de la cama. El vestido le dejaba desnudos los hombros y los brazos, por lo que pude observar que su piel era tan nívea como la como la porcelana.
—Soy una mujer que buscó libertad antes de subyugarse a los mandatos del orden establecido. Y ahora me encargo de abrir los ojos a la gente que lo necesita. Por ejemplo, tú; si me hicieras caso evitarías muchas de las fatalidades de las que estará rodeada tu vida en los próximos años —guardó silencio, dejando que sus palabras tomaran el peso que ella quería—. Por ejemplo, escucha lo que te dirán por la llamada que recibirás.
Dirigí la mira da hacia la cajonera que estaba a un costado de la cama. Inmediatamente, cuando mi vista llegó al celular, éste comenzó a vibrar. Quedé sumamente sorprendido.
Tomé la llamada, todavía nervioso. Mirando, desencajado, a Lilith. No reparé en el número.
—Sí, diga. —contesté tartamudeando.
Escuché unos sollozos, seguidos de una exhalación pesada y dificultosa.
—Hijo ¿Cómo estás? —era mi madre.
—Bien, Mamá. ¿Qué pasa? ¿Te he escuchado llorar?
Lilith estaba paseando despreocupadamente por la habitación. Observaba su caminar y la observaba esgrimir una media sonrisa, como si se burlara de lo que estaba pasando.
—Es tu Padre —sollozó mi madre.
— ¿Qué ha pasado? Me estás poniendo nervioso.
Fue entonces cuando explotó en llanto.
—Temo que deberías de venir. Por favor, ven rápido.
Inmediatamente después de eso, me colgó. Por mi mente comenzó a pasar una serie de cosas malas; desde un accidente hasta la muerte. Sentí la mano fría de Lilith.
—Tu padre no ha muerto — afirmó ella. La volteé a ver con una mueca de molestia—. ¿Recuerdas lo que te dije ayer? Sobre que tus padres enfermarían morirían.
Asentí en silencio.
—Tus padres recibieron la noticia de que tu padre tiene un tumor cancerígeno alojado en el estómago —Pestañeó dos veces—. No está muy avanzado. Sinceramente tu madre ha exagerado de más. Pero es un cáncer, y sabes que un cáncer es una enfermedad seria.
— ¿Cómo sabes eso? —le pregunté. Volteé a ver la pantalla de mi celular.
—Averígualo —masculló.
Mi vista estaba enfocada en otro lugar, pero, de reojo, percibí un movimiento en el piso. Volteé a ver de qué se trataba y alcancé a ver la cola de de una serpiente metiéndose debajo de la cama.
Lilith ya no estaba.
Su desaparición me dejó boquiabierto.
Inmediatamente, fui a casa de mis padres, la cual quedaba a una hora y media de camino, en coche.
Cuando llegué, me cercioré de lo que me había dicho Lilith. Mi padre tenía cáncer. Un frío recorrió mi espalda al escuchar la voz de mi madre decir algo que ya sabía. Ella desató todo el llanto que había en su interior. Habían sido compañeros toda su vida. No era justo que les ocurriera algo así.
Vi a mi padre sólo unos momentos. Él permanecía callado, como si no quisiera saber nada de nadie. Opté por hablar con mi madre sobre las opciones que teníamos y lo que les había compartido el médico. Pero ella decía que él se mantenía reacio a tomar una quimioterapia. Estaba completamente desanimado.
Por la noche, regresé a mi departamento, meditando todo lo que había pasado desde la noche anterior. Las predicciones de Lilith no eran palabras lanzadas al azar, era una persona que por alguna razón sabía más de mí que ninguna persona, incluso que mí mismo. Además, la forma en que hablaba me mantenía en suspenso, lo hacía como si no tuviera la intensión de intimidarme.
Llegando a casa, la única puerta que cerré fue la de la entrada. Como ya me había dicho ella, no tenía caso que le cerrara las puertas; ella las penetraría de cualquier manera.
Esa noche, en vez de irme a la cama, la esperé despierto. Por momentos me quiso ganar el sueño, me sentí tan cansado como si todo el día hubiese estado cargando un bulto sobre mis hombros. Pasaron las horas y ella no aparecía. Hubo un momento en que me había resignado a pensar que no la vería esa noche. Cuando de repente, un reloj que permanecía suspendido en la pared, de la nada, cayó al suelo. El cristal que protegía la cara del reloj se estrelló contra el suelo haciéndose añicos con el golpe. En la habitación no había ninguna entrada de aire y no hubo ningún movimiento que cimbrara el suelo, no había nada que pudiese haber producido que el reloj cayera. Ese reloj había estado ahí desde que me había mudado a ese departamento, hace tres años. Me levante de la cama y me dirigí hacia la pared. Observé el clavo que sostenía el reloj, estaba exactamente en su lugar. Me agaché y recogí el reloj. Uno de los vidrios que todavía enmarcaban la cara de las manecillas rozó con mi dedo pulgar y me cortó. La sangre comenzó a salir de la yema de mi dedo en gotas espesas de un color púrpura, proporcionado por la oscuridad del interior y la luz que se filtraba, débil, por la ventana. Tomé el reloj con la otra mano y sacudí mi mano herida. Curiosamente, las manecillas del reloj marcaban las tres de la madrugada. 
Al volverme hacia la cama, vi a Lilith sentada en la misma, del lado de la cabecera, con las piernas descubiertas hasta los muslos en una posición más que provocativa. Al verme, ella sólo sonrió.
—Tenías razón acerca de la enfermedad de mi padre —mascullé.
Ella se inclinó hacia adelante.
— ¿En serio? —preguntó en tono burlón. Se fue levantando de la cama y se posicionó enfrente de mí. Yo me le quedé viendo— No necesitas decírmelo. Yo te lo anuncié —sus manos trataron de ocultar una sonrisa en su cara.
Yo la miré molesto.
— ¿Te burlas?
—Disculpa —dijo—. No pude evitarlo. Mejor dime, ¿aceptas mi ayuda?
Me observó detenidamente, expectante como un felino acechando una presa.
—Yo… —fui interrumpido por sus manos que se adueñaron de mi cara.
Sus labios se fueron acercando a mi rostro. De la misma forma, sentía su frío aliento rozar mis labios, hasta que por fin, tras un momento que había parecido una perennidad, ella estrechos sus labios con los míos. Ella me besó con lujuria, a la cual respondí de la misma manera, y aunque sus besos sabían a vino no hubo rechazo de mí hacia ella. Era como si mi mente y mi cuerpo estuviesen bailando el mismo vals que danzaba ella. Sus manos heladas acariciaban mis hombros y yo, de desmedida manera, hacia lo mismo con su cintura, impaciente, quizá, de desbordar aquellas ganas reprimidas que tenía de hacer desde que la conocí, desde que la vi por primera vez.
Terminamos el acto tendidos en la cama, desnudos, agitados y con la imperiosa idea de que se había firmado un trato entre los dos. Un trato que quizá nunca se pudiera romper, por lo menos no de mi parte. Entendí que desde ese momento me había convertido en su súbdito. Ella me cumpliría lo que quisiese y yo le daría lo que ella quería; libertad. Así como ella me lo había explicado, que ella había sido una mujer que se había liberado de la subyugación masculina.
Por la mañana, todavía con el cansancio reflejado en mi cara, desperté debido a que sentí un movimiento en la cama.
Era ella.
Ya se iba.
La miré débilmente, sin decirle nada, hasta que la vi perderse entre lo nublado de mi visión y la pared del fondo de la habitación.
Posterior a ese momento, todo cuanto había en mi vida comenzó a cambiar. Mi imagen empezó a ser más importante en mi trabajo. La gente que estaba jerárquicamente arriba de mí, comenzó a voltearme a ver, requiriéndome para presenciar grandes proyecto, tratados e inversiones; muchas cosas para las que antes no era solicitado. Mi carrera fue en un ascenso desmedido, que en muy pocos años me convertí en el director general de la empresa donde laboraba en aquel momento. Posteriormente, me empecé a columpiar en esferas más grandes y de mayor nivel social. Logré alcanzar, en muy poco tiempo, la presidencia de una dependencia gubernamental. Esto me llevó a ser observado por los dirigentes del país, personas que sólo les gusta hablar y aludir al progreso como el motivo que promueve sus mentes, mientras que a leguas se ve que llenan sus bolsillos con el dinero que se desborda del contenedor. Yo no requería de eso, había forjado mi propia historia haciendo el trabajo con mis propias manos, por lo que me volví político en muy poco tiempo, apoyado por personas del partido en el que aún milito.
Mi familia se conservó muchos años. Mi padre no muró de cáncer. Mi madre tampoco murió de hipertensión. Ambos fueron tratados de forma inmediata conforme las posibilidades se me iban presentando. Ahora vivo con mi propia familia, constituida por mi mujer y mi hijo. Solo he forjado mi futuro y un porvenir.
El haber conocido a Lilith había cambiado drásticamente mi vida. Una vida en la que ella siempre estuvo presente a partir de la noche en que la conocí. Ella estuvo siempre conmigo, tomando decisiones a mi lado, como mi consejera, mi amante y mi confidente. Envejecí tomando decisiones a su lado y reafirmando el pacto entre nosotros. Mientras yo me volvía más viejo, ella se conservaba íntegra, con una belleza intacta.
Logré una gran mancuerna. Siempre con ella. Siempre con ella.


RELATOS DE TERRO Y SUSPENSO
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Héctor Almanza Chávez ©

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