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viernes, 25 de agosto de 2017

Relato 12 - Desde el interior de la oscuridad




Desde el interior de la oscuridad



«Padre nuestro que estás en el cielo»
Parece una voz infantil la que me susurra una oración al oído. Pienso que estoy dormido y trato de alejarme del umbral de donde proviene dicha voz.
«Santificado sea tu nombre»
Era otra vez esa pequeña voz despertándome a medianoche. He conseguido abrir los ojos con dificultad y ver la hora en el reloj digital de mi buró. Son las 02:59am. Otra vez a la misma hora que la madruga anterior.
«Venga a nosotros tu reino»
Ya no era una sola voz. Ahora se oía como si otra voz infantil acompañara a la primera. Abrí los ojos y supe que no estaba soñando.
«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»
Todavía entre mis cobijas, consigo enderezarme y recargarme en la cabecera de mi cama. Confundido, miro a la oscuridad. Alguien parece observarme desde el fondo de la habitación. Tengo esa sensación, como si me estuvieran rozando la piel pero con la mirada.
«Danos hoy nuestro pan de cada día»
Otra voz infantil se hizo presente. Lo de las voces que acompañaban a la voz de un principio no era normal. Aquello era algo añadido. Algo inusual. Peculiarmente siempre era una sola. Ahora ya sonaba como un coro reproduciéndose al unísono.
«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»
Bajo mis pies de la cama y siento el suelo frío. Inmediatamente mi cuerpo se hela y la temperatura de la habitación desciende. Me siento inseguro.
«No nos dejes caer en la tentación»
Tambaleante, me consigo poner de pie y me dirijo hacia el mueble donde está ubicado ese maldito conejo de felpa que todas las noches reza de la misma manera, sólo que ahora habrá tenido alguna descompostura y por eso sonaba de esa forma.
 «Y líbranos…»
Nunca antes había hecho eso. Mi mano quedó a sólo un palmo de distancia del juguete. Las voces callaron. Todo fue parte de un silencio sepulcral. Pero el silencio se esfumó tan repentinamente como se había producido. Volteé a ver un poco a mi alrededor porque la sensación de que me estaban observando volvió en ese momento.
«Del mal»
Retrocedí. La última frase de la oración no fue pronunciada por las mismas voces con las que venía siendo articulada. Había sido una voz madura. De cierta forma áspera y con tintes seniles.
Tomé el juguete y lo llevé a la sala. Encendí las luces. Abrí una de las cajas y me le quedé mirando al juguete.
Era de mi hija. Uno de sus juguetes. Ella dormía siempre abrazada al él. Decía que le producía una deliciosa sensación de calma.
No pude evitarlo. Me puse a llorar. Sentía cómo mis lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos nublando mi visón.
Después de su muerte mi matrimonio fracasó. Así que sus juguetes fueron el único fantasma que me hacía recordarla, vivirla y hacer de cuenta que todavía estaba conmigo. Ella había sido lo único que puedo decir con certeza que amé de verdad. Nada se le igualó. Y nadie se le igualará.
Por eso me dolía lo que estaba pasando. Porque todo ese sentimiento desembocaba en sus pertenencias.
Encerré el juguete en la caja y volví a mi recámara. Encendí la luz de la lámpara del buró y me quedé viendo fijamente a la oscuridad.
Exhalé el aire de mi pecho y comprobé con desagrado que la sensación de que alguien me observaba no se había ido de mi mente. Sentía mi piel con un arrebozar de miedo.
Aquello ya había sido algo inusual; las voces de los demás niños que acompañaron la grabación hasta la voz áspera al último.
Tengo que aceptarlo. Me sentía asustado. No podía conciliar el sueño después de eso. Me senté al pie de la cama y no pude evitar pensar en lo que había pasado con mi hija. Giré mi cabeza hacia donde se encontraba el reloj de pared. Me pareció extraño precisar que la hora que marcaba era las 3:00am. Recordé que cuando había comenzado a orar el conejo de mi hija, eran las 2:59am. Estaba seguro que habían pasado varios minutos desde aquel entonces. Posiblemente se había descompuesto.
Me toqué la cara con ambas manos y me pellizqué el tabique de la nariz. Sentía un malestar que me golpeaba las sienes. No era un dolor de cabeza, sino una incomodidad, como si me estuvieran comprimiendo la cabeza.
Desesperado, me di la vuelta y fui hasta el buró. Abrí el cajón y saqué una cajetilla de cigarros. Me llevé uno a la boca y observé el reloj digital. Curiosamente marcaba las 3:00am, se había detenido a la misma hora que el reloj que colgaba de la pared.
 Fue como si me hubieran dado una bofetada. Retrocedí y me incliné, extrañado, a cerciorarme de la hora. En mi cara se dibujó un gesto desalentador. Metí los pies a las pantuflas y salí encendiendo el cigarrillo que traía en la boca.
Salí al pasillo que conducía a las escaleras. Era un pasillo descubierto. Inmediatamente sentí el frío que azotaba la ciudad. Mientras fumaba el cigarro, podía sentir como la presión en mi cabeza se iba intensificando. Traté de mantener la calma y doblegarme ante los influjos de la nicotina. Pero nada. Por más que trataba de serenarme parecía que iba aumentando la incomodidad en mi cabeza, tanto que para cuando me terminé el cigarrillo, ya se había convertido en un dolor punzante.
Recargué mi espalda contra la pared y eché la cabeza hacia atrás, hasta que ésta pegó suavemente contra el muro. Por un momento sentí un leve alivio. El dolor punzante se había tranquilizado un poco. Cerré los ojos y perdí la noción del tiempo.
Desperté debido a la luz del alba que comenzaba a despuntar en el horizonte. Me removí incómodo en el mismo lugar.
Sin preocuparme, me percaté que había dormido de tres a cuatro horas, tomando en cuenta lo que había pasado con la hora que se habían quedado trabados los relojes de mi habitación. Me levanté con desgana. No tenía ganas de ir a trabajar. Entré al departamento arrastrando las suelas de las pantuflas cuando escuché una voz que me volvió a poner en estado de alerta.
— ¿Papá? —reconocí la voz inmediatamente. Me quedé frío al instante— Apúrate o se nos va a hacer tarde. No quiero llegar tarde a mi primer día de clases.
Quedé boquiabierto al escucharla. Desde la entrada al departamento vi una sombra en mi habitación. No supe qué hacer. Comencé a caminar como si mi voluntad se hubiera quedado en un alto total y sólo mis piernas se movieran por sí solas. «Esa voz»; —« ¿Papá?»—. Al ir caminando me tallé los ojos para tratar de despertar, si es que eso era un sueño. No lo parecía. Todo parecía realidad. Me situé, con cautela, en el umbral de la puerta y miré con desengaño y una mezcla de impresión y melancolía, a mi hija.
Estaba ahí. Parada, de espaldas a mí, tomando una de las cintas de la mochila para echársela al hombro.
Sentí que se paralizaba mi ritmo cardiaco, pude sentir cómo un hálito se sumía en mi pecho y me dejaba estupefacto. Puse una cara de extrema sorpresa.
— ¿Qué te sucede, Papá? —Dijo ella sin preocuparse por mí, como si nada estuviera pasando— ¿Te sientes bien? —Me miró de pies a cabeza—. ¡Papá! ¿No te has cambiado? —Me miró enojada. Azotó el suéter de la escuela en la cama.
— ¡Papá! Apúrate —caminó hacia a mí y me entregó una camisa de uno de los cajones de la cómoda—. Yo preparo el desayuno.
Molesta, se fue hacia a la cocina.
Una maraña de imágenes y sentimientos me recorrieron la mente al verla caminar por la casa.
En primera; ella nunca había vivido ahí. Desde que había separado de su madre, yo busqué rentar un departamento lejos de los recuerdos de mi hija, lejos de su madre, lejos de todo lo que tuviera que ver con mi vida anterior.
En segunda; ella parecía estar muy acostumbrada al departamento, como si ella viviese ahí desde hace mucho tiempo.
Verla pasar frente a mí fue como ver caminar a un fantasma que antes sólo flotaba en mi mente. Su cabello pasó golpeándome el brazo. El perfume de su cabello era el mismo que recordaba, tan dulce y suave como siempre, impregnado de esa vitalidad que siempre contagiaba a cualquiera que la conociera. La escuché sacar de la alacena unos platos, también abrió el cajón de las cucharas y arrastrar una silla. Caminé despacio.
—Papá ¿Me puedes ayudar a sacar el cereal? No alcanzó la puerta —me sonrió.
Me quedé quieto, todavía incrédulo.
— ¿Papa?
—Sí, hija —contesté.
Fui hacia ella y le toqué el hombro. Por un memento me le quedé viendo, como si se tratara de un bebé recién nacido.
—Papá, por favor, bájame el cereal. No alcanzo.
Sacudí la cabeza. Hice lo que me pidió y caminé hacia el pasillo que conducía al baño. Mientras me encaminaba, no pude evitar que mi vista se dirigiera hacia ella. Era algo sorprendente, por no decir que imposible.
Estaba mi hija de vuelta. ¿Qué era lo que había pasado?
La realidad que estaba viviendo en ese momento estaba muy alejada de lo que venía viviendo. Me sentía demasiado confundido. No sabía qué pensar, si confundirme o asustarme por lo que estaba sucediendo. No regresé la mirada más a mi hija, quien se dispuso a desayunar. Me dirigí al baño sin hacer mayor alarde.
Mientras me caía el agua sobre el cuerpo me puse a recordar el momento en el que me acerqué para ayudarla a bajar el cereal del mueble de la cocina, precisamente en el momento en el que le toqué el hombro. Sentí su piel blanda, normal, como cualquier otro niño. En ese momento quería apretujarla entre mis brazos y no soltarla. Pero no quería parecer un tonto ante la confusión que, posiblemente, mi hija pudiera ser víctima. Estaba del mismo tamaño que la recordaba. No había cambiado nada en lo absoluto desde la vez que había desaparecido.
Pasaron por mi mente las imágenes tan horrorosas cuando nos informaron que habían encontrado los cuerpos de varios niños reportados como robados en la zona. Los habían encontrado en un departamento que estaba situado a sólo unas manzanas de donde vivía con mi familia. Por lo que no habíamos tardado nada en llegar. La policía nos impidió pasar, pero la escena parecía sacada de la mente de algún demente. Desde la puerta se alcanzaba a ver rastros de sangre por todas partes, leyendas de cultos de adoración al diablo en español y otros idiomas, pentágonos hechos con sangre, símbolos que jamás había visto en mi vida. En la pared del fondo se encontraba una puerta garabateada con muchos nombres, al menos eso era lo que aparentaban ser. Mi exesposa había llamado mi atención con un fuerte sollozo. Decía haber visto escrito el nombre nuestra hija en la puerta. Posterior a eso, un oficial de policía nos cerró la puerta.
Nos habían citado a reconocer el cuerpo ese mismo día por la tarde.
Habíamos sugerido que nos mostraran las fotografías de los cadáveres. Me supongo porque no hubiésemos soportado ver a nuestra hija tendida en un cajón de la morgue.
Las fotos fueron contundentes. No había duda.
Mi exesposa no había podido conciliar la idea y me culpaba por lo sucedido. Tratamos de afrontar el problema yendo a terapia. Pero no había nada que remediara lo sucedido. Lo que nosotros queríamos, más allá de resignarnos a los hechos, era entender lo sucedido, ¿por qué había pasado eso? Pero creo que nadie, ni siquiera la policía, había entendido lo que pasó. Nunca hubo un nombre de un responsable. Jamás se supo quién pudo haber sido, ni remotamente. El edificio donde encontraron los cuerpos de los niños era un sitio abandonado. Nadie vivía ahí. De hecho había planes de derrumbarlo.
Salí de bañarme y Ana Luisa, mi hija, seguía desayunando. El ver que no era una alucinación y que mi hija no terminaba desapareciendo así como así, me reconfortó. Sonreí y pensé que todo debería tener una razón. Pero por el momento no me molestaría en saberla. Ya tendría tiempo para saber las razones.
Posiblemente sería tiempo para recuperar el tiempo perdido.
Me acerqué a ella y la observé con detenimiento.
—Papá, tenemos que darnos prisa —ella actuaba de forma como si no hubiera ocurrido nada.
Si eso era una cruel alucinación, no quería volver. Ahí tenía todo lo que necesitaba.
Rápidamente fui a vestirme con la ropa para el trabajo. Me había invadido una gran emoción y ganas de hacer mis labores. Con una sonrisa, mediante, me acerqué a mi hija, quien se había dirigido a la sala para tomar sus cosas. Su pequeña altura no había cambiado. Me agaché, la abracé y la besé en la frente. Ella me respondió con una sonrisa pícara. Nos dirigimos a la puerta del departamento. Tomé mis llaves del mueble de a lado y abrí la puerta. En ese momento ella regresa la vista hacia mi habitación y dice:
—Espera —se fue corriendo.
—Apúrate —le dije en voz cantarina.
Salí del departamento y me dirigí a las escaleras. Ahí me quedé parado. Miré el pasillo. Respiré lentamente sintiendo en todo el cuerpo la tranquilidad que me rodeaba. Era algo sin igual; mi hija estaba de vuelta.
Pasaron unos cuantos segundos y mi hija no salía del departamento. Dejé mi saco sobre el barandal y el portafolio recargado en la pared.
—Hija —la llamé—, vámonos.
Regresé mis pasos sobre el pasillo hasta la puerta del departamento. Tan pronto entré, no vi ningún movimiento en el interior. Viré hacia la cocina; nada. En la sala; nada. Me dirigí hacia el dormitorio, el cual, extrañamente estaba con las luces apagadas. No había rastro de nadie. Incluso la cama estaba deshecha. Una nube de inseguridad y preocupación me envolvió. Di varias vueltas en el interior del departamento. No había nada ni nadie en él. Me dirigí al baño, con la ingenua idea que ella pudiese estar ahí. La puerta estaba abierta y el interior a oscuras. Un sonido chillante me comenzó a zumbar en los oídos. El sonido se convirtió en dolor de cabeza. Perdí el equilibrio y me detuve con la pared. Mi vista estaba nublada, era como si todo se hubiese meneado en un movimiento oscilante. Regresé a tientas por la pared a la sala. Presioné los parpados con fuerza para intentar que el dolor cesara. Me senté en el sofá muido e incliné mi torso hacia atrás.
— ¿A qué colegio pensabas llevarla? —sonó una voz seria, tranquila, pausada. Era una voz que denotaba experiencia.
—Recuerda que estoy muerta, papá— la otra voz era la de mi hija.
Traté de abrir los ojos y, poco a poco, enderezarme. No veía más que dos siluetas nebulosas que no me daban a entender nada.
—Ana —dije con dificultad.
—El dolor de la pérdida de un ser querido nos hace perder, por momentos, la razón y la noción de lo que estamos haciendo.
Poco a poco se me fue aclarando la vista. La luz del exterior iba invadiendo el interior de la sala y me encandilaba la visión. Me tapé los ojos. Fue hasta que mi vista se acostumbró a la luz cuando pude ver a la persona que estaba en la sala. Se encontraba en el sillón individua, cruzando la pierna derecha por encima de la izquierda y mirándome atento. Portaba un traje negro, saco de dos botones, de una tonalidad negra que podía interpretarse como si fuese de terciopelo. Descansaba su cabeza sobre una de sus manos, recargándola mientras expresaba un gesto despreocupado que retaba con la mirada. Tenía el cabello largo hasta los hombros. Algunos cabellos le caían, en forma de caireles, por la cara.
A un costado se encontraba Ana Luisa, o lo que parecía ser ella. Su cabello ondulado le caía descuidado sobre los hombros. Sus ropas se encontraban ennegrecidas, estaba descalza y su mirada parecía estar situada en alguna parte detrás de mí. Las cuencas de sus ojos parecían dos garabatos danzantes que oscilaban enfrente de su cara. Su mirada clavada en un lugar fuera de esta dimensión dejaba ver que ella estaba completamente fuera sí.
El hombre que la acompañaba se enderezó y acarició su brazo.
—Tu linda hija —habló como si la estuviera presentando.
—Déjala —gruñí.
Él sonrió. Traté de impulsarme y arremeter contra él sin medir lo que pudiera pasarme. Pero, de pronto, sentí unas manos huesudas que me tomaban por los hombros. Se trataban de unas manos grises, muy puntiagudas. Pensé que se trataba de una sola persona. Pero no. Se trataban de criaturas de muy pequeña estatura. Sus caras revelaban un gesto rábico. Tenían un hocico escurrido en saliva. Me enterraron las garras y me obligaron a recargarme en el sillón. Sus caras quedaron cada una a un costado mío. Giré a la derecha, y la criatura tenía los ojos en un tono amarillo, parecían cristales manchados por el tiempo. Del centro de la pupila se observaban cientos de hilos sanguinolentos que palpitaban con cada movimiento violento que la criatura hacía. Sus dientes estaban cubiertos de una masa amarilla que sobresalía de sus encías hinchadas y manchadas con coágulos de sangre. Estas pequeñas bestias estaban, casi en su totalidad, desprovistas de pelo, a excepción de unos cuantos vellos que sobresalían salpicados de su enjuto cuerpo.
— ¿Qué es esto? —reclamé con asombro.
—Son las ánimas de los niños perdidos —explicó—. Cada niño que hubo en aquel departamento donde encontraron muerta a tu hija, cumple, ahora, una función específica.
Su respuesta me hizo echar el cuerpo hacia enfrente. Quería írmele encima. Golpearle la cara hasta desaparecérsela a golpes. Pero las garras filosas de las criaturas me lo impidieron. Se clavaron cada vez más en mi carne. Me quejé del dolor. Vi que la camisa que tenía puesta ya figuraba con sangre. Una de las bestiecillas gruño como un perro rabioso.
—Por alguna causa el ánima tu hija no ha querido separarse de ti. Y he caído en una gran disyuntiva; ¿Por qué tú y no su madre? —Miró a Ana Luisa con un gesto de ternura—. Esto que ves, es sólo un reflejo de su alma. Es la parte infeliz de tu hija y es como siempre ha estado desde su muerte. Los demás niños han sucumbido a lo que les digo y terminan convirtiéndose en mis esbirros; sirvientes para la eternidad; criaturas que no tienen sentimientos ni conocimiento de la realidad que viven. Conforme van creciendo se convierten en demonios que se avejentan y se pudren en la entrañas del infierno.
»Tu hija es muy especial ¿Sabes? Todo el tiempo que ha estado muerta pareciera como si su alma no se hubiese separado de sus sentimientos y su voluntad. Esto me ha traído muchos problemas —agravó su voz—. Lo que viste y sentiste esta mañana fue solamente el reflejo de lo que ella quiere. Así funciona la voluntad de un ente; cuando no se acostumbra al umbral en el que está, ya sea el infierno o el cielo, simplemente se dedica a rehacerse y tratar de crear alucinaciones en sus seres más cercanos, las personas con las que tienen un vínculo más cercano. En el caso de tu hija, eres tú. A su madre ni siquiera la ha visitado.
— ¡¿Me estás diciendo que todo lo que estuve haciendo esta mañana es la tristeza reflejada de mi hija?
El hombre no habló, simplemente asintió.
Miré a mi hija, quién permanecía ajena a todo. De sus ojos manaba una oscuridad absoluta y una fijación extraña. No pude contener las lágrimas. Sentí la mirada de aquel sujeto clavada en mi expresión.
—Conmovedor —exclamó, burlándose de mí—. Pero, amigo, te propongo algo. Yo puedo hacer que pases, tan siquiera, un poco de tiempo con tu amada hija.
— ¡Maldito, tú mataste a mi hija! —le grité. Inmovilizado, simplemente pude hacer el intento de levantarme, pero mis ganas fueron insuficientes. Las pequeñas bestias tenían una fuerza superior a la mía. Estaban demás mis esfuerzos y eso lo sabía él —. No sabes las ganas que tengo de matarte y retorcerte el cuello.
—Lo que tienes que hacer es sencillo. Claro, si quieres seguir conviviendo con tu hija. Piénsalo, de verdad fue gratificante ver, acariciar y escuchar a tu hija una vez más ¿No? Yo, por lo menos, si tuviera una vida terrenal como la tuya, me gustaría escuchar la propuesta.
—No escucharé nada que de ti. No quiero nada que no me pueda regresar a mi hija —mi voz había perdido su intensidad.
—Es precisamente eso lo que te propongo. Sólo que para conseguirlo tienes que recabar almas para mí.
No entendí la propuesta. Esgrimí una cara de confusión, que mezclada con la ira hacía un gesto sumamente fruncido.
Se levantó del sillón. Al momento en que se incorporó, un polvo grisáceo se esparció a su alrededor dibujando un contorno nebuloso que lo iba siguiendo a donde quiera que éste se moviera. Me mostró una sonrisa escalofriante. Paseó por la sala y se acercó lentamente por un costado.
—Lo único que tienes que hacer es traerme niños y, después, yo me encargaré de todo. Lo único que requiero es que los traigas, los encierres y… Al siguiente día te dejaré ver a tu hija. Fácil, ¿no? —su voz iba acompañada con eco, que estando más lejos no se escuchaba.
— ¿Niños? —dije con voz trémula.
—Sí, claro, ¡Niños! Personitas pequeñas de carne y hueso —al pronunciar la palabra “niños” sus ojos irradiaban un brillo extraño, depravado.
Le exhibí un gesto de repulsión.
Repentinamente, se acercó más a mí. Pisó el sillón donde me encontraba y acercó su cara. Podía respirar su aliento fétido que se desprendía de su boca. Se me quedó mirando fijamente y, de la nada, le dio un manotazo a la criatura que ese encontraba a mi izquierda. La criatura chilló como un perro siendo golpeado, rebotando contra la pared. Alcancé a ver que la criatura se trataba de incorporar, pero se encontraba aturdida. No podía recobrar el equilibrio.
— ¿Por qué yo? —pregunté con la voz hecha un trémolo.
Soltó una carcajada y echó la cabeza hacia atrás.
—Porque tú me puedes ayudar y yo también te puedo ayudar. ¿A caso no quieres tener un poco más de tiempo a tu adorable hija entre tus brazos?
De pronto enfurecí, pero él pareció preverlo. Su mano derecha extendió su dedo índice y lo puso delante de mi frente. El dedo parecía contener toda su fuerza; me detuvo en seco y me paralizo.
—Ni lo intentes —me advirtió—. No estás en condición de arremeter contra mí. Lo único que quiero de ti es que seas mi ciervo. Tú recibirás algo a cambio. Creo que no es cualquier cosa. A menos que tengas algún precio por ver a tu hija muerta. Nadie te podrá conceder algo similar. Estás atrapado, estimado amigo.
Entendí la gravedad del asunto. Me encontraba entre una gran rémora; este ente, asesino, o lo que fuese, solamente quería ponerme a prueba ¿qué tanto sería capaz de hacer para poder ver nuevamente a mi hija?
Con esto último ponía a prueba el oficio sentimental que todo padre tiene hacia sus hijos; hacer todo por ellos.
Por un largo instante mis pulmones se quedaron sin aire, mi mente sin pensamientos, mi cuerpo sin movimiento. Estaba cavilando acerca de su propuesta en un silencio que me sobresaltó cuando regresé en sí. Todo mi cuerpo se puso blando y dejé caer mi espalda contra el respaldo del sillón con total libertad. Estaba asustado; la forma en la que había pasado todo, desde la madrugada hasta ese preciso momento, no tenía sentido. Para mí, lo único que tenía sentido era que tenía ganas de tener a mi hija entre mis brazos, cuidarla, mirarla detenidamente. Incliné un poco la cabeza hacia la izquierda y vi a mi hija ahí, parada, sin decir nada, mirando por el vacío que existía en sus ojos. Pero todos mis pensamientos se inclinaban a lo que realmente quería; seguir viendo a mi hija, de la manera que fuese.
Aquel sujeto vio la debilidad que hilvanaba mi mirada. Se rió y se comenzó a hacer hacia atrás.
—Si quieres ver a tu hija hoy, debes traer un niño y déjalo encerrado en la habitación del fondo —dijo.
No hubo respuesta por parte mía.
La bestia que todavía me sostenía por el hombro, me soltó por orden de aquel sujeto. Sólo bastó una mirada de soslayo para que la criatura me soltara.
Vi cómo parcialmente desaparecían mi hija, el sujeto y las criaturas ante mis ojos.
Tuve todo el día para rememorar lo que había pasado, para darle un repaso, cuadro por cuadro a la propuesta que me había hecho y acomodar mis sentimientos.
Mi hija estaba muerta; eso era cierto. Pero la pude sentir justo por la mañana, como cuando la luz del sol comienza a resbalar por la cara justo al amanecer. Esa sensación había sido la misma que cuando estaba conmigo. Todo había sido tan confuso, pero bello a la vez.
Salí a la calle sin pensar en algún rumbo preciso. Simplemente quería caminar, llegar a una conclusión por mala que ésta fuera. La lluvia comenzó a azotar desde media tarde. Por momentos se quitaba, otros tantos arreciaba con furia. No me preocupaba estar caminando por ahí. A decir verdad no me preocupaba mojarme. Estaba más concentrado en mis pensamientos que en lo exterior. Estoy seguro que mucha gente me veía extraño al pasar bajo la lluvia todo mojado.
Llegué a unos cuantos edificios de mi departamento, decidido a encerrarme en él y no salir. Pero, de camino a allá, sentado en el cobertizo de uno de los edificios, vi a un niño sentado a la luz amarillenta de un foco que le proyectaba su luz contra la espalda. No pude evitar sentirme atraído por su gesto de tristeza. La verdad no recuerdo siquiera su nombre, pero estoy seguro que me lo dijo.
— ¿Qué haces? —Le pregunté
—Estoy esperando a que deje de llover —me contesto sin mirarme—. Mi pelota se fue hasta el otro extremo de la calle y no puedo cruzar con esta lluvia. Si mi mamá me llega a ver mojado, me regañará tanto que estoy seguro que me castigaría de por vida.
— ¿Dónde está tu pelota?
—Está por allá —señaló un punto en medio de dos coches que estaban cruzando la calle.
—No veo nada.
—Creo que se metió debajo de uno de los coches—se tomó la cara con las dos manos y puso los codos sobre sus rodillas como si estuviera enfadado.
Sin decirle nada, crucé la calle y me agaché entre los dos coches. En ese momento, no alcancé a ver nada, pero en el momento en que puse una de mis rodillas en el suelo alcancé a ver el hule de la pelota. Estaba ponchada. Tomé el hule y regresé hasta donde se encontraba el niño, a quien ya veía con una cara de desilusión dibujada en su rostro.
—Lo siento —le dije enseñándole el hule de la pelota desinflada—, se ponchó.
El niño torció la boca.
Se le quedó viendo al plástico mojado y se levantó de los escalones.
—No —dijo con decepción.
—No te preocupes. Tengo varios juguetes de mi hija en mi apartamento, posiblemente alguno te guste.
El niño se me quedó viendo con una luz que se reflejaba en sus ojos. No alcancé a definir si lo que sintió fue alegría o curiosidad.
El niño, sin decir nada más, me tomó de la mano. Caminamos el resto de calle que faltaba para entrar al edificio. Subimos las escaleras hasta mi piso. Él parecía impaciente porque movía las manos como queriendo apresurar cualquier cosa que hiciera. Cuando abrí la puerta, él se situó atrás de mí, parecía haberse asustado con la oscuridad que gobernaba en el interior. Pasé y traté de encender la luz, pero me llevé la sorpresa que no había luz en mi apartamento. Estaba completamente a oscuras.
Recordé que mi caja de herramientas estaba en un mueble cerca de la puerta. Fui hasta allá y saqué dos lámparas de mano. Le di una a él. La encendió y se la dirigió a sí mismo a su cara. Encendí la otra.
—Lo siento —le susurré—. Creo que me han cortado la luz. Pasa, por aquí está la caja de juguetes.
El niño asintió.
— ¿No crees que su hija se enoje al ver que no está alguno de sus juguetes?
Estuve tentado a no contestar la respuesta.
—No te preocupes. Se lo repondré con otro.
Nos acercamos a la caja con las pertenencias de mi hija. Abrí las tapas y dirigí el halo de luz hacia el interior. Él también dirigió el halo de luz de su lámpara al interior, por lo que el contenido estaba muy alumbrado con el poder de las dos lámparas.
El niño se arrimó a la caja y tocó el borde.
Una leve pulsación cruzo por mi cabeza, como un breve deseo a hacer algo que no quieres. Mi mano me traicionó y la llevé hasta su hombro. Al hacer esto el niño me volteó a ver. Esgrimió una sonrisa y volvió su mirada hacia el contenido de la caja.
—Toma lo que quieras —dije tartamudeando.
Sus manos se dirigieron de inmediato al conejo de felpa que rezaba todas las madrugadas. Lo abrazó. Al mismo tiempo sentí que mi mano temblaba. Sentí un pesar en la consciencia, como si de antemano hubiera hecho algo malo.
El niño tomó otro juguete del interior, creo que fue una pelota de goma.
—Con estos serán suficientes —dijo al sacar las manos del interior de la caja.
Sentí que el temblor en mis extremidades superiores se había intensificado y se había contagiado a mis piernas. Tenía que hacerlo. Era la oportunidad de ver otro día más a mi hija. Comenzó a correr sudor frío por mi frente y mis mejillas. Mi respiración parecía la de un corredor que ha terminado un maratón. Cerré los ojos y sentí el movimiento del niño bajo mis dedos.
—Ya me voy, señor —se despidió—. Muchas gracias.
Posiblemente el niño sintió mi nerviosismo y se apresuró a caminar hasta la puerta.
Yo me giré y fui de tras de él. Llegó un tic que me atacó el ojo izquierdo. Me rasqué nerviosamente detrás de la oreja y vi cómo el niño abría la puerta.
— ¡Aguarda! —levanté la voz.
Él se volteó y me miró con desconfianza.
—Toma —le extendí los brazos con un suéter—. Llévatelo. Está lloviendo. No me perdonaría que te enfermaras.
El niño se los llevó en los brazos, alcancé a ver cómo comenzaba a ponérselo mientras yo iba cerrando la puerta. Alcancé a escuchas sus pequeños y delicados pasos por el pasillo y después descender por la escalera.
Lo último que vi, entre la oscuridad, fue la silueta del tipo trajeado, sólo que ahora no tenía un gesto tan condescendiente.
Ahora, dicen que me encuentro en un estado mentalmente deplorable. Que tengo más momento malos que buenos y que no podré reintegrarme a la sociedad nuca.
Es a veces cuando lo veo aparecerse enfrente de mí, dentro de mi habitación. Lo blanco de las paredes del nosocomio lo hacen más visible, aún y siendo de noche. Muchas veces lo veo acompañado del espectro de mi hija, la cual contiene el mismo rictus de impropiedad a la realidad. Siempre repite constantemente; —“pudiste haberlo tenido todo”—es cuando acaricia a mi hija y la voltea a ver levemente—“pero elegiste mal”.
Ahora escribo todo esto en los pequeños momentos de lucidez que tiene mi mente, cuando no estoy absorto en la mediocridad de la locura. Hoy trato de ser yo por algunos minutos, después, e inevitablemente, regresa el trauma y me sumerge en un miedo desbordante que me hace encoger el cuerpo y repetir el nombre de mi hija.




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Héctor Almanza Chávez ©