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jueves, 6 de julio de 2017

Relato 10 2/2 - El Violinista de Mármol





El Violinista de Mármol


 
Segunda Parte


Las palabras del anciano le habían afectado, inconscientemente. Ahora sus pensamientos de la noche anterior giraban, todos, entorno a lo que había dicho Rafael. Sentía como si alguien lo siguiera. Incluso, escuchaba pasos a sus espaldas. Cuando iba en su coche, veía, constantemente, el espejo retrovisor con miedo a encontrarse algo o a alguien con una mirada siniestra y hablando con una voz aguardentosa.
Su impaciencia sólo cesó cuando cerró la puerta de su departamento y puso el pestillo para atrancar la puerta. Sintió como si el material volátil de su espantado pecho se haya alejado de un fuego que amenazaba con incendiar todo a su paso. Fue inmediatamente hacia el sofá y se recostó. Sintió su frente tan caliente que pensó que estaba ardiendo en fiebre. Inquieto, se enderezó y se miró en el espejo de la sala. Sentía miedo. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que si se asomaba a algún espejo vería algo, algo raro en su reflejo. Algo como en las películas Hollywoodenses donde los protagonistas se suelen ver en el espejo y sus rostros se comienzan a retorcer cual pedazos de madera.
Se sintió un imbécil. Pensó lo lejano a la realidad que estaba reaccionando. Sus imaginaciones no eran reales, ni siquiera en un remoto momento, apegadas a la realidad. Posiblemente, ese hombre sólo buscaba espantarlos debido a que se habían caído mal desde un principio.
El profesionalismo de Joaquín era demasiado, tanto que no le gustaba que nadie interrumpiera sus ensayos. A menudo, se molestaba por la forma en la que los jóvenes inexpertos que comenzaban a formar parte de su orquesta se equivocaban. Lo permitía unas cuantas veces, y, si el joven era constante en los errores, buscaba la forma de deshacerse de él de la manera más educada.
Pero la insolencia con la que ése hombre había perpetrado su concentración y su ensayo había sido demasiado intolerable y eso se los había transmitido a todos los integrantes de la orquesta. Hubo momentos en los que su ira se había profundizado más y le evitaba mantener la mente en donde debía estar.
Esa noche la pasó demasiado mal. Se fue a la cama con un profundo dolor de cabeza que le martillaba las sienes y le impedía conciliar el sueño.
Sintió un aire recorrer el interior de su dormitorio. El aire provenía de la sala. Con disgusto, se levantó de su cama y recorrió, a tientas, el corredor hacia la sala. Se sorprendió al ver que la ventana de la sala estaba otra vez abierta. Enfadado, la cerró de un fuerte manotazo. Ya eran bastantes ocasiones en las que esa ventana se abría sola. Tenía que ponerle un remedio a ese desperfecto en la casa.
No se molestó en ver que no había ninguna falla en el mecanismo que cerraba la ventana.
La ventana, en efecto, estaba siendo abierta por algo o por alguien.
Controló su furia con una fuere exhalación. Su pecho se sumió igual que su frustración. Se quedó un momento parado en medio de la habitación, quería despojarse de todos los sentimientos hirientes que sentía. El fracaso era algo que le aturdía profundamente. Miró la oscuridad y trató de conversar consigo mismo. Pensar en lo que estaba mal. No podía permitirse, ni permitirles a nadie de la orquesta, errores. Era una dote de ambición que le pulsaba desde el interior de su mente. Mientras se hilvanaban en su mente esas ideas, alcanzó a ver de soslayo, por el corredor, una sombra enorme de algo o alguien que pasaba con suma tranquilidad hacia su dormitorio. Cuando dirigió su mirada hacia ese lugar, no encontró más que halo de luz mortecina que se filtraba por la ventana. No había una sombra más que la que pertenecía a la profunda oscuridad del pasillo. Regresó, cauteloso, hacia su dormitorio. Esperando no ver nada en el interior de su dormitorio. Pero lo que vio lo dejó estupefacto.
Apenas se encontraba en el umbral de la puerta cuando vio la espalda de un sujeto ataviado con lo que parecía ser una gabardina negra, muy alto y tenía cubierta la cabeza con una capucha para la lluvia.
El corazón de Joaquín comenzó a descontrolarse. Cada latido de su corazón parecía un martilleo estruendoso dentro de su pecho.
—Estás a punto de conseguir lo que tanto habías deseado —le dijo el hombre encapuchado.
Joaquín lo reconoció inmediatamente.
—Sí —reconoció con voz titubeante—. Estoy a un paso.
—En unos días sabrás lo que me deberás pagar por haberte hecho de la partitura.
—Sí. Sólo que lo que espero recibir no es simplemente por lo que signifique la partitura en sí, sino que necesito del compromiso de toda la gente que me rodea. Sin ellos no podré hacer nada.
El encapuchado lo miró de perfil.
—Los métodos que tengas que emplear para lograrlo, para mí son irrelevantes. Eso es problema tuyo y tendrás que solucionarlo por tu parte. Lo que me interesa es nuestra parte del trato.
Joaquín miró al buró, a un costado de la cama.
El sobre sigue ahí.
El misterioso hombre se le quedó viendo. Torció la boca y un leve resplandor aclaró su cara. Una gran cicatriz surcaba su rostro. Joaquín retrocedió al verla.
—Veo en tus ojos temor —precisó el hombre.
—He tenido un mal día simplemente —le contestó Joaquín.
—Antes de irme quiero que sepas un poco de la historia de la partitura.
Joaquín asintió.
—La partitura tiene poco menos de cien años de existencia. Se extrajo del cuerpo sin vida de un músico que fue asesinado por deudas.
—¿Qué clase de deudas?
—De honor.
La mirada de Joaquín se enganchó en la personalidad del misterioso hombre. Con ésta, era la tercera vez que lo veía desde que le dio la partitura. Sentía que lo debía tratar de buena manera, pues había algo en él que no le gustaba nada. Se fijó en sus ropas. Extrañamente y, sin que hubiera alguna entrada de aire en la habitación, la caída de su gabardina se ondulaba continuamente como si algún viento lo moviera. Joaquín no atisbaba ningún aire por mínimo que este fuera.
—¿Una deuda de honor?
—Exactamente. El músico estaba próximo a hacer una presentación muy importante. No se llegó a presentar debido a que faltó al convenio que tenía con su facilitador.
—¿Facilitador? —Joaquín pasó salva.
—Era un pobre sujeto que recurrió los poderes del diablo, ofreciéndole su pobre alma a cambio de talento.
—Momento —interrumpió Joaquín esgrimiendo una mediana sonrisa nerviosa— ¿Hay gente que puede beneficiarse con habilidades vendiéndole su alma al diablo?
El misterioso hombre asintió. Su capucha fue lo único que se movió.
—La gente recurre más al demonio de lo que piensas —prosiguió el hombre—. El hombre no cumplió lo que el diablo le había pedido como única cláusula.
—¿Cuál cláusula?
—Abrió el documento que le había dado el diablo. En él venía lo que recibiría después de que todo terminara.
Joaquín se sintió congelado. Era una situación similar a la que él pasaba con ese mismo sujeto que estaba enfrente de él.
—¿Cómo sabes todos eso? —dijo Joaquín tartamudeando.
Sorprendentemente la luz interior y exterior se fueron desvaneciendo ante los ojos incrédulos de Joaquín, y sólo escuchó el susurró incorpóreo de la voz de aquél sujeto:
«Yo estuve ahí.»
Buscó, a tientas, la pared. No podía divisar nada a su alrededor, todo había desaparecido ante sus ojos. Toda luz se había suprimido de sus ojos. Era como si lo hubieran dejado ciego, aunque sentía la presencia de su vista. Simplemente era como si le hubieran puesto una venda oscura en los ojos. Después de varios segundos No lo vio más. Pareciera como si hubiese desaparecido en la negrura de la noche. O como si nunca hubiese estado ahí.

La siguiente noche, arribó al ensayo mucho antes de lo que había citado a los de la orquesta. Quería, y ansiaba, tener un momento a solas. Un empleado del inmueble le abrió la puerta. Inmediatamente lo identificó y lo dejó pasar. Joaquín pasó directamente hasta el escenario principal sin darle importancia a que el empleado que le abrió intentaba sacarle conversación. Joaquín no escuchó nada de lo que le iba diciendo. Llegó hasta el área de butacas del escenario principal y fue que el empleado se resignó y se dio media vuelta.
Joaquín tomó asiento y se reclinó todo lo que pudo en el asiento. Contempló el techo del inmueble y suspiró profundamente. Mantenía una cara de amargura, de confusión y preocupación. Nada estaba siendo tan sencillo como pretendía que fuera. Sólo esperaba que esa noche no se presentara a irrumpir en su ensayo el anciano de la noche anterior.
Pensó en lo frágil que estaba su situación. Era el mejor momento de su carrera, pero el peor momento para él. Habían ocurrido muchas cosas que ahora podían hacer que perdiera todo. Especuló un poco acerca de la visita del extraño coleccionista. Se le hacía demasiado extraño la forma en la que había aparecido sorpresivamente y sin hacer ningún ruido en medio de su apartamento. Pero más le incomodaba la idea que se había arremolinado en su cabeza; el pensar que el coleccionista haya estado presente en los tiempos en los que le había narrado la historia. «El diablo» le había dicho que era con quien había hecho un trato aquél pobre músico. La idea de que el sujeto que estaba ayer en su habitación fuese el diablo le resultaba estúpida, por no decir inverosímil. Pero le atemorizaba pensar que fuese cierta.
Sintió un leve dolor de cabeza. Se frotó las sienes esperando que el masaje surtiera efecto pronto. Cerró los ojos y se concentró en sanar su dolor.
Matizó la idea de estar tranquilo, de controlarse y de tratar de que todo saliera bien.
Escuchó pasos en las escaleras, a su derecha. Pensó lo obvio; que alguno de los integrantes de la orquesta había llegado. Pensó que, fuese quien fuese, pronto le hablaría para saludarlo. Pasando cinco segundos y los pasos seguían avanzando sin que se escuchara una voz o una respiración que anunciara de quién se trataba. Aguardó un momento más sin abrir los ojos.
Los pasos no se detenían.
No había ningún otro sonido.
Joaquín siguió masajeándose las sienes pensando en que no tardaría en escuchar algo más. Pero no pasó nada por el estilo.
En cambio, los pasos siguieron avanzando, pero ahora iban acercándose por la hilera de asientos en la que estaba Joaquín sentado. El hecho de escuchar sus pasos sin ningún sonido más que lo acompañara, terminó por irritarlo. Se disponía a abrir los ojos, pero, en ese momento, escuchó cómo el asiento de la butaca que estaba a su derecha se abría mediante un chirrido casi imperceptible.
Abrió los ojos con la intención de reclamar y ver mal a la persona que estuviera a su costado. Pero fue tanta su sorpresa que no encontró a nadie a su lado. El auditorio estaba completamente vacío al igual que su expresión facial.
Se levantó de golpe del asiento y fue hasta el filo del escenario. Posiblemente por miedo, o posiblemente para contemplar mejor la escena y ver qué había podido ser.
Pero ni el miedo ni el ampliar la escena le sirvieron de nada. Él estaba sólo. No había nadie acompañándole en ese lugar.
Extrañado, se llevó las manos a la boca como para ahogar una exhalación fuerte.

Los integrantes de la orquesta llegaron poco tiempo después. Joaquín todavía no conseguía quitarse la sensación del cuerpo. En varios momentos, pensaba que alguien estaba a su lado. Sentía la molesta sensación de que alguien le respiraba cerca del cuello. Sentía muchos escalofríos y no podía concentrarse. Vagamente dirigía su mirada hacia el techo, hacia los palcos, hacia las escaleras y a las entradas porque sentía como si algo estuviera, en cualquier lado del inmueble, observándolo. Se sentía inseguro.
A pesar de que el ensayo estaba fluyendo de buena manera. Joaquín se sentía distraído, pensativo. De alguna manera se atrevería a decir que sentía miedo de encontrarse en ese lugar. Se encontraba sentado en la primera fila de asientos, con los brazos cruzados y simulando poner atención a los músicos, los cuales ya llevaban varias ocasiones que lo miraban esperando obtener un regaño o algo por el estilo. Pero nada de eso pasó. Joaquín estaba completamente perdido en sus pensamientos y lo único que le llamaba la atención era cuando todo se silenciaba.
Fue en un momento cuando se levantó de su asiento, cuando se dirigió hacia el escenario, quería ver mejor todo el lugar. Se encontraba nervioso. A menudo le dirigía la mirada a Christian y asentía con la cabeza para afirmarle que todo estaba correcto. Pero su atención no estaba allí. Su mirada se encontraba dirigida a los palcos. Justamente a uno en específico. El palco treintaitrés, situado en el anfiteatro alto, del lado derecho del escenario. Se alcanzaba a ver como si alguien estuviera ahí, parado en medio de la oscuridad. Era una silueta oscura, que apenas se divisaba en la oscuridad del inmueble. Joaquín se le quedó mirando con el ceño fruncido, tratando de definir la forma de la silueta.
Escuchó ruidos en el área de butacas, en la primera luneta. Desvió la mirada un poco e identificó al anciano que la noche anterior había interrumpido su ensayo. Con molestia lo miró y pensó que sería bueno que lo corriera si no quería más disturbios. Pero al final se calmó. No tenía mayor problema en dejar que el hombre se sentara y viera el ensayo a lo lejos. Si lo veía que se acercaba, lo correría de una forma grosera.
Cada que la orquesta terminaba de ensayar, el hombre gritaba o aplaudía. Joaquín estaba desquiciado, pero prefirió no tomarle atención a lo que hiciera.
Regresó la mirada al palco treintaitrés y se percató, con asombro, que no había nadie en la oscuridad que se pronunciaba. Intentó decirse que posiblemente había visto aquella silueta en algún otro palco. Pero estaba seguro del ángulo que había visto. No podía equivocarse en una simple distracción. Miró con ahínco el palco treintaitrés y no vio nada parecido. Se molestó con él mismo por haberse distraído, y con el anciano que había producido su distracción.
Le dio indicaciones al anciano para que guardara silencio. Pero éste ni siquiera le hacía caso.
Bajó del escenario y subió las escaleras de la primera luneta, dirigiéndose hacia el anciano.
—¿Podría guardar silencio, Por favor? —le dijo al llegar adonde se encontraba.
El anciano asintió con una sonrisa en el rostro.
Joaquín lo malentendió y continuó hablando:
—Por lo visto, usted y yo, no nos lograremos entender, ¿verdad?
—Yo no tengo ningún problema con usted. Es usted el que no ha tolerado nada de lo que hago. Me verá que soy un hombre humilde, pero conozco más el mundo que usted.
Joaquín sonrió con arrogancia sin contestarle.
—No estoy haciendo nada malo por estar aquí —se justificó Rafael.
—No, con estar aquí no. Pero sí con interrumpir cada vez que quiere mi ensayo, sí —acusó Joaquín.
—Lo que pasa es que es tajantemente impermisible, señor —sentenció Rafael con una mediana sonrisa en los labios—. Por cierto, he visto que estaba contemplando muy detenidamente aquél palco, como si haya visto algo.
—Contemplaba la iluminación —mintió Joaquín mientras que, con desdén se daba la vuelta para regresar al escenario.
—Seguramente ya tuvo contacto con él, ¿verdad? —dijo el anciano con un hijo de voz.
—¿De qué habla? —regresó su mirada a hacia Rafael.
—De nada. No se tome tan en serio las palabras de un pobre viejo.
—Acaba de decir algo, algo que tiene que ver con lo mismo que dijo ayer. Algo referente a “Él”. ¿Quién es “Él”?
El ver la risa en los labios del viejo lo hizo irritarse.
—¿Quién es? —insistió.
—No lo sé con certeza, pero, por lo que veo, tiene muchas ganas de conocerlo a usted. Posiblemente usted tenga algo que le llame la atención, puesto que nunca he visto que siga a alguien de esa manera como lo ha hecho con usted. Parece algo obsesionado con usted.
—¿A qué se refiere? —preguntó extrañado.
—Al que estaba viendo usted en el palco treintaitrés —Rafael inclinó la cabeza para señalar con la mirada el palco.
Joaquín siguió su mirada.
—Lo vi muy atento —continuó—. Trataba de ver quién era, descifrar la silueta que parecía verlo desde ahí arriba. Pero no vio nada más que la sombra. Y es que es, precisamente eso, lo que es él. Una sombra.
Joaquín quedó callado ante las palabras de Rafael.
—En todos los años que he estado aquí, nunca lo había visto así, tan inquieto, como si le urgiera hacer algo, como si quisiera llamar su atención. La atención la tiene fija. Podría decir, que si viera sus ojos, estaría seguro de que le sostuvo la mirada cuando usted lo veía desde el escenario.
—¿Usted vio eso? —preguntó Joaquín con vos trabada.
Rafael bufó antes de contestar:
—Sí.
—¿De qué se trata todo esto? —preguntó con incredulidad.
—Ésa sombra a la cual miraba detenidamente, ha estado aquí, posiblemente, más tiempo del que yo he estado, posiblemente haya estado mucho antes de que usted y yo naciéramos. Pero no sé nada más de él. Siempre lo he visto pasear por los pasillos del palacio como en busca de algo. Llega a aparecerse al personal de limpieza, caminando por el pasillo donde se encuentren. Dicen que es un hombre de una estatura promedio, que viste muy elegante, al estilo de los años veinte. Aunque el rostro nadie se lo ha visto, dicen que usa lentes y, en la mayoría de las ocasiones porta un estuche de violín. Siempre camina muy rápido. Incluso, hay personas que afirman haberlo visto corriendo. Pero nunca se acerca a la puerta principal del palacio. Es como si tuviese la intensión de nunca salir.
—¿Me está diciendo que es un fantasma? —la cara de confusión de Joaquín denotaba nerviosismo —. No estoy aquí para este tipo de cosas. No creo en eso.
Ambos miraron el escenario.
—El hecho de que no crea, no quiere decir que las cosas no existan —precisó Rafael. Muchas ocasiones falta simplemente creer para poder ver.
«Estupideces» reprochó Joaquín mentalmente mientras le daba la cara.
Joaquín comenzó a escuchar a lo lejos el solo de violín con el que anunciaba el inicio de la sinfonía. Estaba tan bien ejecutado, que pensó que por fin Christian había encontrado la forma adecuada de hacerlo. Tenía la cadencia y la elegancia que había querido siempre oír. Inconscientemente se le dibujó una sonrisa en el rostro y se sintió satisfecho. No necesitaba escuchar nada más. Si en ese momento se encontrara en el día del evento, daría por sentado que la gente empezaría con un gran y agradable sabor de boca el concierto.
La voz de Rafael interrumpió sus deleitables pensamientos.
—El que toca el violín no es precisamente su alumno —comentó en un tono cantarín. Posteriormente se dio vuelta y se retiró dejando a Joaquín viendo el escenario en busca del intérprete de su sinfonía.

Había sido escalofriantemente sorprendente para todos. Nadie de la orquesta se sabía el sólo de violín más que Christian y Joaquín y el solo había sonado en todo su esplendor, y a los oídos de todos.
El sonido de un violín se había hecho escuchar de forma clara y perfectamente audible. Pero el sonido no había sido emitido desde el escenario donde se encontraban el grupo de músicos, sino que había emergido, aparentemente, de las paredes, como si proviniera de alguno de los palcos. Todos quedaron atónitos ante ese hecho y voltearon a ver a Joaquín quien mantenía la misma expresión que todos.
—Pudo haber sido una grabación —pensó Joaquín en voz alta.
—Se oyó muy natural —comentó un percusionista.
—Sí —replicó Christian—. Además no se escuchaba el sonido en cuadrado como si estuviera en una grabación. Eso que escuchamos fue una interpretación en vivo del inicio de la sinfonía. El sonido de una grabación y el de una interpretación viva no es fácil de confundir.
Todos asintieron.
—Veré de qué se trata todo esto —Dijo Joaquín mientras se retiraba rumbo atrás del escenario.
Todos lo miraron desconcertados.
Joaquín sólo se dirigió al área de camerinos. Estaba desconectado del mundo. Por su cabeza sólo circulaban las palabras del anciano “Tiene muchas ganas de conocerlo” “Como si quisiera llamar su atención”.
Podría ser algo tramado por el anciano, pensó Joaquín. Pero, al recordar lo sucedido con el extraño coleccionista la última noche, pensaba que todo podía sucederle, que ya su vida no estaba pasando por algo que pudiera tener cabida dentro del raciocinio de lo normal. Pensaba que estaba rodeado de cosas raras. Cosas, que haciendo un recuento rápido, podían estar conectadas. La forma en que había descrito el coleccionista parecía la misma descripción que el anciano del palacio hacía de su supuesto fantasma. Era por demás inquietante pensar que todo lo comulgara en un solo punto. Tenía que encontrar respuesta.
Escuchó, a lo lejos, el sonido de la orquesta continuando con el ensayo.
Se metió a su camerino. Cerró con seguro y se miró al espejo. Su aspecto era más el de un pobre diablo, que el de un músico a la espera de su gran golpe.
Se dirigió al baño y se echó agua en la cara. Se sentía como si lo hubieran abofeteado. Sentía como si su cara tuviera, de repente, un peso mayor al que tuviera que tener. Notó que su mano temblaba.
Salió del baño y tomó la maleta que había traído con sus cosas. La situó encima del sillón y, del interior, sacó una botella de whisky. Necesitaba tranquilizarse. Relajar su mente. Sentir seguridad aunque fuera por medio de algo. Su sangre y su mente lo necesitaban. Le dio un gran sorbo a la botella y se tumbó en el sillón. Miró a un costado y observó el contenido de sus pertenencias. Ahí estaba el estuche que contenía la partitura. Le dio, nuevamente, un largo y profundo sorbo a la botella y tomó el estuche tubular. Lo abrió y miró las partituras desgastadas. Al tenerlas en las manos, pensó que hubiera sido mejor haberlas roto en el mismo instante en que todo le comenzó a sonreír sin ningún tipo de mesura. En donde todo comenzó a salir bien sin una razón aparente. Pensó que quizá ya era demasiado tarde. Pero luego se le vino a la cabeza que posiblemente no. Que todavía podía revertir el trato que había hecho con el coleccionista rompiendo las partituras. Pues todavía no conseguía lo que quería.
Bebió hasta la mitad de la botella y el whisky se le comenzó a salir por los costados de la boca. Se limpió como un ebrio común y corriente, con la manga de su saco. La desesperación le hizo romper las hojas de la partitura. Encendió un cigarrillo y con el encendedor se dispuso a quemar trozo por trozo de la partitura.
Cegado por la desesperación, se comenzó a reír. Se sintió victorioso. Valiente por lo que había hecho. Sintió nuevamente el sabor del whisky en la boca cuando por fin se había terminado toda la botella. Se sentía algo mareado como para tener los cinco sentidos situados donde siempre, pero eso no le evitó reparar que ya no se escucha el ruido de los instrumentos en el exterior del camerino. Giró la cabeza a ver el reloj de pared que estaba en el muro contrario a él y observó, con dificultad, que ya era más de la media noche. No precisó en la manecilla de los minutos. Sólo en la de las horas que estaba entre las doce y la una de la madrugada.
Con su falsa victoria entre las manos y un olor ineludible a papel quemado, tomó sus cosas y salió del camerino, tambaleándose. Recorrió los pasillos hasta la salida principal. Cerca de la salida estaba Rafael Galicia. Estaba sumido en sus pensamientos mientras hacia una compostura a un dispositivo eléctrico. El anciano ni siquiera le miró. Joaquín intuyó que él sabía que se estaba acercando y tuvo ganas de decirle algo despectivo, algo que lo liberara un poco más de la presión que sentía sobre los hombros, algo estúpido que le hiciera sentir bien a su alter ego. Cerca de la puerta miró al anciano y, con irritación en la cara, se arrepintió de la ofensa que quería hacerle.
Toco la puerta principal del palacio de Bellas Artes y la abrió un poco para poder salir. Al último momento, pensó que jamás volvería a tener otra oportunidad de decirle algo al anciano que desquitara todo lo que tenía en su interior. Apretó la mandíbula y con la nefasta cadencia que puede tener un ebrio impertinente abrió la boca sólo para decirle.
—Que pase buena noche, anciano decrépito —lo dijo casi para sí mismo.
Posiblemente Rafael Galicia ni si quiera logró escucharlo.

Hizo lo mismo con el sobre que le había entregado el misterioso coleccionista. No deseaba quedarse con nada. Había llegado a su casa con el mareo ya disminuido. Lo primero que hizo fue dirigirse a su habitación y buscar el sobre. Lo quemó y se quedó dormido.
Aunque la noche fue tranquila, Joaquín amaneció con una fuerte resaca y una gran incomodidad por todo el cuerpo. Sentía cosquilleos alrededor del cuello, así como en la espalda y en los brazos. Era una sensación sumamente molesta.
Se levantó con incomodidad y se dirigió al baño. El sonido parecía llegarle momentos después, como una película diferida en el sonido. Se sintió sumido en un silencio que iba siendo cobijado por pasivos goteos del agua sobre su espalda. Sintió el tinnitus en sus oídos. Ese zumbido insoportable le hizo sentir una súbita desesperación. Se sentó en el suelo y se cubrió los oídos y dejó que toda el agua le cayera encima. El agua no calmaba en lo más mínimo el cosquilleo que sentía. Se comenzó a rascar y precisó que la piel se le comenzaba a irritar. Su piel se había convertido en una calcomanía profundamente roja. Salió del baño nervioso y violentado por la comezón y el zumbido en los oídos. Se fue a secar con una toalla en las inmediaciones de su sala. Trató de hacer succión con su mano contra el oído para destaparlo. Para ese entonces ya no escuchaba el exterior, lo único que alcanzaba a escuchar con precisión era su voz desde adentro de su cuerpo, que se oía con un eco que duraba uno o dos segundos. La succión en el oído no surtió efecto. La desesperación lo llevó a tomar un hisopo e introducirlo en su oído con la esperanza de sacar lo que fuera que estuviese obstruyendo de su oído derecho.
El hisopo parecía estar resultando. Comenzó a sentir cómo el aire y el sonido tocaban su tímpano. Era un pequeño orificio, pero podía sentir un poco de alivio. Se quedó un momento más hurgando con el hisopo dentro de su oído. Pudo sentir que se lo que estaba en su oído se trataba de algo sólido, era un sensación carnuda, sensible y amoldable al orificio de su oreja. Se dirigió hacia su salón de ensayo y tomó de la herramienta unas pinzas delgadas, casi del tamaño de unas pinzas de depilar. Se las llevó al oído y comenzó a introducirlas, muy despacio. Al principio no sintió más que las pinzas abriéndose paso en su oído, pero después, al abrir un poco las pinzas y jalar con fuerza lo que había encontrado, sintió un dolor que no tardó en convertirse en punzadas. Se tocó el oído con el dedo índice de su mano derecha y, al sacarlo, vio su dedo manchado de sangre. Esto hizo que se hiciera hacia atrás y tropezara con un estuche de guitarra que estaba tendido en el piso. Él fue a dar hasta el pasillo. Al caer se dio un fuerte golpe en cabeza.
No alcanzó a sentir cómo su oído se destapaba por completo después de quedarse inconsciente debido al golpe. Tampoco vio que, del interior de su oído, había salido una polilla bañada en sangre.

La noche del último ensayo, transcurrió tranquila. Joaquín no quería tener mayores complicaciones y simplemente se dejó caer en una butaca y dar instrucciones desde su lugar. Escuchó completamente todo el concierto. Él les había dicho que iban a ensayar tal cual y como iba a quedar en el concierto, que no quería errores ni más interrupciones.
Muchos preguntaron acerca de lo que había pasado la noche anterior. A lo que Joaquín solamente respondió:
—No quiero más comentarios al respecto. Dedíquense a hacer lo suyo. Concéntrense y traten de mantener su mente despejada. Todo saldrá bien.
Notó que sus palabras no tenían el resultado que esperaba. Notó muchas caras de incertidumbre, otras tantas de inconformidad, pero ninguna que pudiera reflejar algo de lo que quería proyectarles.
Torció la boca y dejó a todos ensayando. Él parecía estar haciendo sus apuntes.
No sintió cuando Rafael Galicia se sentó a un costado de él.
—Son buenos chicos —dijo Rafael—. Hacen lo que usted les dice sin rechistar, a pesar de que saben que lo ocurrido ayer no fue algo normal.
—Ese tipo de comentarios no creo que ayuden a nadie —contestó con mal humor.
—Claro. Siempre es mejor ocultar la verdad con una mentira a que se desprestigie lo que uno fija en sus intereses personales.
—¿A qué se refiere?
El anciano se metió la mano al interior de su chamarra y sacó un sobre amarillento. Se lo extendió a Joaquín.
Joaquín quedó perplejo al ver que era el mismo sobre que había hecho cenizas la noche anterior. Su expresión era la misma de una persona a la cual le han acercado una rata de coladera.
Joaquín se levantó de su asiento.
—¿Dónde consiguió esto? —le exigió.
El sobre estaba con el sello violado, por lo que quería decir que el anciano había leído su contenido.
—El papel que viene adentro indica que la sinfonía que usted presentará a su nombre en realidad no lo es. Que es un plagio. Un robo. Usted ha cometido un crimen enorme —lo acusó Rafael—. Si tan sólo sus pupilos supieran la clase de farsante que es
La confusión asumió el control.
—¿En dónde encontró ese sobre? —aseveró.
—Cuando usted salió del Palacio, la noche anterior, cayó algo de su saco. Al principio no le tomé importancia, así pasó alrededor de media hora, por alguna razón pensé que usted regresaría en busca de ese sobre. Pero no regresó. Así que fui a levantar el sobre. Por un momento pensé que no era de mi incumbencia, pero después me decidía abrirlo. Era como si la icónica visión caricaturesca de la conciencia me dijera, por un lado, que la abriera y, por otro, que no. Leí el contenido y, ¡oh, vaya sorpresa! Usted es un fraude.
Joaquín le arrebató el sobre.
—¿Pero...? —Joaquín sintió obsoleta la pregunta y se giró al lado contrario.
—Diré lo que sé, Señor. Se lo juro.
Joaquín percibió el nerviosismo correr por sus venas. Volteó a ver al anciano de reojo y esgrimió un rictus de ira mientras el anciano se iba alejando. Tragó saliva y apretó el sobre entre su mano.
Fue a un costado del escenario. Se recargó en el escenario. Reparó en el tic nervioso que ahora tenía en el párpado izquierdo.
Subió el escenario como decidido a hablar, pero sólo se les quedó mirando a todos. Comenzó a caminar hacia el pasillo que conducía a los camerinos.
Comenzó a dar vueltas fuera de su camerino. Evidentemente se encontraba nervioso. Todo podía caerse y echarse a perder. Eso no era lo que quería.
Pensó en que tenía que conciliar sus ideas con las del anciano. Pero dudaba muchísimo que eso pudiera pasar. Rafael parecía muy decidido a cumplir sus amenazas.
De pronto comenzó a sentir un intenso dolor de cabeza. Era como si algo, dentro de su cráneo, se esforzara a salir de un momento a otro. Tenía la boca seca. El nerviosismo había consumido toda su paciencia.
Escuchó que la orquesta cesaba de tocar para comenzar a tocar algo más. Encendió un cigarro a pesar de que tenía enfrente de él un letrero de no fumar pegado en la pared. Se cruzó de brazos y comenzó a pensar cómo pudo haber sucedido tal caos tan inverosímil en su vida.
Aparentemente el coleccionista no había ido a buscarlo por lo que había hecho con las partituras y con el sobre. Pero lo más inexplicable era la forma en la que aquel sobre, habiéndolo quemado en su casa, tiempo después después, cayera de sus ropas incluso antes de que lo hiciera en su casa. Pensó que quizá todo el tiempo lo había llevado con él, y que lo que había pasado en su departamento sólo fue a causa de los influjos del alcohol. Había parecido una visión tan real. De otro modo no había otra forma por la cual ese sobre siguiera intacto. Inhaló el humo del cigarro y lo dejó en un largo rato en sus pulmones.
El pasillo en el que se encontraba continuaba hacia el fondo y giraba a la derecha hacia una zona que no había explorado aún. Pero, por el mismo pasillo, se escuchaba una voz. Joaquín se percató de ello y caminó hacia donde el pasillo cambia de dirección con la intensión de averiguar de quién era la voz. Al llegar al fin del pasillo asomó silenciosamente la cabeza para evitar ser visto.
Vio a Rafael Galicia, de espaldas, hablando por teléfono.
Se veía tan sumido en su conversación que parecía estar hablando de algo importante.
—Es sobre el evento de mañana… —le decía a su interlocutor—…Sí. Es algo importante que no le puedo decir por teléfono… No, no puede esperar mucho tiempo, es algo sumamente importante… —Rafael manoteaba, como si estuviera angustiado—… Muy bien. Lo espero por la mañana.

Rafael terminó la llamada y sintió un tremendo golpe en la nuca. Su cráneo se cuarteó y comenzó a salir sangre de la herida. El cuerpo inerte de Rafael comenzó a convulsionar estrepitosamente.
Las convulsiones fueron cesando a medida que la energía en su cerebro y en su cuerpo se iba acabando.

Joaquín llegó a su departamento con la consciencia manchada de sangre. Nunca había siquiera pensado algún día en llegar a matar alguien. Nunca le había pasado por la mente. Y ahora lo había hecho, con toda alevosía. Las manos le temblaban desde que había visto el cuerpo del anciano convulsionándose en suelo. La lenta agonía del viejo se le grabó en la mente como una estaca aferrada en la tierra.
El cadáver del anciano lo había dejado en un locker de metal que se encontraba en el cuarto de aseo, envuelto en una bolsa grande de plástico, para evitar el escurrimiento de la sangre. Lo había dejado sellado con un candado que había encontrado a la izquierda de la puerta, colgado de un llavero. Tuvo que ensuciarse las manos para limpiar el diminuto charco de sangre que el cuerpo había expulsado.
Nadie sospecharía nada hasta el día siguiente. Por ello tenía que ser precavido y llevarse de alguna manera el cadáver. Para eso tendría que hacer uso del tiempo que tuviera disponible.
Cansado y nervioso, pasó a su sala y se sentó de espaldas a la ventana. La luz de la luna se reflejaba en su espalda. Él se encorvó y dejó salir su agitación. Se recostó en el sillón y comenzó a llorar con desesperación. Presentía que algo malo iba a pasar. Presentía que todo acabaría pronto, pero que nada sería positivo para él. El miedo que sentía era parecido al que siente un claustrofóbico al estar encerrado en un cuarto diminuto, con la luz apagada. El dolor de cabeza había vuelto. Necesitaba descansar, aunque dudaba mucho que pudiera tan sólo conciliar el sueño. Se pasó la mano por la nuca, sentía como si un animal lo tuviera atenazado por el cuello, clavándole las garras.
Metió su mano a la bolsa del saco, sintió el papel hecho bola del sobre que le había quitado a Rafael, previamente antes de matarlo. Lo sacó y lo desenvolvió. Abrió la pestaña y miró el papel doblado en el interior.
Ahora tenía otro problema, se dijo a sí mismo. Debía pensar en la forma en la que tenía que solucionar lo que decía en el interior del sobre. Desdobló el papel y miró las letras que escritas a mano. Era una carta en letra manuscrita, muy bien definida. Al principio, miró detenidamente el conjunto de letras. Todos los caracteres parecían moverse ante sus ojos. Estaba mareado.
Como pudo, leyó la carta. Con cada línea perdía más confianza hacia él. El texto resumía que él no podía dimitir del contrato, puesto que el contrato tenía validez permanente y no estaba sujeto a cambios.
Había una cláusula inquietante; decía que si en caso de que el interesado rompiera el contrato, o lo destruyera, el demonio podía hacer uso de su vida como él quisiera. En la parte inferior del papel, estaba un texto marcado con color rojo, decía; si faltas a este contrato, en cualquiera de sus partes  “El precio será tu vida”.

Pasaron las horas, Joaquín se mantuvo insomne en su sala, sentado, en la misma posición que había adoptado cuando llegó a casa. Ese día no desayunó. No comió. No contestó el teléfono a nadie. Era como se hubiera esfumado de la faz de la tierra. No le quería abrir a nadie.
Fue de Andrés, su representante, de quién no pudo esconderse. Él tenía llaves de su departamento.
Al entrar, lo vio sentado en el sillón de la sala, encorvado, en una posición que parecería querer recoger algo del suelo.
—¡Joaquín! ¿Qué sucede? —dijo Andrés al entrar a su departamento.
El piso estaba en un completo desorden, pareciera que alguien hubiese entrado en el departamento y hubiera echado todas las cosas al piso.
Se acercó a Joaquín, quien no había reaccionado al llamado de Andrés.
Se calmó un poco al ver que Joaquín respiraba. Lo reincorporó, pero el cuerpo se fue hacia atrás. Joaquín tenía un aspecto sumamente desalentador.
Andrés lo trató de reanimar con unas palmadas en la cara. De poco sirvieron.
Andrés se dirigió a la cocina en busca de agua. Fue cuando Andrés traía un vaso con agua, cuando Joaquín reaccionó. Comenzó a toser y se dejó ir hacia adelante.
—¡Dios mío! —se alteró Andrés—. Joaquín, qué ha pasado.
Joaquín hizo un ademán con la mano en señal de que se detuviera.
—No hagas preguntas —Joaquín sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—Entonces tenemos que irnos —le dijo Andrés, con una evidente preocupación en el rostro.
Con mucho cansancio. Joaquín se reincorporó. Sin decir ni una palabra, se dirigió al baño y se dio una ducha. Se puso su traje de gala, uno que había comprado desde la vez que había recibido la noticia de que se presentaría en el Auditorio de las Bellas. Trató de arreglarse lo mejor que pudo. No quería empezar mal aquel evento. Vistió impecable. Listo para hacer las cosas bien y reivindicar el camino.
A pesar de su mal presentimiento, hizo todas las cábalas que tenía en mente. Pensó que si no creía en lo que le estaba pasando, se hacía más vulnerable a cada momento. Miró a Andrés, quien tenía muchas más preguntas para él, pero que no las iba a hacer en ese momento. Salieron del departamento cerrando la puerta con fuerza. Se fueron en el coche de Joaquín. Él iba manejando. Lucía cansado, y aún con las peticiones de Andrés para que él manejara, Joaquín se negó a todo. Condujo normal, sin presiones, aparentemente.
Cuando llegaron a Bellas Artes, vieron que ya todos los músicos estaban listos para entrar. Éste hecho tranquilizó en mucho a Joaquín. También, por otro lado, le tranquilizó más el hecho de no ver patrullas o ambulancias o las cintas amarillas o rojas que la policía deja en las escenas de crimen. Se recordó que tenía que hacer algo con el cadáver del viejo. Tenía que dominar sus pensamientos, para que todo saliera favorable. Para ese momento se encontraba más relajado. Por lo que veía, nadie se había dado cuenta de la muerte del viejo. Tanto el interior como en el exterior, había una tranquilidad total. La gente le saludaba como si lo conociera. Le sonreían. Le extendían la mano para saludarle.
Faltaban algunas horas para el evento y el palacio ya contaba con bastante gente.
Al entrar al Palacio, todos se dirigieron a atrás del escenario. Joaquín habló con los integrantes de la orquesta. Les felicitó y les dijo que se dieran un fuerte abrazo. Les dejó en claro que todo lo que estaba aconteciendo era gracias al esfuerzo conjunto de todos, que no era gracias a él, precisamente, y que sin ellos él no hubiera conseguido nada. Era un viejo discurso del primer maestro que tuvo. Era idéntico a lo que le habían dicho en su primera presentación, cuando el tenía sólo trece años. Pensó que las palabras resultarían. Y así fue. Todos tenían confianza en lo que estaban haciendo, no había caras largas, simplemente había armonía y precisión en las palabras de Joaquín. Les estaba diciendo justamente lo que querían escuchar.
Después de eso, todos se dispersaron. Algunos fueron a afinar sus instrumentos, a ponerlos en orden para la función que se avecinaba, otros fueron a distraerse a la galería, algunos fueron a andar por los pasillos o simplemente a platicar entre ellos.
Joaquín No vio ningún movimiento fuera de lo común. La gente de intendencia, así como el personal de seguridad y el personal del palacio, estaban tranquilos, haciendo su trabajo.
Sonrió para darse confianza y entró a su camerino.
Había un clima muy distinto al exterior. Había un aroma flotando en el ambiente. Un aroma dulzón, como a flores. Pensó que eso lo harían los empleados de intendencia en cualquier evento. En realidad era un aroma relajante. Pero su pensamiento cambió al escuchar una voz conocida:
—Así que rompiste el sobre —afirmó la voz del misterioso coleccionista.
Joaquín, de inmediato, cambió de postura.
—No —contestó éste, metió la mano en el bolsillo del saco. Sus manos expresaban nerviosismo—. Aquí está, intacto.
El coleccionista esgrimió una macabra sonrisa.
—Vi todo lo que hiciste —dijo ladeando la cabeza, como si quisiera ver a través de Joaquín—. Quemaste la partitura, estando borracho en ese sillón, detrás de ti. Llegando a tu casa terminaste por hacer lo mismo con el contrato. No me puedes engañar.
Joaquín pensó en hacerse para atrás y salir huyendo.
—No podrás huir —dijo el coleccionista augurando sus movimientos—. Tienes una función que dar, ¿recuerdas?
Joaquín asintió a regañadientes.
—Sólo recuerda que no seré yo el que ponga fin a todo esto —las palabras del coleccionista helaron la piel de Joaquín
—¿A qué te refieres?
—Tu máxima meta no será presentarte aquí, sino sobrevivir a lo inevitable.
De pronto, se abrió la puerta a sus espaldas. Era Christian.
Joaquín lo miró. Pensó que Christian se sorprendería de ver que alguien estaba en su camerino.
—Estaba tocando la puerta —dijo sin ningún ápice de sorpresa—. Pero nadie abre. ¿Está todo bien?
Joaquín dirigió la mira hacia dónde se suponía debía estar el coleccionista. Éste no se encontraba por ningún lado. No verlo le hizo sorprenderse.
—Pero… —tartamudeó.
— ¿Qué pasa? —le preguntó Christian— ¿Te encuentras bien?
—Sí —contestó silenciosamente—. Es simplemente que perdí algo.
— ¿Qué?
—Mi.. Vida —dijo Joaquín en voz baja. Christian no lo escuchó.

Cada alma se encontraba en su lugar. Había un leve bullicio entre el público. Algunos esperaban ansiosos a que se abriera el telón. Otros formaban conversaciones acerca de la orquesta. Otros decía su opinión acerca de Joaquín Arriola. Pero todos se mantenían atentos a la aparición de la orquesta. No había ningún lugar libre. Ni en los palcos ni en las lunetas. Todas la áreas estaban ocupadas.
Pero había un invitado, no condecorado, que estaba más ansioso de que todo empezara.

Cuando se apagaron las luces del auditorio de Bellas Artes, todo mundo comenzó a aplaudir, al mismo tiempo el telón se iba abriendo de par en par. Fue un vitoreo tranquilo y solemne. No hubo gritos, simplemente aplausos. Los músicos estaban en sus posiciones. Todos se pusieron de pie e hicieron una reverencia al público. Inmediatamente quien arribó al escenario fue Joaquín, quien fue recibido de la misma manera que al resto de la orquesta.
De la misma manera, hizo una reverencia al público en agradecimiento por su presencia y tomó su lugar al frente del escenario.
Hubo un silencio sepulcral, profundo, donde cualquier respiro podía ser audible ante todos. El contraste de la oscuridad del área de butacas con la luminosidad del escenario hacían que la que la gente se mantuviera expectante a lo que sucedería a continuación:
Joaquín se posicionó e espaldas al público. Bruscamente alzó las manos, señalando con la mano a Christian. Éste, sabiéndose lo que haría Joaquín, se acomodó el violín. Todo mundo esperaba el primer fino sonido que emitiera el violín de Christian.
Todo resultó de asombro al escuchar que el sonido del violín no procedía precisamente del violín de Christian, sino de otro lugar.
De uno de los palcos.
Todos giraron inmediatamente a ver al palco treintaitrés. Estaba pasando nuevamente lo que había acontecido en el ensayo. Todos, a excepción del público, sabían lo que estaba pasando. No era una grabación como habían precisado algunos integrantes de la Orquesta.
La acústica del sonido era distante. Era evidente que el instrumento que estaba interpretando aquellos acordes no estaba microfoneado. Hubo un momento de confusión entre la gente, puesto que pensaron que se trataba de una falla de sonido.
La interpretación del solo de inicio de la sinfonía, muy allá de la mala acústica, era perfecta. Sublime. Contaba con la cadencia necesaria como para decir que el intérprete le estaba dotando de un sentimentalismo extra a la música. Contaba con una personificación de una sombra, atrás de los espectadores del palco treintaitrés. Los espectadores de dicho palco no se habían dado cuenta de la presencia de éste. Pensaban que la gente los observaba porque de ahí emergía el sonido y creían que era la única bocina que funcionaba.
El solo de inicio duraba cerca de un minuto. Fue el tiempo en el que el público estuvo conmovido por lo que sus oídos estaban escuchando. Sin embargo los músicos, todos, estaban atónitos mirando la sombra que se había adueñado de la atención.
Joaquín estaba aterrado mirando como si sus ojos quisieran salirse de sus cuencas.
Cuando el sonido cesó, todo cesó en el auditorio. La gente aguardó un breve momento y culminó con un ensordecedor aplauso.

El evento había terminado de forma atropellada. Con constantes equivocaciones por parte de la orquesta. Joaquín todo el tiempo estuvo fuera de sí, desconcentrado, mirando en todas direcciones, como un delincuente huyendo de la policía.
Los espectadores les retribuyeron con un lamentable e insípido aplauso. Si hubieran sido otros tiempos, la gente los hubiera apabullado con lanzarles cosas al escenario.
Rápidamente todo se movilizó. Los músicos abandonaron el escenario y salieron del palacio con ayuda de sus familiares. El único que se dirigió a su camerino fue Joaquín, quien estaba devastado. Apesadumbrado, conmovido por la nefasta interpretación de esa noche. No daba crédito a lo que había es cuando la sinfonía comenzó a sonar. Había sido como si hubiera recibido la cuchillada de un asesino.
Consternado y fuera de sí, se tumbó en el suelo y miró el techo. La luz resplandeciente de su camerino no le conducía a otro lugar más que la locura. Lo que le estaba pasando no era nada normal. Un músico muerto le había quitado toda la tranquilidad y la cordura, así como él le había quitado el mérito de su propia composición.
Silenciosamente, la luz se empezó a extinguir dentro de su camerino. Sólo quedó prendida la luz precaria de una lámpara de emergencia. Su respiración se comenzó a hacer débil cuando, del fondo de la habitación, vio emerger una silueta que se alumbraba su contorno con la lámpara. La silueta sostenía en su mano derecha un violín y en la izquierda una soga. La silueta se aproximó a él tranquilamente. Sabía que Joaquín no gritaría. Por lo menos en aquel instante. Se paró justamente encima de él, con los zapatos a cada costado del abdomen de Joaquín.
La respiración de Joaquín ya era un soplo intermitente.
La silueta giró levemente la cabeza para estirar su mano izquierda y apagar la lámpara de emergencia. La oscuridad se adueñó de todo y en su lugar se escuchó un grito ahogado y el tronido de un cuello al romperse. 

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RELATOS DE TERRO Y SUSPENSO
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Héctor Almanza Chávez ©