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viernes, 25 de agosto de 2017

Relato 12 - Desde el interior de la oscuridad




Desde el interior de la oscuridad



«Padre nuestro que estás en el cielo»
Parece una voz infantil la que me susurra una oración al oído. Pienso que estoy dormido y trato de alejarme del umbral de donde proviene dicha voz.
«Santificado sea tu nombre»
Era otra vez esa pequeña voz despertándome a medianoche. He conseguido abrir los ojos con dificultad y ver la hora en el reloj digital de mi buró. Son las 02:59am. Otra vez a la misma hora que la madruga anterior.
«Venga a nosotros tu reino»
Ya no era una sola voz. Ahora se oía como si otra voz infantil acompañara a la primera. Abrí los ojos y supe que no estaba soñando.
«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»
Todavía entre mis cobijas, consigo enderezarme y recargarme en la cabecera de mi cama. Confundido, miro a la oscuridad. Alguien parece observarme desde el fondo de la habitación. Tengo esa sensación, como si me estuvieran rozando la piel pero con la mirada.
«Danos hoy nuestro pan de cada día»
Otra voz infantil se hizo presente. Lo de las voces que acompañaban a la voz de un principio no era normal. Aquello era algo añadido. Algo inusual. Peculiarmente siempre era una sola. Ahora ya sonaba como un coro reproduciéndose al unísono.
«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
Bajo mis pies de la cama y siento el suelo frío. Inmediatamente mi cuerpo se hela y la temperatura de la habitación desciende. Me siento inseguro.
«No nos dejes caer en la tentación»
Tambaleante, me consigo poner de pie y me dirijo hacia el mueble donde está ubicado ese maldito conejo de felpa que todas las noches reza de la misma manera, sólo que ahora habrá tenido alguna descompostura y por eso sonaba de esa forma.
 «Y líbranos…»
Nunca antes había hecho eso. Mi mano quedó a sólo un palmo de distancia del juguete. Las voces callaron. Todo fue parte de un silencio sepulcral. Pero el silencio se esfumó tan repentinamente como se había producido. Volteé a ver un poco a mi alrededor porque la sensación de que me estaban observando volvió en ese momento.
«Del mal»
Retrocedí. La última frase de la oración no fue pronunciada por las mismas voces con las que venía siendo articulada. Había sido una voz madura. De cierta forma áspera y con tintes seniles.
Tomé el juguete y lo llevé a la sala. Encendí las luces. Abrí una de las cajas y me le quedé mirando al juguete.
Era de mi hija. Uno de sus juguetes. Ella dormía siempre abrazada al él. Decía que le producía una deliciosa sensación de calma.
No pude evitarlo. Me puse a llorar. Sentía cómo mis lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos nublando mi visón.
Después de su muerte mi matrimonio fracasó. Así que sus juguetes fueron el único fantasma que me hacía recordarla, vivirla y hacer de cuenta que todavía estaba conmigo. Ella había sido lo único que puedo decir con certeza que amé de verdad. Nada se le igualó. Y nadie se le igualará.
Por eso me dolía lo que estaba pasando. Porque todo ese sentimiento desembocaba en sus pertenencias.
Encerré el juguete en la caja y volví a mi recámara. Encendí la luz de la lámpara del buró y me quedé viendo fijamente a la oscuridad.
Exhalé el aire de mi pecho y comprobé con desagrado que la sensación de que alguien me observaba no se había ido de mi mente. Sentía mi piel con un arrebozar de miedo.
Aquello ya había sido algo inusual; las voces de los demás niños que acompañaron la grabación hasta la voz áspera al último.
Tengo que aceptarlo. Me sentía asustado. No podía conciliar el sueño después de eso. Me senté al pie de la cama y no pude evitar pensar en lo que había pasado con mi hija. Giré mi cabeza hacia donde se encontraba el reloj de pared. Me pareció extraño precisar que la hora que marcaba era las 3:00am. Recordé que cuando había comenzado a orar el conejo de mi hija, eran las 2:59am. Estaba seguro que habían pasado varios minutos desde aquel entonces. Posiblemente se había descompuesto.
Me toqué la cara con ambas manos y me pellizqué el tabique de la nariz. Sentía un malestar que me golpeaba las sienes. No era un dolor de cabeza, sino una incomodidad, como si me estuvieran comprimiendo la cabeza.
Desesperado, me di la vuelta y fui hasta el buró. Abrí el cajón y saqué una cajetilla de cigarros. Me llevé uno a la boca y observé el reloj digital. Curiosamente marcaba las 3:00am, se había detenido a la misma hora que el reloj que colgaba de la pared.
 Fue como si me hubieran dado una bofetada. Retrocedí y me incliné, extrañado, a cerciorarme de la hora. En mi cara se dibujó un gesto desalentador. Metí los pies a las pantuflas y salí encendiendo el cigarrillo que traía en la boca.
Salí al pasillo que conducía a las escaleras. Era un pasillo descubierto. Inmediatamente sentí el frío que azotaba la ciudad. Mientras fumaba el cigarro, podía sentir como la presión en mi cabeza se iba intensificando. Traté de mantener la calma y doblegarme ante los influjos de la nicotina. Pero nada. Por más que trataba de serenarme parecía que iba aumentando la incomodidad en mi cabeza, tanto que para cuando me terminé el cigarrillo, ya se había convertido en un dolor punzante.
Recargué mi espalda contra la pared y eché la cabeza hacia atrás, hasta que ésta pegó suavemente contra el muro. Por un momento sentí un leve alivio. El dolor punzante se había tranquilizado un poco. Cerré los ojos y perdí la noción del tiempo.
Desperté debido a la luz del alba que comenzaba a despuntar en el horizonte. Me removí incómodo en el mismo lugar.
Sin preocuparme, me percaté que había dormido de tres a cuatro horas, tomando en cuenta lo que había pasado con la hora que se habían quedado trabados los relojes de mi habitación. Me levanté con desgana. No tenía ganas de ir a trabajar. Entré al departamento arrastrando las suelas de las pantuflas cuando escuché una voz que me volvió a poner en estado de alerta.
— ¿Papá? —reconocí la voz inmediatamente. Me quedé frío al instante— Apúrate o se nos va a hacer tarde. No quiero llegar tarde a mi primer día de clases.
Quedé boquiabierto al escucharla. Desde la entrada al departamento vi una sombra en mi habitación. No supe qué hacer. Comencé a caminar como si mi voluntad se hubiera quedado en un alto total y sólo mis piernas se movieran por sí solas. «Esa voz»; —« ¿Papá?»—. Al ir caminando me tallé los ojos para tratar de despertar, si es que eso era un sueño. No lo parecía. Todo parecía realidad. Me situé, con cautela, en el umbral de la puerta y miré con desengaño y una mezcla de impresión y melancolía, a mi hija.
Estaba ahí. Parada, de espaldas a mí, tomando una de las cintas de la mochila para echársela al hombro.
Sentí que se paralizaba mi ritmo cardiaco, pude sentir cómo un hálito se sumía en mi pecho y me dejaba estupefacto. Puse una cara de extrema sorpresa.
— ¿Qué te sucede, Papá? —Dijo ella sin preocuparse por mí, como si nada estuviera pasando— ¿Te sientes bien? —Me miró de pies a cabeza—. ¡Papá! ¿No te has cambiado? —Me miró enojada. Azotó el suéter de la escuela en la cama.
— ¡Papá! Apúrate —caminó hacia a mí y me entregó una camisa de uno de los cajones de la cómoda—. Yo preparo el desayuno.
Molesta, se fue hacia a la cocina.
Una maraña de imágenes y sentimientos me recorrieron la mente al verla caminar por la casa.
En primera; ella nunca había vivido ahí. Desde que había separado de su madre, yo busqué rentar un departamento lejos de los recuerdos de mi hija, lejos de su madre, lejos de todo lo que tuviera que ver con mi vida anterior.
En segunda; ella parecía estar muy acostumbrada al departamento, como si ella viviese ahí desde hace mucho tiempo.
Verla pasar frente a mí fue como ver caminar a un fantasma que antes sólo flotaba en mi mente. Su cabello pasó golpeándome el brazo. El perfume de su cabello era el mismo que recordaba, tan dulce y suave como siempre, impregnado de esa vitalidad que siempre contagiaba a cualquiera que la conociera. La escuché sacar de la alacena unos platos, también abrió el cajón de las cucharas y arrastrar una silla. Caminé despacio.
—Papá ¿Me puedes ayudar a sacar el cereal? No alcanzó la puerta —me sonrió.
Me quedé quieto, todavía incrédulo.
— ¿Papa?
—Sí, hija —contesté.
Fui hacia ella y le toqué el hombro. Por un memento me le quedé viendo, como si se tratara de un bebé recién nacido.
—Papá, por favor, bájame el cereal. No alcanzo.
Sacudí la cabeza. Hice lo que me pidió y caminé hacia el pasillo que conducía al baño. Mientras me encaminaba, no pude evitar que mi vista se dirigiera hacia ella. Era algo sorprendente, por no decir que imposible.
Estaba mi hija de vuelta. ¿Qué era lo que había pasado?
La realidad que estaba viviendo en ese momento estaba muy alejada de lo que venía viviendo. Me sentía demasiado confundido. No sabía qué pensar, si confundirme o asustarme por lo que estaba sucediendo. No regresé la mirada más a mi hija, quien se dispuso a desayunar. Me dirigí al baño sin hacer mayor alarde.
Mientras me caía el agua sobre el cuerpo me puse a recordar el momento en el que me acerqué para ayudarla a bajar el cereal del mueble de la cocina, precisamente en el momento en el que le toqué el hombro. Sentí su piel blanda, normal, como cualquier otro niño. En ese momento quería apretujarla entre mis brazos y no soltarla. Pero no quería parecer un tonto ante la confusión que, posiblemente, mi hija pudiera ser víctima. Estaba del mismo tamaño que la recordaba. No había cambiado nada en lo absoluto desde la vez que había desaparecido.
Pasaron por mi mente las imágenes tan horrorosas cuando nos informaron que habían encontrado los cuerpos de varios niños reportados como robados en la zona. Los habían encontrado en un departamento que estaba situado a sólo unas manzanas de donde vivía con mi familia. Por lo que no habíamos tardado nada en llegar. La policía nos impidió pasar, pero la escena parecía sacada de la mente de algún demente. Desde la puerta se alcanzaba a ver rastros de sangre por todas partes, leyendas de cultos de adoración al diablo en español y otros idiomas, pentágonos hechos con sangre, símbolos que jamás había visto en mi vida. En la pared del fondo se encontraba una puerta garabateada con muchos nombres, al menos eso era lo que aparentaban ser. Mi exesposa había llamado mi atención con un fuerte sollozo. Decía haber visto escrito el nombre nuestra hija en la puerta. Posterior a eso, un oficial de policía nos cerró la puerta.
Nos habían citado a reconocer el cuerpo ese mismo día por la tarde.
Habíamos sugerido que nos mostraran las fotografías de los cadáveres. Me supongo porque no hubiésemos soportado ver a nuestra hija tendida en un cajón de la morgue.
Las fotos fueron contundentes. No había duda.
Mi exesposa no había podido conciliar la idea y me culpaba por lo sucedido. Tratamos de afrontar el problema yendo a terapia. Pero no había nada que remediara lo sucedido. Lo que nosotros queríamos, más allá de resignarnos a los hechos, era entender lo sucedido, ¿por qué había pasado eso? Pero creo que nadie, ni siquiera la policía, había entendido lo que pasó. Nunca hubo un nombre de un responsable. Jamás se supo quién pudo haber sido, ni remotamente. El edificio donde encontraron los cuerpos de los niños era un sitio abandonado. Nadie vivía ahí. De hecho había planes de derrumbarlo.
Salí de bañarme y Ana Luisa, mi hija, seguía desayunando. El ver que no era una alucinación y que mi hija no terminaba desapareciendo así como así, me reconfortó. Sonreí y pensé que todo debería tener una razón. Pero por el momento no me molestaría en saberla. Ya tendría tiempo para saber las razones.
Posiblemente sería tiempo para recuperar el tiempo perdido.
Me acerqué a ella y la observé con detenimiento.
—Papá, tenemos que darnos prisa —ella actuaba de forma como si no hubiera ocurrido nada.
Si eso era una cruel alucinación, no quería volver. Ahí tenía todo lo que necesitaba.
Rápidamente fui a vestirme con la ropa para el trabajo. Me había invadido una gran emoción y ganas de hacer mis labores. Con una sonrisa, mediante, me acerqué a mi hija, quien se había dirigido a la sala para tomar sus cosas. Su pequeña altura no había cambiado. Me agaché, la abracé y la besé en la frente. Ella me respondió con una sonrisa pícara. Nos dirigimos a la puerta del departamento. Tomé mis llaves del mueble de a lado y abrí la puerta. En ese momento ella regresa la vista hacia mi habitación y dice:
—Espera —se fue corriendo.
—Apúrate —le dije en voz cantarina.
Salí del departamento y me dirigí a las escaleras. Ahí me quedé parado. Miré el pasillo. Respiré lentamente sintiendo en todo el cuerpo la tranquilidad que me rodeaba. Era algo sin igual; mi hija estaba de vuelta.
Pasaron unos cuantos segundos y mi hija no salía del departamento. Dejé mi saco sobre el barandal y el portafolio recargado en la pared.
—Hija —la llamé—, vámonos.
Regresé mis pasos sobre el pasillo hasta la puerta del departamento. Tan pronto entré, no vi ningún movimiento en el interior. Viré hacia la cocina; nada. En la sala; nada. Me dirigí hacia el dormitorio, el cual, extrañamente estaba con las luces apagadas. No había rastro de nadie. Incluso la cama estaba deshecha. Una nube de inseguridad y preocupación me envolvió. Di varias vueltas en el interior del departamento. No había nada ni nadie en él. Me dirigí al baño, con la ingenua idea que ella pudiese estar ahí. La puerta estaba abierta y el interior a oscuras. Un sonido chillante me comenzó a zumbar en los oídos. El sonido se convirtió en dolor de cabeza. Perdí el equilibrio y me detuve con la pared. Mi vista estaba nublada, era como si todo se hubiese meneado en un movimiento oscilante. Regresé a tientas por la pared a la sala. Presioné los parpados con fuerza para intentar que el dolor cesara. Me senté en el sofá muido e incliné mi torso hacia atrás.
— ¿A qué colegio pensabas llevarla? —sonó una voz seria, tranquila, pausada. Era una voz que denotaba experiencia.
—Recuerda que estoy muerta, papá— la otra voz era la de mi hija.
Traté de abrir los ojos y, poco a poco, enderezarme. No veía más que dos siluetas nebulosas que no me daban a entender nada.
—Ana —dije con dificultad.
—El dolor de la pérdida de un ser querido nos hace perder, por momentos, la razón y la noción de lo que estamos haciendo.
Poco a poco se me fue aclarando la vista. La luz del exterior iba invadiendo el interior de la sala y me encandilaba la visión. Me tapé los ojos. Fue hasta que mi vista se acostumbró a la luz cuando pude ver a la persona que estaba en la sala. Se encontraba en el sillón individua, cruzando la pierna derecha por encima de la izquierda y mirándome atento. Portaba un traje negro, saco de dos botones, de una tonalidad negra que podía interpretarse como si fuese de terciopelo. Descansaba su cabeza sobre una de sus manos, recargándola mientras expresaba un gesto despreocupado que retaba con la mirada. Tenía el cabello largo hasta los hombros. Algunos cabellos le caían, en forma de caireles, por la cara.
A un costado se encontraba Ana Luisa, o lo que parecía ser ella. Su cabello ondulado le caía descuidado sobre los hombros. Sus ropas se encontraban ennegrecidas, estaba descalza y su mirada parecía estar situada en alguna parte detrás de mí. Las cuencas de sus ojos parecían dos garabatos danzantes que oscilaban enfrente de su cara. Su mirada clavada en un lugar fuera de esta dimensión dejaba ver que ella estaba completamente fuera sí.
El hombre que la acompañaba se enderezó y acarició su brazo.
—Tu linda hija —habló como si la estuviera presentando.
—Déjala —gruñí.
Él sonrió. Traté de impulsarme y arremeter contra él sin medir lo que pudiera pasarme. Pero, de pronto, sentí unas manos huesudas que me tomaban por los hombros. Se trataban de unas manos grises, muy puntiagudas. Pensé que se trataba de una sola persona. Pero no. Se trataban de criaturas de muy pequeña estatura. Sus caras revelaban un gesto rábico. Tenían un hocico escurrido en saliva. Me enterraron las garras y me obligaron a recargarme en el sillón. Sus caras quedaron cada una a un costado mío. Giré a la derecha, y la criatura tenía los ojos en un tono amarillo, parecían cristales manchados por el tiempo. Del centro de la pupila se observaban cientos de hilos sanguinolentos que palpitaban con cada movimiento violento que la criatura hacía. Sus dientes estaban cubiertos de una masa amarilla que sobresalía de sus encías hinchadas y manchadas con coágulos de sangre. Estas pequeñas bestias estaban, casi en su totalidad, desprovistas de pelo, a excepción de unos cuantos vellos que sobresalían salpicados de su enjuto cuerpo.
— ¿Qué es esto? —reclamé con asombro.
—Son las ánimas de los niños perdidos —explicó—. Cada niño que hubo en aquel departamento donde encontraron muerta a tu hija, cumple, ahora, una función específica.
Su respuesta me hizo echar el cuerpo hacia enfrente. Quería írmele encima. Golpearle la cara hasta desaparecérsela a golpes. Pero las garras filosas de las criaturas me lo impidieron. Se clavaron cada vez más en mi carne. Me quejé del dolor. Vi que la camisa que tenía puesta ya figuraba con sangre. Una de las bestiecillas gruño como un perro rabioso.
—Por alguna causa el ánima tu hija no ha querido separarse de ti. Y he caído en una gran disyuntiva; ¿Por qué tú y no su madre? —Miró a Ana Luisa con un gesto de ternura—. Esto que ves, es sólo un reflejo de su alma. Es la parte infeliz de tu hija y es como siempre ha estado desde su muerte. Los demás niños han sucumbido a lo que les digo y terminan convirtiéndose en mis esbirros; sirvientes para la eternidad; criaturas que no tienen sentimientos ni conocimiento de la realidad que viven. Conforme van creciendo se convierten en demonios que se avejentan y se pudren en la entrañas del infierno.
»Tu hija es muy especial ¿Sabes? Todo el tiempo que ha estado muerta pareciera como si su alma no se hubiese separado de sus sentimientos y su voluntad. Esto me ha traído muchos problemas —agravó su voz—. Lo que viste y sentiste esta mañana fue solamente el reflejo de lo que ella quiere. Así funciona la voluntad de un ente; cuando no se acostumbra al umbral en el que está, ya sea el infierno o el cielo, simplemente se dedica a rehacerse y tratar de crear alucinaciones en sus seres más cercanos, las personas con las que tienen un vínculo más cercano. En el caso de tu hija, eres tú. A su madre ni siquiera la ha visitado.
— ¡¿Me estás diciendo que todo lo que estuve haciendo esta mañana es la tristeza reflejada de mi hija?
El hombre no habló, simplemente asintió.
Miré a mi hija, quién permanecía ajena a todo. De sus ojos manaba una oscuridad absoluta y una fijación extraña. No pude contener las lágrimas. Sentí la mirada de aquel sujeto clavada en mi expresión.
—Conmovedor —exclamó, burlándose de mí—. Pero, amigo, te propongo algo. Yo puedo hacer que pases, tan siquiera, un poco de tiempo con tu amada hija.
— ¡Maldito, tú mataste a mi hija! —le grité. Inmovilizado, simplemente pude hacer el intento de levantarme, pero mis ganas fueron insuficientes. Las pequeñas bestias tenían una fuerza superior a la mía. Estaban demás mis esfuerzos y eso lo sabía él —. No sabes las ganas que tengo de matarte y retorcerte el cuello.
—Lo que tienes que hacer es sencillo. Claro, si quieres seguir conviviendo con tu hija. Piénsalo, de verdad fue gratificante ver, acariciar y escuchar a tu hija una vez más ¿No? Yo, por lo menos, si tuviera una vida terrenal como la tuya, me gustaría escuchar la propuesta.
—No escucharé nada que de ti. No quiero nada que no me pueda regresar a mi hija —mi voz había perdido su intensidad.
—Es precisamente eso lo que te propongo. Sólo que para conseguirlo tienes que recabar almas para mí.
No entendí la propuesta. Esgrimí una cara de confusión, que mezclada con la ira hacía un gesto sumamente fruncido.
Se levantó del sillón. Al momento en que se incorporó, un polvo grisáceo se esparció a su alrededor dibujando un contorno nebuloso que lo iba siguiendo a donde quiera que éste se moviera. Me mostró una sonrisa escalofriante. Paseó por la sala y se acercó lentamente por un costado.
—Lo único que tienes que hacer es traerme niños y, después, yo me encargaré de todo. Lo único que requiero es que los traigas, los encierres y… Al siguiente día te dejaré ver a tu hija. Fácil, ¿no? —su voz iba acompañada con eco, que estando más lejos no se escuchaba.
— ¿Niños? —dije con voz trémula.
—Sí, claro, ¡Niños! Personitas pequeñas de carne y hueso —al pronunciar la palabra “niños” sus ojos irradiaban un brillo extraño, depravado.
Le exhibí un gesto de repulsión.
Repentinamente, se acercó más a mí. Pisó el sillón donde me encontraba y acercó su cara. Podía respirar su aliento fétido que se desprendía de su boca. Se me quedó mirando fijamente y, de la nada, le dio un manotazo a la criatura que ese encontraba a mi izquierda. La criatura chilló como un perro siendo golpeado, rebotando contra la pared. Alcancé a ver que la criatura se trataba de incorporar, pero se encontraba aturdida. No podía recobrar el equilibrio.
— ¿Por qué yo? —pregunté con la voz hecha un trémolo.
Soltó una carcajada y echó la cabeza hacia atrás.
—Porque tú me puedes ayudar y yo también te puedo ayudar. ¿A caso no quieres tener un poco más de tiempo a tu adorable hija entre tus brazos?
De pronto enfurecí, pero él pareció preverlo. Su mano derecha extendió su dedo índice y lo puso delante de mi frente. El dedo parecía contener toda su fuerza; me detuvo en seco y me paralizo.
—Ni lo intentes —me advirtió—. No estás en condición de arremeter contra mí. Lo único que quiero de ti es que seas mi ciervo. Tú recibirás algo a cambio. Creo que no es cualquier cosa. A menos que tengas algún precio por ver a tu hija muerta. Nadie te podrá conceder algo similar. Estás atrapado, estimado amigo.
Entendí la gravedad del asunto. Me encontraba entre una gran rémora; este ente, asesino, o lo que fuese, solamente quería ponerme a prueba ¿qué tanto sería capaz de hacer para poder ver nuevamente a mi hija?
Con esto último ponía a prueba el oficio sentimental que todo padre tiene hacia sus hijos; hacer todo por ellos.
Por un largo instante mis pulmones se quedaron sin aire, mi mente sin pensamientos, mi cuerpo sin movimiento. Estaba cavilando acerca de su propuesta en un silencio que me sobresaltó cuando regresé en sí. Todo mi cuerpo se puso blando y dejé caer mi espalda contra el respaldo del sillón con total libertad. Estaba asustado; la forma en la que había pasado todo, desde la madrugada hasta ese preciso momento, no tenía sentido. Para mí, lo único que tenía sentido era que tenía ganas de tener a mi hija entre mis brazos, cuidarla, mirarla detenidamente. Incliné un poco la cabeza hacia la izquierda y vi a mi hija ahí, parada, sin decir nada, mirando por el vacío que existía en sus ojos. Pero todos mis pensamientos se inclinaban a lo que realmente quería; seguir viendo a mi hija, de la manera que fuese.
Aquel sujeto vio la debilidad que hilvanaba mi mirada. Se rió y se comenzó a hacer hacia atrás.
—Si quieres ver a tu hija hoy, debes traer un niño y déjalo encerrado en la habitación del fondo —dijo.
No hubo respuesta por parte mía.
La bestia que todavía me sostenía por el hombro, me soltó por orden de aquel sujeto. Sólo bastó una mirada de soslayo para que la criatura me soltara.
Vi cómo parcialmente desaparecían mi hija, el sujeto y las criaturas ante mis ojos.
Tuve todo el día para rememorar lo que había pasado, para darle un repaso, cuadro por cuadro a la propuesta que me había hecho y acomodar mis sentimientos.
Mi hija estaba muerta; eso era cierto. Pero la pude sentir justo por la mañana, como cuando la luz del sol comienza a resbalar por la cara justo al amanecer. Esa sensación había sido la misma que cuando estaba conmigo. Todo había sido tan confuso, pero bello a la vez.
Salí a la calle sin pensar en algún rumbo preciso. Simplemente quería caminar, llegar a una conclusión por mala que ésta fuera. La lluvia comenzó a azotar desde media tarde. Por momentos se quitaba, otros tantos arreciaba con furia. No me preocupaba estar caminando por ahí. A decir verdad no me preocupaba mojarme. Estaba más concentrado en mis pensamientos que en lo exterior. Estoy seguro que mucha gente me veía extraño al pasar bajo la lluvia todo mojado.
Llegué a unos cuantos edificios de mi departamento, decidido a encerrarme en él y no salir. Pero, de camino a allá, sentado en el cobertizo de uno de los edificios, vi a un niño sentado a la luz amarillenta de un foco que le proyectaba su luz contra la espalda. No pude evitar sentirme atraído por su gesto de tristeza. La verdad no recuerdo siquiera su nombre, pero estoy seguro que me lo dijo.
— ¿Qué haces? —Le pregunté
—Estoy esperando a que deje de llover —me contesto sin mirarme—. Mi pelota se fue hasta el otro extremo de la calle y no puedo cruzar con esta lluvia. Si mi mamá me llega a ver mojado, me regañará tanto que estoy seguro que me castigaría de por vida.
— ¿Dónde está tu pelota?
—Está por allá —señaló un punto en medio de dos coches que estaban cruzando la calle.
—No veo nada.
—Creo que se metió debajo de uno de los coches—se tomó la cara con las dos manos y puso los codos sobre sus rodillas como si estuviera enfadado.
Sin decirle nada, crucé la calle y me agaché entre los dos coches. En ese momento, no alcancé a ver nada, pero en el momento en que puse una de mis rodillas en el suelo alcancé a ver el hule de la pelota. Estaba ponchada. Tomé el hule y regresé hasta donde se encontraba el niño, a quien ya veía con una cara de desilusión dibujada en su rostro.
—Lo siento —le dije enseñándole el hule de la pelota desinflada—, se ponchó.
El niño torció la boca.
Se le quedó viendo al plástico mojado y se levantó de los escalones.
—No —dijo con decepción.
—No te preocupes. Tengo varios juguetes de mi hija en mi apartamento, posiblemente alguno te guste.
El niño se me quedó viendo con una luz que se reflejaba en sus ojos. No alcancé a definir si lo que sintió fue alegría o curiosidad.
El niño, sin decir nada más, me tomó de la mano. Caminamos el resto de calle que faltaba para entrar al edificio. Subimos las escaleras hasta mi piso. Él parecía impaciente porque movía las manos como queriendo apresurar cualquier cosa que hiciera. Cuando abrí la puerta, él se situó atrás de mí, parecía haberse asustado con la oscuridad que gobernaba en el interior. Pasé y traté de encender la luz, pero me llevé la sorpresa que no había luz en mi apartamento. Estaba completamente a oscuras.
Recordé que mi caja de herramientas estaba en un mueble cerca de la puerta. Fui hasta allá y saqué dos lámparas de mano. Le di una a él. La encendió y se la dirigió a sí mismo a su cara. Encendí la otra.
—Lo siento —le susurré—. Creo que me han cortado la luz. Pasa, por aquí está la caja de juguetes.
El niño asintió.
— ¿No crees que su hija se enoje al ver que no está alguno de sus juguetes?
Estuve tentado a no contestar la respuesta.
—No te preocupes. Se lo repondré con otro.
Nos acercamos a la caja con las pertenencias de mi hija. Abrí las tapas y dirigí el halo de luz hacia el interior. Él también dirigió el halo de luz de su lámpara al interior, por lo que el contenido estaba muy alumbrado con el poder de las dos lámparas.
El niño se arrimó a la caja y tocó el borde.
Una leve pulsación cruzo por mi cabeza, como un breve deseo a hacer algo que no quieres. Mi mano me traicionó y la llevé hasta su hombro. Al hacer esto el niño me volteó a ver. Esgrimió una sonrisa y volvió su mirada hacia el contenido de la caja.
—Toma lo que quieras —dije tartamudeando.
Sus manos se dirigieron de inmediato al conejo de felpa que rezaba todas las madrugadas. Lo abrazó. Al mismo tiempo sentí que mi mano temblaba. Sentí un pesar en la consciencia, como si de antemano hubiera hecho algo malo.
El niño tomó otro juguete del interior, creo que fue una pelota de goma.
—Con estos serán suficientes —dijo al sacar las manos del interior de la caja.
Sentí que el temblor en mis extremidades superiores se había intensificado y se había contagiado a mis piernas. Tenía que hacerlo. Era la oportunidad de ver otro día más a mi hija. Comenzó a correr sudor frío por mi frente y mis mejillas. Mi respiración parecía la de un corredor que ha terminado un maratón. Cerré los ojos y sentí el movimiento del niño bajo mis dedos.
—Ya me voy, señor —se despidió—. Muchas gracias.
Posiblemente el niño sintió mi nerviosismo y se apresuró a caminar hasta la puerta.
Yo me giré y fui de tras de él. Llegó un tic que me atacó el ojo izquierdo. Me rasqué nerviosamente detrás de la oreja y vi cómo el niño abría la puerta.
— ¡Aguarda! —levanté la voz.
Él se volteó y me miró con desconfianza.
—Toma —le extendí los brazos con un suéter—. Llévatelo. Está lloviendo. No me perdonaría que te enfermaras.
El niño se los llevó en los brazos, alcancé a ver cómo comenzaba a ponérselo mientras yo iba cerrando la puerta. Alcancé a escuchas sus pequeños y delicados pasos por el pasillo y después descender por la escalera.
Lo último que vi, entre la oscuridad, fue la silueta del tipo trajeado, sólo que ahora no tenía un gesto tan condescendiente.
Ahora, dicen que me encuentro en un estado mentalmente deplorable. Que tengo más momento malos que buenos y que no podré reintegrarme a la sociedad nuca.
Es a veces cuando lo veo aparecerse enfrente de mí, dentro de mi habitación. Lo blanco de las paredes del nosocomio lo hacen más visible, aún y siendo de noche. Muchas veces lo veo acompañado del espectro de mi hija, la cual contiene el mismo rictus de impropiedad a la realidad. Siempre repite constantemente; —“pudiste haberlo tenido todo”—es cuando acaricia a mi hija y la voltea a ver levemente—“pero elegiste mal”.
Ahora escribo todo esto en los pequeños momentos de lucidez que tiene mi mente, cuando no estoy absorto en la mediocridad de la locura. Hoy trato de ser yo por algunos minutos, después, e inevitablemente, regresa el trauma y me sumerge en un miedo desbordante que me hace encoger el cuerpo y repetir el nombre de mi hija.




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RELATOS DE TERROR Y SUSPENSO
Todos los derechos reservados
Héctor Almanza Chávez ©

jueves, 24 de agosto de 2017

Relato 13 - Encuéntrame en el bosque 1 de 2





Encuéntrame en el bosque

El viaje se había programado algunos meses antes. Era un viaje en parejas y todo deparaba a ser una especie de luna de miel anticipada para Manuel y Sonia, quienes en unos meses, contraerían nupcias. Manuel era recién egresado de la Universidad del Estado y Sonia era enfermera en el hospital de la región, con veinticinco y veinticuatro años, respectivamente. A decir verdad eran la única pareja, de las dos que iban a esa excursión, que parecían quererse de verdad, pues Adrián e Ivette se encontraban en una etapa donde no les convenía tener nada formal. Ivette pensaba que Adrián era simplemente un tipo atractivo y que había sido una gran elección haberse acostado con él el día en el que se conocieron. Adrián pensaba que lo de él e Ivette simplemente no duraría, que sería algo pasajero en lo que a los dos se les quitaban las ganas. Sabía que lo que sentían ambos era simplemente atracción, de esas que no trascienden en ningún sentido, lo único importante era el valor emotivo y sexual que la relación le proporcionaba a ambos.
Sonia y Manuel, por su parte, habían encontrado algo más sutil al paso de los dos años de relación y era precisamente eso lo que los había llevado ahora a tener la certeza de que eran el uno para el otro. En cambio con Adrián e Ivette todo era más ligero, no había un compromiso, simplemente se veían cuando querían y hacían lo que les gustaba.
Manuel y Adrián se habían conocido en los últimos meses de la carrera, habían logrado coincidir en muchas cosas y se habían hecho muy buenos amigos. Manuel había presentado a Ivette y a Adrián, pensando en que eran tal para cual, pensando en que dos de sus mejores amigos podían llevarse bien y tener una relación.
Fueron Ivette y Adrián los que sugirieron el viaje. Habían dicho que les caería bien ir a un lugar donde apreciar la naturaleza. Y entonces surgió el nombre de las lagunas de Zempoala, en Morelos, un lugar asombroso, contrastante en todos los sentidos.
Sonia, al ver el lugar, quedo asombrada, en primera instancia, Manuel tuvo que moverla por los hombros para reanimarla y continuar el camino hacia un lugar donde pudieran acampar a orillas de una de las lagunas.
— ¡Es un lugar sorprendente! —dijo mientras miraba a su alrededor.
Manuel asintió.
—Y espera a que lo veas de noche.
Las palabras de Adrián motivaron a Sonia.
Ivette iba caminando con una sonrisa en los labios. Parecía burlarse de la ingenuidad de Sonia, que, en ocasiones le hacía sentir un poco de molestia.
No habían conseguido alguna cabaña que estuviera disponible. Las que estaban más próximas, se encontraban en remodelación. Un empleado del sitio en el que se detuvieron a comer les dijo que una excursión se veía mejor desde el exterior de las cabañas. Que el cielo era fantástico de noche y que tenían que dormir viéndolo, que sólo así valdría la pena haber hecho el viaje. Este comentario había despertado el interés de todos, a excepción de Adrián, quien tenía planes para con Ivette para esa noche. Evidentemente todos se dieron cuenta del gesto de molestia que había puesto.
Llegaron a un lugar que se encontraba a orillas de una laguna, dejaron sus cosas y todos se acostaron. Era una zona desprovista de gente, eran los únicos que se encontraban en esa zona del bosque, por lo menos en un kilómetro a la redonda.
Ivette se quedó parada mirando algo en el montón de pinos y oyameles que cercaban la zona en la que se encontraban.
— ¿Qué tienes? —le preguntó Adrián al mismo tiempo que la tomaba por los hombros— ¿Qué hay ahí?
Ivette miró a Adrián y perdió de vista el punto donde antes miraba.
—Me pareció ver a alguien entre aquella barreta de pinos —señaló con la mano.
—¿A alguien? Estamos aquí solamente los cuatro —Adrián la tomó por la cintura.
Sonia alcanzó a escuchar la conversación entre Ivette y Adrián.
—Posiblemente alguien que está en una caminata —sugirió.
—Es probable —contestó Ivette con desgana.
Las cosas entre ellas no iban bien. Bueno, nunca habían ido bien. Nunca se habían caído bien. Simplemente se toleraban por llevar las cosas bien con Manuel y Adrián.
Manuel se acercó a Adrián y le dio un golpe con la palma de la mano en la cabeza, inmediatamente se echó a correr detrás de él.
—O posiblemente se trate de un fantasma —dijo sonriendo Manuel.
Adrián salió corriendo detrás de él.
Ivette y Sonia se les quedaron viendo.
—Parecen niños ¿verdad? —Dijo Sonia— siempre que están cerca el uno del otro, se comportan como si fueran niños.
Ivette parecía no haber escuchado el comentario de Sonia. A continuación se giró, y le dedicó una mirada a Sonia, con lo que le anunciaba que trataría de llevar bien las cosas.
Sonia se quedó viendo cómo se retiraba y la dejaba con la conversación en el aire. No sabía por qué Ivette era así con ella, aunque muchas veces se le había metido en la cabeza de que ella tenía un cierto recelo a la relación que llevaba con Manuel. Había algo en ella que le hacía sentir incomodidad cada vez que se expresaba de Manuel. Había un ligero ápice de celo por parte de Ivette hacia Manuel cada vez que se encontraban los tres juntos en un mismo lugar. Sonia había estado de acuerdo en que Manuel presentara a Ivette y Adrián, tenía la vaga idea de que con una relación de noviazgo ella le quitaría el ojo de encima a Manuel. Pero no había pasado exactamente eso; si bien Ivette había tomado cierta distancia por la presencia de Adrián, sus comentarios se habían vuelto más incisivos.
Era cerca de medio día y Sonia había aprovechado el tiempo en el que Manuel y Adrián se mantenían ocupados paseando en los caballos para sentarse a leer bajo la sombra de un árbol. El clima era excelente. Templado. El aire pegaba en sus manos como un fino y fresco soplido. El ver todo al su alrededor sumido en una abundante calma le hizo sentir una gran comodidad. Se soltó el cabello y dejó que se moviera con la ondulación que le profería el viento. La relajación la hizo que se recargara en el árbol y se sumiera en un profundo sueño. Pronto todo su cuerpo se encontraba tendido. Se acurrucó en posición fetal.
Su cuerpo estaba tan cansado que simplemente escuchaba el sonido del aire al chocar contra su cuerpo y los sonidos del agua y uno que otro niño que gritaba a lo lejos. La lejanía de los sonidos era algo que suele ser un aliciente para la relajación.
Escuchó el crujir de unas ramas a una reducida distancia de donde se encontraba. Pensó que sería Manuel y Adrián que habían regresado de su paseo a caballo. Escuchó con atención sin abrir los ojos y se dio cuenta de que estaba en un error; eran solo un par de pies los que se acercaban, no dos. Pensó que se trataba de Ivette. Esa chica siempre buscaba estar presente en donde no le llamaban. Hizo caso omiso de su presencia y siguió con los ojos cerrados, esperando que un sueño la absorbiera. Escuchó avanzar los pasos y detenerse a una corta distancia, prácticamente a algunos palmos de donde ella estaba. Sonia se sintió desconcertada. Los pasos se habían detenido.
Quiso mover el cuerpo, pero sintió como si una mano la estuviera sometiendo por la nuca. Sintió que era una extremidad fría como un cubo de hielo. Trato de gritar, pero replegada contra el suelo le fue imposible. Sólo pudo proferir unos gritos ahogados que se perdieron en el espacio abierto que la rodeaba. Escuchó cómo las ramas crujían anunciando el movimiento de su agresor. Lo que escuchó la dejó tan sorprendida como asustada:
«—Mi cadáver se encuentra en medio del bosque. Encuéntrame.»
La voz hilvanaba juventud. Atormentada, Sonia se levantó en un solo movimiento. Se sentó en el pasto húmedo. Parecía haber recibido una descarga de adrenalina. Al ver que nadie se encontraba a su alrededor, su respiración se transformó en una inquietud incontrolable. Claramente había sentido el peso de algo oprimiéndole la nuca. Estaba espantada. Sus manos se empezaron a desesperar y a mostrar su nerviosismo. Tenía ganas de gritar, de salir corriendo. Pero si lo hacía, sin tener pruebas de lo sucedido, la tirarían de loca. Se fue levantando apretujando el libro contra su pecho, como si éste la fuera a defender de cualquier cosa que la estuviera acechando. Tragó saliva y se levantó por completo y miró a su alrededor. Confundida, dirigió su vista hacia la orilla de la laguna. Ahí, mirando el agua, se encontraba Ivette sosteniendo una expresión ajena, absorta en sus propios pensamientos.
Un súbito arrebato de rabia le azotó en medio del pecho al pensar que Ivette pudo haber sido. Ivette era la única de los que iban a acampar que tenía algo en contra de ella. Seguramente ella tenía algo que ver con lo que le había pasado. Frunció el ceño y comenzó a avanzar enfurecida hacia Ivette.
— ¿Qué es lo que te sucede? —Reclamó al llegar con ella— ¿Cuál es tu problema? ¿Te has esmerado tanto en joderme la vida que ahora quieres matarme de un susto?
— ¿De qué hablas? —dijo Ivette confundida.
—Ya te dije. No te hagas. Bien sabes de lo que estoy hablando —siguió reclamando—. No sé qué es lo que te pasa, pero déjame decirte que desde que he ando con Manuel siempre has querido meterte entre los dos ¿Crees que no me doy cuenta?
Ivette mantenía una expresión de confusión. La miró de arriba abajo y negó irónicamente con la cabeza. Sonia advirtió que le estaba diciendo loca sin mencionar ni una sola palabra.
—No sé de lo que estás hablando. Aunque sí te doy en algo la razón —puntualizó Ivette—. No has logrado caerme bien. No creo que seas la mujer idónea para Manuel. Sin embargo tengo que aceptarte por él. Pero para serte sincera, no te tolero.
Las palabras de Ivette le cayeron como una bofetada. La silenciaron por completo. Incluso, la vio retirarse sin tener la más remota intención de detenerla.
Al recapitular todo lo ocurrido, recordó el gesto de Ivette ante su reclamo, como si ella no hubiese tenido nada que ver con lo que le paso, incluso pudo ver confusión en su mirada. Inminentemente, Ivette tenía muchas cosas para reclamarle por el simple hecho de caerse mal mutuamente, pero, en definitiva, no tenía nada que ver con lo ocurrido. Al menos, eso era lo que aparentaba.
Rememoró el tono de voz que había escuchado. Notablemente esa voz no encajaba con el timbre de voz de Ivette. Había sonado muy juvenil.
«—Mi cadáver se encuentra en medio del bosque. Encuéntrame.»
¿Quién habría sido?
Por un momento se instó a pensar que había sido algo simulado por su imaginación, que todo había sido una alucinación procedente de su sueño. Pero lo había escuchado tan nítido que al sobreponer lo que escuchó con lo que veía a su alrededor, nada encajaba. Volteó desconcertada a ver a su alrededor. Sintió una leve comezón en la nuca, cerca de donde había tenido la sensación de que la había sujetando. Cuando su mano regresó a su campo de visión se percató que una mancha rojiza se barría por la palma de su mano. Esto la hizo estremecerse y regresar al punto donde se encontraba en aquel momento. Caminó hacia ahí con una sensación amenazadora. Tenía la esperanza de que su sangre estuviera manchando alguna parte del árbol o alguna rama del suelo, para poder definir que había sido un rasguño y no un reflejo materializado de lo que creía haber soñado.
El suelo estaba limpio, desprovisto de toda mancha sanguinolenta. No había ningún indicio de rasguños o movimientos bruscos, más que el que había marcado su silueta en el pasto.
Caminó a prisa hasta donde se encontraban sus cosas. Extrajo de una bolsa un espejo. No alcanzaba a ver la herida de dónde provenía la sangre, sólo alcanzaba a ver la mancha roja que se plasmaba en su cuello. Sacó de su bolsillo su celular y contrapuso el espejo de frente a la pantalla del celular para poder alcanzar a ver la parte del cuello donde tenía la herida. Sentía el ardor que le producía el aire al contacto con la carne. Se sorprendió demasiado, tanto que se instó a volver a ver la herida. Era muy grande, no tan profunda, pero sí parecía un corte fino producido por algún punzocortante. Volvió su celular al bolsillo del pantalón y tocó la orilla de la herida. Un dolor instantáneo le llegó de repente y le hizo dimitir de sus intentos de palpar más allá.
— ¿Qué ocurre? —Escuchó la voz de Manuel a unos metros de ella.
Volteó a verlo, trató de disimular su dolor pero un hilo de sangre le comenzó a correr por el cuello.
—Nada, estaba buscando unas cosas —terminó diciendo, preocupada porque Manuel no le viera ni la herida ni la sangre.
—Sonia ¿Por qué te escurre sangre de la nuca? —Manuel hizo el intento de tocarle el cuello.
— ¿De la nuca? —Dijo esquivando la mano de Manuel—. No sé. Posiblemente me he de haber rasguñado.
Sonia tomó sus cosas y comenzó a caminar, nerviosa, en la dirección contraria en la que se encontraba Manuel. Éste último la siguió.
En ese mismo instante Adrián corrió a abrazar por la cintura y levantar a Ivette, quien, a su vez le sonrió burlonamente a Sonia. Sonia la vio hacerlo y decidió ignorar lo que hacía. No pretendía acceder a sus provocaciones. Manuel le dio alcance a unos metros.
— ¿Qué ocurre? —dijo mirándola a los ojos.
—Nada.
—He visto que han tenido algunas diferencias entre ustedes dos —dijo Manuel refiriéndose a ella y a Ivette—, y quiero saber qué es lo que pasa.
— ¿Hasta ahora te das cuenta?
Manuel se encogió de hombros.
—Los problemas están ahí desde que la conozco, más bien desde que decidiste presentarnos. Pero eso no es lo que me importa en estos momentos.
—Entonces ¿Qué es lo que pasa?
Sonia se tomó un respiro y miró a la laguna que estaba enfrente de ella.
—He tomado un descanso, recuerdo que cerré los ojos simplemente para descansar un poco, pero no dormir… estoy segura que no lo hice. Pero después de un rato que pasé así, a la sombra de aquél árbol —señaló la sombra del árbol en el que se había tendido—, sentí algo que me tomaba por el cuello y me empujaba hacia abajo. Fue algo espantoso.
Manuel la abrazó al ver que unas lágrimas se desbordaban de sus ojos.
—No te preocupes. Ya estoy aquí —dijo, incrédulo de lo que le estaba contando su joven novia—, seguramente fue parte del sueño en el que te empezabas a sumir y al levantarte, de un solo movimiento, te rasguñaste con alguna rama —al decir esto, Manuel ya se estaba fijando en la nuca de Sonia.
—No —meneó la cabeza Sonia—. Sentí una mano empujándome hacia abajo con tanta fuerza que parecía querer matarme —por un momento pensó que sería mejor guardarse para sí misma la continuación de la historia, pero cuando lo estaba pensando, ya lo estaba diciendo—, y, al final, sólo escuché una voz diciéndome que su cadáver se encontraba en el bosque, que lo fuera a encontrar.
Sonia se hundió en el pecho de Manuel.
—Ya —le susurró—, fue un mal sueño.
Sonia se quitó de los brazos de Manuel.
—No fue un sueño —reclamó—. Fue real. Tan real como que te estoy viendo.
Manuel puso cara de enfado.
—Sonia, por favor. Sólo has de haber tenido tanto cansancio… que tu sueño te jugó una mala pasada.
Sonia meneó la cabeza en señal de una negación rotunda.
—Dime una cosa —habló Manuel—; ¿y viste alguien cuando despertaste? Porque si no fue un sueño, debiste de despertar de inmediato al momento en que la mano te soltara, debiste de haber visto a alguien. ¿Viste quién te hizo eso?
—No.
—No creo que alguien tenga la velocidad para poder desaparecer en una centésima de segundo —suspiró—. Mira, vamos a darnos el tiempo para pensar en lo ocurrido, pero será en otra ocasión, por el momento vamos a disfrutar de la tranquilidad que proyecta este lugar; es fascinante.
No muy convencida, Sonia aceptó. Pensó que no quería estar de malas y arruinarles el día a todos. Simplemente estarían dos días ahí ¿Qué malo podría pasar?

El sol se estaba ocultando entre los pinos que flanqueaban el horizonte nuboso de aquel lugar. Nadie se había percatado, pero, si se miraba con atención, se podía observar como si el sol, en sus últimos destellos, bañara de un color rojizo el horizonte, como si quisiera dar a entender que nunca moriría, y que esa oscuridad que ahora desterraba su reino, pronto se vería obligada a abandonar lo que él resguardaba con tanto recelo desde mucho tiempo atrás.
Sonia se encontraba sumida en un pensamiento que le giraba en la cabeza, y, a menudo, giraba su vista a ver el bosque que se encontraba a su izquierda. Parecía llamarle como un susurro decadente, casi sin fuerza, como si la voz que la estuviese llamado estuviera moribunda, seca, vacía. No quería seguir escuchando aquel susurro constante. Pero era inútil. Aquella voz se había mimetizado con su mente. También, si decía lo que le estaba sucediendo, todos la tacharían de loca. No quería eso. Ya tenía suficiente con la humillante sensación que sentía por lo que le había hecho sentir Ivette. Manuel le había dicho, en algún momento de su relación, que ella, en muchas ocasiones, era una persona determinante y, hasta cierto punto, peligrosa; que a la gente le convenía tenerla de aliada que de enemiga.
Manuel estaba a su lado hablando de lo que harían al regresar de su viaje. Pero Sonia no le hacía caso.
— ¿Qué opinas? —le preguntó.
Sonia sacudió la cabeza al escuchar a Manuel terminar la frase.
— ¿Eh? Ah, sí. Muy bien —dijo sin saber a qué respondía.
Manuel se rió al percatarse de que no había escuchado nada de lo que le había dicho.
—Bueno ¿quieres ir a cabalgar un rato? Hay que tratar de aprovechar el tiempo que reste de luz —sugirió Manuel.
Sonia accedió moviendo la cabeza afirmativamente.
Se dirigieron hacia un nativo del lugar que rentaba caballos. Tomaron dos y se alejaron hacia donde empezaba el bosque. Rondaron por el bosque sin decirse nada. Poco a poco, los estaba rodeando la noche y la visión se les dificultaba. Ambos utilizaron las linternas de sus celulares para poder alumbrarse el camino. Los equinos se mostraban inseguros en medio de la oscuridad, por eso andaban con mucha precaución al pisar la tierra, entre los árboles.
—Deberíamos regresar —insinuó Manuel.
—Espera —Sonia detuvo su caballo. Descendió de él y dio unos pasos hacia la imperiosa oscuridad del bosque.
— ¿Qué haces? —preguntó Manuel.
Ella lo ignoró, siguió caminando. Manuel descendió también de su caballo. Ella se estaba alejando.
—Sonia ¿Adónde te diriges?
—Espera —por fin había recibido respuesta. Extendió la mano sin dedicarle una mirada, en señal de indicación para que no se moviera.
Manuel sintió un cosquilleo en los antebrazos. El ver a su prometida sumirse en la oscuridad había sido un miedo que llevaba encarnado en su mente desde hacía mucho tiempo; había sido un sueño muy escabroso en donde él sólo fungía como un observador. Nunca se lo había confesado a Sonia, pero ese era un miedo latente. Manuel había recibido esa imagen de su novia yendo hacia la luz como si fuera un déjà vu. Trató de mantener la calma mientras un frío abrazador le subía por las piernas. Tuvo la mirada helada y fija hacia Sonia.
Sonia comenzó a escuchar la voz más nítida, era como si a cada paso la voz se limpiara de todos los sonidos que eran proferidos por el bosque.
«—Estas cerca—la voz era trémula.»
Manuel siguió con precaución los pasos de Sonia. Ella se detuvo súbitamente ante un pino enorme. Al fondo, más allá de su cuerpo se iba difuminando una luz. Se hacía cada vez más débil.
Sonia dirigió su mirada hacia arriba, hacia las ramas. Impresionada, se derribó en la tierra húmeda soltando el celular que tenía en la mano. El dispositivo telefónico cayó a unos metros haciendo que el halo de luz girara sin control, posteriormente el aparato fue a dar contra una roca y terminó por apagarse. Estaba segura de haber visto unos pies suspendidos en la oscuridad de las ramas del pino, como si alguien estuviera colgando. Lo más próximo que su imaginación se atrevió a reproducir que fue la imagen de un cuerpo ahorcado. Pero lo repentino en que sucedió todo no le dio mucho por entender. Sorprendida, retrocedió tumbada en el suelo y recogió su celular.
Manuel la vio caer y corrió hacia ella.
—Sonia ¿Qué ocurrió?
Observó la cara de su futura esposa y precisó que nunca había visto nada similar en ella. Ella no era espantadiza. Nunca había actuado de esa manera. Ahora su comportamiento, y todo lo que él consideraba de ella, estaba tambaleándose.
La recogió en brazos y la pegó a su pecho.
Ella sollozaba. Observaba, tambaleante, las ramas del árbol.
— ¿Qué pasa? ¿Qué hay allá arriba?
—Me pareció ver a alguien. Alguien estaba allá arriba; suspendido en las ramas. Colgado.
Manuel se asomó, enfocó la luz de su celular hacia la oscuridad. No vio nada.
De pronto, la luz de su celular comenzó a parpadear. Se le estaba acabando la batería. Se precipitó a ver el angosto vacío que se precipitaba hacia ellos.
Tan pronto se dieron cuenta, la oscuridad los había engullido. Solamente veían, a sus espaldas, la luz remota que proyectaba la luz de la luna reflejada en la laguna. Es entonces cuando se dieron cuenta que no se encontraban solos. Unos ojos matizados en color rojo los observaban. Parecía alguien que estuviera en cuclillas, observándolos con sus luminiscentes ojos. Los caballos relincharon y echaron a correr. Manuel retrocedió al ver esto. No quiso dejar a Sonia ahí, por lo que la apretó con ambos brazos y la pegó a su cuerpo. Ambos escucharon un ronroneo, no el de un gato, sino el de un animal más grande, era más bien un gruñido. Rápidamente sus fosas nasales se les llenaron de humedad y sintieron la mirada apresadora de aquellos ojos que los miraba con tanto detenimiento. Fueron retrocediendo, poco a poco. Sabían que sí aquello los perseguía, estaban perdidos. Debían de ser sumamente cautelosos.
Los ojos, en medio de la oscuridad, parecieron alzarse y doblar su estatura, como si en vez de tratarse de un animal a cuatro patas, se tratara de una persona. Los ojos se agitaron en la oscuridad por los cual se espantaron y tuvieron la intensión de correr despavoridos. Se frenaron al ver que aquello que los observaba no había hecho más que amagarlos. En un segundo intento Sonia se posicionó atrás de Manuel quien retrocedía inseguro en la oscuridad. Manuel estaba pisando sin mucha cautela, levantó demasiado el pie para retroceder que no se dio cuenta de la rama que se situaba a un palmo de su pie. Su cuerpo se precipitó hacia atrás y chocó con el de Sonia. Los dos cayeron al suelo y perdieron de vista a los ojos furibundos. Tanto fue su susto cuando lo vieron, ahora más cerca de ellos, que se sobresaltaron y salieron corriendo con dirección a las pocas luces que se emplazaban cerca de la salida de los pinos. Ya no importaba nada, puesto que escuchaban el gimoteo y las pesadas pisadas de aquella cosa detrás de ellos, persiguiéndolos. Sonia estuvo a punto de caer si no es porque estaba sosteniendo fuertemente la mano de Manuel. Manuel se aferró a ella y la jaló sin pensar que su fuerza era desmedida y le había producido un fuerte dolor a Sonia. Ésta gritó con todas sus fuerzas.

El quejido se escuchó varios metros a la redonda, incluso fuera del alcance del espeso bosque. Adrián e Ivette alcanzaron a escuchar un alarido proveniente del bosque. Estaban metidos en una bolsa de dormir, desnudos y dentro de una casa de campaña. Ambos frenaron sus movimientos sexuales cuando un grito estridente les llegó como un choque eléctrico a sus oídos. Ivette se alertó y trató de calmar sus jadeos.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Adrián, confundido, negó con la cabeza.
—No sé, pero parece haber sido alguien gritando.
—Asómate a ver —le ordenó ella.
Adrián medio se puso los pantalones y abrió el cierre de la casa de campaña y asomó la cabeza. No vio nada raro. Observó que las cosas de Sonia y Manuel seguían donde las habían dejado ellos. Era preocupante que ellos no hubieran regresado aún. No eran una pareja que acostumbra divertirse mucho.
El frío del exterior le caló en los huesos. Se le vino una marea de incomodidad al escuchar un alarido de auxilio extendiéndose por el bosque. Entonces, salió, y aún sin playera, comenzó a correr hacia donde empezaba el bosque.

Manuel trataba de no soltarle la mano a Sonia. Él se encontraba corriendo al frente. Aún les faltaban algunos metros, posiblemente cincuenta o sesenta metros, para salir del bosque. Pero apretaba la mano de Sonia como si fuera la última vez que la fuera a tocar. En su mente no había otra cosa más que la idea de la supervivencia y la de su futura esposa.
Sonia se arrepintió de no ser adepta del deporte, en su vida había corrido tanto como en esa ocasión.
Era esbelta, sí, pero su complexión atendía más a una cuestión genética que a una su dieta alimenticia.
Al escuchar las pesadas zancadas de lo que los iba persiguiendo, además de que el corazón se le quería salir del pecho, sentía que su cuerpo estaba sudando por doquier. Tenía lágrimas en los ojos por la impresión de lo que había visto. Llegó a pensar que no estaba corriendo voluntariamente, sino que sus piernas habían tomado vida propia para salvar su vida. Pasaron cerca de diez metros y giró la vista hacia atrás. Trató de darle toda su confianza a Manuel, quien estaba dirigiendo la huida y volteó a ver si veía algo gracias a que la luz de la luna comenzaba a abrirse pasos entre los troncos de los árboles. Pero no alcanzó a ver nada. Parecía que estaban corriendo de algo invisible. La voz de Manuel la distrajo:
—Sigue corriendo; ya casi llegamos.
Al regresar la mirada hacia enfrente, ahí justo delante de unos árboles precisó, primero, la silueta que parecía aguardar paciente a ellos, pero aquella imagen ni siquiera se inmuto por lo que estaban haciendo; siguió plantada en su sitio, sin moverse. Pero, conforme iban avanzando, Sonia vio que el rostro de esa mujer presentaba una serie de moretones que le hacían casi indefinible los rasgos de la cara. La vio de cuerpo completo y divisó que sus ropas parecían la de una estudiante, sólo que sucias, roídas y rasgadas. Absorbida por la confusión, no supo precisar si aquella imagen que acaba de ver tenía pies, no los vio, y eso fue lo que le hizo sentir un susto todavía más enorme. Su impresión fue tal que la hizo gritar como si le estuvieran perforando el estómago. Esto hizo que Manuel acelerara los últimos metros que les restaban y que la jalara con todas las fuerzas que le quedaban.
Siguieron corriendo unos cuantos metros más hasta escuchar la voz de Adrián:
—¿Qué les sucede?
Manuel no le hizo caso. Pero Adrián tenía una mejor perspectiva de lo que venía detrás de ellos. Sonia percibió que el rostro de Adrián se encontraba gobernado por una fuerte impresión. Les abrió paso, mientras tomaba un tronco y se perfiló para asestarle un fuerte golpe. Se mordió los labios e hizo un swing completo haciendo que el tronco cortara el aire con un zumbido. El golpe se escuchó hueco, como si el golpe hubiera asestado en alguna masa ósea.
Lo primero que pudieron hacer Sonia y Manuel, al escuchar el golpe, fue derrumbarse en el suelo húmedo. No habían terminado de caer cuando escucharon un chillido de dolor animal, como de un perro, y un quejido de dolor humano.
Manuel cayó al piso y, de inmediato, se giró y vio que Adrián se encontraba forcejeando con algo. La poca luz que emitía la luna no le dejaba ver con precisión.
—¡Ayúdame! —gruñó Adrián.
Para cuando Manuel se levantó, la escena dejó ver un animal peludo, enorme. Una especie de lobo enfurecido que moría por arrancarle el brazo a Adrián.
Manuel se acercó de dos zancadas y se puso por encima del animal. Al sentir su pelaje percibió el olor fétido que desprendía éste. Terminó por tomarlo de sus fauces y jalar hacia arriba. Se había percatado de que sí lo jalaba del cuerpo o de la cabeza, terminaría por rasgar la piel de Adrián. Jaló con todas sus fuerzas. Sus manos se llenaron de una saliva espesa que le cubrió de inmediato las manos. Fue entonces cuando vio los ojos de aquel animal. Eran rojos como el fuego. Parecía que había una luz rojiza proyectándose desde el interior.
Manuel consiguió separar las mandíbulas de aquel lobo por un momento y Adrián zafó su brazo. Entonces, Sonia, quien se había apoderado con el tronco con el que le había pegado Adrián a aquella bestia, le propinó otro golpe, pero ahora entre el cuello y la mandíbula inferior. Esto hizo que el lobo se encogiera y se quejara con un sonido gutural. Le había dolido y se largó tosiendo.
Adrián se encontraba tirado en el suelo, sosteniéndose el brazo por el dolor. Aquel animal le había clavado los colmillos y le escurría sangre por el antebrazo.
—Ayúdame a levantarlo —le urgió Manuel a Sonia.
Ella asintió. Juntos lo levantaron y lo llevaron hasta el lugar donde pensaban acampar.
—¿Qué sucedió? —dijo con un chillido Ivette.
Sonia se había ido directamente a sus pertenencias. Fue a tomar una pequeña botella de alcohol y una blusa de algodón. Regresó y, sin previo aviso, mojó a Adrián con el alcohol. Su piel se deslavó de saliva y restos de tierra y sangre. El dolor era evidente en el rostro de Adrián quien se echó hacia atrás en una contorción de dolor.
La luz de la luna, a duras penas, dejaba ver lo que estaba sucediendo. Pero cualquiera se podía dar cuenta, por los dolientes alaridos de Adrián, de lo que estaba pasando.
Sonia limpió bien la herida, no sin antes darle su blusa para que la mordiera. Ivette le ofreció la playera de Adrián para realizarle un vendaje improvisado.

Después de los excesivos reclamos por parte de Ivette, Sonia buscó concentrarse y recapitular lo que había pasado. «Los pies. Los gruñidos. Los ojos. La tensión de la que era víctima. Su huida. ¡La chica observándome con un rostro apenas visible!». Recordó su rostro y la hizo estremecer. Se sintió inquieta.
Habían querido ir buscar ayuda, pero nadie se veía en los alrededores. No traían coche como para salir de aquel lugar en medio del bosque. Pensaron en llevar a Adrián a urgencias. Pero nadie, en su sano juicio, se detendría para darles subirlos y llevarlos sin pensar raro de ellos y la herida evidente de Adrián.
Sonia les recomendó que se quedaran ahí, que era mejor aguardar unas cuantas horas a que amaneciera y que pudieran salir de ahí en transporte. Adrián apoyó lo dicho por Sonia y precisó que trataría de soportar el dolor. Fue cuestión de tiempo para que Adrián terminara dormido al igual que Ivette.
Sonia y Manuel decidieron armar su casa de campaña y dejar el tema atrás momentáneamente. Manuel fue el primero en quedar dormido. Pero Sonia no podía conciliar el sueño. Así que encendió una lámpara de baterías y  continuó leyendo su libro. Sabía que era un mal ejercicio leer para provocar el sueño, pero en esa ocasión le urgía distraer su mente. Y qué mejor distracción para la mente que la lectura.
Un silbido en la cremallera de la casa de campaña le impedía conciliar su atención Se levantó con la intención de hacer algo con ese sonido. Pero unos pasos en el exterior la distrajeron. Las ramitas tronaban rítmicamente.
Indudablemente eran pasos. ¿Pero de quién?
Manuel tenía el sueño demasiado pesado. En ocasiones, no despertaba por ninguna razón, hasta el siguiente día en que la luz del sol le pegara directamente en la cara. Lo movió un poco, pero sus intentos resultaron en lo que esperaba. Los pasos se escuchaban desde su lado derecho. Ella estaba acostada dando sus pies hacia donde se encontraba la cremallera de la tienda. Los pasos seguían lentamente en dirección a la entrada de la tienda. Encogió su cuerpo y lo pegó a su pecho. Trató de aminorar su respiración. Entonces, los pasos cesaron. Si alguien estaba allí afuera, entonces estaba situado justamente enfrente de la tienda de campaña. Sintió nerviosismo al ver una silueta difuminada a través de la tela, parada como si sólo la estuviera viendo.
Volvió a mover a Manuel. Éste solamente se quejó y se movió con incomodidad.
A continuación la silueta se comenzó a mover hacia la izquierda. Sonia la siguió con los ojos hasta el punto de perderla. Se armó de valor al pensar que pudo haber sido Ivette quien deambulaba por allí. Abrió el cierre de la casa y asomó su cara. El aire frío le golpeo la cara. Se apeó por completo. Se calzó los pies y se enderezó. Procuró no hacer mayor ruido y cerró la cremallera. Miró a su alrededor y notó que su que la otra casa de campaña estaba cerrada. No había ningún movimiento o luz en su interior. Volvió a desviar la mirada hacia la laguna. Todo estaba en completa calma. Pero ella estaba muy nerviosa. Miraba a sus costados tratando de ver algo entre la oscuridad, algo que ni ella sabía qué era. El agua de la laguna se movía con una cadencia pasiva, de una forma muy distinta al interior de su pecho. Incluso se escuchaba el grillar en medio del bosque. Trató de tranquilizarse y se frotó la cara con la intención de hacerlo. Cerró los ojos y meneó la cabeza. «Esto no puede estar pasándome».
Cuando quitó sus manos de su cara, nítidamente vio una figura femenina, de falda hasta las rodillas, con una blusa blanca, roída y mugrosa, indicándole que se acercara. Perfectamente Sonia percibió que sus miradas se encontraron y le invadió una tensión que le heló hasta los huesos. Sintió una parálisis en todo su cuerpo y tragó saliva como si tuviera una bola de pelusa en la garganta.
La curiosidad mató al gato. Pero, aun así se acercó. La mujer giró su cuerpo para ponerse enfrente los árboles que bordeaban el bosque. Comenzó a caminar hacia ellos y hacia la oscuridad azulada.
Sonia tuvo una sensación de cobardía y pensó que era mejor quedarse quieta. Pero siempre había sido una mujer muy curiosa. Le gustaba saber todo lo que llamaba su atención, por eso su voluntad no pudo contra sus principios. Las piernas le temblaban. Sabía que no estaba bien, que debía regresar sus pasos hasta donde estaban los demás. Pero su curiosidad le indicaba el camino hacia enfrente.
Cuando casi perdió de vista a la mujer, apresuró el paso.
Llegó hasta los primeros pinos del bosque y se preguntó nuevamente si estaba bien seguir lo que estaba haciendo. Sus dudas se disiparon cuando vio nuevamente, a unos diez metros de ella, la silueta sin pies de la mujer, sólo que ahora parecía una reproducción anticuada, como si estuviera siendo hilvanada por un proyector viejo. La silueta volvió a verla directamente a los ojos y movió la cabeza como si tuviera la intención de mirar hacia arriba, sólo que los ojos de aquella visón permanecieron fijados en Sonia. La mujer arcó las cejas, incitándola a mirar hacia arriba. Sonia no pudo resistirse y, muy despacio, fue subiendo la vista. Alcanzó a ver la oscuridad absoluta que techaban los pinos con su espeso ramaje.
Sintió una mezcla de náuseas, terror y estrujamiento, cuando vio que, justamente, por encima de ella, se encontraban dos par de pies descalzos suspendidos como un péndulo. Sonia se echó hacia atrás, horrorizada. Abrió la boca y dejó escapar un fuerte grito ahogado. No les quitó la mirada de encima a los cadáveres de Adrián e Ivette, que estaban suspendidos mediante una cuerda que les ataba alrededor del cuello.

Continuará…


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