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jueves, 4 de mayo de 2017

Relato 8 - Subconsciente




H

Subconsciente



abía visto pasar los minutos en ese mismo andén todas las noches. Siempre acostumbraba caminar por ese mismo pasillo vacío, con el rostro cabizbajo mientras esperaba a que el convoy llegara. El silencio se adueñaba de todo lo que pasaba a mi alrededor. Nunca había prestado atención a lo que sucedía, hasta que subí esa noche al vagón. Estaba sobrecargado de pensamientos, estaba tan agotado que podía irme a dormir sin siquiera pensar en que hubiese comido algo en todo el día. Me senté en el compartimento de un solo asiento, no quería compartir con nadie el viaje. Miré a mis costados y sólo se encontraban dos personas a lo largo del vagón, lo suficientemente lejos como para no molestar.
Tras ver como el convoy se iba adentrando en el túnel y las lámparas parpadeaban en el interior del vagón, me fui durmiendo muy despacio. Escuchaba los sonidos a mis costados, el tren avanzando, el traqueteo sordo del vagón. Me sentí tan relajado, que me perdí en mi sueño. Sentía los movimientos típicos del viaje. Hasta que comencé a escuchar pasos acercándose hacia donde yo me encontraba. No conseguía despertarme, mi sueño había ganado y permanecía con los ojos cerrados. Había un hedor nauseabundo flotando en el aire combinado con un olor a sangre. Me moví incómodo en mi asiento. Trate, por lo menos, de centrar mi mirada, por detrás de mis párpados, y sentir cómo la claridad del exterior se reflejaba y me dejaba centellado cada vez que parpadeaban las luces. Los pasos se detuvieron a unos cuantos palmos de donde estaba. Yo, por mi parte, seguía batallando para despertar sin tener éxito. Para ese entonces me comenzaba a desesperar, ya que habían pasado algunos minutos más y sentía que ya habíamos pasado varias estaciones.


De pronto, una voz comenzó a anunciar que el tren dejaría de dar servicio. Me levante, todavía con una gran desesperación por que no conseguía abrir los ojos. Escuché las puertas cerrarse y comencé a gritar como un loco. Golpeé la primera ventana que encontré y traté de asomar mi cara por el hueco de la ventanilla.
Gritaba para que me escucharan, pero, al aparecer, a nadie le interesó. Sentí que el tren se movía, me tallé los ojos y, con dificultad, pude abrirlos muy poco. Observé que el tren se estaba moviendo, adentrándose al túnel. El tren fue desacelerando hasta quedarse en alto total. Las luces, gradualmente, comenzaron a parpadear hasta que el interior del vagón se quedó en penumbras. De inmediato, me dirigí a una de las puertas, tiré de la palanca de seguridad que estaba a un costado de la misma y las bocinas de audio comenzaron a emitir un leve zumbido. Pensé que de esa manera me harían caso, pero, de momento, no fue así. En su lugar, me quedé en silencio. Esperando a que me rescataran. Pero no había ningún otro sonido, mas que el zumbido de las bocinas del vagón y respiración. Me entró una gran desesperación que comencé a golpear las ventanas y los asientos. Quería salir de ahí a como diera lugar. Sentía que si me queda un minuto más en ese lugar me iba a sofocar e iba a terminar ahogado.
Me pedí conservar la calma, así que me senté en la última puerta del tren; la que utilizan los operadores para entrar en la cabina de control. Desde donde estaba, podía ver completamente a lo largo del vagón. Me quedé a la expectativa, pensando en que si el personal de la estación me había escuchado entonces tendrían que llegar en esa dirección.
Después de unos minutos de estar contemplando la oscuridad, observé que en el último vagón del tren, al otro extremo de donde yo me hallaba, se encendieron las luces. Pero el acto no fue general, las luces se comenzaron a encender por turnos, una por una, y de la misma forma en que se iban encendiendo, se iban a pagando. Era como si algo se estuviera acercando por medio de la luz de las lámparas. Primero fue a una velocidad lenta, pasiva, pero después comenzó a acelerar el ritmo con que se prendían y se apagaban las luces, hasta llegar al grado en que iban tan rápido que me levanté de mi lugar y me cubrí los ojos y la cara. Pero mayor fue mi sorpresa; el halo de luz de la lámpara se quedó estable justamente en el otro extremo del vagón en el que me encontraba. Sorprendentemente se había quedo ahí, estática ante mí. Incliné mi cara hacia enfrente esperando ver algo, como un ciego tratando de divisar a través de la profunda oscuridad de sus ojos. Me quedé boquiabierto.
De repente, la luz comenzó a titilar. La lámpara parecía querer fundirse y el halo de luz perdía intensidad.
Del mismo halo de luz, se fue formando una silueta, la cual se fue, poco a poco, opacando y adquiriendo una figura, al parecer, sólida. Parecía un ser una figura humanoide, y, conforme iba adquiriendo forma, yo me iba abrumando y pegándome más a la pared, como si quisiera traspasarla. El miedo se adueñó de mí y me quedé viendo únicamente la figura cómo iba tomando forma. Su cabeza se había formado en cuestión de segundos. Aquella imagen era la de un hombre calvo, de mirada pesada y ojos sumamente fruncidos. Comenzó a avanzar tranquilamente sin dejar de verme, su mirada parecía estrujarme y controlar lo que hacía. Su piel era de un tono blanquizco, casi lívido. Las arrugas estaban esparcidas por todo su rostro. Sus ojos estaban inyectados de sangre, se le veían como un montón de serpientes danzando alrededor de la pupila. Su mirada fría me hizo estremecer y mi miedo se sobresaltó al grado que me moví sin cuidado y choqué contra uno de los tubos. Mi mirada se cegó a instante y la luz se extinguió en mis ojos.
Caí al suelo. No supe nada más de mí hasta el otro día en que desperté debido a la gente que abordaba nuevamente el vagón del tren.
 Como un loco desubicado, salí empujando a la gente que se ponía a mi paso. Estaba atemorizado, con la imagen de aquél sujeto en la mente y sentía todavía el golpe que me había dado en la cabeza.
Obviamente llamé la atención de toda la gente que estaba en el andén, especialmente de la policía que vigilaba la estación, mismos que me detuvieron al ver el estado en el que me encontraba.
— ¿Nos acompaña, por favor? —me dijeron dos guardias de seguridad que vieron todo.
Me quedé callado y los seguí mientras me tomaban del brazo.
Me llevaron al interior de una sala, justo al lado de la oficina del jefe de estación. Parecía ser una especie de sala de monitoreo, dentro tenían unos monitores enormes, mismos que se dividían por secciones, y cada una proporcionaba una imagen en vivo de lo que ocurría por medio de las cámaras de vigilancia. Los dos guardias de seguridad salieron de la habitación En la sala no había ventanas, por lo que la habitación se mantenía alumbrada levente por la luminosidad de los monitores. Me obligaron a sentar en un cajón de madera que aguardaba en una de las esquinas de la habitación. Los guardias de seguridad me dejaron un momento a solas y pude observar el ir y venir de las personas afuera.
Me sentí incómodo ante el encierro, era como una especie de claustrofobia desarrollada a partir de lo que había pasado la noche anterior. Me removí incómodo en mi asiento pensando en que tenía que hacer algo para sosegar mi inquietud. Así que me levanté y recorrí la mirada por la sala.
En contra esquina de donde me encontraba, se situaba un archivero de cuatro pisos. Me acerqué simplemente con la intención de ver de cerca el nombre de la etiqueta que tenían en el lado frontal: la primera, de abajo para arriba, decía manifestaciones (tumultos), la siguiente era la etiqueta de demandas (robos, acosos, peleas). En la tercera no tenía ninguna etiqueta, pero pertenecía al apartado del cuarto piso del archivero en el cual se leía extraños. Me tomé la libertad de acercarme y el archivero de hasta arriba, pensé que podría regresar todo a su lugar a tiempo si escuchaba algún sonido procedente de la puerta. Era algo increíble. Los folders estaban repletos de archivos y fotos recabadas por cámaras de seguridad, en ellas se podían ver puntos fijos, con algunos luminiscentes que se alcanzaban a ver a simple vista, pero que tomaba mucho trabajo darle forma. Muchas fotos tenían horas de la madrugada, horarios en los que no había usuarios. Las luces estaban completamente apagadas en varias de las fotografías.
Seguía observando detenidamente los archivos. Extrañamente, me llamaron mucho la atención unas que estaban casi hasta el final del archivero. En ella se mostraba un rostro apenas visible al fondo de la imagen, como si se estuviera formándose. El rostro me pareció conocido. Coincidía con el sujeto que se me había aparecido la noche en el vagón. Me sentí desmayar. Tuve que dejar las fotos en su lugar y medio acomodadas para poderme sostenerme en píe. Cerré rápidamente el archivero y me miré en el reflejo de una pantalla apagada. Había empalidecido dramáticamente. Me sentí tan cansado y agitado que pensé que sería mejor me retirara a mi casa, no pretendía saber nada más de nadie, por lo menos ese día, pero, en el preciso momento en el que me iba acercando a la puerta, entró uno de los guardias de seguridad que me había llevado hasta ese lugar en compañía de otra persona; un tipo trajeado y de porte administrativo. El último, me miró fijamente de pies a cabeza. Yo me hice hacia atrás.
—Buenos días, Señor…—dejó la frase inconclusa esperando que le contestara. En cambio yo sólo contesté:
—¿Por qué me trajeron aquí?
—Tome asiento —dijo el hombre trajeado.
Lo obedecí y el tomo la otra silla que había en la sala.
—Soy el jefe de la estación —anunció—. He sabido que usted pasó la noche en uno de los vagones. ¿Es cierto?
Me eché hacia atrás.
—Sí —titubeé al contestar—. Pero simplemente fue un accidente. Yo venía del trabajo… me quedé dormido… y las puertas se cerraron. Jalé la palanca, pero nadie… —fui interrumpido.
—No nos interesa eso, señor —el hombre trajeado parecía estar hablando de otra cosa. Volteó a ver al guardia de seguridad que lo acompañaba y le hizo un ademán con la mano.
El guardia avanzó hacia los monitores. Tecleó unos caracteres y una de las pantallas se puso completamente en negro. La pantalla se dividió en cuatro partes. En la parte superior se leía la palabra “Andén 1”, la segunda era “Andén 2”, la tercera rezaba “Pasillo principal” y el cuarto era “Transborde”. La filmación del primer recuadro correspondía a la parte dónde yo iba caminando, solo, en el andén, en la estación donde había abordado el vagón. Parecía un ser completamente extraño, alguien desganado, como si no tuviera nada fuerzas para mantenerme en pie, y que si llegaba a pasar el tren, el simple impulso del aire me sacaría volando. Recordé esa parte. Iba pensando en todos los problemas que dañan mi vida. La verdad es que estaba en un completo desentendimiento y descontento con lo que pasaba a mi alrededor, sentía el peso de muchas cosas en mis hombros y, podría asegurar, si alguien me preguntara, que no era feliz. Tenía muchos problemas en la mente; mi pareja, mi trabajo, mi vida familiar, etcétera. Cosas que me desconectaban de todo lo demás. Puse cara de confusión y volví la mirada al jefe de estación.
—¿Por esto me trajeron aquí? —espeté—. Soy un hombre como todos, tengo mis problemas y hago de mis achaques una forma de vida como todos. No le veo nada de malo.
—Eso ni siquiera es lo que lo hemos traído a ver, Señor. Sabemos que es usted. Lo raro es que usted ha estado caminando ahí desde hace más de tres horas. El personal de noche me ha indicado que usted estuvo deambulando por esa estación por más de media hora sin querer abordar algún convoy.
«Eso lo recuerdo.»
—Y, cuando por fin se dignó a abordar un tren, entra usted en una especie de estado de shock. Se le ve convulsionar.
El guardia de adelantó la grabación; en efecto, estaban pasando los minutos y yo seguía dando vueltas, con el andén vacío. El guardia llevó a su velocidad normal la grabación, en el mismo momento en el que un tren se avecinaba. Como si me jalaran los cabellos, algo me impulsó a llevar la cabeza hacia a delante. Aun y con la distancia a la que estaba la cámara enfocándome, se observaba cómo mis músculos se tensaban y mi postura se contorsionaba por completo hasta quedar completamente arqueada. De la nada, la fuerza que me sujetaba cesó y mi cuerpo cayó justamente dentro del vagón, haciendo que el enfoque de la cámara me perdiera de vista.
La mirada del guardia me hizo voltear hacia otro monitor. La imagen era difusa. Era la visión de una de las cámaras del tren. Se veía que el tren comenzaba a avanzar y, justamente hasta el fondo, me encontraba en el suelo, al parecer inconsciente. Tras unos momentos, desperté, comencé a mover las manos y mirar el interior del vagón. Estaba desconcertado, confuso. Me puse en pie, completamente mareado. Me fui hasta el fin del vagón como pude y me refugié en uno de los asientos. Subí los pies al asiento y me recosté apoyando mi cabeza en uno de los tubos. Estaba completamente pálido. Así pasaron varios minutos, por lo que el jefe de la estación pidió al guardia de seguridad que adelantara la grabación. Se veía una imagen en donde las luces pasaban a cada costado del tren y por momento había sombras que se movían, pero siempre alejadas de mí.
—Hasta ahí —dijo el jefe de estación.
El guardia obedeció. En la pantalla se observaba cómo una sobra iba apareciendo en escena e iba avanzando por en medio de los asientos. La sombra no tenía ninguna forma en específico, simplemente se alcanzaba a observar algo que se estaba acercando.
—¿Ve eso? —preguntó. Asentí —Esta es una de las partes más desconcertantes de la grabación. Observa cómo la sombra se queda estática prácticamente enfrente de usted.
Asentí e, involuntariamente, me estaba haciendo hacia adelante.
La sombra que se había acercado hasta donde me encontraba se había materializado. Era una forma humana, al parecer con el físico de un hombre. Estaba desnudo, con el cuerpo desprovisto de genitales, sumamente alto y delgado, como si fuera un hombre que pisaba unos zancos. El verlo me levantó los vellos de la nuca.
—¿Qué es eso? —pregunté en una especie de grito ahogado.
—No lo sabemos —dijo el guardia de seguridad. Pasó la imagen—. Aunque llevamos mucho tiempo conviviendo con él, posiblemente mucho más tiempo del que usted y yo llevamos vivos. Pues hay casos de los que nos hemos enterado que datan de hace décadas, posiblemente desde que el sistema se comenzó a desarrollar.
—Adelante — le dijo jefe de estación al guardia de seguridad—. Sigamos viendo.
Aquel tipo, el de la grabación, parecía verme con hambre. En sus ojos se mantenía una mirada pesada, hambrienta, desesperada, con ansias. Ningún gesto de su espantoso rostro se disimulaba entre las arrugas de su cara. Y, aun a la distancia, se podía discernir sus ojos profundamente centrados en mí. De repente, el hombre que estaba parado enfrente de mí, se desvaneció cuando el tren se detuvo.  Hubo una apertura de puerta y comencé a reaccionar. Desconcertado, y sin poder abrir los ojos, comencé a agitarme y golpear todo lo encontraba a mi paso. Recordé la sensación como si estuviera pasando en ese preciso momento y me hice hacia atrás.
—¿Qué pasó en ese momento, señor? —me cuestionó el jefe de estación.
—No lo sé —lo miré—, pero no podía abrir los ojos. Parecía como si mis párpados estuvieran pegados, uno a uno, como hojas de papel. Es por eso que me desesperé tanto y comencé a golpear lo que fuera. Pero nadie me escuchaba. Inclusive, jalé la palanca de emergencias y no pasó nada. Nadie me asistía.
El hombre regresó la mirada al monitor.
—Le vamos a enseñar algo más perturbador —dijo—. Trae las fotos —le dijo al guardia.
El guardia se levantó de su lugar y fue hacia al archivero. Yo lo seguí con la mirada; había dejado los folders abiertos y regados en el cajón. El guardia miró el interior del archivero, evidentemente, pensando en que algo estaba fuera de su lugar. No le dio tanta importancia y sacó un par de folders del interior. Regresó a su lugar y me miró con cierta desconfianza. Yo lo ignoré y desvié la mirada. Le pasó el folder al jefe de estación. Éste abrió el folder y extrajo unas fotos, las miró y le dijo al guardia:
—Pon la imagen que dije.
Movió el mouse y se empezó a correr un video, al parecer era un vagón. Se veía un halo de luz que alumbraba hasta el fondo, lo demás, permanecía en penumbras. Había un movimiento en la parte inferior de la pantalla, al parecer era alguien que apenas salía a la vista de la cámara.
—¿Reconoce quién está allí? —preguntó el guardia.
Meneé la cabeza en señal de negación.
—Es usted —respondió el jefe de estación.
Traté de ubicar la imagen. Exacto. Era yo. La imagen, poco a poco, se fue hilvanando en mi memoria. Al mismo tiempo, la imagen en el monitor se iba aclarando. Los vagones se iban iluminando, como si algo se estuviera acercando a través de las lámparas de los vagones, a muy alta velocidad. Se prendían y en seguida se apagaban, una tras otra.
El monitor centellaba de manera agresiva. Yo miraba la acción en la pantalla y llegué a tener la misma sensación de pánico mientras la luz se acercaba. Al mirar que la luz se había detenido justo al inicio del vagón, mi estómago se comprimió tanto que me incliné hacia enfrente. Sabía lo que segundos después iba a ocurrir. Lo tenía clavado en la mente como un recuerdo traumático. Comencé a sudar al ver que la silueta de aquel sujeto —si es que le puedo llamar sujeto— se formaba en la pantalla de aquel monitor,
Al ver los primeros atisbos formados de aquel hombre, hubo algo dentro de mí que se frenó de golpe. Sentí un golpeteo en el pecho, como si algo desde mí interior se quisiera escapar.
Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc. Parecía el golpeteo de una puerta, sólo que, a cada golpe, la intensidad iba en aumento.
—Detenga la grabación —dijo el jefe de estación sin desviar la mirada del monitor.
El guardia hizo lo propio y, en la pantalla, quedó grabada la cara formada de aquel sujeto.
—Para ese entonces —comenzó a decir el jefe de estación—, usted ya estaba tendido en el suelo, inconsciente. Está de sobra decir qué fue lo que le pasó. Pero lo importan es que este sujeto es un viejo conocido de las grabaciones de este transporte. No sólo de esta estación. Hay muchas que presentan las mismas revelaciones. Y, no obstante, es algo que para mí se me hace ridículo de contar, pero creo que son coincidencias; toda la gente que se ha quedado dormida en esta estación y ha tenido contacto con este hombre… —titubeó un momento antes de continuar, era como si quisiera callarse, pero algo le indicaba que siguiera— ha muerto junto con sus familias.
Las palabras de ese hombre me habían dejado suspendido en mis pensamientos. Era como si no supiera el significado de la palabra “muerto”. Giré la vista a la pantalla y miré con detenimiento el luminiscente rostro de aquel hombre. Parecía seguirme viendo aun y cuando había una grabación de por medio.
—De alguna manera hemos ligado esta relación debido a que mucha gente que ha fallecido ha estado platicando con nosotros, al igual que usted en este momento. Y posteriormente, hemos sabido de sus decesos por la brutalidad de los mismos.
Pasé saliva dificultosamente y miré al guardia, quien me veía con un gesto de lástima y compasión.
—Esto no puede estar ocurriendo, señores —dije, al mismo tiempo me rascaba la frente—. Esto debe de ser una mala broma y se han de estar aprovechando de la situación para hacerme pasar un mal rato.
—Señor —me tocó el hombro el jefe de estación—, usted sabe lo que vio y nosotros sabemos de lo que estamos hablan, son nuestras grabaciones y las hemos revisado millones de veces. Si quiere puede revisar en internet, hay miles de grabaciones que se han filtrado a la red. Por eso mismo queremos que usted recurra alguien que sepa del tema. Sé que es absurdo pedirle esto, pero esto es algo que está fuera de nuestro alcance y dudo que alguien que no sepa del tema le pueda ayudar.
Me comencé a reír, quizá por la negativa a aceptar algo que sabía que estaba ocurriendo. Pero en mi fuero interno sabía que mucho de lo que había pasado la noche anterior era absurdo, inusual, completamente imposible. Y era esa parte la que me hacía pensar que algo estaba fuera de lugar y que no podía confiar en nadie. Me sentía tan cansado y confundido que ni siquiera podía confiar en mí mismo.
Me levanté de mi asiento con la firme disposición de irme. Pero cuando me dirigía a la puerta la voz del guardia me detuvo:
—Espere —lo terminé volteando a ver—, vea esto —dijo, muy a pesar de que la indicación del jefe de estación era que no lo hiciera.
La pantalla se oscureció por completo. Cuando la pantalla adquirió iluminación, yo estaba tirado en el piso, siendo filmado desde el otro extremo del vagón. Parecía todo silencioso y, por un momento, pensé que así se quedaría, pero hubo un momento en que la imagen en la pantalla comenzaba a presentar distorsiones y tenía el aspecto que se iba a interrumpir. Pero, cuando todo pasó, la figura de aquel hombre se vislumbró, gigantesca, en la pantalla. Se posó en frente de mí y se comenzó a agachar. La pantalla iba cuadro a cuadro. Cuando por fin se puso en cuclillas, extendió el brazo y me tomó por el cuello de la camisa. Colgando de su brazo, me miró fijamente, escrutándome de un lado a otro. Comenzó a abrir la boca, muy despacio. Al hacerlo, de su boca se liberó una lengua enorme, un músculo viviente y palpitante que lentamente comenzó a danzar enfrente de mi cara. Su rostro hilvanaba morbo. La lengua se endureció y se introdujo en mi boca abierta. Pensé que comenzaría a succionar, pero no fue así. Parecía que algo estaba pasando por entre la cavidad de su lengua directamente hacía a mí. Se alcanzaba a ver, a través de la pantalla, que algo engrosaba la lengua de ese tipo. Parecía un demonio con esa apariencia tan escabrosa. Me dio asco el ver a ese sujeto hacer eso, que de inmediato me dieron náuseas y unas ganas enormes de vomitar. Sentí un escozor en la garganta.
—Esto se lo hace a todas las personas que hemos visto que tiene contacto este monstruo —dijo el jefe de estación—. No sabemos lo que es, pero aparece y deja de aparecer en el lapso en que la persona con la cual tuvo contacto muere. Por eso le digo, Señor, que tome en cuenta lo que le digo. No lo deje a la deriva. No sabemos qué más decirle. Es un consejo de lo más sincero.
Se notaba una preocupación latente en la expresión de aquel hombre. Pero, aún y con ello, me di la vuelta y me marché.
Me sentí abrumado por todo lo que había visto. Todo el camino a casa me mostré incómodo y molesto, inclusive, agresivo. Pero todavía pensaba en que todo lo que había pasado había sido producto de mi imaginación. Posiblemente me encontraba tan cansado y tan agotado que mi mente y mi imaginación me jugó una muy mala broma. Pero, por otro lado, la realidad no escapaba a mi criterio; seguían yendo y viniendo las imágenes que me habían proyectado en aquellos monitores y mi mente se saturaba de pensamientos posibles sobre lo que me habían dicho; mi muerte.
Pensé que nada en el mundo puede atemorizar tanto a una persona, más que saber que va a morir.
Llegué a casa en medio de una solemne calma en el ambiente. Todo parecía estar en su lugar, y, extrañamente, silencioso. Las cortinas no dejaban filtrar libremente la luz exterior por lo que el interior de la casa era de un aspecto oscuro. No había nadie en la casa. Mi pareja sale todos los días, rigurosamente, al trabajo. Nunca cambia su itinerario. Me imaginé que ese día sería igual. No había mucha apreciación en que yo llegase y no le avisara. Ciertamente las cosas estaban muy mal, tanto que no nos importaba mucho lo que hiciéramos en nuestros ratos libres. Puse a cargar mi celular y vi los mensajes que me había dejado mi pareja. Obviamente no eran nada afectivos y hacían hincapié en mi desaparición de esa noche. Controlé mi enojo y me evité ser partícipe de esa discusión. Prefería descansar y dormir un poco. De todos modos, aunque le explicara lo sucedido, ella seguiría pensado lo que ella quisiera pensar, y sonaría absurdo cualquier cosa que pudiera explicar y me terminaría juzgando como un idiota sin lugar a dudas.
En su lugar, me recosté en la cama y dormí profundamente. La almohada se adueñó de mí y vi trascurrir el día debajo de mis párpados. Dormí así hasta entrada la noche, al escuchar un ruido que provenía del pasillo. La casa estaba completamente con las luces apagadas por lo que me imposibilitaba ver más allá de lo que la luz débil permitía. Me levanté tratando de no tambalearme. No había despertado del todo y me encontraba mareado. Fui, a tientas, por la habitación hasta llegar a la puerta.
No había nada en el pasillo. La luz mortecina del exterior apenas si alcanzaba a llegar hasta ese lugar, y, debido a eso, todo aparentaba estar en su lugar. Regresé la mirada a mi habitación con la firme intención de volverme a acostar. Me dirigí a la cama por el lado contrario del que me había de levantado. Me llevé una gran impresión al percibir que la alfombra estaba húmeda, llena de un líquido, aparentemente, viscoso. En ese momento, cuando pretendía levantar la mirada y dirigirme hacia el interruptor de la luz, una gota calló en mi cara, cerca de mi ojo izquierdo. Entonces, por instinto, dirigí mi vista hacia el techo. La imagen que vi me hizo retroceder y caer. Retrocedí como si acabara de ver a un felino enorme acechándome. El pecho se me hundía con fuertes espasmos al respirar y mis ojos temblaban tanto que parecían querer salirse de sus cuencas. Lo que estaba en el techo era inverosímil. Se encontraba mi pareja, colgando de pies y manos del techo, con una especie argollas que le penetraban la piel y que le salían a cada costado de cada extremidad. Al parecer la habían anclado al techo y le habían atravesado las muñecas y los tobillos con unos instrumentos metálicos que estaban aferrados al techo. La mirada se me llenó de muerte, lágrimas y sangre. Retrocedí un poco. El cadáver de mi pareja estaba suspendido, desnudo y lacerado por todos lados. La sangre le corría por todo el cuerpo haciendo que fuera, prácticamente irreconocible. Tenía los ojos abiertos como si en su último aliento estuviera pidiendo ayuda mirando, rígidamente, hacia el suelo. Su boca estaba abierta, mostrando los dientes y un gesto que dejaba ver su lengua desmembrada y llena de sangre goteando.

Es cuché una risa a mi costado.
—Impresionante, ¿verdad? —era una sombra que se encontraba al fondo de la habitación.
Me sorprendí y me quedé sin palabras.
—Es impresionante lo que puede hacer el subconsciente cuando le das un poco de libertad —continuó diciendo. Definí que era un la voz de un hombre, que estaba sentado en el sillón, al fondo de la habitación.
—¿Quién está ahí? —cuestioné gritando.
Se oyó una sonrisa, como si el sonido no le saliera por completo de la boca, sino viniera de la garganta de aquel tipo.
—No importa en realidad quien soy, puesto que no habrá nadie que lo escuche de tu boca. Las cosas vale la pena escucharlas si en algún momento vas a requerir de argumentarlas tú mismo.
—¿Tú hiciste esto? —espeté, más como una acusación que como una pregunta.
Aquel tipo volvió a reír, y, poco a poco, se fue levantando del sillón. Era extraordinariamente alto, sobrepasaba con facilidad los dos metros de altura y tenía una figura espigada, tanto que se encorvaba hacia enfrente y dejaba colgando sus brazos al frente de su cuerpo. Dio un par de pasos hacia la luz y su cuerpo tomó forma. Yo me encontraba en el suelo, sorprendido por lo que estaba viendo. Al ver la magnitud de su cuerpo y lo familiar que me resultaba su silueta, retrocedí a gatas hasta la puerta. Pensé que era momento de echar a correr. Así que abrí la puerta con gran fuerza, pero algo sin forma cerró la puerta de golpe ante mis ojos, por lo que me hizo retroceder y quedarme viendo hacia la figura parcialmente iluminada. Dio un par de pasos más a la luz, haciendo más visible su cuerpo.
—¿Te parece que estoy manchado de sangre? —preguntó con voz calmada.
Yo no tuve palabras para contestar. Me volteé a ver la ropa; tenía la ropa cubierta de sangre. Largos zarpazos tenían mi camisa de rojo y una abundante mancha carmesí se veía en el centro de mi pecho. Toqué con horror las manchas de mi vestimenta, sólo para descubrir que las manos las tenía embarradas, igualmente, de sangre. Miré al tipo de la habitación.
—¿Qué me has hecho?
—¿Yo? —Soltó una sonrisa que retumbo en mis oídos como miles de gritos a distintos decibeles— nada. Yo no he hecho nada más que darle libertad a tu conciencia, a tu subconsciente. Esto es lo que siempre has querido hacer cuando las personas te llevan la contraria. ¿Por qué espantarte al ver lo que has querido hacer desde hace años?
—Yo nunca haría esto —dije, justificándome.
—Claro —espetó mirándome directamente a los ojos. Sus pupilas parecían centellar, como si una llama fulgurara desde dentro—, tú le has hecho esto a la única persona que ha estado contigo a lo largo de estos años, simplemente por el hecho de no tolerar lo que hace, por no pensar un poco como tú lo haces, por los viejos problemas que no han conseguido alejar de ustedes. Solamente te estoy mostrando la realidad, lo que llevas dentro y lo que prevalece en tu mente, ahí, en tu mente, donde nadie más pueda verlo. Eso es lo único que guardamos para nosotros.
De pronto comencé a caer en shock mirando el cadáver suspendido en el techo y con las imágenes de aquel acto que el tipo me decía. Ahí estaba mi pareja, mirándome con esos ojos llenos de muerte, vacíos y ataviados de su propia sangre.  

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Héctor Almanza Chávez ©