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martes, 30 de mayo de 2017

Relato 7 - Astaroth

Astaroth



Era la enésima vez que Dalia deslizaba el peine sobre su cabello liso y castaño, antes de irse a dormir. Esperaba ver otra vez cuando su propio reflejo volviera adquirir movimiento independiente al suyo. Era un acto que le producía un miedo incesante, pulsante de cierta manera, pero era la única forma de sentirse tranquila, de saberse acompañada sin nadie que le pudiera hacer daño. Ella no notaba nada extraño en su conducta, puesto que esto ya tenía más tiempo de lo que ella recordaba. Sentía que ella estaba en lo correcto, pues todos hablan con sí mismos en algún momento dado, todos tienen algo que decirse y que siempre se guardan para cuando no hay nadie. Pero a los ojos de la demás gente, ella era la extraña. Toda la gente la criticaba por su apariencia, le decían que parecía una joven zombi por sus tan marcadas ojeras que descansaban debajo de sus ojos, como dos manchas producidas por moretones. Pero eran a falta de sueño, ya que por las noches Dalia no conseguía dormir. Se mantenía insomne para evitar soñar, ya que, cuando dormía, una figura, muy parecida a ella, lloraba desde la oscuridad de un rincón de la habitación. Lloraba y la maldecía, diciéndole que pronto se arrepentiría por dejarla tan sola.

En ocasiones, su doble del espejo, le hacía entender que lo que veía en las noches era algo así como la parte materializada por sus miedos. Que ella, su doble del espejo, era su parte segura. Pero que, como podía ver, ella se encontraba encerrada detrás de la dimensión de un cristal, mientras su otra yo se encontraba libre, triste y con ganas de hacerle daño.
Tenía que aceptar que aunque su doble del espejo le asustaba por la fría mirada que tenía, prefería platicar con ella que soñar su otra yo, la que se le aparecía en sueños. No era muy placentero platicar con ella, ya que por momentos sentía que le daba consejos dirigidos a ser más insegura de lo que de por sí ya era. Le anunciaba lo que estaba a punto de pasar, como anticiparle que alguien se aproximaba a su puerta o que alguien estaba hablando de ella en la casa. Cuando hacía esto último le hacía ser una chica más desconfiada. Incluso no dejaba que nadie se le acercara. Era tan solitaria que nadie en el colegio se le acercaba. Todos parecían sentir pena por ella y, hasta de cierto modo, lástima y miedo.
Pocas veces eran las ocasiones en que el sueño la vencía y optaba por cerrar los ojos. Pero era cuestión de tiempo para que el llanto de su otra yo comenzara a emitirse por la habitación. Algunas ocasiones, y en el mejor de los casos, lograba despertarse y ponerse a salvo en la realidad oscura en la que ella se sentía a gusto, pero, en otras tantas ocasiones, la interface entre el sueño y la consciencia quedaba bloqueada y no le permitían salir de sus sueños. Tenía que esperar, irremediablemente, a poder despertar por sí sola.
Esa noche, no consiguió aguantar mucho el cansancio, y, aunque su otra yo, la del espejo, la miraba expectante, se fue a su cama con la idea de sólo recostarse. Pero, mientras trascendían los minutos, sus párpados comenzaban a adquirir peso en sus ojos, hasta que de pronto el peso en sus ojos estaba insostenible. Irremediablemente, se sumergió en un profundo sueño, tan pesado que se traducía en las noches que no conseguía dormir.
Tuvo la sensación de haber despertado, pero sólo era la apreciación de la ensoñación. Miró a sus costados y se sintió tranquila por estar todavía en su habitación, recostada en su cama. Todo parecía normal. No había llantos ni amenazas, ni sonidos de pies desnudos acercándose hacia ella. Todo era un profundo y sepulcral silencio, tan desconcertante como sentirte asechada por un asesino silencioso y precavido. Suspiró, pensó en que estuvo a punto de quedarse dormida. Pero no había sido así. Había algo pesado en el ambiente, algo que la hacía sentirse incluso más pesada. Se incorporó en la cama y abrazó sus rodillas contra su pecho. Sintió un bajón en su presión sanguínea al mismo tiempo en que se sentó. Pudo sentir una leve corriente de aire pasar por sus pies desnudos y se los cubrió con su camisón de dormir. Después de un largo rato de estar en esa posición miró al espejo y notó que estaba roto. En su centro se dibujaba una oquedad opaca, con bordes cristalinos y afilados. Se levantó de su cama y comenzó a caminar lentamente. El piso estaba mojado, pero no era agua. Era una solución viscosa, que aparentaba ser agua a simple vista y tenía un olor a cera quemada. El líquido era muy tibio e iba en contraste con la sensación que tenía del ambiente. Al acercarse al espejó, y en lo que debía de ser el reflejo de la habitación en el fondo del espejo se encontraba un charco enorme color púrpura. Miró a sus espaldas y no había nada allí. Volvió la mirada al cristal y vio que más al fondo de donde se encontraba el charco se encontraba alguien sentado, mirándola, desde la oscuridad con una sonrisa retorcida. Su cara apenas se veía entre su cabellera, que caía en desorden por sus desconcertantes facciones. Lo que fuese, tenía un camisón idéntico al que portaba ella, sólo que éste estaba mugriento y completamente batido de sangre. Aquella cosa parecía convulsionarse al mismo tiempo que por su garganta parecía estar atascado algo que llegaba a sobresalir por la boca.
Dalia retrocedió unos pasos. Reconoció al instante a su otra yo, sólo que ahora estaba en el interior del espejo y, al parecer, engullendo algo o a alguien. No lo pensó dos veces y cuando se dio cuenta ya se encontraba corriendo hacia la puerta de su habitación.
La puerta estaba atrancada, no se abría, era como si alguien, desde el otro lado, se lo impidiese y la jalara en el sentido opuesto al que ella lo hacía. Dalia regresó la mirada hacia el espejo y alcanzó a ver que la figura se estaba poniendo en pie de una forma inhumana, parecía un animal herido tratando de aferrarse a la vida. Muy dolidamente lo estaba consiguiendo, parecía que le costaba mucho trabajo conservar el equilibrio. Al dar el primer paso hacia ella, su otra yo parecía desorientada y desequilibrada, y, aunque no le quitaba la mirada de encima, zigzagueaba al caminar, como si le costara un esfuerzo sobrehumano mantenerse en pie. La forma en que caminaba le hizo sentir a Dalia una punzada de miedo en el pecho. Sin dejarla de mirar, empeñó mayor fuerza y mayores esfuerzos para abrir la puerta, a la vez que miraba cómo su otra yo se iba a acercando. La vio agarrar el borde del espejo estrellado sin inmutarse aun y cuando los cristales le hicieron una profunda herida en las manos.
Con todo eso, Dalia consiguió abrir la puerta de su dormitorio. Ya no volteó hacia atrás. El miedo, desde su interior, le gritaba que corriera y gritara. Si Dalia se hubiese dado el tiempo para mirarla una última vez, habría visto una contorsión irreal al momento de que su otra yo pasara por el umbral del espejo, saliendo como un arácnido por la orilla.
Lo primero que se le ocurrió hacer al ir descendiendo por la escalera fue gritar a sus padres. Pero no hubo ninguna respuesta. Bajó la escalera de cinco zancadas. Miró por el cubo de la escalera y sintió confianza de que la había perdido de vista. Pero ahora percibía un sonido. Un quejido que llegaba remotamente a sus oídos, como un alarido atrapado en la garganta de alguien.
Toda la casa estaba a oscuras. No entendía por qué no había despertado aún, si ya había pasado momentos por lo que, ineludiblemente, hubiese regresado en sí. Miró a su alrededor y comprendió lo enrarecida que estaba la casa. Había cosas que estaban fuera de lugar, pero otras tantas que estaban completamente normales. En la oscuridad, alcanzaba a escuchar el traqueteo del pasar de las manecillas del reloj de la sala a un paso tan lento y desesperante, como las pisadas de un anciano. Pero el burbujeo del oxígeno de la pecera del comedor le era tan normal, que cuando fijaba éstas dos cosas en su mente, le hacía sentir una desesperación incontrolable, había desordenen en el ambiente, y eso lo sabía.
Se dio la vuelta e intentó girar el pomo de la puerta. No pudo. En su lugar, se embarró de una sustancia viscosa, posiblemente negra. No podía percibir exactamente el color de aquél líquido. Pero sí que era una sustancia muy pegajosa, que iba acompañada por un olor sumamente putrefacto.
Oyó pasos en la planta de arria. Como si fuera una señal para que se moviera, ella fue hacia la sala; el lugar más cercano que tenía. Había unas ventanas que conducían al jardín y esperaba que éstas estuviesen abiertas, pero se llevó una gran decepción y un gran susto al ver que toda esa habitación se había convertido en un cuarto completamente a oscuras, y donde se encontraban las ventanas, se ubicaban unas cruces de madera clavadas a la pared bloqueándolas ventanas. De pronto, escuchó los pasos que azotaban por la escalera, pero era de una forma abrupta y descompuesta, como si estuvieran cayendo por los peldaños de la escalera o rodando por ella. Miró hacia la pared del fondo, la que estaba enfrente de las escaleras y vio una sombra desfigurada descendiendo a trompicones. Se atemorizó y se acorraló ella misma en el muro del fondo. Agazapada y con la afectación de su temor penetrado en su piel, trató de no moverse, mantenerse inerte detrás de uno de los muebles de madera raída que pensaba que estaban produciendo sus sueños. Pero seguía habiendo un factor en el que desconfiaba y que le hacía sentir que su realidad y su ensoñación se mantenían ligadas en un punto. El miedo era real; sentía la ponderación de su nerviosismo, haciéndose cada vez más fuerte; la sensación de todo lo que tocaba era real, pero todo por lo que estaba huyendo era completamente ilógico. Se resignó a quedarse quieta en medio de la oscuridad y cerrar sus ojos como si estos fueran una coraza que la pudiera defender de lo que fuese que estaba descendiendo por la escalera.
Llegó un momento en que su voluntad era nula, en que no tuvo siquiera ganas de despertar, puesto que había grandes motivos para pensar en que había estado despierta desde un principio.
Con los ojos resignadamente cerrados, escuchó sonidos en la sala; una respiración gutural, seguida de un bufido parecido a la de un toro. Se posicionó inmediatamente en una postura fetal, cuidando que sus movimientos fueran prácticamente inaudibles. Comenzó a llorar.
Ahora los pasos los sentía tan solo a unos metros de distancia. Su pulso estaba desbocado y su mandíbula le dolía tanto debido a la presión que estaba ejerciendo sobre sus dientes. Sus movimientos eran tan pausados y precavidos que, incluso, quería apagar su propia respiración.
Aquello deambuló por la sala por unos momentos. Parecía detenerse a observar detenidamente por cada resquicio de la sala. Seguía bufando y parecía cada vez más molesto. Fue en un momento donde la respiración de esa cosa se volvió rasposa y dificultosa. En ese mismo momento, Dalia contuvo su respiración y dejó de moverse por completo. Con todo el miedo que aquello había producido en ella, sintió la respiración de esa cosa en su nuca, como si la estuviera olfateando. Se le escapó un sollozo y escuchó un largo bufido que la acabó por estremecer por completo.
Tras ese momento sintió una exhalación en la oreja derecha. Poco a poco, se le fueron erizando los vellos de la de la nuca, como un efecto dominó, hasta la espalda baja. Abrió la boca y se le escapó un suspiro. Quería levantarse y echarse a correr, llorar o lo que fuera. Tuvo la intención de hacerlo, pero, en cuanto abrió los ojos, ahí estaba el espectro que se aparecía en sus sueños, acostado, en la misma posición que ella. Aterrada, vio sus ojos perdidos en la nada, como si ella no se encontrara allí y su mirada estuviera dirigida a algo más y no a ella. Se estremeció al poner atención y observar que, en lo que deberían de ser sus ojos, sólo se encontraba la cuenca de los mismos, no había nada más que dos profundos huecos negro punzantes que la miraban como un ciego siguiendo una voz. Su cara estaba batida de sangre cuajada y su cabello caía, enmarañado, sobre el piso.
El espectro se fue levantando y Dalia lo fue siguiendo con la mirada. Primero hacia un costado, después hacia al otro, hasta que por fin se levantó y ella se quedó inmóvil, en el suelo. Parecía olfatearle lascivamente el cuerpo, puesto que fue descendiendo como si buscara algo en su piel.
—Ponte de pie —le ordenó el espectro sin siquiera mover la boca.
Ella obedeció, más por el impulso que le provocó ver que sus facciones ni siquiera se movían, sólo la escuchaba en su mente.
—Ahora estás bajo mi control. Tu vida, tu valor, tu miedo, tu voluntad, ahora dependen de mí. Vivirás si yo quiero, morirás si yo lo deseo. Tus lágrimas ahora serán alimento para mis actos. No tendrá sentido tu llanto, porque en el mundo exterior serás sólo una masa inerte, inmóvil ante todos los que te vean. Cuando tengas momentos de lucidez —que de antemano te digo: serán pocos— no recordarás nada. Verás el mundo mediante la confusión de no saber si estás despierta o dormida. Querrás morir cuando estés dentro de este umbral. Porque todo lo que intenten en el exterior sólo funcionará para una cosa: alimentar mis ganas de seguir poseyéndote.   
Su voz del espectro era como la de un hombre con voz aguardentosa, profunda, casi animal. Podía sentir su aliento estrellándose en su cara, que era fétido y tibio.
—Algún día me hartaré de ti. Y tu cuerpo morirá. Lo único que ganaré de todo esto será llevarme tu alma. No hay otra cosa que me gustase más que eso. 
— ¿Por qué mi alma?
El espectro se hizo hacia atrás y expuso una sonrisa lánguida y espeluznante. La sangre le recorría los labios y le dejaba una estela al seguir bajando por su barbilla. Sacó la lengua y la recorrió por su labio inferior, saboreándose mientras la veía.
—En lo que ustedes conocen como el infierno — empezó diciendo—, llevamos a las almas de los enjuiciados; las almas de los desdichados que fueron arrebatados de la mano de Dios — esgrimió una sonrisa de oreja a oreja al decir eso. Los explotamos y los hacemos creer que no hay alguien que los pueda esperar en el “paraíso”, todo esto a base de un sacrificio al que podemos poner en similitud con la vida que llevan cotidianamente. Pero no todo es malo en el infierno. No, claro que no. A las almas que oponen menos resistencia al cambio pasan a un estado en el que no hay tanto dolor, un estado en el que pueden ser un poco libres, viviendo en el mismo infierno.
Dalia pensaba que lo que estaba pasando en realidad era un sueño. Siempre había pensado que el cielo y el infierno eran sólo leyendas, mitos para atemorizar a la humanidad acerca de lo que estaba bien y lo que estaba mal, algo así como un examen de consciencia a nivel espiritual. Pero ahora, si todo esto no resultaba ser un sueño, todo lo que ella creía se había quebrantado.
— ¿Por qué yo? —Dijo Dalia esgrimiendo un rictus de temor.
—Siempre las almas reprimidas y débiles como la tuya representan un claro ejemplo de la debilidad humana; la obra maestra de Dios. Y sólo buscamos hacerle ver aquel omnipotente ser que no es tan poderoso como todos piensan. Tomamos sus almas y las hacemos fuertes, invencibles, y con esto demostramos lo benefactor que se puede ser de una forma poco ortodoxa. Los demonios como yo somos recolectores de almas, vemos y observamos la vida de los hombres en busca de prospectos.    
Dalia lo miró con desilusión. De cierta forma estaba completamente atrapada. Estaba en un umbral donde no definía qué era real y qué no. Podría estar haciendo algo en su sueño, pero también poder hacer otras cosas sin siquiera darse cuenta en la realidad.
Miró con temor y tristeza el rostro de aquel espectro y descubrió que él sabía de antemano de lo que hablaba. Tendría que resignarse a ser lo que él quisiese que fuera. Probablemente morir era algo inminente.
En ese mismo umbral, como si fueran voces que se perdían en medio de la nada, escuchó la voz de su madre resonar en los muros de esa casa falsa, la cual sollozaba su nombre en medio de su llanto.
—Levántate — le ordenó.
Ella se fue levantando sin decir nada, obedeciendo a sus indicaciones cual si fuera su propia voluntad. Siguió al espectro hasta su habitación y se recostó en su cama tal y como se lo indicó. Mantuvo la cabeza agachada y, como si fuera arte de magia, notó que lo que estaba a su alrededor se estaba esclareciendo, parecía que había salido el sol sin siquiera dar paso al alba. Fue un esclarecimiento repentino, súbito. Dio un par de convulsiones y comenzó a alzar su cabeza. Vio a su alrededor a su madre, la cual lloraba y esgrimía una sonrisa al verla volver en sí. Dalia, con los ojos cansados y apenas abiertos, comenzó a girar la cabeza; estaban también su hermana y su padre. Éste último tenía un rasguño enorme en la parte del cuello que le llegaba hasta el pecho, era una herida que estaba prácticamente cerrada, pero que se notaba que en su momento había sido una herida profunda.
— ¡Gracias a Dios que has despertado! —exclamó su madre. Su padre esbozó una media sonrisa.
Su hermana la vio con cierta desconfianza. Dalia trató de extender su mano hacia la de su hermana que estaba a los pies de la cama. Inmediatamente su hermana se alejó de la cama y se recargó en la silla en la cual estaba sentada.
— ¿Qué tienes? —preguntó Dalia.
Miró a su madre y ésta bajó la mirada. Su padre se levantó de la cama y se detuvo enfrente del ventanal de la habitación.
— ¿Qué sucede? —insistió.
Su madre suspiró.
— ¿De verdad no recuerdas nada?
Ella meneó la cabeza en señal de negación.
—Apenas hoy en la madrugada —dijo su madre— escuchamos ruidos que venían de la sala. Inmediatamente tu padre fue a ver qué era lo que estaba ocurriendo. La alfombra del pasillo estaba repleta de una sustancia viscosa, olía a quemado. Así que abrió tu cuarto y observo que no estabas en la habitación. Entonces vio que el espejo de tu habitación estaba hecho añicos —Dalia volteó a ver el espejo que en efecto estaba completamente roto—. En ese momento me gritó y fui a alcanzarlo. Me espanté al ver el líquido regado por todo el suelo. Pero lo más alarmante fue que uno de los cristales quebrados tenía algo parecido a la sangre, era algo casi negro en su totalidad. Me puse nerviosa y pasé a revisar el cuarto mientras tu padre iba abajo a ver si te encontrabas ahí. Tu hermana salió del cuarto contiguo y me miró desconcertada. Me preguntó por ti. Hasta ese momento, pensamos que alguien había entrado en la casa y te había hecho daño. Tu hermana fue hasta el armario y saco un bate para estar prevenidas por cualquier cosa. En ese momento tu papá comenzó a gritar desde la planta baja, así que corrimos hasta allí y observamos que estabas tendida en el piso, convulsionándote. Pensamos en tomarte en brazos y llevarte a tu cuarto. Pero cuando tu padre se acercó, tu cuerpo se tensó por completo, como si fueras un tronco.
Su madre comenzó a llorar, por lo que su hija fue a abrazarla.
—Y lo que pasó después no sé si lo pueda describir —prosiguió ahora su padre, retomando la conversación que había dejado inconclusa la madre de Dalia—. Después que estiraste tu cuerpo repentinamente como si estuvieses amarrada, tu cuerpo, sin ninguna forma posible aparente, se deslizó hasta la pared del fondo. No obstante con dejarnos atónitos a los tres, lo que siguió fue más que escalofriante y sorprendente a la vez: lentamente tu cuerpo se fue acomodando y levantando solo, sin que nada te tocara, y, como si estuviese pegado a la pared, se empezó a deslizar hacia arriba, ascendiendo por el muro. De pronto, tu tronco comenzó a girar, a la vez que tus brazos se iban separando de tu cuerpo y manteniendo una posición extendida. Tus pies giraron hasta quedar apuntando al techo y tu cabeza hacia el suelo. Tus ojos contemplaban un vacío atrás de nosotros, mientras iban adquiriendo una tonalidad grisácea. Tu cuerpo se comenzó a arquear, ahí mismo, suspendida, de pies y manos, en la pared. Justo como si fuera un crucifijo invertido —la voz de su padre se iba quebrando, se aclaró la garganta y prosiguió—: Después traté de acercarme. Pensé que podía acercarme a ti, pero en cuanto estuve lo suficientemente cerca, tus manos, repentinamente, me tomaron por el cuello, estrujándome con una fuerza anormal y que no correspondía a tu cuerpo. Gruñiste como un animal. Forcejeé contigo tratando de zafarme, pero no podía. Tus uñas se encajaron en mi cuello y fue tanta la fuerza que empleé que mi piel se comenzó a desgarrar hasta que por fin me pude zafar.
Dalia quedó estupefacta. Miró a todos con una mirada de arrepentimiento y se inclinó hacia atrás.
—Posteriormente a eso caíste al suelo, desmayada. Caíste como una roca sobre tu espalda —repuso su madre—. Te levantamos y te trajimos aquí, entre los tres. Y desde ese entonces no habías despertado del todo. Haz tenido alucinaciones, como si no estuvieras aquí. Por momentos tus manos se dirigían hacia tu cara con la intención de rasguñarte a ti misma. Tratamos de detenerte, pero lo único que conseguíamos son estos rasguños que tú nos dabas —su madre se descubrió uno de sus brazos dejando ver unos largos arañazos que concluían en un hundimiento de uñas en la carne viva.
Su familia salió de la habitación después que ella terminara por dormirse.
Fueron meses delirantes. Los constantes sucesos fueron incrementando de intensidad. Fueron desde contantes movilizaciones de objetos que, por toda la casa, salían disparados como proyectiles. Algunos lograron dar en el blanco dañando con esto a la familia. Su padre llegó a ser agredido con herramientas, con cuchillos, al igual que su madre; la cual fue encontrada en una ocasión en la cocina, sangrando profusamente de una mano, debido a que un cuchillo cayó de la alacena, cuando no había ninguna razón para que éste cuchillo estuviese en ese lugar. Su hermana cayó varias veces de la escalera estando sonámbula, acto que nunca antes había padecido, y se lesionó varias veces las manos tratando de luchar por lo que ella decía que era un espectro queriéndole hacer daño.
Una noche, mientras que Dalia se encontraba en su habitación, sola, comenzó a sentir como si alguien reptara por su cuerpo. Era una sensación parecida a la que se tiene cuando un arácnido va subiendo por las extremidades. Su respiración se fue agitando y comenzó a sentir cómo se endurecían sus músculos y sus nervios iban adquiriendo una rigidez absoluta. Para cuando consiguió abrir los ojos, ya no podía mover su cuerpo. Le tomó por sorpresa sentir cómo unas uñas se le encajaban en sus piernas, tuvo la impresión de que se trataba de algo parecido a unas garras por la forma en que la tomaba en toda la circunferencia de sus extremidades. Alcanzaba a percibir un olor fétido acompañado de una sensación de un ligero aire que se estrellaba en sus muslos. Abrió la boca, no porque ella quisiera, sino porque algo la estaba haciendo perder el control de todo su cuerpo. Cerró los ojos con desesperación y sintió como una mano le apretaba la garganta.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba en el umbral de sus sueños, volteando hacia abajo, mirando desde el techo su habitación y suspendida en el aire.
—Esto es lo que se siente cuando la gente muere —le susurró al oído el espectro mientras sacaba una larga lengua y la miraba con satisfacción—, esa sensación de falta de aire, de inmolar parte por parte cada sección de tu cuerpo es lo que me hace sentir mejor. Este es el placer que buscamos los demonios. Esa sensación es la que nos hace sentir vivos, debido a que la gente, en ese momento, suelta la mayor cantidad de energía que en toda su vida puede soltar, no importando edades. Siempre es así. 
Las manos del espectro se hicieron visibles al igual que su cuerpo. Tenía el aspecto de un hombre extremadamente delgado, con unos enormes cuernos que le colgaban de cada lado de su cara. De su cabeza, se observaban unos cabellos enroscados en gruesos cordones que terminaban en unas calaveras, posiblemente de marfil. Poseía cuatro brazos; dos del lado derecho y dos del lado izquierdo. Sus brazos parecían salir paralelos de cada uno de sus hombros huesudos. La piel era extremadamente reseca y parecía caérsele como escamas. Tenía un aparente casco que se le confundía con el color de su piel, la cual aparentaba ser de un color oscuro, posiblemente café, y en la parte posterior de su cuerpo, donde Dalia suponía que deberían de estar sus omóplatos, sobresalían unas alas que parecían haber estado en algún momento pobladas de plumas. Estas alas tenían movimientos independientes por lo que eran otras extremidades aparte de las que ya tenía. Su cuerpo terminaba en unas piernas largar y huesudas, y parecía tener patas en lugar de pies.
—Esta es mi forma original —dijo—, me presentó. Este día fue la última vez que estarás con vida. Como podrás imaginarte, ya no me sirves. Tu aspecto decrépito ya no place. He absorbido toda tu voluntad, estás en el punto en el que no quisieras seguir viviendo y he demostrado que tu condición no depende más que del tiempo en el que tu cuerpo tarde en sucumbir ante la muerte. Vivirás sólo un poco más, sólo lo suficiente. 
Dalia se le quedó mirando.
—Mi nombre es Astaroth. Hasta nunca, estimada Dalia.

Fueron pocos días más en los que Dalia tardó en sucumbir ante la muerte después que se sintiera tan débil y que las ganas de morir terminaran por ganarle y sumirla en un delirio inminente. Sus piernas y sus brazos se adelgazaron tanto que tenían el aspecto de unas ramas de un árbol. Su cara prácticamente se había desprovisto de facciones. Los pocos días en que tardó en morir, no ingirió alimento alguno, se puede decir que murió por el descuido y la falta de alimento. Su familia se mantuvo con ella hasta el final, creyendo que, de alguna manera ella se salvaría, yendo contra todo pronóstico.
Le vieron médicos, que lo único que le hacían era ponerle sueros debido a que no encontraban una razón lógica para su estado. Incluso el psicólogo que la visitó se quedó sin argumentos al ver cómo sus conversaciones no llegaban lejos, quizá a un saludo y nada más. Su madre, con el afán de descartar todas las posibilidades, llamó a un sacerdote y éste puntualizó, por todo lo que le habían descrito los familiares de Dalia que pasó en la primera noche, que se trataba de una posible posesión.
Su madre le dio al sacerdote un diario que Dalia llenaba, en el cual había dejado de escribir desde que empezaron los sucesos, pero que en la última página había escrito sólo una única palabra. Y ésta era: «Astaroth».
El sacerdote les comentó, sin hacer preguntas, que, en efecto, se trataba posesión diabólica, que Astaroth pertenece a las más altas jerarquías del infierno, que se encuentra en el mismo lugar que Lucifer y Belcebú, que es tan poderoso como ellos y que es un maestro para dominar a las personas, pues, se cree, que goza de hacerlo y lo hace con mucha regularidad haciendo que sus víctimas mueran solas e, incluso, le rueguen a él para que las mate con tal de no sentir más dolor.
  El párroco les dijo que el demonio ya había abandonado el cuerpo de Dalia, que eso lo podía ver por su reacción ante artículos de procedencia religiosa y que no había nada más que hacer más que esperar el cruel momento de su muerte.

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RELATOS DE TERRO Y SUSPENSO
Todos los derechos reservados
Héctor Almanza Chávez ©

miércoles, 24 de mayo de 2017

Relato 9 - Las Lágrimas de Mamá





Las lágrimas de Mamá



L
ucía pertenecía a una familia acomodada. Su habitación tan solo medía lo de dos recámaras normales y su baño personal era habitáculo montado con una tina enorme donde, a su reducido tamaño, podía simular que nadaba si así lo quería. Su vida, parecía lo más normal posible, siempre en compañía de su madre, que le cuidaba y le explicaba cómo era la vida desde un punto de vista más experto. Sus conceptos le agradaban a Lucía, quién le gustaba escuchar las descripciones que le daba su madre acerca de todo tipo de dudas y cuestionamientos que ella tuviera.
El padre de Lucía era un hombre muy honrado en la sociedad. Bueno con los negocios y sabedor de su capacidad para manejar a la gente con sólo una mirada. Un hombre, en muchas ocasiones, frío, imponente, pero muy convincente e inteligente. Pero toda esa situación lo alejaba de Lucía. Él sólo se dedicaba a llenar las necesidades capitales de su familia, las necesidades afectivas y morales eran responsabilidad de la madre de Lucía. Muy conforme a la cotidianidad que se vive en provincia, lugar donde habían nacido sus padres y donde había nacido, y crecido ella.
Su vida transcurría, tranquilamente, a lado de su madre, quien era, aparte de su compañía diaria, su amiga inseparable. Su familia nunca tuvo la necesidad de imponerle una nana o una nodriza para su educación. Todo lo hacía su madre. Ella le enseño lo principal de la vida; hablar, leer, escribir. Cosas tan básicas y sencillas, que para otras personas pudieran ser insignificantes, pero que para ella eran cosas indispensables. El valor de sus enseñanzas era, por demás, algo inigualable.
Una noche, arropada ya entre sus sábanas blancas y sus muchos muñecos de felpa que decoraban su dormitorio, Lucía pensó ver sombras que surcaban el cielo, en el exterior de la ventana de su habitación. Levantó la mirada y observó que una eminente lluvia eléctrica se avecinaba y comenzaba a azotar su ventana. No le fue fácil incorporarse de su cama, por lo que decidió cubrirse todo el cuerpo con las sábanas y dejar un pequeño orificio por donde ver la ventana. Asustada, comenzó a gimotear mientras trataba de patalear para cubrirse los pies. Sintió un frío recorrerle la espina dorsal y pensó que era momento de gritar.
—¡Mamá! —gritó.
Escuchó un silbido del aire en la ventana. Un hálito le tocó la nuca y se sintió cobijada por una pesada desesperación, fue como si, de pronto, tuviera una insoportable claustrofobia tendida en su espalda, recargando todo su peso como un animal muerto. Sintió que su pequeña mandíbula se paralizaba por la sensación de impotencia. Siguió llamándole a su madre, quien aún no había acudido a su auxilio.
De pronto, una luz, proveniente de la puerta, se encendió. En ese preciso momento el ambiente a su alrededor cambió por completo, el aire se aligeró y, de la nada, la humedad que sentía en su cuerpo se evaporó. Escuchó la voz de su madre y se levantó de golpe de su cama.
—Mamá —lloriqueó lanzándose a los brazos de su madre —, no te vayas de mi lado.
—¿Qué pasó, hija? —dijo su madre contemplando con serenidad la conducta explosiva de su hija.
Lucía se sumió en el pecho de su madre, como un pequeño bebé buscando  protección.
—Algo estaba aquí —dijo con una sonido que se perdía entre las ropas de dormir de su madre.
— ¿Pero qué?— dijo su madre en tono tranquilizador— ¿Aquí no hay nada? Posiblemente estabas soñando. Muy a menudo los niños de tu edad tienen pesadillas; malos sueños que nos inquietan y terminan despertándonos. Pero nada es real, los fantasmas no existen, no al menos como queremos verlos.
— ¿Entonces qué fue lo que estaba en la ventana? —dijo Lucía con voz chiqueada.
—Un sueño; un feo y horrible sueño.
Lucia se tomó asiento en el regazo de su madre.
—Prométeme que siempre me cuidarás, que nunca me dejarás sola, que nunca te irás de mi lado.
Lucía quedó esperando una respuesta, pero en su lugar, su madre le contestó con una sonrisa y la abrazó.
                                      
Años después su madre murió a causa de una deteriorable enfermedad. Sus órganos se iban debilitando de forma que su estado se veía cada vez más desalentador. El verla, para Lucía, en los años en que duró su padecimiento, fue algo terrible de asimilar. No concebía el estado de su madre. Pero llegó a pensar, por momentos, que algún día ella se levantaría y daría más esfuerzo a su recuperación. Pero el tiempo la fue decepcionando. La recuperación de su madre nunca sucedió, y así se fueron borrando las esperanzas que tenía puestas en ella. Podía decir que cada día que pasaba la veía muriendo poco a poco. Una agonía tan desesperante como lenta, tanto que, por momentos, pedía en sus oraciones nocturnas que le ayudaran o que se llevaran a perder a su madre.
Su fé decayó. Llegó hasta circunstancias de creer que no había ninguna deidad, que sus plegarias estaban lejos de ser escuchadas y que sólo eran palabras vacías, sin ningún receptor posible. Polvo que flotaba en el ambiente. Hubo una buena noche en que pensó que no tendría por qué hacerlo más, simplemente dejó de hacer lo que religiosamente hacía por las noches, antes de acostarse. Cambió la religión por las lágrimas. Cambió los rezos por los hechos, se convenció de que si quería algo benévolo para su madre, lo tenía que hacer ella antes de esperar algo caído del cielo.
Esto la hizo obtener una actitud más autosuficiente. Pensar de una forma en que no necesitaba nada de nadie, ni siquiera de su padre. Todo lo obtendría por sus propios medios.
Pero llegó un día en que su madre enfermó, y, entre tosidos y una respiración rasposa, su madre sucumbió ante la muerte, no sin antes despedirse de ella.
—No cambies, hija —le estaba diciendo con voz espasmódica—. Sigue siendo tú, toda tu vida
—No —le contestó Lucía entre las lágrimas que recorrían su rostro humedeciendo su piel para después dejarla agrietada cuando éstas se secaran.
—No quiero que te aísles. No quiero que te esfuerces en comprender por qué me voy.
Lucía trató de callar la voz de su madre estirando su mano hacia su cara. Acarició la mejilla de su madre, la cual estaba completamente reseca a falta de la humectación ahora inexistente de su piel. Pero para ella no era piel reseca, era un lienzo donde se había plasmado una gran historia, una gran imagen.
Motivada por la sensación de afección, se inclinó hacia enfrente y beso la frente de su madre como nunca lo había hecho, conservó la mirada fija en su cabecera de madera. Abrazó a su madre, quien decía entre balbuceos:
—No te dejaré jamás.
Las dos respiraron al mismo tiempo, y mientras Lucía iba sintiendo cómo sus pulmones se llenaban del aire viciado de la habitación, su madre sentía cómo el tiempo se detenía,  la vista se le nublaba y la vida se le escapaba cuando exhalaba su última bocanada de aire.
No fue necesario que Lucía le dirigiera una última mirada a su madre, sintió lo que le pasaba al percibir que el cuerpo de su madre caía por completo y sin resistencia en sus brazos. Comenzó a llorar, pero no de una forma desesperada, sino, más bien, sabiendo, con tristeza, que se había despedido de su madre y que había sido la despedida más larga de su vida. Pensó que no cabía duda que la muerte es algo inminente, pero algo más inminente y doloroso aún, es empezar a extrañar a la persona con la cual has pasado gran parte de tu vida. Le sobrevino un sentimiento que le hizo gesticular una cara de dolor. Y se cubrió el rostro, no sin antes dejar el cuerpo de su madre reposar completamente sobre su almohada.
Hasta ese momento eran sólo ella y su madre, no había reparado en la servidumbre, que estaba en la entrada de la habitación, mirando todo lo acontecido, como estatuas observando pacientemente la rutina de la gente.

Después de eso no hubo mucho qué contar. Su vida se fue apagando y perdiendo el fulgor del que antes gozaba. No hubo más niñez. Aunque era todavía una adolescente, había perdido esa candidez y esa luz característica de los jóvenes.
A la edad de veinte años, tomó la decisión de ir a vivir a las cercanías de la ciudad. Un lugar que no estuviera tan cerca, pero tampoco tan lejos.
Por supuesto, no contó con la aprobación de su padre. Pero, a ciencia cierta, tampoco esperaba tenerla. Su padre siempre fue un hombre recto, alejado de la idea de que una mujer sobresaliera por encima de un hombre. En el pensamiento de su padre siempre había figurado el poder, el control. No había cabida para pensar en que su única hija sobresaliera. A decir verdad, lo único que esperaría al lado de su padre sería que algún día él le solucionara la vida, haciéndola casar con un hombre viejo y rico de la zona. Pero eso no era lo que ella quería para su vida. Ella tenía una perspectiva muy diferente de lo que quería y estaba dispuesta, sino era a conseguirlo, por lo menos a intentarlo.
El día en que salió de casa no hubo nadie, ni un alma, que la despidiera. Todos estaban amenazados por su padre de que si hacían algo por ella, los despediría y no volverían a conseguir trabajo en ninguna hacienda de la zona. El personal de la casa la observó desde las ventanas.
La ciudad no llegó a ser lo que ella esperaba. La gente de la ciudad era muy distinta a lo que ella estaba acostumbrada. Muchas veces llegó a pensar en dar la vuelta y regresar a casa, pero en todas las ocasiones se contuvo de hacerlo.
Ocasionalmente le llegaba el recuerdo de su madre, principalmente por las noches, que era en los momentos donde sentía una gran soledad. En medio de sus pensamientos reinaba una nube añoranza. Pensaba que lo único que le faltaba para ser feliz era la presencia de su madre. Pero, ya cuando se dormía, su sueño era tan pesado y realista que le hacía sentir la presencia de su madre acariciándole el cabello y las mejillas. Esa sensación le hacía remontarse en el tiempo y le hacía sentirse como una pequeña niña.
Recordaba la historia que de niña le contaba su madre. Según era una leyenda del lugar donde vivían.
Le decía que una mujer había hecho un pacto con una anciana para que salvara la vida de su hija que había enfermado en los primeros meses de nacida, pues los médicos no habían podido hacer gran cosa, y por eso le habían dicho que espera lo peor. La mujer, al ver que nada tenía un resultado positivo, y con la desesperación exhibida en el rostro, buscó una alternativa que hiciera desaparecer la extraña enfermedad de su hija. Entonces, supo de la anciana, que era de esas mujeres que se dedicaban a hacer unas especies de conjuros y aliviar males de una forma muy poco ortodoxa. Llevó a su hija con la última esperanza que tenía a su alcance. Su hija aparentaba ser una pequeña muñeca de porcelana poseedora de una expresión de asfixia. Incluso la anciana se asustó al ver el aspecto de la niña, retrocediendo un paso hacia atrás.
La anciana, en primera instancia, argumentó que no podía hacer nada por la niña, que lo sentía mucho, pero que no era la persona indicada para ayudarle. La madre, al ver que la anciana no le daba la cara y que todo el tiempo miraba hacia otro lado que no fuera ella, la siguió y la instó a que le dijera por qué tenía ese tipo de conducta, que tenía que ayudarles ya que auguraba que ella sabía qué mal aquejaba a su hija. Fue una discusión de varios minutos. La niña se debilitaba a cada momento y la mujer, con su criatura en brazos, se le hincó a la anciana para implorarle que les ayudara. La anciana la miró con nerviosismo y, sin poder hacerle caso a la voz de su interior que le decía que no hiciera, tomó al bebé en brazos y se dirigió hacia una mesa que estaba repleta de cosas, y, de un manotazo, las removió tirándolas al suelo sin ningún detenimiento. Descubrió al bebé de sus vestiduras. La madre observaba desde un rincón, viendo todo el acto, con los ojos abundados en lágrimas. De pronto, comenzó a flotar en el ambiente un aroma agrio, era como si de la piel de la niña se produjera el aroma que se quedaba precisamente en la nariz de quién lo oliera. La madre esgrimió un gesto de preocupación. Tuvo la intención de acercarse, pero la voz de la anciana la detuvo, obligándola a retroceder.
La anciana le advirtió a la mujer que, por ningún motivo, viera lo que viera, no se acercara. El olor agrio del ambiente fue mutando a algo parecido al petricor. La anciana se descubrió los brazos, desde las manos hasta los codos. La mujer anciana buscó algo en el suelo, lo que buscaba era un cuchillo. Rápidamente lo ubicó y se agachó a recogerlo.
La madre del bebé suspiró de preocupación al momento de ver que la anciana esgrimía el cuchillo enfrente de su hija. Violando las indicaciones de la anciana, la mujer se fue acercando con la intención de detener a la anciana si sus intenciones eran enterrar el cuchillo en su hija. Lo que vio hacer a la anciana la hizo recular. La anciana había utilizado el cuchillo para abrir su antebrazo izquierdo y que su carne quedara expuesta. La forma en que lo hizo fue dolorosa tanto para ella como para la madre del bebé que la estaba viendo. Inmediatamente, desde la herida, brotó la sangre. La anciana miró antes a la madre y le indicó que aguardara, que no se acercara. En ésta ocasión la madre respetó con mucho asombro lo que le indicó la anciana.
La anciana comenzó a salpicar al bebé con la sangre que brotaba de su herida. La madre miraba, confundida, la acción con las manos en la boca. El bebé comenzó a llorar con fuerza. Lloraba como si tuviera dolor al hacerlo. Parecía desesperado. La sangre, al contacto con la piel del bebé, comenzaba a evaporarse y dejando manchas rojizas en el cuerpo desnudo del bebé. Sorprendentemente, se veía que el tono de piel del bebé se iba recuperando conforme la sangre de la anciana lo bañaba. El cuerpo del bebé se iba cubriendo de los residuos de la sangre de la anciana; los pies, las piernas, el estómago, los brazos, las manos. Todo su cuerpo estaba cubierto de sangre. Al llegar al pecho, la anciana se detuvo. Miró detenidamente al bebé, el cual no cesaba de llorar. Entonces, la anciana hizo fuerza en su brazo herido apretando el puño. Llevó el corte de su antebrazo hacia la cara del bebé y éste comenzó a berrear de forma incontrolada. La madre se quedó sin aliento y aterrada. La sangre de la anciana comenzó a salpicar el interior de la boca del bebé. Se escucharon estallidos desde interior del pecho del bebé.
La anciana se terminó por desvanecer, se derrumbó hacia un costado. La mujer corrió primero a ver a su hija, quien había, sorpresivamente, dejado de llorar y había recuperado el tono normal de su piel, por lo menos se veía donde no estaba cubierta de sangre.
La anciana, que estaba tirada en el suelo, comenzó a hablar, argumentando que la niña se salvaría, que viviría hasta que fuese una mujer. Mencionó que ella dio su vida por su hija, por medio de un rito de sangre, que debía mantenerla a salvo y que estaría bien hasta la edad madura. Después de ese tiempo, el rito se rompería. Le explicó que lo que tenía su hija no era una enfermedad, que era una maldición hecha por aquellas personas que odiaban al padre de la criatura. Estas mismas personas, al verse humilladas y al ser víctimas de la autoridad del padre de la niña, buscaron saldar su cuenta mediante un demonio que vería satisfecho, únicamente, con la muerte de lo que el hombre más deseaba; su hija. Y que cuando la niña cumpliera los veinticinco años, el demonio volvería para cumplir lo que la gente que odiaba al padre deseaba; ver sufrir a ese hombre poderoso que les había arruinado la vida.

Casualmente, Lucía cumplía veinticinco años. Pero no sentía ninguna relación con lo que le contaba su madre acerca de esa leyenda pueblerina que rondaba. A ciencia cierta, tenía muchas ganas de cumplir los veinticinco años. Esto significaría, pensaba ella, un parte aguas en su vida, creía que con la edad las cosas iban obteniendo un sentido particular.
La noche de su cumpleaños sólo invitó a su mejor y única amiga, Cecilia, que trabajaba con ella y vivía en el edificio de enfrente. Una chica de buena familia, responsable y de noble educación. Era la única persona que había conocido con sinceridad en su comportamiento, la demás sólo se acercaba a ella pretendiendo obtener algo más de su persona. Cecilia era el tipo de persona susceptible a cosas, por decirlo así, extrañas. Pero era del tipo de persona que por más asustadiza que fuera no dejaba de ver, por morbo, películas y leer libros de terror. Era una chica ocurrente, intrépida, y, en muchas ocasiones, pensaba Lucía, que quería hacerla a su semejanza. Cecilia criticaba muy a menudo lo mojigata que solía ser Lucía, pensaba que por haber tenido relaciones ya con algunos hombres le había despertado algo en su interior, y eso le hacía diferente, en cierto sentido, a las mujeres que no habían tenido un acercamiento íntimo con un hombre. Esa noche Cecilia había ido acompañada por un hombre, un joven que había conocido hace apenas unas noches atrás. Los dos, repentinamente y después de una breve conversación, habían terminado en la misma cama. Y después de eso pensaban que habían nacido para conocerse. Su nombre era Yeudiel.
—Es un nombre de origen hebreo —decía Yeudiel mientras estaba sentado a la mesa de Lucía. Repentinamente miraba a Lucía con una mirada tranquila, con un gesto discreto y pretencioso—. Vengo de ascendencia Judía.
—Nunca antes lo había escuchado —puntualizó Lucía.
—Es un nombre bíblico —continuó diciendo Yeudiel—, no viene explícito como tal en la biblia, pero es uno de los siete arcángeles, junto a Miguel, Gabriel y Rafael.
Cecilia sólo miró a Lucía con las cejas arqueadas. Estaba fascinada con su nueva conquista. Se le notaba en la mirada que tenía ganas de hacer algo atrevido pero se contenía cada vez que miraba a Lucía.
En ese momento, Lucía recibió una llamada inesperada. Era un joven, Eduardo, que le llamaba simplemente para felicitarla. Eduardo era un tipo muy atento con Lucía, sólo que ella encontraba algo extraño en él, por eso prefería mantenerlo al margen de su vida personal. Lucía se levantó de la mesa y fue a contestar hasta su recamara. Ciertamente ya había terminado de cenar, lo que hacían en la mesa era sólo una conversación. Eduardo se extendió un poco en su discurso de felicitación a Lucía. Ella sentía que debía colgar ya, pues no era de muy buena educación dejar a sus invitados solos en su departamento. Así que no le dio largar y, tan pronto como pudo, orilló a Eduardo a que se despidiera dándole esperanza de poderse ver al otro día, por la tarde. Cuando colgó, puso atención a los ruidos que venían del final del pasillo. Parecía como si estuvieran moviendo los muebles. Se acercó a paso normal hasta el comedor. No estaban sus invitados. El sonido venía de la cocina, parecía como si movieran los cubiertos. Lucía se quedó con la boca abierta al ver que Cecilia se encontraba encaramada con Yeudiel dándose un abrazo sexual. Al percatarse de la presencia de Lucía, Cecilia y Yeudiel, se separaron. Cecilia, por su parte, se ruborizó, pero en el rostro de Yeudiel, no había ningún atisbo de pena. En cambio miraba a Lucía con una sonrisa se apenas se alcanzaba a percibir.
Cecilia se acodó su vestimenta.
—Lo siento, amiga —se disculpó apenada.
Salió de la cocina y tomó de la mano a Yeudiel para que la siguiera. Éste lo hizo pero sin quitarle la mirada a Lucía.
—Creo que nos vamos —continuó Cecilia.
Entonces avanzaron hacia la puerta. Cecilia tomó su abrigo del perchero, pero Yeudiel se le quedó mirando a Lucía, quien le pudo sostener la mirada por algunos momentos hasta que terminó por intimidarse.
Cerraron la puerta tras de sí y Lucía sintió un fuerte calor en el pecho. Estaba avergonzada, pero también intimidada por la mirada de ese sujeto. No podía creer que Cecilia pudiera llegar a hacer eso en una casa ajena. Llegó a la conclusión de que si ella no hubiese dejado la llamada con Eduardo, posiblemente hubieran llegado a más.
Trató de olvidar el suceso y dedicarse a levantar los platos y ordenar su casa. Pensó mucho en la mirada de aquel sujeto que acompañaba a Cecilia. No le gustaba en nada la actitud tan confianzuda que podía llegar a tener. Pero había algo que le cautivaba de ese tipo. Posiblemente la forma tan precisa en que sólo movía sus ojos para seguirla con la mirada. Esa media sonrisa que esgrimía cada vez que notaba que ella lo observaba. Pero, todo eso, a la vez, le daba desconfianza. Esperaba que pronto Cecilia se alejara de él, por su bien y por el bien de ella misma.
Durante un momento el recuerdo fue intransigente, tan persistente como una goma de mascar en el zapato. Terminó de levantar la mesa y se sintió acalorada. Pensó en la buena idea que sería tomar un baño a esa hora y descansar. De camino hacia la ducha, recordó que no había recibido llamada alguna de su padre. Últimamente ella no le hablaba mucho, pero tampoco era algo que le quitara el sueño. Pero pues tan sólo esperaba que se hubiera acordado de su cumpleaños.
Entró al baño y se despojó de su ropa. Dejó abrir la llave del agua caliente hasta que una nube de vapor cubriera por completo la visión que tenía del baño. Fue agradable la sensación que tuvo cuando comenzó a sentir cómo el vapor hacía contacto con su piel. Un suave escalofrío le recorrió desde la mitad de la espalda hasta la nuca. Limpió el vaho del espejo y se quitó la liga del cabello. Colgó la toalla del cancel divisorio y se paró enfrente del chorro de agua. Escuchó un sonido. Se asomó por el cancel. De momento pensó que el sonido se había escuchado lo suficientemente lejos y lo suficientemente cerca como para poder pensar que se había producido fuera de su casa, posiblemente en alguno de los demás departamentos. Le dejó de dar importancia mientras daba un paso hacia enfrente y dejaba que su cuerpo se humedeciera. La calidez del agua le sentó muy bien, exageradamente relajante. Mantuvo la respiración hasta poder asomar su cara hacia el exterior del chorro de agua. Ese primer respiro, al salir del agua, le hizo sentir tranquilidad. Exhaló el aire de sus pulmones con la misma parsimonia que empleaba para dormir.
Volvió a escuchar el mismo sonido que había escuchado cuando ingresó al baño, pero sólo que ésta vez era más cerca. Estaba segura que había sido el mismo sonido metálico, como si golpearan algo con desdén. Tomó la toalla con la intención de cubrirse el cuerpo. Se la puso alrededor y abrió de golpe el cancel. Casi resbala de la impresión de ver a Yeudiel posado en la puerta, recargado en la pared, con un aire despreocupado, como si fuera lo más normal del mundo y tamborileando con la mano derecha en el brazo izquierdo, cruzado de brazos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Lucía con desesperación.
—Pasé a dejar a tu amiga a unas cuantas calles de aquí —comenzó a decir sin quitar su postura. Subió la mirada y sus ojos se encontraron con los de Lucía— y recordé la forma en la que me mirabas. Parecías atraída. Quería tener este encuentro cercano contigo desde hacía mucho tiempo.
Su comentario la dejó sorprendida.
—¿Desde hace mucho tiempo? —preguntó Lucía con voz temblorosa. El agua de la regadera le seguía cayéndole en los pies. Acercó su mano a la llave para irla cerrando lentamente— si sólo conoces a Cecilia hace unos días.
Él giró la cabeza hacia donde no se encontraba ella. Su gesto era de elocuencia, muy forzada. Nada idéntico a como había sido al estar sentado en la mesa.
—Pero ¿crees que a ti te acabo de conocer?
La pregunta dejó a Lucía petrificada.
—Sal de aquí —le ordenó ella—, si no, comenzaré a gritar.
Yeudiel sonrió al escuchar esto.
—Hazlo —la conminó—. Yo no tengo ningún problema en que la gente escuche lo que pasa.
Lucía endureció el gesto y procuró que la toalla cubriera su cuerpo. Salió de la ducha y encaró a Yeudiel.
—¡Hazte a un lado! —levantó la voz
Yeudiel sólo levanto un poco el brazo para que ella pasara por debajo.
Mientras Lucía iba avanzando hacia su cuarto le dijo:
—Quiero que te vayas ahora mismo si no quieres que le hable a la policía.
Él produjo el sonido de una sonrisa burlona.
—¿Sabes? —le dijo Yeudiel. Con el sólo sonido de su voz, Lucía se detuvo— Hace algún tiempo escuché una leyenda del pueblo de dónde vienes. Era la historia de una mujer que, preocupada por el aspecto físico de su hija bebé, visita a una anciana que le practica un rito de sangre para postergar la deuda de muerte que la niña tenía.
Al escucharlo, Lucía se sintió algo confusa y quiso seguir escuchándolo, giró sobre sus tobillos para verlo de frente.
—¿Conoces esa historia? —preguntó.
—Claro —contestó él—, y también sé que dicha historia te la contaba con frecuencia tu madre.
Lucía lo miró de soslayo, con incredulidad.
—¿Cómo sabes eso?
Yeudiel comenzó a avanzar en dirección a ella. Al estar junto a ella, la ignoró, pasando de filo hacia la sala. Tomó asiento en uno de los sillones y cruzó las piernas. Tomó una postura de “¿ahora quién es la interesada?” con los brazos extendidos a lo largo del respaldo del sillón. Dejó ver su dentadura mediante una risita.
—¿Cómo lo sé? —Preguntó como si no hubiera escuchado la pregunta— Hay muchas cosas que no entenderías si te lo digo así como así. Posiblemente porque no has vivido lo necesario como para entenderlas, o posiblemente porque ningún hombre en la tierra ha sido lo suficientemente sabio para comprender lo que alguien como yo busca en este mundo.
—¿Alguien como tú? —Inquirió Lucía con impaciencia— ¿Y qué eres tú?
Yeudiel la miró ceñudo, le cambió el gesto. Lucía podría jurar que la persona que estaba enfrente de ella, sentada en uno de sus sillones, se trataba de alguien más. Alguien con la cara depravadamente maldita.
—¿Recuerdas que esa leyenda habla de un demonio? No era una leyenda, era tu propia historia de por qué estás aquí, con vida todavía—la voz de Yeudiel se volvió irrisoria
Lucía, con desconfianza y un poco de miedo en la cara, asintió.
—He venido por ti —Anunció Yeudiel.
Sus nervios se pusieron en estado de alerta y una tormenta de incertidumbre arrasó con su tranquilidad. Yeudiel parecía enardecido y se levantó de su asiento.
—¿Qué haces? ¿Por qué dices eso? —preguntó Lucía con voz temblorosa.
—Porque no habrá nada que me detenga. Puedo hacerte sufrir todo el tiempo que quiera. Puedo hacerte daño, poco a poco, sin que nadie pueda ayudarte, ya que esa puerta —señaló la puerta de entrada a su departamento— no se abrirá nunca mientras yo esté aquí. Eres completamente mía.
Lucía retrocedió unos pasos. Cotejó sus posibilidades de escapar de aquel loco. Pensó que tendría muy pocas debido a la forma en la que estaba vestida. Su mirada giró hacia atrás y poder ganar tiempo retrocediendo en dirección hacia su habitación. No lo pensó dos veces pero al momento de dar siquiera dos pasos, Yeudiel ya se encontraba cerrándole el paso en el otro costado, dando una prueba inverosímil de que no se trataba de un humano común y corriente. La forma en que lo hizo la dejó estupefacta y sólo pudo hacerse para atrás y tirarse, involuntariamente, al suelo.
Yeudiel la miraba fascinado, como un hambriento que ha tardado mucho tiempo en tener su platillo favorito frente él. Su mirada era similar a la de un depravado queriendo tomar algo que deseaba con exagerada ambición.
Lucía se arrastraba por el suelo tratando de alejarse aunque sea un palmo de distancia de él. No dejaba que la toalla se le escurriera por el cuerpo, eso la haría sentir más indefensa de lo que ya estaba. Giró su cuerpo, impulsando sus pies como un corredor que escucha el disparo de salida. Pero, repentinamente, sintió un fulminante dolor en el pie que tenía de apoyo y volvió a caer al suelo. Se golpeó en la cara, inmediatamente sentía un escozor recorriéndole la mejilla. Giró su torso para ver a Yeudiel parado. Él mantenía su pie encima del pie de ella. Le había aplicado un pisotón para paralizarla. Lucía se quejó dolorosamente e intentó quitarse el pie de Yeudiel de encima, pero pesaba demasiado, además de que él tenía la ventaja de estar calzado. Lucía chilló de dolor. Una parte del calzado de Yeudiel había conseguido raspar demasiado su piel que se alcanzaba a ver la carne.
—No forcejees más la voz de Yeudiel se había convertido en un susurro—, todo será inútil. ¿Por qué no mejor conservar la calma y morir con decencia? ¿Por qué la gente, al ver que no tiene escapatoria, y que están próximos a una inminente muerte, tratan de hacer hasta lo imposible por tratar de eludir a lo inevitable? Así como tu amiga Cecilia, que lloriqueó por su vida sin tener ningún honor. Si hubiera podido darle la oportunidad de hincarse y suplicar por su vida, lo hubiera hecho.
Yeudiel se inclinó hacia adelante, se acercó tanto, que quedó cara a cara con Lucía. Agitada. Adolorida. Y sin posibilidades. Sólo tuvo opción de mirar fijamente a Yeudiel a los ojos. Éstos estaban profundamente rojos, en lo que debía ser la pupila se encontraba un hueco oscuro como un abismo. Tan hondo que parecía perderse en la humanidad de Yeudiel. Por un momento se quedó paralizada, hipnotizada por aquel hueco en los ojos de Yeudiel. Parecía fascinada, como un niño tras haber visto un truco de magia que aún no conseguí entender. Los ojos de Yeudiel le proyectaron, en vivas imágenes, aquella historia que su madre le contaba y que Yeudiel afirmaba que era suya. En efecto, era su madre la que veía que llevaba a una criatura en brazos, completamente tapada. La imagen de la anciana cortándose los antebrazos le fue muy ajena. Fue hasta que el bebé, que estaba tendido en la mesa, ingirió la sangre de la anciana cuando obtuvo un sentido de propiedad en la historia. Reconoció los vagos lloriqueos del bebé y los identificó con su voz. Lágrimas brotaron de sus ojos. Al ver que la anciana moría por ella y al ver que su madre la sumía en su pecho como siempre lo había hecho.
Entonces, una voz perfectamente reconocible se dirigió a ella, como si estuviera a un costado, susurrándole.
«No te des por vencida, hija. Tienes que vivir. No es tu tiempo.»
La imagen de su madre, en su mente, comenzó a llorar. Sus lágrimas resplandecían como si fueran cristales cayendo muy lentamente reflejando la luz que se proyectaba desde alguna parte de su subconsciente. Fue entonces cuando todo se nubló, se oscureció como si hubieran cortado la luz eléctrica en una habitación que no tiene accesos de luz. Todo fue confusión, una perdida rápida de la consciencia.

Lucía sintió pegajosos los párpados, como si algún dulce se hubiera desecho y dejado una pequeña capa sobre sus ojos. Sintió el cálido aire de su casa, lo cual la hizo sentir un poco más tranquila. El aire entraba a su departamento desde su costado izquierdo. Era la ventana de la sala, la cual nunca se cerraba mientras ella estuviera en el interior de la casa. Se talló los ojos y se quitó la flojera que tenía del cuerpo. Estiró sus extremidades y comenzó a parpadear, a acostumbrarse a la luz matutina que entraba por la ventana. Vio el azul del cielo, que tenía un aspecto un poco nublado, como si, poco a poco, las nubes se estuvieran adueñando del tinte imperfecto del cielo.
Se sintió fatigada como si hubiese estado corriendo toda la noche. Hasta ese momento no se había percatado de que se había quedado dormida en la plenitud de su sala, desnuda, con una toalla cubriéndole el cuerpo. Bajó su pie y sintió el piso frío. Sus ojos lucían cansados. Adormilados. Quería volver a recostarse y dormir hasta tarde. Pero su celular, que estaba en la mesa de centro de la sala, comenzó a vibrar. Fue hasta él y activó la llamada.
—¿Si diga?
—¿Es usted la señorita Lucía Flores?—preguntó una voz masculina.
—Sí, soy yo.
Lucía se levantó de su lugar para quitarse el sueño que aún proyectaba en su cara.
—Señorita Lucía, soy el agente de la policía Miguel Zepeda. Lamento molestarla. Pero es urgente que venga al departamento de su amiga Cecilia Vasconcelos. Encontramos su número telefónico en los números frecuentes del celular de su amiga.
—¿Qué pasó? Dígame —lo apremió— ¿Ella está bien?
La voz del policía no contestó inmediatamente, haciendo que con su silenció se posara sobre ella una cubierta de incertidumbre.
—¿Qué pasó? —lo instó a hablar Lucía.
Un largo suspiro.
—Hemos encontrado a su amiga muerta en la habitación. Es algo horroroso y difícil de explicar por teléfono. Por favor, venga. Necesitamos hacerle unas preguntas.
—Claro. Voy para allá.
Inmediatamente colgó. Llevó el celular en su mano. Se percató de que estaba completamente desnuda al verse en el espejo de la sala. Se llevó las manos a la boca cuando vio que su pie derecho presentaba un enorme raspón en la parte del empeine. Con cara de confusión se dirigió hacia su habitación. El pasillo que daba a su cuarto estaba completamente oscuro. Encendió la luz del pasillo y se quedó sumamente sorprendida. Al final de pasillo, se encontraban unas ropas de hombre tiradas. Se acercó un poco. Le llegó una oleada de confusión al ver que eran un pantalón negro, unos zapatos de vestir y una camisa gris. Lo extraño era que parecían estar quemadas en el interior, en el exterior estaban intactas y alrededor de las ropas se veía el piso chamuscado.
Con desesperación, se le vinieron las imágenes a la mente de todo lo que había pasado la noche anterior con Yeudiel. Acompañadas, también, por las imágenes de él teniendo una combustión instantánea y cayendo al piso al mismo tiempo que se sacudía de dolor. Al final, le vino a la mente el recuerdo de su madre, que, al parecer, no se había alejado de ella en ningún momento.
Comprendió que todo lo que había pensado que era un extraño y aterrador sueño, en realidad había ocurrido.





Gracias, Mamá.

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