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miércoles, 24 de mayo de 2017

Relato 9 - Las Lágrimas de Mamá





Las lágrimas de Mamá



L
ucía pertenecía a una familia acomodada. Su habitación tan solo medía lo de dos recámaras normales y su baño personal era habitáculo montado con una tina enorme donde, a su reducido tamaño, podía simular que nadaba si así lo quería. Su vida, parecía lo más normal posible, siempre en compañía de su madre, que le cuidaba y le explicaba cómo era la vida desde un punto de vista más experto. Sus conceptos le agradaban a Lucía, quién le gustaba escuchar las descripciones que le daba su madre acerca de todo tipo de dudas y cuestionamientos que ella tuviera.
El padre de Lucía era un hombre muy honrado en la sociedad. Bueno con los negocios y sabedor de su capacidad para manejar a la gente con sólo una mirada. Un hombre, en muchas ocasiones, frío, imponente, pero muy convincente e inteligente. Pero toda esa situación lo alejaba de Lucía. Él sólo se dedicaba a llenar las necesidades capitales de su familia, las necesidades afectivas y morales eran responsabilidad de la madre de Lucía. Muy conforme a la cotidianidad que se vive en provincia, lugar donde habían nacido sus padres y donde había nacido, y crecido ella.
Su vida transcurría, tranquilamente, a lado de su madre, quien era, aparte de su compañía diaria, su amiga inseparable. Su familia nunca tuvo la necesidad de imponerle una nana o una nodriza para su educación. Todo lo hacía su madre. Ella le enseño lo principal de la vida; hablar, leer, escribir. Cosas tan básicas y sencillas, que para otras personas pudieran ser insignificantes, pero que para ella eran cosas indispensables. El valor de sus enseñanzas era, por demás, algo inigualable.
Una noche, arropada ya entre sus sábanas blancas y sus muchos muñecos de felpa que decoraban su dormitorio, Lucía pensó ver sombras que surcaban el cielo, en el exterior de la ventana de su habitación. Levantó la mirada y observó que una eminente lluvia eléctrica se avecinaba y comenzaba a azotar su ventana. No le fue fácil incorporarse de su cama, por lo que decidió cubrirse todo el cuerpo con las sábanas y dejar un pequeño orificio por donde ver la ventana. Asustada, comenzó a gimotear mientras trataba de patalear para cubrirse los pies. Sintió un frío recorrerle la espina dorsal y pensó que era momento de gritar.
—¡Mamá! —gritó.
Escuchó un silbido del aire en la ventana. Un hálito le tocó la nuca y se sintió cobijada por una pesada desesperación, fue como si, de pronto, tuviera una insoportable claustrofobia tendida en su espalda, recargando todo su peso como un animal muerto. Sintió que su pequeña mandíbula se paralizaba por la sensación de impotencia. Siguió llamándole a su madre, quien aún no había acudido a su auxilio.
De pronto, una luz, proveniente de la puerta, se encendió. En ese preciso momento el ambiente a su alrededor cambió por completo, el aire se aligeró y, de la nada, la humedad que sentía en su cuerpo se evaporó. Escuchó la voz de su madre y se levantó de golpe de su cama.
—Mamá —lloriqueó lanzándose a los brazos de su madre —, no te vayas de mi lado.
—¿Qué pasó, hija? —dijo su madre contemplando con serenidad la conducta explosiva de su hija.
Lucía se sumió en el pecho de su madre, como un pequeño bebé buscando  protección.
—Algo estaba aquí —dijo con una sonido que se perdía entre las ropas de dormir de su madre.
— ¿Pero qué?— dijo su madre en tono tranquilizador— ¿Aquí no hay nada? Posiblemente estabas soñando. Muy a menudo los niños de tu edad tienen pesadillas; malos sueños que nos inquietan y terminan despertándonos. Pero nada es real, los fantasmas no existen, no al menos como queremos verlos.
— ¿Entonces qué fue lo que estaba en la ventana? —dijo Lucía con voz chiqueada.
—Un sueño; un feo y horrible sueño.
Lucia se tomó asiento en el regazo de su madre.
—Prométeme que siempre me cuidarás, que nunca me dejarás sola, que nunca te irás de mi lado.
Lucía quedó esperando una respuesta, pero en su lugar, su madre le contestó con una sonrisa y la abrazó.
                                      
Años después su madre murió a causa de una deteriorable enfermedad. Sus órganos se iban debilitando de forma que su estado se veía cada vez más desalentador. El verla, para Lucía, en los años en que duró su padecimiento, fue algo terrible de asimilar. No concebía el estado de su madre. Pero llegó a pensar, por momentos, que algún día ella se levantaría y daría más esfuerzo a su recuperación. Pero el tiempo la fue decepcionando. La recuperación de su madre nunca sucedió, y así se fueron borrando las esperanzas que tenía puestas en ella. Podía decir que cada día que pasaba la veía muriendo poco a poco. Una agonía tan desesperante como lenta, tanto que, por momentos, pedía en sus oraciones nocturnas que le ayudaran o que se llevaran a perder a su madre.
Su fé decayó. Llegó hasta circunstancias de creer que no había ninguna deidad, que sus plegarias estaban lejos de ser escuchadas y que sólo eran palabras vacías, sin ningún receptor posible. Polvo que flotaba en el ambiente. Hubo una buena noche en que pensó que no tendría por qué hacerlo más, simplemente dejó de hacer lo que religiosamente hacía por las noches, antes de acostarse. Cambió la religión por las lágrimas. Cambió los rezos por los hechos, se convenció de que si quería algo benévolo para su madre, lo tenía que hacer ella antes de esperar algo caído del cielo.
Esto la hizo obtener una actitud más autosuficiente. Pensar de una forma en que no necesitaba nada de nadie, ni siquiera de su padre. Todo lo obtendría por sus propios medios.
Pero llegó un día en que su madre enfermó, y, entre tosidos y una respiración rasposa, su madre sucumbió ante la muerte, no sin antes despedirse de ella.
—No cambies, hija —le estaba diciendo con voz espasmódica—. Sigue siendo tú, toda tu vida
—No —le contestó Lucía entre las lágrimas que recorrían su rostro humedeciendo su piel para después dejarla agrietada cuando éstas se secaran.
—No quiero que te aísles. No quiero que te esfuerces en comprender por qué me voy.
Lucía trató de callar la voz de su madre estirando su mano hacia su cara. Acarició la mejilla de su madre, la cual estaba completamente reseca a falta de la humectación ahora inexistente de su piel. Pero para ella no era piel reseca, era un lienzo donde se había plasmado una gran historia, una gran imagen.
Motivada por la sensación de afección, se inclinó hacia enfrente y beso la frente de su madre como nunca lo había hecho, conservó la mirada fija en su cabecera de madera. Abrazó a su madre, quien decía entre balbuceos:
—No te dejaré jamás.
Las dos respiraron al mismo tiempo, y mientras Lucía iba sintiendo cómo sus pulmones se llenaban del aire viciado de la habitación, su madre sentía cómo el tiempo se detenía,  la vista se le nublaba y la vida se le escapaba cuando exhalaba su última bocanada de aire.
No fue necesario que Lucía le dirigiera una última mirada a su madre, sintió lo que le pasaba al percibir que el cuerpo de su madre caía por completo y sin resistencia en sus brazos. Comenzó a llorar, pero no de una forma desesperada, sino, más bien, sabiendo, con tristeza, que se había despedido de su madre y que había sido la despedida más larga de su vida. Pensó que no cabía duda que la muerte es algo inminente, pero algo más inminente y doloroso aún, es empezar a extrañar a la persona con la cual has pasado gran parte de tu vida. Le sobrevino un sentimiento que le hizo gesticular una cara de dolor. Y se cubrió el rostro, no sin antes dejar el cuerpo de su madre reposar completamente sobre su almohada.
Hasta ese momento eran sólo ella y su madre, no había reparado en la servidumbre, que estaba en la entrada de la habitación, mirando todo lo acontecido, como estatuas observando pacientemente la rutina de la gente.

Después de eso no hubo mucho qué contar. Su vida se fue apagando y perdiendo el fulgor del que antes gozaba. No hubo más niñez. Aunque era todavía una adolescente, había perdido esa candidez y esa luz característica de los jóvenes.
A la edad de veinte años, tomó la decisión de ir a vivir a las cercanías de la ciudad. Un lugar que no estuviera tan cerca, pero tampoco tan lejos.
Por supuesto, no contó con la aprobación de su padre. Pero, a ciencia cierta, tampoco esperaba tenerla. Su padre siempre fue un hombre recto, alejado de la idea de que una mujer sobresaliera por encima de un hombre. En el pensamiento de su padre siempre había figurado el poder, el control. No había cabida para pensar en que su única hija sobresaliera. A decir verdad, lo único que esperaría al lado de su padre sería que algún día él le solucionara la vida, haciéndola casar con un hombre viejo y rico de la zona. Pero eso no era lo que ella quería para su vida. Ella tenía una perspectiva muy diferente de lo que quería y estaba dispuesta, sino era a conseguirlo, por lo menos a intentarlo.
El día en que salió de casa no hubo nadie, ni un alma, que la despidiera. Todos estaban amenazados por su padre de que si hacían algo por ella, los despediría y no volverían a conseguir trabajo en ninguna hacienda de la zona. El personal de la casa la observó desde las ventanas.
La ciudad no llegó a ser lo que ella esperaba. La gente de la ciudad era muy distinta a lo que ella estaba acostumbrada. Muchas veces llegó a pensar en dar la vuelta y regresar a casa, pero en todas las ocasiones se contuvo de hacerlo.
Ocasionalmente le llegaba el recuerdo de su madre, principalmente por las noches, que era en los momentos donde sentía una gran soledad. En medio de sus pensamientos reinaba una nube añoranza. Pensaba que lo único que le faltaba para ser feliz era la presencia de su madre. Pero, ya cuando se dormía, su sueño era tan pesado y realista que le hacía sentir la presencia de su madre acariciándole el cabello y las mejillas. Esa sensación le hacía remontarse en el tiempo y le hacía sentirse como una pequeña niña.
Recordaba la historia que de niña le contaba su madre. Según era una leyenda del lugar donde vivían.
Le decía que una mujer había hecho un pacto con una anciana para que salvara la vida de su hija que había enfermado en los primeros meses de nacida, pues los médicos no habían podido hacer gran cosa, y por eso le habían dicho que espera lo peor. La mujer, al ver que nada tenía un resultado positivo, y con la desesperación exhibida en el rostro, buscó una alternativa que hiciera desaparecer la extraña enfermedad de su hija. Entonces, supo de la anciana, que era de esas mujeres que se dedicaban a hacer unas especies de conjuros y aliviar males de una forma muy poco ortodoxa. Llevó a su hija con la última esperanza que tenía a su alcance. Su hija aparentaba ser una pequeña muñeca de porcelana poseedora de una expresión de asfixia. Incluso la anciana se asustó al ver el aspecto de la niña, retrocediendo un paso hacia atrás.
La anciana, en primera instancia, argumentó que no podía hacer nada por la niña, que lo sentía mucho, pero que no era la persona indicada para ayudarle. La madre, al ver que la anciana no le daba la cara y que todo el tiempo miraba hacia otro lado que no fuera ella, la siguió y la instó a que le dijera por qué tenía ese tipo de conducta, que tenía que ayudarles ya que auguraba que ella sabía qué mal aquejaba a su hija. Fue una discusión de varios minutos. La niña se debilitaba a cada momento y la mujer, con su criatura en brazos, se le hincó a la anciana para implorarle que les ayudara. La anciana la miró con nerviosismo y, sin poder hacerle caso a la voz de su interior que le decía que no hiciera, tomó al bebé en brazos y se dirigió hacia una mesa que estaba repleta de cosas, y, de un manotazo, las removió tirándolas al suelo sin ningún detenimiento. Descubrió al bebé de sus vestiduras. La madre observaba desde un rincón, viendo todo el acto, con los ojos abundados en lágrimas. De pronto, comenzó a flotar en el ambiente un aroma agrio, era como si de la piel de la niña se produjera el aroma que se quedaba precisamente en la nariz de quién lo oliera. La madre esgrimió un gesto de preocupación. Tuvo la intención de acercarse, pero la voz de la anciana la detuvo, obligándola a retroceder.
La anciana le advirtió a la mujer que, por ningún motivo, viera lo que viera, no se acercara. El olor agrio del ambiente fue mutando a algo parecido al petricor. La anciana se descubrió los brazos, desde las manos hasta los codos. La mujer anciana buscó algo en el suelo, lo que buscaba era un cuchillo. Rápidamente lo ubicó y se agachó a recogerlo.
La madre del bebé suspiró de preocupación al momento de ver que la anciana esgrimía el cuchillo enfrente de su hija. Violando las indicaciones de la anciana, la mujer se fue acercando con la intención de detener a la anciana si sus intenciones eran enterrar el cuchillo en su hija. Lo que vio hacer a la anciana la hizo recular. La anciana había utilizado el cuchillo para abrir su antebrazo izquierdo y que su carne quedara expuesta. La forma en que lo hizo fue dolorosa tanto para ella como para la madre del bebé que la estaba viendo. Inmediatamente, desde la herida, brotó la sangre. La anciana miró antes a la madre y le indicó que aguardara, que no se acercara. En ésta ocasión la madre respetó con mucho asombro lo que le indicó la anciana.
La anciana comenzó a salpicar al bebé con la sangre que brotaba de su herida. La madre miraba, confundida, la acción con las manos en la boca. El bebé comenzó a llorar con fuerza. Lloraba como si tuviera dolor al hacerlo. Parecía desesperado. La sangre, al contacto con la piel del bebé, comenzaba a evaporarse y dejando manchas rojizas en el cuerpo desnudo del bebé. Sorprendentemente, se veía que el tono de piel del bebé se iba recuperando conforme la sangre de la anciana lo bañaba. El cuerpo del bebé se iba cubriendo de los residuos de la sangre de la anciana; los pies, las piernas, el estómago, los brazos, las manos. Todo su cuerpo estaba cubierto de sangre. Al llegar al pecho, la anciana se detuvo. Miró detenidamente al bebé, el cual no cesaba de llorar. Entonces, la anciana hizo fuerza en su brazo herido apretando el puño. Llevó el corte de su antebrazo hacia la cara del bebé y éste comenzó a berrear de forma incontrolada. La madre se quedó sin aliento y aterrada. La sangre de la anciana comenzó a salpicar el interior de la boca del bebé. Se escucharon estallidos desde interior del pecho del bebé.
La anciana se terminó por desvanecer, se derrumbó hacia un costado. La mujer corrió primero a ver a su hija, quien había, sorpresivamente, dejado de llorar y había recuperado el tono normal de su piel, por lo menos se veía donde no estaba cubierta de sangre.
La anciana, que estaba tirada en el suelo, comenzó a hablar, argumentando que la niña se salvaría, que viviría hasta que fuese una mujer. Mencionó que ella dio su vida por su hija, por medio de un rito de sangre, que debía mantenerla a salvo y que estaría bien hasta la edad madura. Después de ese tiempo, el rito se rompería. Le explicó que lo que tenía su hija no era una enfermedad, que era una maldición hecha por aquellas personas que odiaban al padre de la criatura. Estas mismas personas, al verse humilladas y al ser víctimas de la autoridad del padre de la niña, buscaron saldar su cuenta mediante un demonio que vería satisfecho, únicamente, con la muerte de lo que el hombre más deseaba; su hija. Y que cuando la niña cumpliera los veinticinco años, el demonio volvería para cumplir lo que la gente que odiaba al padre deseaba; ver sufrir a ese hombre poderoso que les había arruinado la vida.

Casualmente, Lucía cumplía veinticinco años. Pero no sentía ninguna relación con lo que le contaba su madre acerca de esa leyenda pueblerina que rondaba. A ciencia cierta, tenía muchas ganas de cumplir los veinticinco años. Esto significaría, pensaba ella, un parte aguas en su vida, creía que con la edad las cosas iban obteniendo un sentido particular.
La noche de su cumpleaños sólo invitó a su mejor y única amiga, Cecilia, que trabajaba con ella y vivía en el edificio de enfrente. Una chica de buena familia, responsable y de noble educación. Era la única persona que había conocido con sinceridad en su comportamiento, la demás sólo se acercaba a ella pretendiendo obtener algo más de su persona. Cecilia era el tipo de persona susceptible a cosas, por decirlo así, extrañas. Pero era del tipo de persona que por más asustadiza que fuera no dejaba de ver, por morbo, películas y leer libros de terror. Era una chica ocurrente, intrépida, y, en muchas ocasiones, pensaba Lucía, que quería hacerla a su semejanza. Cecilia criticaba muy a menudo lo mojigata que solía ser Lucía, pensaba que por haber tenido relaciones ya con algunos hombres le había despertado algo en su interior, y eso le hacía diferente, en cierto sentido, a las mujeres que no habían tenido un acercamiento íntimo con un hombre. Esa noche Cecilia había ido acompañada por un hombre, un joven que había conocido hace apenas unas noches atrás. Los dos, repentinamente y después de una breve conversación, habían terminado en la misma cama. Y después de eso pensaban que habían nacido para conocerse. Su nombre era Yeudiel.
—Es un nombre de origen hebreo —decía Yeudiel mientras estaba sentado a la mesa de Lucía. Repentinamente miraba a Lucía con una mirada tranquila, con un gesto discreto y pretencioso—. Vengo de ascendencia Judía.
—Nunca antes lo había escuchado —puntualizó Lucía.
—Es un nombre bíblico —continuó diciendo Yeudiel—, no viene explícito como tal en la biblia, pero es uno de los siete arcángeles, junto a Miguel, Gabriel y Rafael.
Cecilia sólo miró a Lucía con las cejas arqueadas. Estaba fascinada con su nueva conquista. Se le notaba en la mirada que tenía ganas de hacer algo atrevido pero se contenía cada vez que miraba a Lucía.
En ese momento, Lucía recibió una llamada inesperada. Era un joven, Eduardo, que le llamaba simplemente para felicitarla. Eduardo era un tipo muy atento con Lucía, sólo que ella encontraba algo extraño en él, por eso prefería mantenerlo al margen de su vida personal. Lucía se levantó de la mesa y fue a contestar hasta su recamara. Ciertamente ya había terminado de cenar, lo que hacían en la mesa era sólo una conversación. Eduardo se extendió un poco en su discurso de felicitación a Lucía. Ella sentía que debía colgar ya, pues no era de muy buena educación dejar a sus invitados solos en su departamento. Así que no le dio largar y, tan pronto como pudo, orilló a Eduardo a que se despidiera dándole esperanza de poderse ver al otro día, por la tarde. Cuando colgó, puso atención a los ruidos que venían del final del pasillo. Parecía como si estuvieran moviendo los muebles. Se acercó a paso normal hasta el comedor. No estaban sus invitados. El sonido venía de la cocina, parecía como si movieran los cubiertos. Lucía se quedó con la boca abierta al ver que Cecilia se encontraba encaramada con Yeudiel dándose un abrazo sexual. Al percatarse de la presencia de Lucía, Cecilia y Yeudiel, se separaron. Cecilia, por su parte, se ruborizó, pero en el rostro de Yeudiel, no había ningún atisbo de pena. En cambio miraba a Lucía con una sonrisa se apenas se alcanzaba a percibir.
Cecilia se acodó su vestimenta.
—Lo siento, amiga —se disculpó apenada.
Salió de la cocina y tomó de la mano a Yeudiel para que la siguiera. Éste lo hizo pero sin quitarle la mirada a Lucía.
—Creo que nos vamos —continuó Cecilia.
Entonces avanzaron hacia la puerta. Cecilia tomó su abrigo del perchero, pero Yeudiel se le quedó mirando a Lucía, quien le pudo sostener la mirada por algunos momentos hasta que terminó por intimidarse.
Cerraron la puerta tras de sí y Lucía sintió un fuerte calor en el pecho. Estaba avergonzada, pero también intimidada por la mirada de ese sujeto. No podía creer que Cecilia pudiera llegar a hacer eso en una casa ajena. Llegó a la conclusión de que si ella no hubiese dejado la llamada con Eduardo, posiblemente hubieran llegado a más.
Trató de olvidar el suceso y dedicarse a levantar los platos y ordenar su casa. Pensó mucho en la mirada de aquel sujeto que acompañaba a Cecilia. No le gustaba en nada la actitud tan confianzuda que podía llegar a tener. Pero había algo que le cautivaba de ese tipo. Posiblemente la forma tan precisa en que sólo movía sus ojos para seguirla con la mirada. Esa media sonrisa que esgrimía cada vez que notaba que ella lo observaba. Pero, todo eso, a la vez, le daba desconfianza. Esperaba que pronto Cecilia se alejara de él, por su bien y por el bien de ella misma.
Durante un momento el recuerdo fue intransigente, tan persistente como una goma de mascar en el zapato. Terminó de levantar la mesa y se sintió acalorada. Pensó en la buena idea que sería tomar un baño a esa hora y descansar. De camino hacia la ducha, recordó que no había recibido llamada alguna de su padre. Últimamente ella no le hablaba mucho, pero tampoco era algo que le quitara el sueño. Pero pues tan sólo esperaba que se hubiera acordado de su cumpleaños.
Entró al baño y se despojó de su ropa. Dejó abrir la llave del agua caliente hasta que una nube de vapor cubriera por completo la visión que tenía del baño. Fue agradable la sensación que tuvo cuando comenzó a sentir cómo el vapor hacía contacto con su piel. Un suave escalofrío le recorrió desde la mitad de la espalda hasta la nuca. Limpió el vaho del espejo y se quitó la liga del cabello. Colgó la toalla del cancel divisorio y se paró enfrente del chorro de agua. Escuchó un sonido. Se asomó por el cancel. De momento pensó que el sonido se había escuchado lo suficientemente lejos y lo suficientemente cerca como para poder pensar que se había producido fuera de su casa, posiblemente en alguno de los demás departamentos. Le dejó de dar importancia mientras daba un paso hacia enfrente y dejaba que su cuerpo se humedeciera. La calidez del agua le sentó muy bien, exageradamente relajante. Mantuvo la respiración hasta poder asomar su cara hacia el exterior del chorro de agua. Ese primer respiro, al salir del agua, le hizo sentir tranquilidad. Exhaló el aire de sus pulmones con la misma parsimonia que empleaba para dormir.
Volvió a escuchar el mismo sonido que había escuchado cuando ingresó al baño, pero sólo que ésta vez era más cerca. Estaba segura que había sido el mismo sonido metálico, como si golpearan algo con desdén. Tomó la toalla con la intención de cubrirse el cuerpo. Se la puso alrededor y abrió de golpe el cancel. Casi resbala de la impresión de ver a Yeudiel posado en la puerta, recargado en la pared, con un aire despreocupado, como si fuera lo más normal del mundo y tamborileando con la mano derecha en el brazo izquierdo, cruzado de brazos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Lucía con desesperación.
—Pasé a dejar a tu amiga a unas cuantas calles de aquí —comenzó a decir sin quitar su postura. Subió la mirada y sus ojos se encontraron con los de Lucía— y recordé la forma en la que me mirabas. Parecías atraída. Quería tener este encuentro cercano contigo desde hacía mucho tiempo.
Su comentario la dejó sorprendida.
—¿Desde hace mucho tiempo? —preguntó Lucía con voz temblorosa. El agua de la regadera le seguía cayéndole en los pies. Acercó su mano a la llave para irla cerrando lentamente— si sólo conoces a Cecilia hace unos días.
Él giró la cabeza hacia donde no se encontraba ella. Su gesto era de elocuencia, muy forzada. Nada idéntico a como había sido al estar sentado en la mesa.
—Pero ¿crees que a ti te acabo de conocer?
La pregunta dejó a Lucía petrificada.
—Sal de aquí —le ordenó ella—, si no, comenzaré a gritar.
Yeudiel sonrió al escuchar esto.
—Hazlo —la conminó—. Yo no tengo ningún problema en que la gente escuche lo que pasa.
Lucía endureció el gesto y procuró que la toalla cubriera su cuerpo. Salió de la ducha y encaró a Yeudiel.
—¡Hazte a un lado! —levantó la voz
Yeudiel sólo levanto un poco el brazo para que ella pasara por debajo.
Mientras Lucía iba avanzando hacia su cuarto le dijo:
—Quiero que te vayas ahora mismo si no quieres que le hable a la policía.
Él produjo el sonido de una sonrisa burlona.
—¿Sabes? —le dijo Yeudiel. Con el sólo sonido de su voz, Lucía se detuvo— Hace algún tiempo escuché una leyenda del pueblo de dónde vienes. Era la historia de una mujer que, preocupada por el aspecto físico de su hija bebé, visita a una anciana que le practica un rito de sangre para postergar la deuda de muerte que la niña tenía.
Al escucharlo, Lucía se sintió algo confusa y quiso seguir escuchándolo, giró sobre sus tobillos para verlo de frente.
—¿Conoces esa historia? —preguntó.
—Claro —contestó él—, y también sé que dicha historia te la contaba con frecuencia tu madre.
Lucía lo miró de soslayo, con incredulidad.
—¿Cómo sabes eso?
Yeudiel comenzó a avanzar en dirección a ella. Al estar junto a ella, la ignoró, pasando de filo hacia la sala. Tomó asiento en uno de los sillones y cruzó las piernas. Tomó una postura de “¿ahora quién es la interesada?” con los brazos extendidos a lo largo del respaldo del sillón. Dejó ver su dentadura mediante una risita.
—¿Cómo lo sé? —Preguntó como si no hubiera escuchado la pregunta— Hay muchas cosas que no entenderías si te lo digo así como así. Posiblemente porque no has vivido lo necesario como para entenderlas, o posiblemente porque ningún hombre en la tierra ha sido lo suficientemente sabio para comprender lo que alguien como yo busca en este mundo.
—¿Alguien como tú? —Inquirió Lucía con impaciencia— ¿Y qué eres tú?
Yeudiel la miró ceñudo, le cambió el gesto. Lucía podría jurar que la persona que estaba enfrente de ella, sentada en uno de sus sillones, se trataba de alguien más. Alguien con la cara depravadamente maldita.
—¿Recuerdas que esa leyenda habla de un demonio? No era una leyenda, era tu propia historia de por qué estás aquí, con vida todavía—la voz de Yeudiel se volvió irrisoria
Lucía, con desconfianza y un poco de miedo en la cara, asintió.
—He venido por ti —Anunció Yeudiel.
Sus nervios se pusieron en estado de alerta y una tormenta de incertidumbre arrasó con su tranquilidad. Yeudiel parecía enardecido y se levantó de su asiento.
—¿Qué haces? ¿Por qué dices eso? —preguntó Lucía con voz temblorosa.
—Porque no habrá nada que me detenga. Puedo hacerte sufrir todo el tiempo que quiera. Puedo hacerte daño, poco a poco, sin que nadie pueda ayudarte, ya que esa puerta —señaló la puerta de entrada a su departamento— no se abrirá nunca mientras yo esté aquí. Eres completamente mía.
Lucía retrocedió unos pasos. Cotejó sus posibilidades de escapar de aquel loco. Pensó que tendría muy pocas debido a la forma en la que estaba vestida. Su mirada giró hacia atrás y poder ganar tiempo retrocediendo en dirección hacia su habitación. No lo pensó dos veces pero al momento de dar siquiera dos pasos, Yeudiel ya se encontraba cerrándole el paso en el otro costado, dando una prueba inverosímil de que no se trataba de un humano común y corriente. La forma en que lo hizo la dejó estupefacta y sólo pudo hacerse para atrás y tirarse, involuntariamente, al suelo.
Yeudiel la miraba fascinado, como un hambriento que ha tardado mucho tiempo en tener su platillo favorito frente él. Su mirada era similar a la de un depravado queriendo tomar algo que deseaba con exagerada ambición.
Lucía se arrastraba por el suelo tratando de alejarse aunque sea un palmo de distancia de él. No dejaba que la toalla se le escurriera por el cuerpo, eso la haría sentir más indefensa de lo que ya estaba. Giró su cuerpo, impulsando sus pies como un corredor que escucha el disparo de salida. Pero, repentinamente, sintió un fulminante dolor en el pie que tenía de apoyo y volvió a caer al suelo. Se golpeó en la cara, inmediatamente sentía un escozor recorriéndole la mejilla. Giró su torso para ver a Yeudiel parado. Él mantenía su pie encima del pie de ella. Le había aplicado un pisotón para paralizarla. Lucía se quejó dolorosamente e intentó quitarse el pie de Yeudiel de encima, pero pesaba demasiado, además de que él tenía la ventaja de estar calzado. Lucía chilló de dolor. Una parte del calzado de Yeudiel había conseguido raspar demasiado su piel que se alcanzaba a ver la carne.
—No forcejees más la voz de Yeudiel se había convertido en un susurro—, todo será inútil. ¿Por qué no mejor conservar la calma y morir con decencia? ¿Por qué la gente, al ver que no tiene escapatoria, y que están próximos a una inminente muerte, tratan de hacer hasta lo imposible por tratar de eludir a lo inevitable? Así como tu amiga Cecilia, que lloriqueó por su vida sin tener ningún honor. Si hubiera podido darle la oportunidad de hincarse y suplicar por su vida, lo hubiera hecho.
Yeudiel se inclinó hacia adelante, se acercó tanto, que quedó cara a cara con Lucía. Agitada. Adolorida. Y sin posibilidades. Sólo tuvo opción de mirar fijamente a Yeudiel a los ojos. Éstos estaban profundamente rojos, en lo que debía ser la pupila se encontraba un hueco oscuro como un abismo. Tan hondo que parecía perderse en la humanidad de Yeudiel. Por un momento se quedó paralizada, hipnotizada por aquel hueco en los ojos de Yeudiel. Parecía fascinada, como un niño tras haber visto un truco de magia que aún no conseguí entender. Los ojos de Yeudiel le proyectaron, en vivas imágenes, aquella historia que su madre le contaba y que Yeudiel afirmaba que era suya. En efecto, era su madre la que veía que llevaba a una criatura en brazos, completamente tapada. La imagen de la anciana cortándose los antebrazos le fue muy ajena. Fue hasta que el bebé, que estaba tendido en la mesa, ingirió la sangre de la anciana cuando obtuvo un sentido de propiedad en la historia. Reconoció los vagos lloriqueos del bebé y los identificó con su voz. Lágrimas brotaron de sus ojos. Al ver que la anciana moría por ella y al ver que su madre la sumía en su pecho como siempre lo había hecho.
Entonces, una voz perfectamente reconocible se dirigió a ella, como si estuviera a un costado, susurrándole.
«No te des por vencida, hija. Tienes que vivir. No es tu tiempo.»
La imagen de su madre, en su mente, comenzó a llorar. Sus lágrimas resplandecían como si fueran cristales cayendo muy lentamente reflejando la luz que se proyectaba desde alguna parte de su subconsciente. Fue entonces cuando todo se nubló, se oscureció como si hubieran cortado la luz eléctrica en una habitación que no tiene accesos de luz. Todo fue confusión, una perdida rápida de la consciencia.

Lucía sintió pegajosos los párpados, como si algún dulce se hubiera desecho y dejado una pequeña capa sobre sus ojos. Sintió el cálido aire de su casa, lo cual la hizo sentir un poco más tranquila. El aire entraba a su departamento desde su costado izquierdo. Era la ventana de la sala, la cual nunca se cerraba mientras ella estuviera en el interior de la casa. Se talló los ojos y se quitó la flojera que tenía del cuerpo. Estiró sus extremidades y comenzó a parpadear, a acostumbrarse a la luz matutina que entraba por la ventana. Vio el azul del cielo, que tenía un aspecto un poco nublado, como si, poco a poco, las nubes se estuvieran adueñando del tinte imperfecto del cielo.
Se sintió fatigada como si hubiese estado corriendo toda la noche. Hasta ese momento no se había percatado de que se había quedado dormida en la plenitud de su sala, desnuda, con una toalla cubriéndole el cuerpo. Bajó su pie y sintió el piso frío. Sus ojos lucían cansados. Adormilados. Quería volver a recostarse y dormir hasta tarde. Pero su celular, que estaba en la mesa de centro de la sala, comenzó a vibrar. Fue hasta él y activó la llamada.
—¿Si diga?
—¿Es usted la señorita Lucía Flores?—preguntó una voz masculina.
—Sí, soy yo.
Lucía se levantó de su lugar para quitarse el sueño que aún proyectaba en su cara.
—Señorita Lucía, soy el agente de la policía Miguel Zepeda. Lamento molestarla. Pero es urgente que venga al departamento de su amiga Cecilia Vasconcelos. Encontramos su número telefónico en los números frecuentes del celular de su amiga.
—¿Qué pasó? Dígame —lo apremió— ¿Ella está bien?
La voz del policía no contestó inmediatamente, haciendo que con su silenció se posara sobre ella una cubierta de incertidumbre.
—¿Qué pasó? —lo instó a hablar Lucía.
Un largo suspiro.
—Hemos encontrado a su amiga muerta en la habitación. Es algo horroroso y difícil de explicar por teléfono. Por favor, venga. Necesitamos hacerle unas preguntas.
—Claro. Voy para allá.
Inmediatamente colgó. Llevó el celular en su mano. Se percató de que estaba completamente desnuda al verse en el espejo de la sala. Se llevó las manos a la boca cuando vio que su pie derecho presentaba un enorme raspón en la parte del empeine. Con cara de confusión se dirigió hacia su habitación. El pasillo que daba a su cuarto estaba completamente oscuro. Encendió la luz del pasillo y se quedó sumamente sorprendida. Al final de pasillo, se encontraban unas ropas de hombre tiradas. Se acercó un poco. Le llegó una oleada de confusión al ver que eran un pantalón negro, unos zapatos de vestir y una camisa gris. Lo extraño era que parecían estar quemadas en el interior, en el exterior estaban intactas y alrededor de las ropas se veía el piso chamuscado.
Con desesperación, se le vinieron las imágenes a la mente de todo lo que había pasado la noche anterior con Yeudiel. Acompañadas, también, por las imágenes de él teniendo una combustión instantánea y cayendo al piso al mismo tiempo que se sacudía de dolor. Al final, le vino a la mente el recuerdo de su madre, que, al parecer, no se había alejado de ella en ningún momento.
Comprendió que todo lo que había pensado que era un extraño y aterrador sueño, en realidad había ocurrido.





Gracias, Mamá.

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RELATOS DE TERRO Y SUSPENSO
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Héctor Almanza Chávez ©